99+1, capitulo 3.

 Al día siguiente, Pepe se hallaba frente a don Saúl, quien lo observaba con la misma desconfianza de la noche anterior. Los ojos del anciano, oscuros y afilados como cuchillas, repasaban cada detalle de la apariencia del joven, como si intentara leer en su rostro la verdad de su historia. Pepe, sin inmutarse, extendió un papel amarillo, arrugado por el viaje, con la firma de Martín al final de la página. Saúl lo tomó con sus manos curtidas y ásperas, lo acercó a sus ojos y comparó la letra con otro contrato que sacó de un cajón. Tras un momento de silencio, el viejo suspiró, dobló ambos papeles con precisión y guardó el suyo en el bolsillo trasero del pantalón.

—Bienvenido, Pepe —dijo finalmente, con un leve asentimiento.

Pepe no respondió de inmediato. No estaba seguro de qué significaba esa bienvenida, si era una aceptación sincera o simplemente una resignación a su presencia. Lo cierto era que don Saúl ya no tenía el machete al alcance de la mano.

—Se nota que necesitas un cambio de ropa —añadió el anciano, recorriendo con la vista la camisa desaliñada y los pantalones gastados de Pepe—. Ven conmigo.

Saúl lo condujo a la parte trasera de su humilde morada, una construcción de madera robusta, enclavada entre dos rocas enormes. Pese a su simplicidad, la casa imponía respeto, como si la piedra misma le hubiera otorgado su fuerza con los años. Atravesaron un estrecho sendero cubierto de polvo y maleza, hasta llegar a una bodega de puertas gruesas y oxidadas. Saúl empujó la entrada con un rechinar de bisagras y, de inmediato, el olor a cuero, tela vieja y madera invadió el aire. Dentro, la penumbra apenas dejaba ver la inmensidad de ropa apilada en estantes y baúles abiertos, como si aquel lugar contuviera los restos de muchas vidas pasadas.

—Toma lo que gustes —dijo el anciano, cruzándose de brazos.

Pepe avanzó con cautela, recorriendo con la mirada las prendas. Camisas de manga larga, chalecos de lana, pantalones de lona gruesa y botas de cuero ajadas por el tiempo. Encontró una camisa azul con botones de madera, aún firme, y un pantalón de tela resistente que, aunque algo grande, le pareció adecuado. También tomó un par de botas gastadas, pero aún funcionales. Se cambió detrás de un viejo biombo de madera, sintiendo cómo la tela limpia le devolvía algo de dignidad.

Al salir, Saúl lo observó de arriba abajo y asintió con aprobación.

—Ahora pareces menos miserable —comentó con una media sonrisa.

Pepe, con un leve resplandor en la mirada, preguntó:

—¿Cuánto te paga Martín?

Saúl soltó una carcajada corta y seca, como si la pregunta le pareciera un chiste.

—El dinero no importa mientras haya casa, comida y vestido —respondió, encogiéndose de hombros—. Mientras tengas eso, ¿qué más necesitas?

Pepe no respondió. Pensaba distinto, pero no tenía ganas de discutir.

Pasó una semana. Durante esos días, Pepe durmió en la bodega, sobre un viejo colchón con el olor impregnado de años de encierro. Se acostumbró al ritmo del lugar, pero la monotonía comenzaba a pesársele. Se pasaba las tardes sentado afuera, mirando el horizonte sin mucho entusiasmo, con una expresión taciturna y aburrida. Don Saúl lo notaba. Observaba al joven con una mezcla de lástima y compañerismo, como si entendiera lo que pasaba por su mente. Una tarde, mientras el sol teñía de naranja las rocas, Saúl se acercó y le hizo una propuesta.

—Voy a vender al pueblo. ¿Me acompañas?

Pepe lo miró con interés, aunque sin mucho ánimo.

—¿Vender qué?

—Carne seca, hierbas y otras cosas menores —respondió el anciano—. En San Ignacio El Bajo hay unas cantinas. Si vienes, puedes cuidar el mercado mientras yo voy a beber un rato. Después, puedes pasear un poco.

Pepe se enderezó y frunció el ceño con curiosidad.

—¿Qué juegan en las cantinas?

Saúl sonrió con malicia.

—Barajas.

Los ojos de Pepe resplandecieron como ascuas encendidas. Su corazón latió con un nuevo propósito.

Al día siguiente, cuando el cielo aún era un manto de sombras, ambos se pusieron en marcha. A las cuatro de la mañana, cargaron la mercancía sobre el burro de Saúl, un animal de enorme tamaño y musculatura impresionante. Pepe, sorprendido, elogió su porte.

—Este burro parece más fuerte que un caballo —dijo, acariciando el cuello del animal.

Saúl rió.

—Es viejo, pero aguanta más que tú y yo juntos.

Subieron al burro y emprendieron el camino. Durante la primera hora, el aire frío de la madrugada les mordía la piel, pero poco a poco la temperatura comenzó a subir. A las seis, el sol emergió sobre el horizonte, bañando el paisaje en tonos dorados. El polvo del camino se arremolinaba con cada paso del burro, y el sonido de sus pezuñas resonaba en el silencio de la vastedad.

Cuando el burro se cansó, comenzaron a turnarse para caminar. Cada paso era una lucha contra la fatiga, pero Pepe se negaba a quejarse. Sus botas nuevas pronto se llenaron de polvo y su camisa absorbió el sudor del esfuerzo. A las nueve de la mañana, tras recorrer veinticinco kilómetros de terrenos áridos y caminos polvorientos, llegaron a San Ignacio El Bajo.

El pueblo era pequeño, pero bullicioso. Calles de tierra, fachadas descoloridas por el sol y el sonido de voces mezcladas con el relincho de caballos y el arrastre de carretas. En el aire flotaba el olor a comida, a tabaco y a sudor. Saúl guió al burro hasta una plaza donde instaló su pequeño puesto. Mientras Pepe descargaba la mercancía, su mirada se desvió hacia las cantinas del otro lado de la calle. La promesa de las barajas latía en su mente con una emoción que no sentía desde hacía mucho tiempo.

Saúl, notando su expresión, le dio una palmada en el hombro.

—Cuida esto un rato. No tardo.

Pepe asintió, aunque su mente ya estaba en la mesa de apuestas, donde el destino, una vez más, le daría la oportunidad de tentar su suerte.

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