99+1, capitulo 2.

 Cinco años después, la extensión de una carretera cortaba el paisaje árido como una herida recta y sin fin. Bajo el sol abrasador del mediodía, el asfalto relucía con una distorsión ondulante que hacía titilar el horizonte. A lo lejos, un punto oscuro se distinguía contra la inmensidad del camino.

El punto creció, expandiéndose lentamente hasta revelar la figura de un hombre. José, el menor de los hijos adoptivos de Juan Sánchez, avanzaba con pasos cansados. Su silueta desaliñada proyectaba una sombra alargada sobre el pavimento. Su camisa estaba sucia, suelta y ajada por el tiempo; su pantalón, desgastado y con manchas de lodo seco. El polvo se adhería a su piel curtida, y su cabello revuelto se pegaba a su frente sudorosa.

A un costado de la carretera, una gran roca emergía como un testigo silencioso del tiempo. cerca ella, una estatua de bronce se erguía imponente, con la mirada firme y el mentón en alto. Juan Sánchez, inmortalizado en metal, sostenía un puño en alto, como si aún celebrara una victoria que ya nadie recordaba. José se detuvo y observó la estatua. Su rostro, antes endurecido por la indiferencia, reflejaba algo distinto: una mezcla de nostalgia y derrota.

Pasaron unos minutos antes de que siguiera su camino. Anduvo por horas, sus pies dolían dentro de los viejos zapatos, la garganta le ardía de sed y la luz del sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de tonos naranjas y púrpuras. El viento arrastraba el polvo en pequeñas ráfagas que se enroscaban en el aire, dejándole un sabor terroso en la boca.

Cuando el sol ya se ocultaba, en la penumbra de la tarde, divisó siluetas inmóviles en el horizonte. A medida que avanzaba, las sombras tomaron forma: eran los viejos tráileres, aquellos que Juan Sánchez había comprado en los inicios de su carrera. aún conservaban su imponente presencia en medio del paraje desolado.

José se detuvo frente a ellos. Un suspiro pesado escapó de sus labios cuando una voz áspera y firme lo sacó de sus pensamientos.

—¿Qué hace aquí? —preguntó un hombre con tono receloso.

José giró la cabeza. El hombre era indígena, de edad avanzada pero de constitución fuerte. Sus brazos eran gruesos y curtidos por el trabajo pesado. Vestía una camisa arremangada y un pantalón de lona sucio. Su mano descansaba sobre la empuñadura de un viejo machete, cuyo filo bien afilado reflejaba los últimos destellos del sol.

—Solo vine a comprobar si la propiedad de mi tío sigue aquí —respondió José con un ligero temblor en la voz.

Don Saúl, como lo llamaban, entrecerró los ojos y preguntó:

—¿Y quién es su tío?

José sintió un nudo en la garganta antes de responder:

—Juan Sánchez. El campeón.

Hubo un silencio tenso. Don Saúl bajó la mano lentamente del machete, aunque su expresión se mantenía dura. Sus ojos recorrieron de arriba abajo a José, como si intentara descifrar si el hombre frente a él tenía derecho a pronunciar aquel nombre. Al final, asintió con un leve gruñido y giró sobre sus talones, dejando que José se quedara allí, solo, en la creciente oscuridad de la noche.


Días después, José se encontraba de vuelta en la ciudad, sentado frente a Martín. El viejo socio de Juan Sánchez se veía envejecido, con la piel aún más surcada por arrugas profundas y los ojos apagados por los años y las desilusiones. Su despacho era el mismo de siempre, aunque ahora estaba más desordenado, con papeles apilados sin cuidado y una botella de licor a medio terminar en un rincón.

Martín entrelazó los dedos sobre la mesa y lo miró con una mezcla de curiosidad y lástima.

—¿Por qué has vuelto, Pepe? —preguntó con voz cansada.

José, con las manos temblorosas y el rostro surcado por ojeras, suspiró antes de responder:

—No me ha quedado un centavo.

Martín parpadeó, sorprendido pero no del todo incrédulo.

—¿Cómo diablos te gastaste semejante fortuna? —preguntó con un dejo de incredulidad.

José bajó la mirada y se encogió de hombros, como si la respuesta fuera demasiado obvia para decirla en voz alta.

—Apuestas —murmuró finalmente.

Martín soltó una carcajada seca, más amarga que divertida. Se pasó una mano por la cara y negó con la cabeza.

—¿Aprendiste la lección, al menos? —preguntó, aunque ya intuía la respuesta.

José levantó la mirada y sonrió con desfachatez.

—No. Seguiré apostando.

Martín lo observó por un largo momento. Luego, con un suspiro resignado, se reclinó en su silla y asintió.

—Al menos eres honesto —dijo con una mueca irónica—. Puedes quedarte en los tráileres, si quieres.

José sonrió, aunque no estaba claro si lo hacía por alivio o por la confirmación de que su destino era tan incierto como siempre lo había sido. Salió de la oficina sin decir una palabra más, dejando atrás las comodidades y promesas que alguna vez le ofreció su apellido. 

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