El angel de la muerte y el hijo prodigo, temporada 2, capitulo 1.
William se hallaba reclinado en su trono, una estructura de madera oscura que olía a barniz antiguo y humedad acumulada. La luz filtrada por los ventanales gigantes iluminaba el salón con tonos dorados apagados, pero no conseguía despertar en él el más mínimo interés. Los tapices que colgaban de las paredes, con escenas de conquistas y batallas gloriosas, parecían murmurar historias que ya no importaban. Cada día se deslizaba sin ritmo, sin urgencia; los documentos frente a él se amontonaban como hojas muertas, sin que él sintiera la necesidad de abrirlos. El aire estaba cargado de un olor pesado a cera, papel viejo y sudor discreto de los sirvientes que pasaban silenciosos a su alrededor.
Un zumbido eléctrico interrumpió la monotonía: su teléfono holográfico proyectó un mensaje de remitente desconocido. El azul tenue de la interfaz parpadeó sobre su rostro, reflejando su expresión inmutable. Durante un instante dudó; no estaba acostumbrado a las sorpresas ni a las novedades, pero algo en la calma mecánica de ese aviso lo impulsó a abrirlo. Sus dedos rozaron el cristal frío del dispositivo, y un pequeño escalofrío le recorrió la nuca, un aviso tenue de que la rutina estaba a punto de romperse.
Mientras tanto, en Yosarian Je, la realidad se movía con precisión quirúrgica. Desde su torre de cristal y acero, el aroma metálico del planeta se mezclaba con el café recién filtrado, caliente y amargo, que descansaba junto a un panel de control iluminado por luces de neón azul. Sus ojos, fríos y calculadores, recorrían gráficos que dictaban los mercados, ajustando con un dedo el flujo de recursos, materias primas y créditos de guerra. Cada movimiento suyo equivalía a decisiones que William apenas notaba, órdenes invisibles que definían su agenda y llenaban su salón con papeles que él firmaba sin entender ni cuestionar. La brisa artificial del sistema de climatización apenas movía su cabello, y el zumbido constante de los servidores parecía un latido metálico del corazón del mundo.
William levantó la vista hacia los ventanales y observó el cielo de tonos carmesí y ámbar. El reflejo del sol se filtraba sobre el mármol del suelo, creando un mosaico de luz que no lograba perturbar la apatía que lo envolvía. Los murmullos de los consejeros y ministros, susurros de estrategias y demandas, se mezclaban en un murmullo lejano, casi irrelevante. Todo era ruido, un eco que carecía de significado. La sala parecía más grande y más vacía con cada segundo que pasaba.
Se recostó de nuevo, apoyando la cabeza en el respaldo alto del trono. El frío del metal en la base de su asiento le recordó que estaba ahí, que ocupaba un lugar de poder que ya no le pertenecía. La decisión ya no era suya; solo era un símbolo de épocas pasadas, un monumento a la ilusión del control mientras Yosarian Jr. movía hilos invisibles desde un planeta distante. William exhaló lentamente, sintiendo cómo cada día lo atrapaba en la lentitud de la rutina, y mientras su teléfono parpadeaba con otro mensaje, comprendió que incluso su aburrimiento había sido calculado por alguien más.
William observó la luz azulada del mensaje flotando frente a él. Al abrirlo, sus ojos recorrieron con incredulidad las palabras que aparecían sobre la proyección holográfica: Malerius lo invitaba a reunirse con él. El nombre cargaba la resonancia de viejas guerras, promesas rotas y ambiciones desmedidas. La pantalla proyectaba un brillo frío que contrastaba con el calor estancado del salón; el aire olía a madera barnizada y al sudor denso de los sirvientes que pasaban a su lado, como un recordatorio de la rutina opresiva que lo mantenía cautivo.
“¿Por qué debería confiar en ti?” tecleó William con dedos que temblaban ligeramente, más por aburrimiento que por miedo. La respuesta apareció casi de inmediato: “Si quieres ser algo más que un títere, irás. Coordenadas adjuntas.” El texto brillaba como un filo cortante sobre la pantalla, y William sintió un cosquilleo en la nuca, mezcla de curiosidad y la primera chispa de tensión que había sentido en semanas.
