99+1, capitulo 4.

cinco años despues el viento caliente azotaba los trailers estacionados en el camino polvoriento, levantando nubes de arena que se pegaban a la piel como un sudor seco. Pepe estaba sentado sobre una caja de madera, tallándose las uñas con la punta de un cuchillo viejo, mientras don Saúl fumaba un cigarro junto a la sombra de una lona raída. El sol del mediodía caía implacable, haciendo brillar los techos oxidados de los remolques con un fulgor cegador. El calor era una manta sofocante que se aferraba a cada rincón de sus cuerpos.

Entonces, de la nada, apareció una figura tambaleante en la distancia. Al principio, parecía solo otro viajero perdido, una silueta borrosa entre el vapor que se elevaba del asfalto caliente. Pero cuando se acercó lo suficiente, Pepe reconoció su caminar, su postura encorvada y ese rastro de descomposición que se reflejaba en su mirada. Juanelo. Su ropa, antes impecable, ahora estaba sucia y deshilachada; su rostro, antaño afeitado y bien cuidado, ahora estaba cubierto por una barba rala y desordenada. Los ojos hundidos y las ojeras moradas delataban noches sin descanso, tal vez embriagado por el fracaso, tal vez insomne por el dolor de haber perdido lo que alguna vez tuvo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Pepe sin levantar la vista del cuchillo, como si la presencia de Juanelo fuera un inconveniente menor, algo que podía ignorar con facilidad.

Juanelo se pasó una mano por la nuca y suspiró, como si el simple hecho de estar allí ya fuera agotador.

—Me acordé de estas tierras… Y más aún, me puse a pensar que podrían ser una buena fuente de ingreso —dijo, con un tono de falsa seguridad, intentando disfrazar la desesperación en su voz.

Pepe soltó una risa seca, breve y sin emoción. No necesitaba preguntar qué significaba eso. -ingresos, lo unico que puedes sacar de esta tierra son serpientes y cactus...dijo pepe. 

Juanelo no tenía adónde ir, y ahora veía en ese rincón olvidado del mundo una última oportunidad. Antes de que pudiera responder, Juanelo continuó.

—Podríamos poner un negocio. Vender aguas frescas, ¿qué dices?

Pepe frunció el ceño y cruzó los brazos.

—Me aburre la idea.

Juanelo chasqueó la lengua con fastidio y sacudió la cabeza.

—No es solo eso. Hay vendedores que están aprovechándose de estas tierras… del difunto tio Juan.

Pepe se encogió de hombros.

—No me molesta.

Juanelo lo miró fijamente, esperando algún tipo de reacción. Pero Pepe simplemente volvió a concentrarse en su cuchillo, como si la conversación ya hubiera terminado. Sin embargo, al día siguiente, Juanelo no se dio por vencido. Desde el amanecer hasta el mediodía, insistió en la idea del negocio. Molestó, rogó, discutió, argumentó con un entusiasmo agotador. Cada vez que Pepe intentaba alejarse, Juanelo encontraba una nueva razón para convencerlo. Finalmente, después de una mañana interminable, Pepe suspiró con resignación y aceptó.

—Está bien, te ayudare —dijo, con una mueca de fastidio.

Saúl, que había estado observando la discusión con una sonrisa burlona, simplemente asintió. Para él, Pepe se había convertido en algo más que un compañero; ya lo apreciaba como si fuera un hijo. Por eso, cuando Pepe mencionó la necesidad de transporte, Saúl no dudó en prestarle su burro, un fuerte animal de pelaje grisáceo y ojos tranquilos, que había sido su compañero fiel durante años.

Horas después, Juanelo y Pepe llegaron a la carretera. El calor reverberaba sobre el pavimento, haciendo que el aire pareciera moverse como un espejismo líquido. El burro, cargado con los cien litros de agua fresca, avanzaba lentamente, resoplando con cada paso. El sonido de sus pezuñas golpeando la tierra se mezclaba con el crujido del cuero y el traqueteo de los cubos de agua que llevaban a cuestas.

Se detuvieron en un punto estratégico, un tramo de la carretera donde los vehículos solían reducir la velocidad. Allí, Juanelo bajó de un salto y se frotó las manos con entusiasmo, listo para comenzar. Pero antes de que pudieran hacer algo, giró hacia Pepe con una expresión súbitamente preocupada.

—¿No traes dinero para los vasos y lo demás? —preguntó.

Pepe frunció el ceño y se metió las manos en los bolsillos, con la intención de mostrar que no tenía nada. Pero cuando sus dedos tocaron un pedazo de papel arrugado, lo sacó y se encontró con un billete de quinientos pesos.

Lo miró con sorpresa. Se quedó en silencio unos segundos antes de soltar una risa seca y ladina.

—Este pantalón es de Saúl —dijo, sosteniendo el billete entre los dedos, con una mezcla de incredulidad y diversión.

Antes de que pudiera hacer algo más, Juanelo le arrebató el billete de un tirón.

—Con esto basta —dijo con rapidez, metiéndoselo en el bolsillo sin dudarlo.

Pepe lo observó por un momento, luego simplemente se encogió de hombros. No le importaba. No le interesaba. Su mente ya estaba en otro lado. Miró el horizonte, la carretera interminable que se extendía ante ellos, y supo que, al final del día, esto no cambiaría nada. Dio media vuelta y partió, dejando atrás a Juanelo y su efímera ambición.

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