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99+1, capitulo 5.

 El sol caía a plomo sobre la carretera, haciendo que el calor se adhiriera a la piel como una segunda capa. El aire vibraba sobre el asfalto y el aroma a polvo caliente se mezclaba con el tenue olor dulzón de las aguas frescas que Juanelo vendía. Durante los últimos días, su negocio había prosperado de manera sorprendente. Desde temprano, la gente llegaba en fila para comprar sus aguas frescas, y la pila de monedas y billetes en su lata oxidada no dejaba de crecer. Al final del día, cuando Pepe y don Saúl llegaron tras un largo día de trabajo, encontraron un panorama inesperado. Juanelo, que normalmente tenía una sonrisa despreocupada y un aire de autosuficiencia, estaba rodeado por un grupo de vendedores con rostros endurecidos por el sol y la furia. Sus voces ásperas se elevaban sobre el sonido del viento seco del desierto. —¡Te dijimos que no volvieras a vender aquí! —gruñó uno de los hombres, un tipo corpulento con una camiseta sudada y el ceño fruncido. Juanelo levantó las ma...

99+1, capitulo 4.

cinco años despues el viento caliente azotaba los trailers estacionados en el camino polvoriento, levantando nubes de arena que se pegaban a la piel como un sudor seco. Pepe estaba sentado sobre una caja de madera, tallándose las uñas con la punta de un cuchillo viejo, mientras don Saúl fumaba un cigarro junto a la sombra de una lona raída. El sol del mediodía caía implacable, haciendo brillar los techos oxidados de los remolques con un fulgor cegador. El calor era una manta sofocante que se aferraba a cada rincón de sus cuerpos. Entonces, de la nada, apareció una figura tambaleante en la distancia. Al principio, parecía solo otro viajero perdido, una silueta borrosa entre el vapor que se elevaba del asfalto caliente. Pero cuando se acercó lo suficiente, Pepe reconoció su caminar, su postura encorvada y ese rastro de descomposición que se reflejaba en su mirada. Juanelo. Su ropa, antes impecable, ahora estaba sucia y deshilachada; su rostro, antaño afeitado y bien cuidado, ahora estaba...

99+1, capitulo 3.

 Al día siguiente, Pepe se hallaba frente a don Saúl, quien lo observaba con la misma desconfianza de la noche anterior. Los ojos del anciano, oscuros y afilados como cuchillas, repasaban cada detalle de la apariencia del joven, como si intentara leer en su rostro la verdad de su historia. Pepe, sin inmutarse, extendió un papel amarillo, arrugado por el viaje, con la firma de Martín al final de la página. Saúl lo tomó con sus manos curtidas y ásperas, lo acercó a sus ojos y comparó la letra con otro contrato que sacó de un cajón. Tras un momento de silencio, el viejo suspiró, dobló ambos papeles con precisión y guardó el suyo en el bolsillo trasero del pantalón. —Bienvenido, Pepe —dijo finalmente, con un leve asentimiento. Pepe no respondió de inmediato. No estaba seguro de qué significaba esa bienvenida, si era una aceptación sincera o simplemente una resignación a su presencia. Lo cierto era que don Saúl ya no tenía el machete al alcance de la mano. —Se nota que necesitas un camb...

99+1, capitulo 2.

 Cinco años después, la extensión de una carretera cortaba el paisaje árido como una herida recta y sin fin. Bajo el sol abrasador del mediodía, el asfalto relucía con una distorsión ondulante que hacía titilar el horizonte. A lo lejos, un punto oscuro se distinguía contra la inmensidad del camino. El punto creció, expandiéndose lentamente hasta revelar la figura de un hombre. José, el menor de los hijos adoptivos de Juan Sánchez, avanzaba con pasos cansados. Su silueta desaliñada proyectaba una sombra alargada sobre el pavimento. Su camisa estaba sucia, suelta y ajada por el tiempo; su pantalón, desgastado y con manchas de lodo seco. El polvo se adhería a su piel curtida, y su cabello revuelto se pegaba a su frente sudorosa. A un costado de la carretera, una gran roca emergía como un testigo silencioso del tiempo. cerca ella, una estatua de bronce se erguía imponente, con la mirada firme y el mentón en alto. Juan Sánchez, inmortalizado en metal, sostenía un puño en alto, como si a...

99+1, capitulo 1.

 Las luces del enorme salón titilaban levemente, reflejándose en la mesa de caoba pulida que dominaba el centro de la estancia. Las paredes estaban cubiertas con retratos imponentes de Juan Sánchez, capturado en distintos momentos de su vida: el joven luchador con el ceño fruncido y la mirada acerada, el empresario de traje impecable y la sonrisa calculada, y finalmente, el anciano de ojos cansados, con la sombra del tiempo marcando su rostro. Alrededor de la mesa, sus hijos adoptivos esperaban en silencio. Eran 99 en total, vestidos con elegantes trajes oscuros, relojes de oro asomando por los puños de sus camisas blancas y zapatos lustrados que brillaban con cada movimiento. Aunque sus vestimentas y ademanes reflejaban educación y refinamiento, sus rasgos indígenas evidenciaban su origen. Hombres y mujeres, en su mayoría jovenes, mantenían la compostura, pero el ambiente estaba cargado de incertidumbre. El notario, un hombre delgado con gafas de montura metálica y una expresión i...

El enterrador: el fin.

 Los meses posteriores fueron un torbellino de negociaciones, diplomacia y un cambio irreversible en el destino del planeta X. Hack había logrado lo que muchos consideraban imposible: colocar a su hogar en el Consejo Galáctico, dándole al planeta un estatus que nunca antes había soñado. Como embajador de un sistema sin líder claro, Hack se había apoderado, de toda la economía, construyendo una nueva red de poder que, en sus propios términos, comenzaba a florecer. Pero lo que había empezado como una hazaña de supervivencia y política. Doce años después, el niño que había crecido bajo su cuidado, el que había sido testigo de la caída de Yosarian, ahora adulto, se preparaba para irse a un gran viaje. Ya no quedaba la mirada inocente, ni la ansiedad por la ausencia de su padre. Ahora era un joven curtido por el sufrimiento, pero lleno de un entendimiento que Hack nunca había esperado. En silencio, con el rostro impenetrable, el joven lo abrazó una última vez, y al separarse, no hubo pa...

el enterrador, capitulo 16.

 El viento barría las llanuras del planeta X con una melancolía cortante. Sobre la escarpada colina, donde la roca desnuda se alzaba contra el cielo gris, miles de habitantes se reunieron en un silencio reverente. Solo unos días habían pasado desde la caída de la nave kepleriana y la última batalla de Yosarian. Ahora, el pueblo lo despedía. El ataúd, cubierto por un paño de color ceniza y bordes dorados, descansaba en el centro de la explanada. A su alrededor, una hilera de antorchas parpadeaba en la brisa gélida. Sus llamas proyectaban sombras alargadas sobre el suelo de piedra, titilando como si compartieran el duelo de los presentes. Hack estaba de pie junto a la tumba, con los ojos enrojecidos y el rostro endurecido por la tristeza. Sus manos temblaban levemente al sostener una de las fotografías que habían colocado junto al féretro. En ella, Yosarian aparecía con una sonrisa apenas perceptible, su wonchester colgada del hombro y el brazo apoyado en el hombro de Hack. Fue uno d...