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Trimind, capitulo 12

 El olor salado del océano se mezclaba con el aroma estéril del acero limpio mientras dos científicos descendían por la estrecha escalera que conducía a la bodega del enorme barco. Las luces fluorescentes parpadeaban débilmente, proyectando destellos blancos sobre tuberías cubiertas de condensación. El zumbido grave de los motores recorría el casco como el latido de una criatura colosal. —¿Escuchaste eso? —preguntó uno de los investigadores, deteniéndose. Un golpe metálico respondió desde la oscuridad. Clang. Los dos intercambiaron una mirada. El silencio volvió durante apenas unos segundos. Entonces una figura emergió lentamente desde detrás de un contenedor de carga. Era una mujer alta, de musculatura poderosa y piel oscura. Su postura transmitía una tranquilidad absoluta, casi inquietante. Vestía ropa táctica negra que absorbía la poca luz del lugar, y sus ojos permanecían fijos sobre los científicos sin el menor rastro de nerviosismo. —No deberían estar aquí —dijo con voz firme...

Tri mind, capitulo 11

 La luz blanca y uniforme de la celda iluminaba cada rincón con una limpieza casi clínica. No había sombras profundas ni rincones oscuros donde esconderse; todo era visible, ordenado y perfectamente controlado. Joseph estaba sentado sobre una cama sencilla, con la espalda apoyada contra la pared metálica. Sobre sus piernas descansaba una tableta electrónica repleta de documentos científicos y libros de ingeniería avanzada. Sus ojos recorrían las líneas de texto con rapidez asombrosa mientras sus dedos pasaban páginas digitales una tras otra. A los quince años, su apariencia había cambiado mucho desde los días del sótano. Su cabello estaba limpio y bien cortado. Su piel, antes cubierta constantemente de polvo, grasa y suciedad, tenía ahora un aspecto saludable. Había ganado peso y musculatura gracias a una alimentación adecuada y atención médica constante. Incluso la ropa gris que vestía estaba perfectamente lavada y ajustada a su talla. Paradójicamente, Joseph sospechaba que jamás ...

Dos jóvenes comiendose el mundo, capitulo 3

  Nueva Europa apareció ante ellos como una joya suspendida en el vacío. Miles de anillos orbitales giraban alrededor del planeta principal, reflejando la luz de su estrella en destellos azules y dorados. Desde la cabina del interceptor, Yosarian observaba fascinado aquel entramado imposible de puertos espaciales, elevadores orbitales y ciudades flotantes. El cristal de la cabina vibraba suavemente bajo el zumbido constante de los motores. —Sigo sin entenderlo —dijo Yosarian, inclinándose hacia adelante en su asiento—. ¿Qué es exactamente lo que hacemos? Geometry no apartó la vista de los controles. —Recuperación estratégica de activos. —Eso no responde nada. —Nueva Europa me paga para encontrar objetos de alto valor desaparecidos. —¿Como un investigador? —No. —¿Un policía? —No. —¿Un cazador de tesoros? Geometry reflexionó unos segundos. —Lo más parecido sería eso. Yosarian sonrió. —No sabía que existía un trabajo así. —No existe. —¿Cómo que no existe? —Soy el ún...

El planeta verde, capítulo 2.

El amanecer en el planeta anónimo no trajo frescura, sino un calor denso y sofocante que se filtraba por la escotilla abierta de la *Sombra de Ónix*. El sol verde, ahora una esfera cegadora de luz esmeralda, derretía las pocas sombras que quedaban en la ladera de la montaña. Para Robinson Sholó, el día comenzó con el sonido de su propia respiración: un silbido seco, áspero, como el roce de dos lijas en el fondo de su garganta. La sed ya no era una molestia; era una presencia física, un parásito que le oprimía el pecho y le resecaba la lengua hasta transformarla en un trozo de cuero inútil. El destilador improvisado de la noche anterior, un esqueleto de tubos de cobre y licores caros, yacía en el suelo de la cabina. El intento de purificación había fracasado estrepitosamente: las baterías de emergencia habían muerto a mitad del proceso, dejando solo un charco de lodo químico humeante y un olor acre que hacía llorar los ojos. No había agua. Ni una sola gota. Desesperado, Sholó salió al e...

El planeta verde, capitulo 1.

 El metal crujía con el lamento rítmico de una bestia herida. Dentro de la cabina de mando, el aire sabía a ozono quemado y a cables fritos, un cóctel químico que irritaba los pulmones antes siquiera de abrir los ojos. Robinson Sholó despertó con el pulso martilleando contra sus sienes. El dolor no era una punzada, era un bloque sólido de hormigón instalado detrás de sus ojos. Al intentar moverse, un rastro de sangre pegajosa, ya seca, le recordó que el tablero de mandos no era el lugar más suave para apoyar el cráneo durante un aterrizaje forzoso a trescientas millas por hora. Sus dedos buscaron apoyo en el cuero sintético del asiento del piloto, ahora desgarrado. Los recuerdos regresaron en ráfagas de luz de neón y sirenas:  Los interceptores de nueva Europa, con sus cascos cromados y sus leyes asfixiantes, pisándole los talones.  Una fragata de cargamento pesado, llena de créditos encriptados y especias raras, que él había desviado con la elegancia de un prestidigitado...

Dos jóvenes comiéndose el mundo, capitulo 2.

 El espacio profundo no conocía la piedad, pero conocía muy bien la inercia. El interceptor de Geometry, una aguja de obsidiana cortando el vacío, se lanzó hacia un carguero de clase Mula que intentaba ocultarse tras el cinturón de asteroides de Sigma-9. La velocidad era tal que Yosy sintió cómo sus órganos se presionaban contra su columna vertebral, una sensación de pesadez líquida que lo hacía sentir como un saco de arena húmeda. —Sujétate a los asideros de inercia —ordenó Geometry. Sus dedos eran un borrón sobre los hologramas de control—. Vamos a abordar. Con un movimiento que desafiaba las leyes de la física, Geometry disparó los arpones magnéticos. El impacto fue seco, un eco metálico que vibró en los dientes de Yosy. El aire en la cabina se volvió denso, cargado de la electricidad estática de los acoples de abordaje. —Sígueme. No te quedes atrás o la descompresión te convertirá en confeti —dijo el tirador, saltando del asiento con la ligereza de un gato callejero. Yosy, tamb...

Dos jóvenes listos para comerse el mundo

 La estática en los oídos de Geometry era una sinfonía de orden. El interceptor se deslizaba entre los jirones de una fragata pirata que acababa de desmembrar, el metal desgarrado soltando nubes de gas criogénico que brillaban como polvo de diamantes bajo las lunas. Los sensores de Geometry, incrustados directamente en su corteza visual, detectaron una anomalía de trayectoria. —Piratas —susurró Geometry, su voz un siseo metálico—. Desviación innecesaria. Los fugitivos, desesperados por sacudirse al cazador de quince años, realizaron una maniobra errática. Dispararon una salva de torpedos de plasma, no hacia Geometry, sino hacia la Ciudad Flotante del Planeta X que colgaba debajo de ellos como una medusa de cristal y oro. Buscaban una distracción, un incendio que obligara a los protocolos imperiales a priorizar el rescate sobre la caza. El impacto fue un relámpago que tiñó el vacío de un carmesí violento. En los jardines de obsidiana, el aire dejó de oler a sándalo y empezó a oler a...