El meditador, capitulo 4.
El pasillo de entrada a la Gran Arena de Sichuan era un túnel de piedra caliza donde la humedad se pegaba a la piel como una película helada. El aire olía a hierro oxidado, a sudor rancio acumulado por décadas de combates y al perfume alcanforado del ungüento que los peleadores se untaban en las articulaciones. Cada paso de Rodolfo retumbaba en las paredes con el peso de una mole de piedra, levantando un eco denso que llamaba la atención de los presentes. A su lado, pegada al brazo grueso del joven, su madre caminaba con la barbilla levantada, marcando el paso con el taconache constante de sus zapatos sobre el suelo húmedo. Su presencia contrastaba de forma absoluta con la comitiva de la arena: a lo largo de las paredes, los guerreros de las distintas órdenes de Oriente esperaban en grupos rígidos. La mayoría venía escoltada por un representante oficial elegido por sus respectivos templos: ancianos de barbas ralas, túnicas de seda oscura y miradas frías que evaluaban a los rivale...