Se recostó en el trono, apoyando la cabeza en el respaldo frío y alto, mientras su mirada vagaba por el salón. Los tapices parecían susurrar historias de gloria que ya no le importaban, y el olor a cera y madera vieja se mezclaba con el de su propio aburrimiento, intenso, casi físico, que le pesaba en cada articulación. El zumbido lejano de la ciudad y los murmullos de los consejeros parecían llegar desde otra dimensión; todo era monótono, mecánico, como si su vida se hubiera convertido en un eco repetitivo.
Horas pasaron en silencio. Cada decisión, cada movimiento de pluma sobre los documentos del trono, era un ejercicio vacío de voluntad. William se sentía atrapado en una cárcel invisible, donde la rutina era la única tiranía y el poder que alguna vez creyó tener se reducía a firmar papeles que alguien más había decidido por él. Sus párpados se pesaban, sus músculos languidecían, y el tiempo parecía haberse detenido. La opresión del aburrimiento se convirtió en un lastre casi tangible, presionándole el pecho y entumeciendo su mente.
Finalmente, una resolución surgió de la inercia. William se levantó, sus pasos resonando sobre el mármol frío, y tomó su comunicación privada. Marcó un número conocido con manos temblorosas, el zumbido del sistema de llamada llenando la sala de un sonido metálico y penetrante.
“Angel”, dijo con voz firme, aunque cargada de cansancio. La respuesta no tardó en llegar. Al otro lado de la galaxia, el amigo de siempre se encontraba en su nave , un cascarón metálico que chirriaba con cada movimiento. El aire allí olía a aceite quemado y metal oxidado, y la pobreza de recursos era evidente: apenas un kilogramo de carne como provisión y sin ingresos inmediatos que aseguraran su subsistencia. Sin embargo, Angel no dudó. La propuesta de William era un rayo de propósito.
—Voy contigo —respondió Angel con una voz que mezclaba entusiasmo y resignación, el rugido de los motores y el crujido de la nave componiendo un fondo musical áspero pero estimulante—.
William exhaló profundamente, sintiendo que el aire pesado del salón se aligeraba apenas.
Las luces del bar eran tenues, un par de lámparas de neón parpadeaban sobre las paredes desgastadas cubiertas de grafitis y pósters antiguos de bandas espaciales que nadie recordaba. El olor a alcohol rancio, aceite quemado y madera húmeda impregnaba el aire, mezclándose con el aroma más sutil de tabaco. El local parecía detenido en el tiempo, un vestigio de lo que había sido un punto de encuentro para conspiradores, mercenarios y líderes antes de que la guerra estallara.
William entró primero, su capa oscura rozando el suelo metálico con un sonido apagado, mientras Angel lo seguía en silencio. La sola presencia de su amigo parecía hacer vibrar el espacio a su alrededor; los parroquianos cercanos, meros recuerdos de sombras humanas y bestiales, lo miraban con un temor visceral, como si la fuerza contenida en sus músculos y la precisión de sus ojos pudieran partirlos en dos con un solo movimiento. No había necesidad de palabras; la atmósfera se cargaba de tensión incluso antes de que alguien hablara.
Malerius apareció al otro lado del bar, caminando sin guardias, sin armas visibles, con la serenidad de quien ya no tenía nada que perder. Su ropa estaba ajada, su cabello desordenado, y aún así irradiaba un aura de control absoluto, un peligro que no necesitaba protección. William lo observó, midiendo cada gesto, cada movimiento. La luz de neón reflejaba los contornos de su rostro, haciendo que sus ojos parecieran brasas encendidas.
—William —dijo Malerius, su voz grave y medida, resonando contra la madera vieja y las paredes oxidadas—. Un trago, ¿no quieres?
William negó con la cabeza, su gesto firme y contenido:
—Solo he venido por cortesía.
El silencio se instaló unos segundos, solo interrumpido por el zumbido lejano de un ventilador que giraba sobre el techo y el tintinear ocasional de vasos en la barra. Entonces, el teléfono de William vibró, emitiendo un tono agudo y penetrante que cortó la quietud como un cuchillo.
