99+1, capitulo 1.

 Las luces del enorme salón titilaban levemente, reflejándose en la mesa de caoba pulida que dominaba el centro de la estancia. Las paredes estaban cubiertas con retratos imponentes de Juan Sánchez, capturado en distintos momentos de su vida: el joven luchador con el ceño fruncido y la mirada acerada, el empresario de traje impecable y la sonrisa calculada, y finalmente, el anciano de ojos cansados, con la sombra del tiempo marcando su rostro.

Alrededor de la mesa, sus hijos adoptivos esperaban en silencio. Eran 99 en total, vestidos con elegantes trajes oscuros, relojes de oro asomando por los puños de sus camisas blancas y zapatos lustrados que brillaban con cada movimiento. Aunque sus vestimentas y ademanes reflejaban educación y refinamiento, sus rasgos indígenas evidenciaban su origen. Hombres y mujeres, en su mayoría jovenes, mantenían la compostura, pero el ambiente estaba cargado de incertidumbre.

El notario, un hombre delgado con gafas de montura metálica y una expresión impasible, realizó un rápido conteo con la mirada y frunció el ceño.

—Falta uno —murmuró, revisando su lista.

La puerta de la estancia se abrió con un chirrido prolongado, rompiendo el tenso silencio. Todos los ojos se giraron hacia la entrada. Un hombre de aspecto desaliñado cruzó el umbral con pasos medidos, su ropa gastada y sucia contrastando con el lujo opulento de la sala. Su cabello estaba revuelto, y su piel curtida por el sol y la vida en la calle. Su llegada provocó miradas de disgusto y murmullos apenas contenidos.

El notario, sin levantar una ceja, hizo la cuenta nuevamente. Asintió con gravedad y murmuró para sí mismo:

—99 + 1.

El murmullo cesó cuando Juanelo, el mayor de los hijos y el más inteligente de todos, se puso de pie. Era un hombre de porte seguro, con una voz firme que se proyectaba sin esfuerzo en la estancia. Sus ojos centelleaban con determinación mientras sus manos descansaban sobre la mesa de caoba.

—Ahora que voy a heredar las riendas de la empresa —declaró con orgullo— ninguno de ustedes tendrá que preocuparse por el empleo. Seguirán siendo parte de la familia y de este legado.

Algunas cabezas asintieron con aprobación, otras permanecieron impasibles. El notario aclaró la garganta y se inclinó ligeramente hacia adelante, con la seriedad que requería el momento.

—Señor Juanelo, esta reunión no es para decidir la dirección de la empresa —informó en tono formal—, sino para discutir la repartición de los bienes.

Un silencio denso cayó sobre la sala. Juanelo parpadeó, su expresión se endureció y sus nudillos se tensaron sobre la mesa.

—¿Repartición? —repitió con incredulidad—. No puede ser. La empresa debe permanecer en manos de la familia. ¡Ese era el deseo de mi tio!

Los presentes intercambiaron miradas. Algunos bajaron la vista, evitando la confrontación directa. Entonces, una voz grave y pausada rompió la tensión.

—Juanelo… —dijo Martín, el viejo socio de Juan, quien se encontraba sentado en el extremo de la mesa. Su cabello gris y su rostro curtido por los años reflejaban experiencia y paciencia—. La empresa está en crisis. Es un desplome temporal de las acciones, pero con un año de ajustes podríamos recuperarnos.

Juanelo frunció el ceño. Sus labios formaron una línea delgada mientras sus pensamientos se arremolinaban. Sabía que el mercado era volátil, pero también confiaba en la solidez de la compañía.

El contador, un hombre calvo de traje azul marino, se inclinó hacia adelante y habló con un tono mesurado.

—Si vendiéramos la empresa ahora, les corresponderían 400 millones de dólares.

Hubo un murmullo en la sala. Algunos ojos se iluminaron con codicia, otros calcularon mentalmente las posibilidades. La voz rasposa de Pepe, el hombre de ropajes andrajosos, se alzó desde la cabecera opuesta de la mesa.

—¿400,000 dólares para cada uno? —preguntó con ironía, como si no creyera que la suma fuera tan pequeña.

Juanelo se giró hacia él con impaciencia.

—¡No! —exclamó con fastidio—. Son cuatro millones por persona.

El contador sacudió la cabeza con calma y repitió con claridad:

—400 millones por sujeto.

Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. La magnitud de la cifra pareció absorber todo el oxígeno del ambiente. Algunos de los presentes tragaron saliva, otros intercambiaron miradas intensas. La cifra era abrumadora. Con esa cantidad, cada uno de ellos podría vivir como reyes por el resto de sus vidas.

Juanelo sintió un nudo en la garganta. Miró a cada uno de sus hermanos, esperando ver en sus rostros la lealtad hacia el legado de su padre. Pero lo que encontró fue ambición. Avidez. Ansias de soltar el peso de la empresa y abrazar la riqueza inmediata.

El notario, con su tono profesional y carente de emoción, tomó la palabra:

—Procederemos a la votación. Quienes estén a favor de vender, levanten la mano.

Uno a uno, las manos comenzaron a alzarse. Primero tímidamente, luego con más determinación. Juanelo sintió que el tiempo se ralentizaba. Observó cada movimiento con la esperanza de que alguien dudara, de que alguien se pusiera de su lado. Pero al final, todas las manos, excepto la suya, estaban en alto.

La decisión estaba tomada.

Martín suspiró y le dirigió una mirada compasiva.

—No es el fin, Juanelo. La vida sigue, y siempre habrá nuevas oportunidades.

Pero para Juanelo, aquello no era solo una transacción. Era una traición. La sangre de Juan Sánchez se diluía en billetes verdes, y el legado de su tio se esfumaba en un instante.

La firma se llevó a cabo. Los documentos pasaron de mano en mano, y con cada trazo de tinta, la empresa que Juan Sánchez había construido con su sudor y sacrificio dejó de pertenecer a la familia.

Pepe, con su ropa raída, sonrió con sorna.

—400 millones… 

Juanelo no respondió. Sus ojos seguían clavados en el papel frente a él, donde su apellido, el mismo que llevaba con orgullo, se disolvía bajo la pluma del notario. Su padre había luchado toda su vida por un legado que, en un instante, había sido vendido sin más.

La fortuna estaba asegurada. Pero el espíritu de Juan Sánchez, aquel que había resistido la adversidad con la frente en alto, se había perdido para siempre.

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