Julio verde, capitulo 1.
La penumbra del refugio olía a tierra mojada, clorofila condensada y el hedor inconfundible de la corrosión química. Oculto bajo las raíces retorcidas de un roble ancestral, cuyos brazos de madera se entrelazaban formando una bóveda natural en lo más profundo del bosque, se levantaba un laboratorio clandestino. Allí, donde la luz del sol apenas lograba filtrarse entre la hojarasca espesa, el aire era denso, tibio y vibraba con un murmullo constante de gotas cayendo sobre cristal y el borboteo sordo de alambiques improvisados. En el centro de aquel habitáculo subterráneo se hallaba un hombre. A primera vista, aparentaba unos veinticinco años, pero la fatiga grabada en las comisuras de sus ojos insinuaba una existencia mucho más desgastada. Su figura era un catálogo de privaciones: vistiendo unos pantalones de lona deshilachados y una camisa que alguna vez fue blanca, ahora reducida a jirones mugrientos manchados de savia seca y hollín, el sujeto parecía más una criatura del bosque que ...