Malerius alzó una ceja y se inclinó ligeramente, dejando escapar un suspiro que se convirtió en un sonido burlesco, casi como un látigo silbando en el aire, gracias a un pequeño aparato que giraba entre sus dedos.
—¿No contestarás? —preguntó con un tono juguetón, su voz impregnada de un desafío invisible—. Es tu jefe.
William frunció el ceño. Cada fibra de su cuerpo se tensó ante la insinuación. No le gustaba la sugerencia de que era un simple sirviente de Yosarian, ni de lejos. Su molestia era palpable, casi física; el aire alrededor de él parecía vibrar con su irritación.
Malerius presionó varios botones más en su aparato, generando un conjunto de sonidos que recordaban a látigos azotando, explosiones lejanas y risas distorsionadas, un juego de provocación que William no estaba dispuesto a tolerar. Con un gesto firme, William deslizó los dedos hacia la pantalla de su teléfono, dispuesto a contestar, mientras el sonido metálico del aparato se mezclaba con el zumbido de la máquina del bar.
—Muy bien —murmuró finalmente, su voz contenida pero cargada de tensión—. Hablemos.
Malerius apagó el dispositivo con un clic seco, y William dejó que el teléfono sonara unas cuantas veces más, saboreando cada instante de espera mientras se sentaba en la mesa de la cantina. El banco de madera crujió bajo su peso, y el olor a cerveza derramada y grasa de cocina lo envolvió. Angel permaneció de pie a su lado, sus ojos recorriendo cada rincón del bar, cada sombra, evaluando cada posible amenaza. Su sola presencia mantenía a todos los curiosos y curiosas a distancia prudente.
Finalmente, la voz de Malerius llegó clara y directa.
—He descubierto la posición de una nueva Nebulosa —dijo—. Está llena de planetas habitables. Podríamos restaurar la grandeza de nuestra dinastía, William. Podríamos fundar un nuevo imperio allí.
William dejó que las palabras fluyeran, sintiendo cómo un escalofrío recorría su columna vertebral. Observó el desgaste del bar, los cristales empañados, las paredes manchadas y el olor pesado a historia y abandono. La idea de un imperio nuevo le parecía a la vez absurda y fascinante, un juego que despertaba su mente de la letanía del aburrimiento.
—La dinastía no necesita arriesgarse explorando un lugar desconocido —respondió con calma, su voz firme y medida—. Ya tenemos un sistema solar completo, con planetas que sostienen nuestros recursos y nuestras fuerzas. No veo la necesidad.
El silencio se instaló unos segundos. Solo el zumbido de la iluminación y el murmullo lejano de la ciudad se filtraban por la ventana empañada. Malerius no parecía sorprendido; su voz, al contrario, mantenía un tono tranquilo y seguro:
—No te engañes, William —dijo finalmente—. Nuestra madre fue la última emperatriz.
William parpadeó, la humedad del bar pareciendo condensarse en gotas que caían de los techos oxidados. La mención de su madre, de su linaje, abrió un resquicio de duda que no esperaba. El olor a tabaco y madera vieja le llegó más intenso, como si el ambiente conspirara para recordarle que su posición no era un refugio, sino una jaula dorada.
—¿Cómo descubriste ese lugar? —preguntó, dejando que su voz no delatara la inquietud que comenzaba a formarse.
—Un anciano hombre me lo regaló —contestó Malerius, la voz suave pero firme—. Misteriosamente, murió poco tiempo después en un penoso accidente.
William dejó escapar un suspiro que arrastraba el peso del reconocimiento de lo inevitable. Señaló, con una mezcla de ironía y cansancio, que no podía esperar menos de su hermano. Su capa rozó el suelo con un sonido amortiguado, y el bar pareció encogerse alrededor de ellos, cada luz parpadeante y cada sombra acentuando la sensación de fin de un capítulo.
