el enterrador, capitulo 16.
El viento barría las llanuras del planeta X con una melancolía cortante. Sobre la escarpada colina, donde la roca desnuda se alzaba contra el cielo gris, miles de habitantes se reunieron en un silencio reverente. Solo unos días habían pasado desde la caída de la nave kepleriana y la última batalla de Yosarian. Ahora, el pueblo lo despedía.
El ataúd, cubierto por un paño de color ceniza y bordes dorados, descansaba en el centro de la explanada. A su alrededor, una hilera de antorchas parpadeaba en la brisa gélida. Sus llamas proyectaban sombras alargadas sobre el suelo de piedra, titilando como si compartieran el duelo de los presentes.
Hack estaba de pie junto a la tumba, con los ojos enrojecidos y el rostro endurecido por la tristeza. Sus manos temblaban levemente al sostener una de las fotografías que habían colocado junto al féretro. En ella, Yosarian aparecía con una sonrisa apenas perceptible, su wonchester colgada del hombro y el brazo apoyado en el hombro de Hack. Fue uno de los pocos momentos de calma que compartieron, y ahora esa imagen parecía parte de otra vida, lejana e inalcanzable.
El niño, con las mejillas húmedas por las lágrimas, se aferraba a la pierna de Hack. No hablaba, solo miraba la tumba con los ojos muy abiertos, como si aún esperara que Yosarian se pusiera de pie y le revolviera el cabello. Pero la tierra estaba inmóvil. Definitiva.
Los habitantes del planeta X, curtidos por años de miseria y lucha, se acercaban uno a uno a dejar una ofrenda: pequeñas piezas de metal, insignias oxidadas, flores marchitas recogidas en la ladera de la montaña. No tenían mucho, pero lo daban todo. En sus rostros había respeto, admiración y una tristeza que no necesitaba palabras. Para ellos, Yosarian no era solo un combatiente; era el hombre que, en una hora de combate, les dio una oportunidad de sobrevivir.
Un murmullo recorrió la multitud. Algunos inclinaron la cabeza, otros cerraron los ojos en señal de respeto.
Cuando el sol comenzó a hundirse en el horizonte, los últimos habitantes dejaron sus tributos. Las fotos de Yosarian y Hack quedaron alineadas junto a la tumba, testigos mudos de las aventuras que compartieron. La última imagen mostraba a ambos riendo, cubiertos de polvo y con los ojos brillantes de adrenalina después de una de sus muchas misiones. Era la imagen de dos hermanos.
Hack permaneció allí mucho después de que la multitud se dispersara. El niño aún sostenía su mano. Finalmente, con un susurro apenas audible, Hack dejó escapar la despedida que había estado conteniendo:
—Descansa, viejo amigo.
El viento se llevó sus palabras, envolviendo la tumba en su eterno murmullo.
La muerte del general Wang-O fue el punto de ignición. Kepler, un mundo de ciudades flotantes y cielos brumosos, se sumió en el caos. Sin su líder, las facciones rivales emergieron de las sombras, y en cuestión de días, el planeta ardía en una guerra civil feroz.
Nueva Europa no perdió tiempo. Sus cruceros descendieron entre las nubes tempestuosas de Kepler con la eficiencia de una maquinaria bien aceitada. Las tropas blindadas pisaron suelo kepleriano, sus cascos reflejaban las llamas de edificios en ruinas. La asimilación fue rápida. No hubo negociaciones. No hubo tregua. En pocas semanas, Kepler quedó bajo el control de Nueva Europa.
Pero lejos, en las profundidades del espacio, en el corazón del sistema solar artificial, la Emperatriz observaba. Desde su trono de cristal negro, rodeada por pantallas holográficas donde danzaban mapas estelares y datos tácticos, sus ojos se estrecharon. Su voz, fría y modulada, cruzó la inmensidad del vacío en un mensaje inconfundible:
—Nueva Europa, Kepler no es suyo. Respeten los acuerdos.
El Alto Consejo de Nueva Europa no se inmutó. En una sala ovalada de mármol y acero, bajo la luz azulada de los proyectores, un portavoz respondió con voz medida, pero firme:
—Los acuerdos fueron firmados con el difunto General Wang-O. Su muerte los ha invalidado.
El mensaje fue recibido en el Palacio Celestial de la Emperatriz. El silencio que siguió a la transmisión se sintió como la calma antes de una tormenta.
Mientras tanto, Kepler agonizaba. Los mercados, antes llenos de vida, eran ahora un mosaico de escombros. El aire olía a metal quemado y a cuerpos aún sin sepultar. La gente deambulaba entre los restos de su mundo, buscando comida, agua, esperanza. Las solicitudes de ayuda humanitaria llegaron en torrentes.
llegaron naves hospitalarias, blancas y relucientes, atravesaron los corredores estelares y descendieron sobre la devastada superficie de Kepler. Equipos médicos con trajes plateados atendieron a los heridos en improvisadas carpas quirúrgicas, bajo la luz de soles artificiales que nunca se apagaban. El murmullo de las enfermeras se mezclaba con el llanto de los niños, con el eco de un pueblo roto que intentaba sobrevivir.
Pero la advertencia no quedó sin respuesta.
—Si convierten a Kepler en una colonia —advirtió la Emperatriz en su segundo mensaje—, habrá guerra.
Las palabras quedaron suspendidas en la vasta oscuridad del espacio, más letales que cualquier flota de combate. En Nueva Europa, los líderes comprendieron la amenaza. La guerra con la Emperatriz no era un precio que estuvieran dispuestos a pagar. Por ahora.
Las naves de ayuda continuaron su labor. Kepler respiró, aunque apenas. El destino del planeta aún colgaba de un hilo, atrapado entre dos gigantes que medían sus fuerzas en un tablero donde las estrellas mismas eran piezas en juego.
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