El angel de la muerte y el hijo prodigo, capitulo 4.
La bodega secreta se abrió con un chirrido metálico, como si los goznes se resistieran a traicionar a su dueño. Desde la rendija, primero emergió un olor denso: grasa, especias dulzonas, un tufo inequívoco de carne horneada y salsas recalentadas. Luego, rodando con un rechinar de ruedas mal engrasadas, apareció un carrito de supermercado repleto de manjares. Brillaban en charolas de aluminio trozos de carne jugosa, pollos enteros dorados al punto exacto, panes inflados aún tibios, y botellas de refresco que sudaban por la condensación fría. William cruzó los brazos y apoyó la espalda contra el marco de la puerta, con una media sonrisa burlona. —Así que aquí estaba tu gran misterio. Malerius palideció, pero trató de mantener la compostura. Su respiración se agitó con un silbido apenas audible mientras otro carrito emergía cargado de quesos amarillentos, embutidos envueltos en plásticos brillantes y un pastel que olía a vainilla con crema batida. —¿Cómo… cómo lo descubriste? —pregu...