El Éxodo, capitulo 1.
El viento de aquel mundo desconocido no tenía aroma a vida. Era un soplo seco, helado, golpeado por una frialdad mineral que sabía a polvo de granito y a metales antiguos quemados por la radiación interestelar. William César Disis ajustó la bufanda desgastada que rodeaba su cuello de dieciséis años, tragando saliva para aplacar la sequedad de la garganta. A través del visal polarizado de sus gafas tácticas, la vista del horizonte era una bofetada de inmensidad desoladora. Frente a él, a varios kilómetros de distancia pero luciendo monstruosamente gigante gracias a la falta de atmósfera densa, la gigantesca quilla plateada de la Astraea IX cortaba las capas superiores de la termosfera. El sonido de los retrocohetes gravitacionales no era un rugido directo, sino un retumbo de baja frecuencia que se transmitía a través de las suelas de sus botas, vibrando en la estructura ósea de sus tobillos y subiendo en una onda sorda hasta su caja torácica. La astronave, una mole de acero colo...