El mediador, capitulo 3.
El aire gélido de la cordillera entraba en ráfagas directas por los ventanales abiertos del patio de práctica, cortando la piel como navajas invisibles. El suelo, una plancha continua de piedra negra pulida por siglos de pasos descalzos, exudaba un frío mineral que atravesaba la gruesa suela de los tenis de Rodolfo. El ambiente olía intensamente a cera de yaca rancia, humo de incienso de pino quemado y al vapor ácido del sudor concentrado tras horas de esfuerzo. En el centro del patio, el choque no era entre dos hombres, sino entre dos lógicas corporales irreconciliables. El monje frente a Rodolfo, un veterano de túnica azafrán arremangada hasta los hombros, avanzó con la fluidez de una sombra. Sus pies descalzos no hacían el menor ruido contra el granito. En contraste, la presencia de Rodolfo era monumental, densa y torpe. Con sus hombros anchos, su torso masivo de corte cuadrado y sus más de cien kilos de peso, el joven mexicano parecía una mole de cantera esculpida para agua...