Se levantó lentamente, sintiendo la madera dura y rugosa bajo sus botas, y se retiró hacia la puerta. Cada paso era un recordatorio de su autoridad, de su voluntad, de la semilla de duda que Malerius había plantado en su mente. Angel lo siguió, sus músculos tensos, su respiración apenas audible, un recordatorio silencioso de que la protección no era opcional, sino necesaria.
Mientras William cruzaba el umbral del bar, el aire fresco de la noche lo golpeó como un látigo de sal y ozono, recordándole que, incluso cuando uno parece sostenerlo todo, la historia y la ambición de los demás pueden colarse en los rincones más inesperados. La semilla de la duda había sido plantada; el eco de aquel encuentro lo perseguiría durante días, noches y decisiones futuras. La idea de un nuevo imperio flotaba en su mente como un sueño lejano y peligroso, prometiendo gloria, riesgo y la eterna tensión de lo desconocido.
Malerius permaneció tras él, el brillo de sus ojos reflejado en el cristal empañado del bar, observando en silencio cómo su invitado se marchaba, con la certeza de que había encendido una chispa imposible de ignorar. El murmullo de las conversaciones, el tintinear de los vasos y el aroma a historia antigua se fusionaron en un instante que William sabía que no olvidaría. La decisión, aunque aún no tomada, empezaba a formarse, y con ella, la posibilidad de un destino nuevo y peligroso.
El palacio estaba envuelto en un silencio pesado, un eco de su propia grandeza que parecía retumbar en los muros de mármol y piedra pulida. Cada columna, cada tapiz, cada ornamento dorado tenía un significado histórico que superaba la vida misma de quienes habitaban esas salas. Para William, aquel lugar representaba mucho más que un hogar o un trono; era un testigo silencioso de ambiciones, derrotas y legados, un espectro de todo lo que había sido y de lo que aún debía decidir.
El aire estaba cargado de un aroma mezcla de cera de abejas, madera antigua y un leve toque metálico, como si la historia misma hubiera dejado una huella olfativa en cada rincón del palacio. La luz del sol entraba por los ventanales, filtrándose en haces cálidos que iluminaban el polvo en suspensión, dibujando líneas doradas sobre el suelo de mármol. La temperatura era agradable, pero el ambiente pesaba como si una presión invisible se posara sobre los hombros de William.
Angel se encontraba junto a él, apoyado en la baranda de un balcón interno que daba a la sala principal. Sus ojos recorrían la estructura del palacio, los pasillos, los corredores y las ventanas, evaluando cada sombra y cada movimiento como si pudiera anticipar cualquier peligro antes de que ocurriera. Incluso en aquel lugar lleno de lujo y silencio, su presencia infundía una sensación de alerta, como si el aire mismo se hubiera vuelto más denso alrededor de William.
El sonido del dispositivo holográfico de William interrumpió la quietud. Un pitido agudo y puntual que resonó contra los muros de mármol, un recordatorio de que incluso en la quietud del poder, las órdenes y demandas podían irrumpir sin aviso. William miró el mensaje con una expresión que mezclaba cansancio y resignación.
—¿Qué dice? —preguntó Angel, su voz grave, medida, pero cargada de interés y cierta tensión, como si supiera que lo que viniera podría alterar el equilibrio de la situación.
William respiró hondo, dejando que el aroma de madera y cera lo envolviera mientras sus ojos recorrían las palabras que flotaban frente a él en la pantalla holográfica. Sus dedos jugaron con la superficie translúcida antes de hablar, como si necesitara un ancla para sostener su mente:
—Ahora Yosarian pide que se reduzca a la mitad el salario de los mineros.
El aire pareció volverse más denso en ese instante. Angel soltó un suspiro, una mezcla de alivio y frustración contenida, mientras su mirada se clavaba en William. El gesto de su pecho subiendo y bajando lentamente transmitía el peso de la decisión que ambos sabían inevitable.
—Eso… no es bueno para la gente —dijo finalmente, su voz baja pero firme, reverberando ligeramente contra el mármol y los tapices.
William asintió, su expresión de cansancio reflejando la conciencia de la injusticia implícita, pero también la imposibilidad de cambiarla. Sus dedos se cerraron sobre la mesa de mármol, dejando un rastro de presión que parecía grabar su dilema en la piedra.
