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Matriarcal, capitulo 4.

 El viento de la cumbre aullaba contra los muros de ramas y madera del enorme nido, pero dentro del recinto circular, el aire era un estanque denso de calor, sudor y el aroma penetrante del almizcle y la sangre. La noche caía sobre el monte prohibido como un manto de plomo, iluminada únicamente por la luz pálida y verdosa de los hongos que Naya había transportado desde la caverna para alumbrar su guarida. El momento había llegado. Naya estaba tendida de rodillas en el centro del lecho blando de pieles y musgo, con las manos aferradas con violencia a los troncos gruesos de la estructura. Un espasmo atroz le recorrió el abdomen, una contracción de una magnitud tan colosal que sintió como si sus huesos pélvicos fueran a separarse y convertirse en polvo. El dolor era abrumador, un latigazo de fuego puro que le desgarraba las entrañas y le nublaba la vista con destellos rojos y blancos. En cualquier otra mujer de la sabana, semejante agonía habría provocado la muerte o el desmayo inm...

Matriarcal, capitulo 3.

 El sol caía de plomo sobre las laderas secas de la parte media de la montaña, calentando la tierra roja hasta volverla un horno que despedía oleadas de vapor invisible. Naya corría a pie desnudo entre los matorrales espinosos. Su cuerpo había cambiado por completo: la fragilidad de hacía unos meses se había evaporado bajo el sol severo del monte prohibido. Ahora, su vientre era un globo firme, abultado y pesado que marcaba el centro exacto de su gravedad, pero lejos de entorpecerla, parecía sostenerla con una vitalidad aplastante. Frente a ella, un canguro de gran tamaño saltaba entre las rocas, dejando tras de sí una estela de polvo y el chasquido seco de la vegetación rota. El animal, acorralado en un saliente de la pared rocosa, frenó en seco. En un movimiento brusco, giró sobre sus patas traseras, irguiéndose a más de metro y medio de altura. Sus ojos oscuros y brillantes clavaron la mirada en la mujer; bufó con rabia, apoyando todo el peso del cuerpo en su gruesa cola para l...

Matriarcal, capitulo 2.

 Al pie de la ladera, el enjambre de antorchas se detuvo en seco. Los destellos anaranjados de las llamas bailaban sobre los rostros cobrizos de los cazadores, iluminando sus expresiones tensas, marcadas por el miedo y la superstición. Ninguno de ellos se atrevió a dar un paso más allá de la última línea de matorrales secos. El borde del monte prohibido no era solo una frontera de piedra; era una barrera sagrada e invisible que sus ancestros habían marcado con sangre y mitos. El líder de la caza batió su lanza contra el suelo, levantando una pequeña nube de polvo rojo que chispeó bajo el fuego. Miró hacia la silueta esbelta de Naya, que se disolvía entre la penumbra de las rocas superiores. —Fue lo mejor —sentenció el hombre, con una voz profunda que pretendía sonar firme, aunque temblaba sutilmente en los bordes—. Se adentró en la morada de los demonios. Las sombras devorarán su carne y la tierra se beberá su sangre impura. No volverá. Un murmullo de asentimiento corrió entre l...

Matriarcal, capitulo 1.

 La noche sobre el desierto australiano no era una sombra tibia, sino un manto pesado de polvo seco y frío que se metía por las narices y agrietaba los labios. Dentro del refugio de ramas trenzadas y barro seco, el aire olía a sudor rancio, grasa de manguera vieja para ahuyentar insectos y al humo sofocante del brasero que agonizaba en el centro del suelo. Naya estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la tierra dura, rodeándose el vientre con ambos brazos. Su embarazo apenas comenzaba a perfilarse; era apenas un abultamiento firme bajo su piel cobriza, una presencia silenciosa pero aplastante que había alterado el pulso de todo el campamento. A contraluz, la silueta de los dos hombres recortaba la entrada de la choza. Permanecían de pie, en silencio, cargando lanzas de madera endurecida al fuego y garrotes pesados. Eran sus guardianes, sus carceleros. En aquella tribu, el orden del mundo era inmutable y violento. Los hombres poseían las tierras, las herramientas y a las mujere...

Capitulo 1, el enterrador, segunda sangre, temporada 1.

 La penumbra de la habitación no era del todo oscura; más bien, estaba impregnada de una luz densa, anaranjada y oscillate. Decenas de velas de cera de abeja, colocadas sin orden aparente sobre repisas de madera carcomida y directamente en el suelo de piedra fría, crepitaban con un murmullo sordo. El aire olía a una mezcla sofocante de sebo quemado, óxido, mirra marchita y el hedor dulce y penetrante de la materia orgánica que ha comenzado su inevitable proceso de descomposición. En el centro de ese espacio sofocante, sobre una mesa de roble macizo manchada de ceras viejas y surcos profundos, yacía un cadáver. Era una masa imponente, un cuerpo ancho y pesado que parecía aplastar la madera debajo de sí. Sus extremidades, rígidas y frías, sobresalían ligeramente de los bordes del mueble. Las sombras danzaban sobre la piel grisácea del difunto, remarcando la densidad de su torso y la firmeza que la muerte aún no había logrado arrebatarle del todo. De pie junto a él se encontraba un ho...

El meditador, capitulo 14.

 El sol se ponía tras las crestas afiladas de las montañas de Hubei, tiñendo el cielo con una gradación violácea y anaranjada que parecía pintura fresca sobre el lienzo del firmamento. El aire, cada vez más gélido a medida que ganaban altitud, olía a pino silvestre, a liquen húmedo y al viento seco de la alta atmósfera. Tras una jornada entera de ascenso ininterrumpido por senderos de piedra gastada, escalones tallados en la roca viva y puentes de madera de bambú que crujían sobre abismos cubiertos de bruma, el cuerpo de la madre de Rodolfo dijo basta. Se dejó caer sobre una rocosa saliente a la entrada de una grieta monumental en la ladera de la montaña. Tenía los labios agrietados por el frío, las mejillas rojas por la caminata y los respiraciones profundas y fatigadas salían de su boca en pequeñas nubes de vapor blanco. Se quitó los tenis de caminata, sobándose los pies hinchados con dedos entumecidos por el esfuerzo. —Ay, mijo... —suspiró ella, apoyando la espalda contra la roc...

El meditador, capitulo 13.

 El Templo del Crisantemo de Hierro se alzaba en lo más alto de la meseta de Hubei, oculto entre la niebla perpetua y el murmullo de los pinos milenarios. El aire en el Salón Principal no era frío, sino sofocante, impregnado de un aroma denso y seco a madera de cúpula añeja, resina quemada de sándalo y la pátina de óxido de miles de campanas de bronce. En el fondo del recinto, sobre un pedestal de obsidiana pulida, descansaba el Gran Anciano. Su aspecto era el de una reliquia viviente. Su piel, tostada por dos siglos de sol de montaña y deshidratada por la meditación ascética, tenía una textura frágil y quebradiza, tan dorada y crujiente como la superficie de un croissant recién horneado. Cada pequeña arruga de su rostro parecía a punto de desmoronarse al menor movimiento, y sus párpados, pesados y arrugados, permanecían habitualmente cerrados como si la luz del mundo terrenal ya no mereciera su atención. —Tráiganmelo —ordenó el Gran Anciano. Su voz no fue más que un rasguño seco, ...