Capitulo 5, el meditador.
El polvo de la arcilla roja flotaba en el aire denso de la arena, brillando como limadura de cobre bajo la luz de los braseros. El retumbo del gong aún vibraba en las vigas de la grada cuando el primer oponente atravesó la distancia que los separaba. No venía caminando; cruzaba el foso con la velocidad fulminante de una flecha disparada a quemarropa. Era un luchador de la provincia de Henan, un hombre en sus treinta años, de piel curtida y tostada por el sol, con el torso desnudo cruzado por cicatrices pálidas de antiguas heridas de entrenamiento. Sus antebrazos estaban ceñidos con vendas de lino rígido que despedían un fuerte olor a vinagre y alcanfor. El hombre no usó rodeos. No hubo saludo ceremonioso ni despliegue de formas. En la primera ronda de un torneo de impacto, la sorpresa era la mitad de la victoria. Apenas a tres metros de distancia, el peleador apoyó el talón con un pisotón seco que hizo saltar esquirlas de tierra batida. El aire alrededor de su mano derecha pare...