El exodo, capitulo 3.
El ascenso por la vertiente de la muralla espectral se convirtió en una prueba de desgaste implacable. La pendiente de basalto fracturado y placas de hielo azulado obligaba a clavar los crampones con una precisión milimétrica, golpe tras golpe, en un ritmo mecánico que trituraba los músculos y convertía el aire en una quemazón constante dentro de los pulmones. A mitad de una de las terrazas rocosas más empinadas, donde el viento soplaba con la fuerza de un martillo invisible, William se detuvo un instante. Apoyó las manos sobre las rodillas, con el pecho agitado por el esfuerzo, y miró hacia arriba, buscando el perfil imponente del coronel Vance, quien abría el camino con la tenacidad de un roble viejo. —¿A dónde vamos? —preguntó William, con la voz ligeramente distorsionada por el modulador del casco, mientras el frío le mordía las sienes. El coronel se detuvo sobre una saliente de roca oscura, girando el torso cubierto por el pesado equipo táctico. A través del visor polariza...