El angel de la muerte y el hijo prodigo, temporada 2, capitulo 2.

Yosarian Jr. permanecía reclinado en su silla de mando de cristal negro, el aroma metálico del planeta X mezclándose con el café fuerte que humeaba a su lado. Frente a él, su tío Hack, antiguo líder de aquel mundo, repasaba cifras proyectadas en un panel flotante azul, cada número brillando como frío hielo digital.


—Comprar Big Áfrican es un gasto inmenso —advirtió Hack, su voz grave resonando contra las paredes de acero, mientras el zumbido constante de los sistemas vibraba en sus manos.


—Un año de sobreexplotarlo —replicó Yosarian Jr., los ojos reflejando luces verdes y naranjas de los gráficos—, y duplicaremos lo invertido. Confía en mí.


El tío frunció el ceño, sus dedos tocando la mesa como si la fricción pudiera transmitir lógica a las cifras imposibles. Un aroma tenue a aceite caliente y electricidad flotaba en el aire, intensificando la sensación de riesgo inminente.


Sin esperar más, Yosarian Jr. activó la comunicación con Nueva Europa, la luna más avanzada técnica y militarmente. La interfaz holográfica emitió un resplandor azul que iluminó su rostro con sombras duras.


—Fabricarán la nave que William exige —dijo, con voz firme—. A cambio del planeta.


El zumbido de los servidores y el olor metálico se entrelazaron, mientras la promesa de riqueza y poder se condensaba en cada fibra de la sala: ambición pura en estado líquido.




Un año había pasado desde que Yosarian Jr. ordenó a Nueva Europa fabricar la nave, y ahora la gigantesca construcción orbital se alzaba sobre la superficie de la luna como un coloso de acero y cristal. El aire en la base de lanzamiento estaba cargado de ozono y un leve olor a combustible residual, mezclado con el aroma metálico de los hangares que vibraban con la maquinaria activa. Cada paso de William, Malerius y sus tres hermanos resonaba sobre el piso de aleación pulida, un eco profundo que se perdía entre el zumbido de los sistemas energéticos y las turbinas auxiliares.


Malerius recorría la cubierta principal, su capa negra rozando el suelo metálico con un sonido apagado. Observaba con ojos de fuego a la multitud de un millón de individuos seleccionados: hombres, mujeres y niños entrenados, preparados para enfrentar los retos desconocidos de la nueva Nebulosa. Cada uno había sido elegido por él, evaluado por resistencia física, inteligencia y lealtad. Sus respiraciones formaban un murmullo uniforme, un río de aire y vida que llenaba la nave mayor con tensión contenida.


Cien mil se hallaban ya distribuidos en mil mininaves que Planeta X les había asignado. Sus motores vibraban suavemente, enviando pequeñas ondas que hacían resonar las paredes del hangar, un recordatorio constante de que cada cápsula era una extensión del control militar sobre la flota. El aroma de aceite quemado y metal caliente flotaba junto a la brisa filtrada por los sistemas de ventilación, mezclándose con el olor a ropa recién lavada de los tripulantes y a sudor nervioso.


William revisaba los compartimentos de armas y provisiones, el tacto frío del acero en sus manos contrastando con la calidez humana de los soldados a su alrededor. Sus hermanos coordinaban últimos detalles: distribuciones de carga, sincronización de los sistemas de navegación y controles de vida en gravedad artificial. Cada decisión se sentía vital, como si una chispa mal calculada pudiera desatar el caos entre la perfección cuidadosamente diseñada.


Malerius se acercó a William, su voz grave cortando el zumbido constante:


—Todo está listo —dijo—. La Nebulosa espera, y nosotros llegaremos preparados.


El sonido metálico de las botas golpeando la cubierta reforzaba la solemnidad del momento. A lo lejos, las mininaves ya ascendían lentamente, un enjambre de luces en movimiento, cada cápsula un microcosmos de disciplina y control. Los sistemas de seguridad vigilaban cualquier indicio de desobediencia; los soldados del ejército de Planeta X habían sido instruidos para sofocar cualquier intento de rebelión, manteniendo el orden férreo de la nueva Era que se avecinaba.


William respiró profundamente, sintiendo el aire denso cargado de ozono, aceite y expectativa. Cada sensación era amplificada: la vibración de los motores bajo sus pies, el zumbido eléctrico de los sistemas, el calor de cuerpos humanos en tensión, la mirada fija de sus hermanos. Todo convergía en un instante de absoluto control y anticipación.


El gran hangar parecía vibrar como un corazón mecánico, latiendo al ritmo de la flota que estaba a punto de partir. Cada uno de los un millón de individuos aguardaba su señal, conscientes de que lo que seguía no era un viaje, sino el nacimiento de un imperio. La nave mayor emitió un tono profundo y prolongado, como un rugido metálico que atravesó todos los rincones.


Malerius levantó la mano, y en su gesto, firme y sereno, William percibió la certeza de lo que vendría: un salto hacia lo desconocido, una nueva Era de gloria y control absoluto. Las luces de la Nebulosa proyectadas por los sensores de la nave brillaron sobre los rostros de todos, reflejando emoción, miedo y determinación. Un nuevo capítulo comenzaba, y no habría vuelta atrás.



La partida de William y sus hermanos dejó el planeta con un silencio que pesaba en los huesos. El aire, antes vibrante con actividad, olía ahora a metal frío, tierra expuesta y polvo que flotaba en rayos de luz filtrada desde una atmósfera tranquila y estancada. Los hangares vacíos resonaban con ecos metálicos de pasos que ya no existían, y las calles, antes pobladas de voces y motores, se sentían como un lienzo abandonado.


Mientras la nave mayor desaparecía entre las nubes cargadas de ozono, Yosarian Jr. movía sus piezas desde la distancia. Las torres de control centelleaban luces azules, tintineos eléctricos que acompañaban órdenes precisas y silenciosas. En cuestión de semanas, el viejo imperio, símbolo de siglos de poder, fue desmantelado con una eficiencia quirúrgica: palacios, ejércitos y burocracias desvanecidos, reemplazados por democracias falsas que solo servían a su voluntad.


El SSA, antaño núcleo de comercio y estrategia, perdió su significado. Sus planetas quedaron reducidos a colonias dispersas, cada una vigilada por sistemas de control automatizados que mantenían la sumisión sin resistencia.


El viento en los campos abiertos del planeta llevaba un aroma a cenizas y hierba marchita, un recordatorio de lo que había sido. Cada mirada hacia el horizonte transmitía vacío y abandono: la gloria de la dinastía antigua se había desvanecido, y solo quedaba el orden impuesto, frío y absoluto.




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