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Dos jóvenes comiéndose el mundo, capitulo 2.

 El espacio profundo no conocía la piedad, pero conocía muy bien la inercia. El interceptor de Geometry, una aguja de obsidiana cortando el vacío, se lanzó hacia un carguero de clase Mula que intentaba ocultarse tras el cinturón de asteroides de Sigma-9. La velocidad era tal que Yosy sintió cómo sus órganos se presionaban contra su columna vertebral, una sensación de pesadez líquida que lo hacía sentir como un saco de arena húmeda. —Sujétate a los asideros de inercia —ordenó Geometry. Sus dedos eran un borrón sobre los hologramas de control—. Vamos a abordar. Con un movimiento que desafiaba las leyes de la física, Geometry disparó los arpones magnéticos. El impacto fue seco, un eco metálico que vibró en los dientes de Yosy. El aire en la cabina se volvió denso, cargado de la electricidad estática de los acoples de abordaje. —Sígueme. No te quedes atrás o la descompresión te convertirá en confeti —dijo el tirador, saltando del asiento con la ligereza de un gato callejero. Yosy, tamb...

Dos jóvenes listos para comerse el mundo

 La estática en los oídos de Geometry era una sinfonía de orden. El interceptor se deslizaba entre los jirones de una fragata pirata que acababa de desmembrar, el metal desgarrado soltando nubes de gas criogénico que brillaban como polvo de diamantes bajo las lunas. Los sensores de Geometry, incrustados directamente en su corteza visual, detectaron una anomalía de trayectoria. —Piratas —susurró Geometry, su voz un siseo metálico—. Desviación innecesaria. Los fugitivos, desesperados por sacudirse al cazador de quince años, realizaron una maniobra errática. Dispararon una salva de torpedos de plasma, no hacia Geometry, sino hacia la Ciudad Flotante del Planeta X que colgaba debajo de ellos como una medusa de cristal y oro. Buscaban una distracción, un incendio que obligara a los protocolos imperiales a priorizar el rescate sobre la caza. El impacto fue un relámpago que tiñó el vacío de un carmesí violento. En los jardines de obsidiana, el aire dejó de oler a sándalo y empezó a oler a...

El genio y el angel de la muerte, capitulo 4.

 El aire en la órbita superior de Nueva Europa no era aire, sino una sopa electromagnética cargada de estática y muerte. En el centro de esa tormenta, encerrado en una cápsula de interceptación que parecía más un ataúd de cristal que una cabina de combate, se encontraba Geometry. Con apenas quince años, su cuerpo era una contradicción de la violencia que desataba. Era flaco, casi esquelético; sus clavículas se marcaban bajo el traje de presión como costillas de un animal desnutrido. Pero sus ojos no eran los de un niño. Eran dos lentes de precisión absoluta, fijos en la retícula holográfica que bañaba su rostro de un verde fosforescente. —Trayectoria compensada. Viento solar a 12t km/s —Su voz era un hilo monótono, carente de la adrenalina que suele acompañar a la guerra. Frente a él, una flota de naves criminales —remiendos de metal oxidado y motores robados— intentaba perforar el bloqueo del Imperio Comunalista. Para Geometry, no eran naves; eran vectores, puntos de masa que nece...

El angel de la muerte y el genio, capitulo 4.

  El espacio no era un vacío inerte para ellos; era un océano de sensaciones que se filtraba por cada nervio y cada fibra del Chi de Angel. La Colmillo clase Fénix cortaba la negrura estelar como un cuchillo de obsidiana, y el zumbido de los motores era un canto constante que resonaba en el pecho de los dos fugitivos. Lupus, reclinado en la cabina, sus ojos grises reflejando destellos de los paneles, observaba a Angel con una mezcla de paciencia y cálculo. —Angel —dijo Lupus, su voz profunda vibrando en la resonancia metálica de la nave—, necesitamos algo más que fuerza bruta para los próximos pasos. Hay un artefacto en los laboratorios de Nueva Europa que puede cambiarlo todo. Para mis futuros inventos… Angel lo miró, flotando ligeramente sobre la cabina, la túnica blanca ondulando con la mínima corriente de aire. Sus ojos plateados brillaban con curiosidad y una chispa de reticencia. —¿Qué tipo de artefacto? —preguntó, su voz un murmullo que parecía resonar con el Chi—.  Lup...

El angel de la muerte y el genio

  Lupus se recostó contra la pared de cristal de la cueva, dejando que sus enormes manos descansaran sobre sus rodillas. La luz violeta de las tres lunas se filtraba a través de los ventanales naturales, dibujando sombras alargadas que parecían serpientes quietas sobre la roca helada. Sus ojos grises, normalmente brillantes con curiosidad, ahora estaban apagados por el tedio. —Estoy harto de este planeta —dijo, su voz grave resonando entre las paredes de piedra como un tambor metálico—. Hemos explorado cada recodo, cada cueva. No hay nada aquí que me rete. Debemos irnos. Angel flotaba a unos centímetros del suelo, cruzando los brazos sobre el pecho. Su túnica ondeaba suavemente en la corriente mínima que se filtraba desde la abertura de la cueva, y el aroma a resina helada y ozono flotaba en torno a ellos. Su voz, suave pero firme, cortó el silencio como un cuchillo de luz. —Estamos bien aquí, Lupus. Si nos vamos, perderemos todo. Cada patrón de viento, cada resonancia de la roca, ...

El último intelectual, capitulo 5

 Jonhas sintió el peso de las monedas en su bolsillo como una cadena de anclas diminutas. No era la alegría del comerciante, sino la náusea del que sabe que ha vendido una mentira para alimentar una verdad: su estómago. Muerte Blanca lo seguía, su pelaje resaltando contra el lodo negruzco de las callejuelas de Tinatown, una mancha de pureza en un cuadro de carboncillo. El aire en el centro del barrio se volvió más denso, cargado de vapores de jengibre marchito y el silbido de teteras que parecían gritar por alivio. Jonhas se detuvo frente a un puesto donde un hombre de manos nudosas sumergía fideos en un caldo que burbujeaba con la parsimonia de un volcán cansado. —Dos cuencos. Uno con carne, si la tienes —dijo Jonhas, dejando caer tres monedas sobre la madera grasienta. El viejo no lo miró. Sus ojos estaban fijos en el vapor, como si leyera el futuro en la forma de las nubes de sopa. Sirvió el caldo. Un cuenco para el hombre, un plato llano de cerámica desconchada para la gata. Mu...

Yogo, capitulo 1.

 Mis párpados no se abren; se desgarran. Esa es la primera sensación de cada mañana: el sonido húmedo y pegajoso de las membranas separándose, rompiendo el sello de una noche que nunca es descanso, sino simple procesamiento de datos. Al levantar las cortinas de carne de mis ojos, no veo luz natural, sino la penumbra asfixiante de mi propio santuario. Estoy rodeado. Pero no por muros de hormigón o barrotes de acero, sino por una prisión biológica que yo mismo he construido gramo a gramo, caloría a caloría. Soy un prisionero de mi propia arquitectura. Hago el esfuerzo hercúleo de levantar la cabeza. Siento cómo los tendones de mi cuello se tensan bajo el peso de mi cráneo, pero el movimiento es limitado. Bajo mi barbilla, la masa comienza de inmediato. Es una presencia inmensa, una cordillera de lípidos y dermis que se desborda sobre mi pecho, borrando cualquier rastro de estructura ósea. No hay clavículas aquí, no hay hombros definidos; solo la continuidad de una existencia que ha d...