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El exodo, capitulo 3.

 El ascenso por la vertiente de la muralla espectral se convirtió en una prueba de desgaste implacable. La pendiente de basalto fracturado y placas de hielo azulado obligaba a clavar los crampones con una precisión milimétrica, golpe tras golpe, en un ritmo mecánico que trituraba los músculos y convertía el aire en una quemazón constante dentro de los pulmones. A mitad de una de las terrazas rocosas más empinadas, donde el viento soplaba con la fuerza de un martillo invisible, William se detuvo un instante. Apoyó las manos sobre las rodillas, con el pecho agitado por el esfuerzo, y miró hacia arriba, buscando el perfil imponente del coronel Vance, quien abría el camino con la tenacidad de un roble viejo. —¿A dónde vamos? —preguntó William, con la voz ligeramente distorsionada por el modulador del casco, mientras el frío le mordía las sienes. El coronel se detuvo sobre una saliente de roca oscura, girando el torso cubierto por el pesado equipo táctico. A través del visor polariza...

El exodo, capitulo 2.

 La marcha hacia la muralla espectral había sido una prueba de desgaste implacable. Durante horas, los noventa y ocho supervivientes de la Astraea IX avanzaron a través de la llanura de basalto negro, con el eco de sus propios pasos resonando dentro de los cascos como un metrónomo mecánico y agobiante. El frío mineral del planeta se filtraba poco a poco por las juntas térmicas de los trajes, entumeciendo los dedos y convirtiendo cada exhalación en densas nubes de vaho que empañaban los visores polarizados. A medida que se acercaban, las montañas colosales dejaban de ser una silueta difusa en el horizonte para convertirse en una cordillera titánica, una falla geológica descomunal que rasgaba el cielo violeta ceniza con cumbres afiladas como dientes de titanio. Los glaciares de metano y nitrógeno congelado que coronaban las laderas brillaban con un tono azulado y macabro, recordándoles que aquel mundo no albergaba ninguna clase de piedad. William César Disis caminaba a pocos pasos...

El Éxodo, capitulo 1.

 El viento de aquel mundo desconocido no tenía aroma a vida. Era un soplo seco, helado, golpeado por una frialdad mineral que sabía a polvo de granito y a metales antiguos quemados por la radiación interestelar. William César Disis ajustó la bufanda desgastada que rodeaba su cuello de dieciséis años, tragando saliva para aplacar la sequedad de la garganta. A través del visal polarizado de sus gafas tácticas, la vista del horizonte era una bofetada de inmensidad desoladora. Frente a él, a varios kilómetros de distancia pero luciendo monstruosamente gigante gracias a la falta de atmósfera densa, la gigantesca quilla plateada de la Astraea IX cortaba las capas superiores de la termosfera. El sonido de los retrocohetes gravitacionales no era un rugido directo, sino un retumbo de baja frecuencia que se transmitía a través de las suelas de sus botas, vibrando en la estructura ósea de sus tobillos y subiendo en una onda sorda hasta su caja torácica. La astronave, una mole de acero colo...

Julio verde, capitulo 2.

  El chasquido seco de una rama al troncharse no pertenecía al murmullo habitual de la noche. Julio no estaba dormido del todo; habitaba esa frontera difusa entre el sueño cansado y la vigilia, tendido sobre un camastro de sacos de yute que olía a heno rancio y a humedad impregnada en la madera. Cuando la vibración del suelo le atravesó las costillas, sus párpados se abrieron de golpe. El silencio que siguió fue denso, artificial, como si los grillos y las ranas del arroyo hubieran ahogado su canto al mismo tiempo. El bosque, su único aliado, callaba asustado. Se incorporó en la penumbra. El suelo de tierra apelmazada estaba frío bajo la planta de sus pies descalzos. Contuvo la respiración, haciendo que el aire pesado de la cueva —cargado del vapor dulzón de los destilados y el aroma terroso del mantillo— se detuviera en sus pulmones. Fuera, entre los troncos de los robles, los matorrales crujieron con la cadencia pesada y torpe de unas botas militares que intentaban en vano ser ...

Julio verde, capitulo 1.

La penumbra del refugio olía a tierra mojada, clorofila condensada y el hedor inconfundible de la corrosión química. Oculto bajo las raíces retorcidas de un roble ancestral, cuyos brazos de madera se entrelazaban formando una bóveda natural en lo más profundo del bosque, se levantaba un laboratorio clandestino. Allí, donde la luz del sol apenas lograba filtrarse entre la hojarasca espesa, el aire era denso, tibio y vibraba con un murmullo constante de gotas cayendo sobre cristal y el borboteo sordo de alambiques improvisados. En el centro de aquel habitáculo subterráneo se hallaba un hombre. A primera vista, aparentaba unos veinticinco años, pero la fatiga grabada en las comisuras de sus ojos insinuaba una existencia mucho más desgastada. Su figura era un catálogo de privaciones: vistiendo unos pantalones de lona deshilachados y una camisa que alguna vez fue blanca, ahora reducida a jirones mugrientos manchados de savia seca y hollín, el sujeto parecía más una criatura del bosque que ...

Matriarcal, capitulo 6.

 El hambre de tres cuerpos en constante crecimiento exigía más de lo que la cumbre podía ofrecer. Una noche sin luna, llevados por el instinto de cacería y la audacia, la pequeña manada bajó sigilosamente hacia los linderos de la tribu. Se adentraron en los corrales de madera donde el clan resguardaba su ganado: gruesas bestias de carga de piel dura. La incursión fue rápida, pero el crujido de una cerca de madera alertó a uno de los centinelas de la tribu. El hombre avanzó con una antorcha en alto, esperando encontrar un dingo solitario. En su lugar, la luz anaranjada reveló a tres figuras monstruosas devorando a una de las reses. Antes de que el centinela pudiera gritar o reaccionar, Tok emergió de la penumbra. Con un rugido gutural y una velocidad cegadora, se abalanzó sobre el hombre. Sus garras de pedernal negro le cortaron el aliento y la garganta en un solo trazo limpio, silenciando el peligro antes de que la alarma se extendiera. Sin embargo, el rastro de sangre y el cadáv...

Matriarcal, capitulo 5.

 El viento helado de las alturas traía consigo el olor a piedra seca y eucalipto silvestre, colándose entre las rendijas del enorme nido de ramas y musgo. Dos meses habían pasado desde la noche del parto, pero en la cima del monte prohibido el tiempo parecía fluir bajo leyes distintas, acelerado por una fuerza antigua y subterránea. Las tres criaturas, que apenas semanas atrás cabían juntas en el regazo de Naya, habían experimentado un crecimiento formidable. Sus cuerpos poseían ya la estatura y el volumen de niños de tres o cuatro años. Sus esqueletos eran densos, sus extremidades musculosas y sus miradas reflejaban una inteligencia salvaje y despierta que maduraba a pasos agigantados. Naya les había otorgado nombres para distinguirlos, palabras nacidas de las características que la naturaleza les había impreso en la carne. En la intimidad de sus pensamientos, los llamaba "Armadura", "Afilado" y "Colmilludo". Pero en el dialecto profundo y ancestral de ...