El planeta verde, capítulo 2.
El amanecer en el planeta anónimo no trajo frescura, sino un calor denso y sofocante que se filtraba por la escotilla abierta de la *Sombra de Ónix*. El sol verde, ahora una esfera cegadora de luz esmeralda, derretía las pocas sombras que quedaban en la ladera de la montaña. Para Robinson Sholó, el día comenzó con el sonido de su propia respiración: un silbido seco, áspero, como el roce de dos lijas en el fondo de su garganta. La sed ya no era una molestia; era una presencia física, un parásito que le oprimía el pecho y le resecaba la lengua hasta transformarla en un trozo de cuero inútil. El destilador improvisado de la noche anterior, un esqueleto de tubos de cobre y licores caros, yacía en el suelo de la cabina. El intento de purificación había fracasado estrepitosamente: las baterías de emergencia habían muerto a mitad del proceso, dejando solo un charco de lodo químico humeante y un olor acre que hacía llorar los ojos. No había agua. Ni una sola gota. Desesperado, Sholó salió al e...