El enterrador: el fin.
Los meses posteriores fueron un torbellino de negociaciones, diplomacia y un cambio irreversible en el destino del planeta X. Hack había logrado lo que muchos consideraban imposible: colocar a su hogar en el Consejo Galáctico, dándole al planeta un estatus que nunca antes había soñado. Como embajador de un sistema sin líder claro, Hack se había apoderado, de toda la economía, construyendo una nueva red de poder que, en sus propios términos, comenzaba a florecer. Pero lo que había empezado como una hazaña de supervivencia y política.
Doce años después, el niño que había crecido bajo su cuidado, el que había sido testigo de la caída de Yosarian, ahora adulto, se preparaba para irse a un gran viaje. Ya no quedaba la mirada inocente, ni la ansiedad por la ausencia de su padre. Ahora era un joven curtido por el sufrimiento, pero lleno de un entendimiento que Hack nunca había esperado. En silencio, con el rostro impenetrable, el joven lo abrazó una última vez, y al separarse, no hubo palabras. Solo miradas que se entendían sin necesidad de sonido.
Con el chico ya fuera de su vida cotidiana, Hack sintió la inmensa soledad envolverlo. Aún tenía el viejo detector de metales en sus manos, el mismo que había usado años atrás, cuando buscaba piezas de los restos de la nave kepleriana. Había algo inquebrantable en su corazón, una sensación de que aún había algo por encontrar, algo que podría dar un sentido a los años perdidos, a las batallas libradas y las promesas rotas.
Era una mañana fría, tan fría que el aire parecía agrietarse al respirar. Hack caminaba por la colina, el sonido del viento cortante llenaba sus oídos, y la tierra que pisaba se sentía rígida, como si todo el planeta estuviera esperando algo. El metal del detector brillaba débilmente bajo la luz grisácea del sol, como si tuviera vida propia, como si también esperara encontrar algo. En sus ojos había una chispa de esperanza, aunque sabía que lo que buscaba era improbable.
El suelo, cubierto de polvo y piedras rotas, no ofrecía ninguna señal. El silencio era absoluto, excepto por el ocasional crujido del detector, que se apagaba tan rápido como sonaba. Hack agachó la cabeza y observó el paisaje que se extendía ante él, una vasta llanura llena de recuerdos. La montaña, siempre distante, le parecía ahora más inalcanzable que nunca.
Se detuvo un momento. La brisa fría le cortó el rostro, haciendo que los cabellos se le pegaran a la frente. Sabía que el material con el que había sido fabricada la pierna de Yosarian era resistente, casi indestructible, pero eso solo aumentaba la desesperación que sentía. "¿Qué haría Yosarian si estuviera vivo?", pensó mientras se ajustaba los guantes, apretando el mango del detector con fuerza. Los pasos de su vida, tanto en la política como en la búsqueda, se volvían un eco lejano, como si nunca hubieran existido.
Hack dejó escapar un suspiro, la esperanza desvaneciéndose como el viento que soplaba con fuerza en su rostro. Pero algo dentro de él se rehusaba a rendirse, aunque todo lo que quedaba eran las sombras del pasado y la interminable búsqueda de algo que ya no estaba.
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