El Lord que, capitulo 4.
El silencio en aquel confín del cosmos no era la simple ausencia de sonido; era una presencia física, un peso denso y absoluto que lo abarcaba todo. En aquel planeta remoto, donde las estrellas titilaban con una indiferencia gélida, no existía el viento, ni el roce de la hierba, ni el eco de un latido. Solo yacía el vacío de la nada, una vastedad desolada donde el tiempo mismo parecía haberse detenido, cansado de avanzar hacia ninguna parte. De forma repentina, desgarrando la quietud de la nada con un crujido sordo que resonó en el aire inexistente, se materializó un castillo. Sus muros de piedra oscura y monolítica brotaron de la planicie estéril como un colmillo negruzco clavado en la carne muerta del mundo. Las gárgolas de piedra, cubiertas de un musgo metálico, miraban hacia el horizonte vacío con cuencas vacías. Unos segundos después, con un gemido de bisagras antiguas que olían a hierro oxidado y humedad secular, las enormes puertas principales del castillo se abrieron len...