—Estoy de acuerdo —contestó, con una voz que intentaba ser neutral, pero cargada de resignación—.
Angel inclinó ligeramente la cabeza, exhalando un suspiro que tenía algo de alivio, como si la honestidad de William fuera un bálsamo temporal para la tensión que se había acumulado durante días. Sus hombros se relajaron solo un poco, su cuerpo soltando un peso invisible que hasta entonces había sostenido con disciplina férrea.
—Entonces… —empezó, pero se detuvo, evaluando la reacción de William—. ¿Te negarás?
William cerró los ojos por un instante, sintiendo el aire denso del palacio penetrando en sus pulmones. El olor a cera, madera y metal parecía mezclarse con su propio cansancio, creando un ambiente casi tangible de opresión. Cuando abrió los ojos, su mirada era clara, serena, pero impregnada de la fría aceptación de la realidad.
—No puedo negarme, Yosarian pararía la producción —dijo con voz firme, pero sin alarde—.
Angel frunció el ceño, confundido. Sus manos se cerraron ligeramente sobre la baranda, los nudillos blancos contra la madera pulida. Su respiración se volvió más profunda, como si intentara procesar un concepto que no terminaba de encajar.
—Pensé… —comenzó, con un dejo de incredulidad—. Pensé que eras el emperador.
William suspiró, un sonido que arrastraba siglos de historia familiar, de presiones externas y de expectativas que pesaban más que la propia carne. Sus dedos se relajaron sobre la mesa, dejando que la palma se apoyara suavemente sobre la superficie fría del mármol.
William asintió, sintiendo el peso de cada decisión que debía tomar. El aroma del palacio parecía intensificarse a su alrededor, como si la historia misma lo presionara para recordar que todo lo que había construido era frágil. Cada tapiz, cada columna dorada, cada reflejo de la luz en la piedra pulida le recordaba que la grandeza y la apariencia podían sostenerse solo mientras uno tuviera la voluntad de jugar según las reglas que otros imponían.
—No es cuestión de voluntad —dijo—. Es cuestión de supervivencia. Y si la dinastía desaparece ahora, desaparecerá para siempre.
El sol filtraba su luz pálida a través de los ventanales del salón de comunicación holográfica del palacio, proyectando haces irregulares que atravesaban el polvo suspendido en el aire. William se encontraba sentado frente al pedestal central, donde un dispositivo holográfico proyectaba la figura de Malerius, su silueta clara, firme y llena de determinación. La sala olía a madera antigua y a cera de abejas, mezclada con un tenue aroma metálico de los paneles de control que zumbaban suavemente bajo la energía constante de los sistemas.
Malerius hablaba con calma, cada palabra medida y precisa, flotando en el espacio holográfico como un eco de autoridad. Sus ojos, penetrantes y oscuros, seguían cada reacción de William, evaluando cada gesto, cada titubeo, como un maestro de ajedrez observando a su rival antes del jaque mate.
—William —dijo Malerius, su voz profunda resonando en la sala—, el plan no es complicado en esencia, pero requiere sincronización. Nueva Europa debe producir la maquinaria, y tú debes garantizar la entrega del planeta intacto. Cada paso tiene consecuencias que se reflejarán en la economía y en la política de los sistemas que nos rodean.
William asintió, sintiendo la presión sobre sus hombros como un peso físico. Cada palabra de Malerius vibraba en el aire, y el leve zumbido del dispositivo holográfico parecía intensificarse conforme la estrategia se delineaba. El aire estaba caliente, cargado de electricidad contenida, como si la propia sala anticipara la magnitud de lo que estaban a punto de ejecutar.
—Entiendo —respondió William, su voz firme, pero con un leve temblor que delataba la tensión interna—. Haré lo que sea necesario.
