Matriarcal, capitulo 5.
El viento helado de las alturas traía consigo el olor a piedra seca y eucalipto silvestre, colándose entre las rendijas del enorme nido de ramas y musgo. Dos meses habían pasado desde la noche del parto, pero en la cima del monte prohibido el tiempo parecía fluir bajo leyes distintas, acelerado por una fuerza antigua y subterránea. Las tres criaturas, que apenas semanas atrás cabían juntas en el regazo de Naya, habían experimentado un crecimiento formidable. Sus cuerpos poseían ya la estatura y el volumen de niños de tres o cuatro años. Sus esqueletos eran densos, sus extremidades musculosas y sus miradas reflejaban una inteligencia salvaje y despierta que maduraba a pasos agigantados. Naya les había otorgado nombres para distinguirlos, palabras nacidas de las características que la naturaleza les había impreso en la carne. En la intimidad de sus pensamientos, los llamaba "Armadura", "Afilado" y "Colmilludo". Pero en el dialecto profundo y ancestral de ...