Matriarcal, capitulo 2.
Al pie de la ladera, el enjambre de antorchas se detuvo en seco. Los destellos anaranjados de las llamas bailaban sobre los rostros cobrizos de los cazadores, iluminando sus expresiones tensas, marcadas por el miedo y la superstición. Ninguno de ellos se atrevió a dar un paso más allá de la última línea de matorrales secos. El borde del monte prohibido no era solo una frontera de piedra; era una barrera sagrada e invisible que sus ancestros habían marcado con sangre y mitos. El líder de la caza batió su lanza contra el suelo, levantando una pequeña nube de polvo rojo que chispeó bajo el fuego. Miró hacia la silueta esbelta de Naya, que se disolvía entre la penumbra de las rocas superiores. —Fue lo mejor —sentenció el hombre, con una voz profunda que pretendía sonar firme, aunque temblaba sutilmente en los bordes—. Se adentró en la morada de los demonios. Las sombras devorarán su carne y la tierra se beberá su sangre impura. No volverá. Un murmullo de asentimiento corrió entre l...