La guerra de la jalea, capitulo 2.
El viento en el Estrecho de Drake no traía sal: traía el olor acre del carbón quemado, del gasóleo de bajo octanaje y del hierro oxidado que se enfriaba bajo la llovizna implacable. En las costas del Arca, las chimeneas de ladrillo rojo y las torres de alta tensión se alzaban contra el horizonte como dedos amputados de una Era que la humanidad nunca terminó de sepultar. Aquella isla, un remanso de tierra anormalmente caliente propulsado por corrientes termales profundas, era un híbrido grotesco y fascinante. Visto desde el mar, el paisaje parecía un distrito industrial del siglo XX, saturado de engranajes expuestos, vapor denso que escapaba por válvulas corroídas y tuberías de cobre que serpenteaban por los acantilados. Sin embargo, sobre las murallas de contención de hormigón armado, la artillería no utilizaba pólvora. Silenciosos cañones de masa electromagnética, alimentados por celdas de plasma de alta densidad, apuntaban hacia el canal con un brillo azulado y amenazante. Era...