99+1, capitulo 5.

 El sol caía a plomo sobre la carretera, haciendo que el calor se adhiriera a la piel como una segunda capa. El aire vibraba sobre el asfalto y el aroma a polvo caliente se mezclaba con el tenue olor dulzón de las aguas frescas que Juanelo vendía. Durante los últimos días, su negocio había prosperado de manera sorprendente. Desde temprano, la gente llegaba en fila para comprar sus aguas frescas, y la pila de monedas y billetes en su lata oxidada no dejaba de crecer.


Al final del día, cuando Pepe y don Saúl llegaron tras un largo día de trabajo, encontraron un panorama inesperado. Juanelo, que normalmente tenía una sonrisa despreocupada y un aire de autosuficiencia, estaba rodeado por un grupo de vendedores con rostros endurecidos por el sol y la furia. Sus voces ásperas se elevaban sobre el sonido del viento seco del desierto.


—¡Te dijimos que no volvieras a vender aquí! —gruñó uno de los hombres, un tipo corpulento con una camiseta sudada y el ceño fruncido.


Juanelo levantó las manos en un gesto de calma, pero en su rostro se notaba la tensión.


—No estoy haciendo nada malo, solo vendo mis aguas frescas en estas tierras.


—¡Estas tierras están tomadas! —espetó otro hombre, dando un paso al frente con los puños cerrados.


En un abrir y cerrar de ojos, la situación escaló. Uno de los vendedores empujó a Juanelo con fuerza, haciéndolo tambalear. Pepe, que hasta entonces había estado observando con los brazos cruzados y el ceño fruncido, sintió un calor subirle por la espalda. Sin pensarlo, se metió entre la multitud y empujó al agresor.


—¡Si lo tocas otra vez, te parto la cara! —gruñó, con los ojos encendidos.


La respuesta fue inmediata. Un puño surcó el aire y golpeó a Pepe en la mandíbula, haciéndolo dar un paso atrás. El sabor metálico de la sangre se extendió en su boca, y un latido punzante le recorrió la quijada. Antes de que pudiera reaccionar, Saúl, que hasta ese momento había permanecido inmóvil, desenfundó su viejo machete con un destello de filo.


El sonido del metal rasgando el aire hizo que todos se congelaran. Saúl, con su rostro curtido por los años, sostenía el machete con firmeza, su mirada afilada como el mismo acero. Un silencio denso se apoderó del lugar, solo interrumpido por el silbido del viento y la respiración contenida de los presentes.


—No me obliguen a usar esto —murmuró Saúl, con voz grave y serena.


Una mujer, que hasta entonces había permanecido al margen, sacó un teléfono y marcó con manos temblorosas.


—Voy a llamar a la policía —dijo, con la voz firme pero los ojos inquietos.


Pepe, recuperándose del golpe, sacó su viejo teléfono Alcatel, un aparato barato que la gente llamaba "cachuatito", y marcó un número con dedos rápidos.


—¿Martín? Nos quieren sacar de aquí, Ven rápido.


La voz al otro lado del teléfono replicó con tono decidido:


—Las tierras son suyas, esperame ahí.


El tiempo pareció estirarse como el calor sobre el asfalto. En cuestión de minutos, una patrulla apareció entre la polvareda del camino, seguida de un vehículo del que descendió Martín, sosteniendo un documento en la mano. Se acercó con pasos firmes, ignorando las miradas hostiles de los vendedores.


Uno de los policías bajó de la patrulla y miró a los presentes con gesto inquisitivo.


—¿Qué está pasando aquí?


Uno de los vendedores señaló a Saúl con indignación.


—¡Ese viejo sacó un machete y nos amenazó!


El oficial miró a Saúl, luego a Martín, quien levantó el documento con calma.


—Esta es una carta poder sobre la propiedad de esta tierra, yo soy el albacea de todo este fragmento—dijo Martín, entregándosela al policía.


El agente revisó el documento con detenimiento antes de volverse a los vendedores.


—Si estas tierras tienen dueño, ustedes están invadiendo. No tienen derecho a estar aquí.


Los vendedores intercambiaron miradas y algunos empezaron a murmurar entre ellos. No era la respuesta que esperaban. Uno de ellos intentó replicar, pero el policía alzó una mano.


—Si siguen aquí, vamos a tener que tomar medidas.


Martín tomó aire y, sin soltar la carta poder, la extendió hacia Juanelo.


—Aquí tienes, es tuya ahora. Haz buen uso de ella.


Juanelo, con los ojos brillando entre el sudor y el polvo, tomó la hoja con manos temblorosas. Pasó la vista sobre el papel y luego miró a Martín con una sonrisa nostálgica.


—No se preocupe. Recuerde que yo soy un Sánchez, y si mi tío compró estas tierras, yo las labraré.


Pepe, con la mandíbula aún adolorida, miró la escena con incredulidad y, de repente, se hizo una pregunta en voz alta.


—¿Por qué no me la diste a mí?


Se quedó en silencio por un momento y luego se respondió a sí mismo con una risa seca:


—Porque me la hubiera jugado.


Martín sonrió levemente y asintió.


—Así es, mijo, por lo menos tenías vivienda asegurada.


El viento removió el polvo del desierto, llevándose consigo las amenazas y la tensión del momento. Los vendedores, derrotados, fueron retirándose uno a uno y la patrulla arrancó con un rugido del motor. El día terminaba con la certeza de que la tierra, hasta que Juanelo detuvo a los comerciantes, listo para ofrecer un trato.


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