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La guerra de la jalea, capitulo 2.

  El viento en el Estrecho de Drake no traía sal: traía el olor acre del carbón quemado, del gasóleo de bajo octanaje y del hierro oxidado que se enfriaba bajo la llovizna implacable. En las costas del Arca, las chimeneas de ladrillo rojo y las torres de alta tensión se alzaban contra el horizonte como dedos amputados de una Era que la humanidad nunca terminó de sepultar. Aquella isla, un remanso de tierra anormalmente caliente propulsado por corrientes termales profundas, era un híbrido grotesco y fascinante. Visto desde el mar, el paisaje parecía un distrito industrial del siglo XX, saturado de engranajes expuestos, vapor denso que escapaba por válvulas corroídas y tuberías de cobre que serpenteaban por los acantilados. Sin embargo, sobre las murallas de contención de hormigón armado, la artillería no utilizaba pólvora. Silenciosos cañones de masa electromagnética, alimentados por celdas de plasma de alta densidad, apuntaban hacia el canal con un brillo azulado y amenazante. Era...

La guerra de la jalea, capitulo 1.

  El cielo de la Antártida en el año 2500 DC, año 300 DEX (Después del Éxodo) no era azul, sino un pálido y perpetuo cascarón de plomo, rajado a veces por las ráfagas de un viento que aullaba como una sierra mecánica oxidada sobre los cementerios de la antigua civilización industrial. Sobre las planicies heladas del sector antes conocido como la Tierra de la Reina Maud, la nieve no caía: se deslizaba en finas agujas de escarcha que mordían la piel expuesta. Hingrid dejó caer la estaca de hierro meteórico con la que fijaba el cuero de la tienda comunal. El frío penetraba por las costuras de sus botas de piel de foca reforzada, pero sus músculos, anchos como troncos de pino escandinavo, apenas se estremecieron. Medía más de dos metros; su cabello, una melena de oro deshilachado por el salitre y la ventisca, le enmarcaba un rostro de pómulos salientes, cincelado por la intemperie. A su lado, su hermano menor, Torstein, de hombros tan abultados que parecían dos sacos de piedras bajo l...

Doctor gusano, capitulo 5.

  El laboratorio subterráneo del castillo no olía a hospital ni a metal estéril. Olía a ozono saturado, a agua estancada enriquecida con nutrientes sintéticos y al matiz penetrante de la electrolisis constante. Abajo, bajo la roca madre de la montaña, la luz no venía del sol, sino de los filamentos incandescentes que zumbaban en los techos abovedados de piedra caliza y del resplandor azufrado que emanaba del centro de la estancia. Allí se alzaba una enorme pecera vertical de cuarzo blindado y titanio, de cuatro metros de alto por tres de ancho. En su interior, suspendido en un fluido viscoso y bioluminiscente de tonalidad azul cobalto, reposaba el cuerpo diminuto de Matheus. O, al menos, lo que solía ser diminuto. Frank permanecía erguido frente al panel de control de latón y bakelita, su silueta alta y cadavérica recortada contra el resplandor eléctrico. Sus dedos largos y pálidos, cubiertos por guantes de cuero fino, ajustaban con una precisión milimétrica los potenciómetros d...

Doctor gusano, capitulo 4.

  La bruma de la mañana flotaba pesada sobre el suelo del bosque, pero en el área que Matheus había reclamado como su dominio, el aire no olía a naturaleza, sino al tufo acre del agotamiento, al ácido fórmico rancio y al hedor sordo de la muerte masiva. Una semana había pasado desde que esclavizara a su primera patrulla. Una semana de ingeniería implacable, tiranía biomagnética y una crueldad metódica que solo la mente de un científico desprovisto de empatía podía concebir. Matheus no se había limitado a una sola colonia. Durante días, montado en su trineo inicial, ejecutó incursiones nocturnas contra múltiples hormigueros de la zona, secuestrando a decenas de hormigas reina secundarias y soldados de vanguardia. Utilizando su garra de ave como un bisturí y su recipiente vegetal para macerar tejidos, creó un suero concentrado de feromonas de dominación, agresividad y falsedad Inyectaba o untaba este cóctel en especímenes clave, convirtiéndolos en capataces biomecánicos. Estas horm...

Doctor gusano, capitulo 3.

  El suelo del bosque, tras el diluvio de la tormenta, se había transformado en un terreno de contrastes extremos: catacumbas de barro denso, desfiladeros de raíces podridas y, sobre todo, el vasto y bullicioso territorio de los imperios subterráneos. Una semana había transcurrido desde que Matheus emergiera de la carcasa putrefacta del ave, una semana de marcha implacable donde su cuerpo de oso de agua colosal se había adaptado a la geografía hostil del sotobosque. Se encontraba apostado en el borde de un montículo de tierra arcillosa y agujas de pino descompuestas. Sus múltiples patitas regordetas se aferraban con precisión quirúrgica a la superficie rugosa de un hongo ostra que crecía a ras de suelo, sirviéndole como un balcón de observación estratégico. El aire olía a tierra mojada, a ácido fórmico concentrado y al dulzor fermentado de la savia acumulada en los tallos caídos. Pero lo que dominaba sus sentidos era el caos sónico del entorno: un crujido incesante, un golpeteo r...

El doctor gusano, capitulo 2.

  El musgo del claro no fue más que el preludio de una pesadilla a escala monumental. Para un tardígrado de veinte centímetros de largo el suelo del bosque no era una alfombra vegetal, sino un laberinto de raíces titánicas, abismos de humus en descomposición y una atmósfera espesa, cargada de esporas que zumbaban como proyectiles invisibles. Matheus se arrastraba. Cada metro cuadrado de avance requería un cálculo físico implacable. Sus cuatro pares de patas regordetas se clavaban en la corteza rugosa de una raíz maestra con una lentitud desesperante. Su cuerpo translúcido, gelatinoso y estriado se contraía y se expandía en una pulsión rítmica, un peristaltismo artificial que su cerebro, antes humano, dirigía con una precisión obsesiva. El aire olía a descomposición húmeda, a taninos amargos y a la fragancia dulce y empalagosa de la savia expuesta. Y entonces, el cielo se desvaneció. No hubo tiempo para el pánico analítico. Una sombra titánica, una mole de plumas oscuras y un pi...

El doctor gusano, capitulo 1.

El aire del claro del bosque olía a ozono, humedad resinosa y al sutil y punzante aroma del amoniaco que exhalaban los respiraderos del laboratorio. Era una estructura mastodóntica de titanio oscuro y cristal polarizado, camuflada arteramente entre abetos centenarios y helechos gigantes que filtraban la luz del sol en haces dorados y polvorientos. Dentro, el silencio era solemne, casi sagrado, solo roto por el zumbido armónico de los bio-reactores y el goteo rítmico de un suero fosforescente que pendía sobre una camilla de aleación quirúrgica. En el centro de esa catedral de la ciencia moderna se encontraba Matheus. A sus treinta y cinco años, su rostro reflejaba el cansancio crónico de las noches en vela, pero también una fe ciega, febril e incandescente en su propia obra. Sus ojos, inyectados en sangre por la tensión, brillaban con una mezcla de orgullo y locura controlada. Creía firmemente que el dolor no era más que el peaje inevitable del progreso, que la carne humana tal como l...