El meditador, capitulo 14.
El sol se ponía tras las crestas afiladas de las montañas de Hubei, tiñendo el cielo con una gradación violácea y anaranjada que parecía pintura fresca sobre el lienzo del firmamento. El aire, cada vez más gélido a medida que ganaban altitud, olía a pino silvestre, a liquen húmedo y al viento seco de la alta atmósfera. Tras una jornada entera de ascenso ininterrumpido por senderos de piedra gastada, escalones tallados en la roca viva y puentes de madera de bambú que crujían sobre abismos cubiertos de bruma, el cuerpo de la madre de Rodolfo dijo basta. Se dejó caer sobre una rocosa saliente a la entrada de una grieta monumental en la ladera de la montaña. Tenía los labios agrietados por el frío, las mejillas rojas por la caminata y los respiraciones profundas y fatigadas salían de su boca en pequeñas nubes de vapor blanco. Se quitó los tenis de caminata, sobándose los pies hinchados con dedos entumecidos por el esfuerzo. —Ay, mijo... —suspiró ella, apoyando la espalda contra la roc...