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Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 7.

 El firmamento del nuevo mundo no se parecía en nada al techo de plomo y ceniza de la Tierra muerta. Aquí, en los dominios exteriores de la Federación Estelar, el horizonte brillaba con una paleta de tonos esmeralda y violeta, bañado por la luz difusa de un sol binario que proyectaba sombras alargadas sobre las cúpulas monumentales de la central de transportes. El aire olía a ozono purificado, a metal frío y al aroma dulzón y artificial de los aromatizantes sintéticos que inundaban las terminales de alta velocidad. Tras el aterrizaje del techno-carguero, la transición había sido vertiginosa. Dayane y Lobo no tardaron en abandonar los muelles de atraque, cruzando pasillos kilométricos pavimentados con baldosas de polímero brillante que reflejaban las luces parpadeantes de los anuncios holográficos flotantes. Dayane caminaba con la cabeza en alto, sintiendo el peso reconfortante de la civilización moderna bajo sus pies, aunque con la guardia alta. A su lado, Lobo avanzaba con pasos...

Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 6.

 El ciclo de las lunas cenicientas había completado su curso silencioso, marcando el fin de las cuatro semanas en el yermo. Durante ese mes, Dayane había dejado de contar los días mediante los destellos morados de la red corporativa y había comenzado a medirlos por el ritmo del agua en el riachuelo subterráneo, el crujir de las brasas y las lecciones implacables de supervivencia que Lobo le había impartido en las llanuras de sal y arena roja.  Aquella mañana, el aire dentro de la cueva tenía una densidad distinta, una electricidad contenida que rozaba la piel antes de despertar. Dayane se incorporó del lecho de pieles con una agilidad felina, sintiendo el pulso firme y constante de su sangre. Miró hacia la entrada de la caverna, donde Lobo ya estaba de pie, con las manos apoyadas en el cinturón de cuero y el rostro esculpido por el viento del desierto mirando hacia el horizonte. La pequeña criatura escamosa —el camaleón mutado de tonos tornasolados— se aferraba a su clavícul...

Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 5

 El sol ceniciento del año 2400 no ofrecía clemencia; apenas derramaba un resplandor plomizo y polvoriento sobre las dunas de sal que se extendían hasta perderse en el horizonte radiactivo. Una semana entera había transcurrido desde el día en que la cápsula de Dayane se estrelló contra el yermo. Siete ciclos de calor sofocante, de silencios sepulcrales y de un aprendizaje forzoso en las entrañas de la cueva junto al cazador. Aquel día, la rutina de la supervivencia dio un giro ritual. Lobo la había invitado a salir temprano, antes de que el aire se volviera irrespirable. Para el hombre y su gente, una cacería compartida no era simplemente una excursión en busca de alimento; era una muestra sagrada de estima. En el mundo de cenizas que habitaban, donde cada caloría equivalía a un latido más de vida, invitar a alguien a cazar era abrirle las puertas de la confianza absoluta, un lazo invisible tejido con sangre y sudor. El terreno era un laberinto de rocas calcinadas y barrancos esc...

Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 4.

 El amanecer en el yermo no traía consigo el espectáculo dorado de los viejos mundos, sino el lento levantamiento de una cortina de gasa cenicienta. La luz, filtrada a través de capas de polvo radiactivo suspendidas en la estratosfera, bañaba el horizonte en un tono plomizo, frío y áspero que apenas templaba el aire antes de que el calor volviera a imponer su ley implacable. Dentro de la cueva, el olor a ceniza fría y resina de pino se mezclaba con el aroma metálico y residual que Dayane aún conservaba en la piel, un eco persistente de su cápsula de escape. Despertó con los músculos agarrotados. Cada fibra de su cuerpo protestó cuando intentó incorporarse; el mes de aislamiento que le había prometido Marcus se antojaba ahora como una condena de plomo. Sin embargo, el aire fresco de la mañana que se filtraba desde el exterior traía una promesa distinta. Lobo ya estaba despierto. De pie junto a la entrada, con el pesado poncho de cuero curtido oscilando levemente con la corriente m...

Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 3.

 El frío seco de la piedra dejó paso al aire denso y ceniciento del exterior en cuanto Dayane cruzó el umbral de la cueva. Avanzó con paso vacilante, apoyando la palma de la mano contra la pared rugosa de la caverna para estabilizarse. Los músculos de sus piernas, entumecidos por el largo letargo en el arnés de la cápsula y la posterior recuperación milagrosa, respondían con una lentitud pesada. Al llegar a la repisa de roca que servía como balcón natural, la inmensidad del yermo se abrió ante ella como un océano de muerte y silencio. La llanura se extendía hasta donde alcanzaba la vista, un tapiz infinito de dunas de arena roja, salinas blanquecinas y esqueletos de formaciones rocosas que el viento había esculpido a lo largo de los siglos. El sol ceniciento, un disco opaco y desprovisto de brillo real, colgaba en un cielo de plOMO puro. No soplaba brisa. El calor del desierto no era un clima: era una presencia física, una losa invisible que oprimía el pecho y desecaba los labios...

Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 2.

 El frío de la piedra no se sentía como una temperatura, sino como un peso denso, un aliento mineral que contrastaba brutalmente con el recuerdo sofocante del reingreso atmosférico. Dayane volvió a la conciencia no con un parpadeo, sino con una marejada de sensaciones descoordinadas. El primer sentido en despertar fue el olfato: un olor penetrante a tierra húmeda, humo de madera seca, resina de pino quemada y algo que chisporroteaba con un siseo rítmico sobre brasas incandescentes. No había ozono. Tampoco el tufillo estéril y filtrado de los clasificadores de aire de su cápsula táctica, ni el tufo a lubricante sintético derretido. El dolor en su abdomen, aquel zarpazo incandescente que recordaba haber visto manar sangre oscura contra el arnés de contención, había menguado a un palpitar sordo, lejano, como el eco de un golpe viejo. Pestañeó con lentitud. Sus pestañas, pesadas por el hollín acumulado, se despegaron. La luz que la rodeaba no era la alarma morada y agonizante del fu...

Dayane y el espiritu del lobo.

 El calor del desierto no era un clima, era una presencia física que pesaba sobre los huesos. Año 2400. La Tierra ya no pertenecía a los hombres de las ciudades de cristal ni a las chimeneas de hierro que un día perforaron las nubes; pertenecía a la nada, al silencio de una civilización industrial sepultada bajo el óxido y el polvo radiactivo. Bajo el sol ceniciento, el aire comenzó a distorsionarse. El viento, que soplaba constante desde el este, cesó de golpe. Un silencio denso y sepulcral envolvió las dunas de sal y arena roja. Y entonces, sin previo aviso, el cielo se apagó. No fue un eclipse natural. Una franja del firmamento, justo sobre el horizonte septentrional, se tornó de un gris metálico y oscuro, absorbiendo la luz como un pozo sin fondo. Las estrellas invisibles del mediodía parecieron temblar. Los animales, que yacían adormecidos bajo los matorrales secos, reaccionaron con una furia atávica. Lagartartos acorazados de piel escamosa salieron disparados entre las roca...