Matriarcal, capitulo 4.
El viento de la cumbre aullaba contra los muros de ramas y madera del enorme nido, pero dentro del recinto circular, el aire era un estanque denso de calor, sudor y el aroma penetrante del almizcle y la sangre. La noche caía sobre el monte prohibido como un manto de plomo, iluminada únicamente por la luz pálida y verdosa de los hongos que Naya había transportado desde la caverna para alumbrar su guarida. El momento había llegado. Naya estaba tendida de rodillas en el centro del lecho blando de pieles y musgo, con las manos aferradas con violencia a los troncos gruesos de la estructura. Un espasmo atroz le recorrió el abdomen, una contracción de una magnitud tan colosal que sintió como si sus huesos pélvicos fueran a separarse y convertirse en polvo. El dolor era abrumador, un latigazo de fuego puro que le desgarraba las entrañas y le nublaba la vista con destellos rojos y blancos. En cualquier otra mujer de la sabana, semejante agonía habría provocado la muerte o el desmayo inm...