El meditador, capítulo 1
El calor bochornoso del auditorio en pleno centro de la Ciudad de México olía a palomitas quemadas, sudor y perfume barato. El murmullo de la multitud era un zumbido denso mientras las luces de neón del escenario parpadeaban con un zumbido eléctrico. Era la gran final del concurso de talentos corporativo. El último acto estaba por comenzar. Rodolfo, un joven de veinte años, corpulento, de hombros anchos y estatura imponente, caminó hacia el centro de la tarima. El tablado crujió bajo sus pasos pesados. Sin pronunciar palabra, se dejó caer de espaldas contra el suelo de madera fría. Cerró los ojos. El silencio cayó de golpe, denso y helado. Rodolfo comenzó a inhalar despacio, expandiendo su tórax masivo. No había música, no había accesorios, solo la tensión vibrante en el aire mientras establecía comunicación telepática. Una brisa invisible pareció recorrer la primera fila, un cosquilleo en la nuca de los asistentes que no sabían si sentir fascinación o escalofríos. Entre la multit...