Los días siguientes se sucedieron con precisión quirúrgica. William supervisaba cada preparación, cada ensamblaje de la maquinaria, cada disposición estratégica del planeta que estaba a punto de ceder. El aroma a metal caliente y aceite impregnaba los hangares y talleres, mezclándose con el sudor de los técnicos que trabajaban sin descanso. La luz artificial rebotaba en superficies pulidas, creando reflejos que parecían multiplicar las figuras de los trabajadores, como si la propia actividad del planeta estuviera multiplicándose en un efecto casi hipnótico.
Finalmente, llegó el momento de la comunicación directa con Yosarian Jr. William proyectó su holograma, observando cómo su contraparte aparecía frente a él, los ojos brillantes y calculadores.
—Estoy dispuesto a vender el planeta —dijo William, dejando que cada palabra flotara en el espacio entre ellos. Su voz era firme, segura, pero en el fondo llevaba el peso de quien reconoce que cede algo más que tierra: cede poder.
Yosarian Jr. frunció el ceño, evaluando cada detalle, cada implicación. Sabía que solicitar a Nueva Europa la fabricación de la maquinaria exigida por William sería extremadamente costoso, pero su mente ya había calculado los números. El planeta que recibiría no solo permitiría recuperar la inversión, sino que con una sobreexplotación estratégica, los beneficios se multiplicarían en cuestión de un año. Sus dedos jugueteaban con un anillo en su mano, un movimiento inconsciente que delataba su anticipación.
—Está bien —dijo finalmente—. Haremos la inversión necesaria, pero asegúrate de que el planeta esté listo.
William asintió, sintiendo cómo la tensión se concentraba en su mandíbula y hombros. La sala estaba silenciosa salvo por el zumbido del dispositivo holográfico y el ocasional crujido de la estructura del palacio bajo la presión de la actividad planetaria.
Días después, William se encontraba nuevamente en la sala principal del palacio, supervisado directamente por Malerius mientras firmaba los documentos que sellaban la transacción. El aire estaba cargado de una mezcla de aroma a pergamino, tinta fresca y metal, una combinación que olía a decisiones finales y a pactos irrevocables. La luz de la tarde entraba en rayos dorados a través de los ventanales, reflejando destellos en la superficie del mármol pulido y en los anillos metálicos de los documentos.
Malerius observaba cada firma, cada movimiento de William, sus ojos brillando con un fulgor calculador, como serpientes acechando a su presa. Al otro lado, Yosarian Jr. aparecía en un holograma desde Nueva Europa, sus ojos igualmente fríos y evaluadores. La tensión entre los tres era palpable, un nudo invisible que hacía vibrar el aire con cada mirada cruzada, cada silencio.
William deslizó la pluma sobre el papel, sintiendo la resistencia de la tinta y el pergamino bajo su dedo, un contacto físico que lo anclaba a la realidad mientras su mente navegaba entre la estrategia de Malerius y la codicia calculada de Yosarian Jr. Cada firma era un paso más hacia el futuro incierto, cada trazo un recordatorio de la manipulación que lo rodeaba.
El sonido de la pluma sobre el papel resonó en la sala como un martillo metálico, marcando el ritmo de la transacción, mientras los ojos de Malerius y Yosarian Jr. se encontraban, brillando con un brillo reptiliano, conscientes de que ambos controlaban a William en igual medida, aunque de maneras distintas. La luz dorada proyectaba sus sombras alargadas sobre el suelo de mármol, creando figuras que parecían moverse por sí mismas, reflejando la naturaleza casi teatral de aquel acuerdo.
Cuando la última firma fue estampada, William levantó la mirada. Por un instante, el silencio se volvió absoluto, pesado, casi asfixiante, y la sala pareció contener la respiración junto a él. Malerius sonrió levemente, apenas perceptible, mientras Yosarian Jr. inclinaba la cabeza con un gesto de aprobación fría. Las serpientes se habían mirado, y William, en medio, había dejado su marca, sellando su papel como peón en un juego que él apenas comprendía del todo, pero que sabía que definiría los próximos años de poder y dominación.
El aroma del pergamino, la tinta y el metal permaneció flotando en la sala, como un recordatorio físico de la transacción, mientras el sol descendía lentamente, tiñendo la luz de oro envejecido y sombras que presagiaban un futuro cargado de riesgo y cálculo.
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