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Yogo, capitulo 1.

 Mis párpados no se abren; se desgarran. Esa es la primera sensación de cada mañana: el sonido húmedo y pegajoso de las membranas separándose, rompiendo el sello de una noche que nunca es descanso, sino simple procesamiento de datos. Al levantar las cortinas de carne de mis ojos, no veo luz natural, sino la penumbra asfixiante de mi propio santuario. Estoy rodeado. Pero no por muros de hormigón o barrotes de acero, sino por una prisión biológica que yo mismo he construido gramo a gramo, caloría a caloría. Soy un prisionero de mi propia arquitectura. Hago el esfuerzo hercúleo de levantar la cabeza. Siento cómo los tendones de mi cuello se tensan bajo el peso de mi cráneo, pero el movimiento es limitado. Bajo mi barbilla, la masa comienza de inmediato. Es una presencia inmensa, una cordillera de lípidos y dermis que se desborda sobre mi pecho, borrando cualquier rastro de estructura ósea. No hay clavículas aquí, no hay hombros definidos; solo la continuidad de una existencia que ha d...

La hermandad de la piedra, capítulo 7.

 El silencio que precedió a la creación no fue paz, sino una tensión insoportable de posibilidades no nacidas. Antes de que el primer sol humano calentara la arcilla de la tierra, Urano, el Padre Cielo, cuya piel era el firmamento y cuyos ojos eran galaxias en colisión, comprendió que el orden necesitaba un vertedero. Con un gesto que desgarró el tejido de la realidad, Urano no creó vida, sino un No-Lugar. Lo llamó el Cancerverso. Era una dimensión diseñada para ser el gemelo oscuro del Tártaro. Pero mientras el Tártaro era una prisión de fuego y castigo, el Cancerverso era un vacío estéril, una arquitectura de geometría imposible donde el tiempo no corría, sino que se estancaba como el agua en una herida infectada. Durante eones, aquel lugar fue una negrura absoluta que olía a metal frío y a la ausencia de Dios. Era estático, una fotografía de la nada. Hasta que ocurrió el error. No fue un rayo, ni una palabra divina. Fue una bacteria. Un accidente biológico que se filtró por una ...

La hermandad de la piedra, capítulo 6.

 El vacío no era una ausencia de luz; era una presencia de nada. En el Reino de la Vigilia, el concepto de distancia se deshacía como sal en el agua. Liam Jameson, el hombre que se jactaba de ser el "No" absoluto, se encontró flotando en un abismo que olía a tiempo muerto y a estática. No había suelo, no había cielo, solo una negrura infinita que parecía presionar contra sus globos oculares hasta que el dolor se convirtió en una nota sorda y constante en su cráneo. Por primera vez en su vida, el miedo no fue una emoción, sino un proceso biológico. Sintió cómo el sudor frío le recorría la columna, pero el sudor no caía; se quedaba pegado a su piel en la ingravidez de ese lugar maldito. Su corazón martilleaba contra sus costillas con tal violencia que temía que el sonido atrajera a lo que sea que habitara en ese silencio sepulcral. —¿Taho? —gritó, pero su voz fue devorada por la nada. No hubo eco. El silencio era un depredador hambriento. De pronto, la negrura se rasgó. No hubo...

La hermandad de la piedra, capítulo 5.

 El Bosque de los Ecos parecía haber quedado en suspenso. El avance de la grisalla de La Mancha se había ralentizado en los lindes del claro, repelido temporalmente por el aura de pureza que emanaba de Bastian, el Niño Mago. Sin embargo, el aire seguía cargado de una electricidad estática que hacía que el cabello rubio platino de Taho flotara levemente, como si estuviera bajo el agua. Taho se mantenía a escasos metros del pequeño, cuya túnica de plumas emitía un siseo suave con cada ráfaga de viento. Los ojos del niño, densos y antiguos, recorrieron la tecnología de fibra óptica de la mujer con una mezcla de lástima y reconocimiento. —No basta con el engranaje, Arquitecta —dijo Bastian, y su voz no movió sus labios, sino que floreció directamente en el centro del cráneo de Taho—.Necesitan traerme la Diadema del Gorgón. Taho procesó el término en milisegundos. Sus archivos internos recuperaron leyendas de un artefacto forjado en las fraguas del inframundo, una corona de serpientes d...

La hermandad de la piedra, capítulo 4.

El frío en el interior de la montaña no era sino una ausencia de vida que calaba hasta los huesos de grafeno de Taho. Las paredes, de un granito tan oscuro que parecía absorber la luz de las linternas tácticas, se cerraban sobre el grupo como las fauces de un gigante petrificado. El aire aquí arriba, a casi cinco mil metros de altura, era ralo, un recordatorio constante de que estaban en un lugar donde los pulmones humanos no estaban diseñados para funcionar. Liam Jameson, el "Hombre Domo", rompió el silencio. Su voz, usualmente filtrada por la confianza de su invulnerabilidad, sonó pequeña, casi infantil, rebotando en las paredes húmedas. —¿Qué demonios estamos haciendo aquí, Taho? —preguntó Liam, abrazándose a sí mismo a pesar de que su campo de fuerza mantenía la temperatura interna estable. Su mirada saltaba de una sombra a otra, buscando una amenaza que no podía ver—. Esto no se parece a nada de lo que hay en los catálogos.  Taho no se detuvo. Sus manos, enguantadas en e...

La hermandad de la piedra, capítulo 3.

 El frío de la cueva en el Karakórum ya no era una temperatura, sino una advertencia. El aire, estancado durante milenios bajo la presión de las montañas asiáticas, comenzó a vibrar con una frecuencia subsónica que hacía que el líquido cefalorraquídeo de los presentes oscilara. El monolito octagonal, antes una mole de piedra inerte y jaspeada, se transformó en un organismo de luz. Las vetas plateadas que recorrían su superficie de obsidiana se ensancharon, pulsando con un ritmo cardiaco.  El Despertar de los Moldes De pronto, el sonido del goteo de agua cesó. El silencio fue reemplazado por un siseo de aire ionizado. En cada una de las ocho caras laterales del monolito, la piedra misma comenzó a licuarse. No se derretía como el hielo, sino que se replegaba sobre sí misma en un ballet geométrico de nanotecnología ancestral. En el centro de cada panel, emergió un molde. Eran improntas de manos humanas, pero no estaban talladas en la roca; eran vacíos de pura energía blanca, una ...

La hermandad de la piedra, capítulo 2.

 El aire en las catacumbas de la diosa Hécate no era aire, sino una exhalación de siglos acumulados, cargada con el olor a azufre, sangre seca y el aroma dulzón de la putrefacción que nunca termina de consumirse. A tres kilómetros bajo la superficie, donde la luz del sol era un concepto olvidado y la oscuridad tenía una textura física, el silencio solo era interrumpido por el goteo rítmico de un fluido viscoso que caía de las estalactitas de hueso. En el centro de la antecámara, un anciano de aspecto cadavérico permanecía de pie. Su piel, delgada como el pergamino antiguo, se tensaba sobre unos pómulos que amenazaban con perforar la superficie. Sus ojos eran dos pozos de ceniza, apagados pero ardiendo con una determinación que desafiaba su fragilidad biológica. Cada respiración era un silbido asmático, un recordatorio de que sus pulmones estaban colapsando bajo el peso de los años. —Este cuerpo es muy débil —susurró el anciano, y su voz sonó como el crujido de hojas secas bajo una ...