La hermandad de la piedra, capítulo 7.
El silencio que precedió a la creación no fue paz, sino una tensión insoportable de posibilidades no nacidas. Antes de que el primer sol humano calentara la arcilla de la tierra, Urano, el Padre Cielo, cuya piel era el firmamento y cuyos ojos eran galaxias en colisión, comprendió que el orden necesitaba un vertedero. Con un gesto que desgarró el tejido de la realidad, Urano no creó vida, sino un No-Lugar. Lo llamó el Cancerverso. Era una dimensión diseñada para ser el gemelo oscuro del Tártaro. Pero mientras el Tártaro era una prisión de fuego y castigo, el Cancerverso era un vacío estéril, una arquitectura de geometría imposible donde el tiempo no corría, sino que se estancaba como el agua en una herida infectada. Durante eones, aquel lugar fue una negrura absoluta que olía a metal frío y a la ausencia de Dios. Era estático, una fotografía de la nada. Hasta que ocurrió el error. No fue un rayo, ni una palabra divina. Fue una bacteria. Un accidente biológico que se filtró por una ...