El último intelectual, capitulo 5
Jonhas sintió el peso de las monedas en su bolsillo como una cadena de anclas diminutas. No era la alegría del comerciante, sino la náusea del que sabe que ha vendido una mentira para alimentar una verdad: su estómago. Muerte Blanca lo seguía, su pelaje resaltando contra el lodo negruzco de las callejuelas de Tinatown, una mancha de pureza en un cuadro de carboncillo. El aire en el centro del barrio se volvió más denso, cargado de vapores de jengibre marchito y el silbido de teteras que parecían gritar por alivio. Jonhas se detuvo frente a un puesto donde un hombre de manos nudosas sumergía fideos en un caldo que burbujeaba con la parsimonia de un volcán cansado. —Dos cuencos. Uno con carne, si la tienes —dijo Jonhas, dejando caer tres monedas sobre la madera grasienta. El viejo no lo miró. Sus ojos estaban fijos en el vapor, como si leyera el futuro en la forma de las nubes de sopa. Sirvió el caldo. Un cuenco para el hombre, un plato llano de cerámica desconchada para la gata. Mu...