Dos jóvenes listos para comerse el mundo
La estática en los oídos de Geometry era una sinfonía de orden. El interceptor se deslizaba entre los jirones de una fragata pirata que acababa de desmembrar, el metal desgarrado soltando nubes de gas criogénico que brillaban como polvo de diamantes bajo las lunas. Los sensores de Geometry, incrustados directamente en su corteza visual, detectaron una anomalía de trayectoria. —Piratas —susurró Geometry, su voz un siseo metálico—. Desviación innecesaria. Los fugitivos, desesperados por sacudirse al cazador de quince años, realizaron una maniobra errática. Dispararon una salva de torpedos de plasma, no hacia Geometry, sino hacia la Ciudad Flotante del Planeta X que colgaba debajo de ellos como una medusa de cristal y oro. Buscaban una distracción, un incendio que obligara a los protocolos imperiales a priorizar el rescate sobre la caza. El impacto fue un relámpago que tiñó el vacío de un carmesí violento. En los jardines de obsidiana, el aire dejó de oler a sándalo y empezó a oler a...