Julio verde, capitulo 2.
El chasquido seco de una rama al troncharse no pertenecía al murmullo habitual de la noche. Julio no estaba dormido del todo; habitaba esa frontera difusa entre el sueño cansado y la vigilia, tendido sobre un camastro de sacos de yute que olía a heno rancio y a humedad impregnada en la madera. Cuando la vibración del suelo le atravesó las costillas, sus párpados se abrieron de golpe. El silencio que siguió fue denso, artificial, como si los grillos y las ranas del arroyo hubieran ahogado su canto al mismo tiempo. El bosque, su único aliado, callaba asustado. Se incorporó en la penumbra. El suelo de tierra apelmazada estaba frío bajo la planta de sus pies descalzos. Contuvo la respiración, haciendo que el aire pesado de la cueva —cargado del vapor dulzón de los destilados y el aroma terroso del mantillo— se detuviera en sus pulmones. Fuera, entre los troncos de los robles, los matorrales crujieron con la cadencia pesada y torpe de unas botas militares que intentaban en vano ser ...