El angel de la muerte y el hijo prodigo, capitulo 4.
La bodega secreta se abrió con un chirrido metálico, como si los goznes se resistieran a traicionar a su dueño. Desde la rendija, primero emergió un olor denso: grasa, especias dulzonas, un tufo inequívoco de carne horneada y salsas recalentadas. Luego, rodando con un rechinar de ruedas mal engrasadas, apareció un carrito de supermercado repleto de manjares. Brillaban en charolas de aluminio trozos de carne jugosa, pollos enteros dorados al punto exacto, panes inflados aún tibios, y botellas de refresco que sudaban por la condensación fría.
William cruzó los brazos y apoyó la espalda contra el marco de la puerta, con una media sonrisa burlona.
—Así que aquí estaba tu gran misterio.
Malerius palideció, pero trató de mantener la compostura. Su respiración se agitó con un silbido apenas audible mientras otro carrito emergía cargado de quesos amarillentos, embutidos envueltos en plásticos brillantes y un pastel que olía a vainilla con crema batida.
—¿Cómo… cómo lo descubriste? —preguntó con un hilo de voz, la mirada clavada en el suelo, como si esperar la respuesta fuera más humillante que la evidencia misma.
William no se movió de su postura, pero arqueó una ceja.
—Eres tú, Malerius. El señor plan de contingencia. ¿De verdad creías que no notaría que estabas almacenando provisiones como si viniera un asedio? —Hizo una pausa breve, mordaz—. Además, ayer en tu cuarto olía demasiado a pollo.
La frase cayó como un golpe seco. Un silencio incómodo llenó la habitación, solo roto por el tintinear de botellas de vidrio dentro de los carritos. El tercer cargamento salió entonces, y con él, el punto más doloroso: frascos brillantes de fresas en almíbar, alineados como gemas carmesí bajo la luz tenue. El almíbar reflejaba destellos rojos, dulces, casi infantiles, demasiado íntimos para alguien que siempre presumía de dureza.
Malerius apretó los labios, y de pronto el rictus de orgullo se quebró. Giró el rostro, pero ya era tarde: las lágrimas corrían silenciosas, humedeciendo la piel curtida. No dijo nada más; sus hombros se contrajeron como si quisiera hacerse pequeño en medio de esa escena expuesta.
Mientras los demás observaban con sorpresa contenida —entre risitas nerviosas y un respeto incómodo por no intervenir—, Malerius se apartó lentamente. Con un movimiento rápido y casi desesperado, empujó un panel en la pared lateral. La madera cedió con un crac discreto, revelando un compartimento minúsculo.
El aire que salió de allí estaba impregnado de un aroma inconfundible: azúcar tostada, chocolate y mantequilla. Malerius metió la mano temblorosa y sacó un paquete de galletas envueltas en plástico arrugado, como si fueran el último tesoro de un hombre despojado. El crujido del celofán se escuchó en la penumbra.
La sala de mando estaba bañada en un resplandor azul que se deslizaba por los muros metálicos como una niebla helada. En el aire vibraba el zumbido constante de los generadores y el olor punzante del ozono, mezcla de electricidad y encierro. Frente a Yosarian Jr., los líderes de Nueva Europa se proyectaban como espectros de luz: figuras imponentes, transparentes, apenas sostenidas por la tecnología holográfica.
El canciller habló primero. Su silueta, aunque vibrante y pixelada, irradiaba una solemnidad que atravesaba la distancia.
—Rechazamos esta depredación económica —declaró, con una voz grave que reverberaba en los altavoces como un eco subterráneo—. Sus tratados, sus cláusulas, sus mercados dirigidos: todo ello reduce pueblos a engranajes de su maquinaria.
Yosarian Jr. permaneció erguido, las manos firmes detrás de la espalda. Su sombra se proyectaba contra la pared como la de un conquistador moderno.
—No es depredación —replicó, modulando cada palabra con una calma que rozaba la insolencia—. Es intercambio. Es orden. Y no se engañen: es menos brutal que cualquiera de sus ofensivas militares. Ustedes destruyen con fuego. Yo construyo con contratos.
El murmullo indignado de los hologramas recorrió la sala como un coro distorsionado. Una ministra de rostro duro se inclinó hacia la cámara de su lado, y su voz, filtrada por la estática, resonó con dureza:
—Construye cadenas, Yosarian. Eso hace. Al menos nuestras armas muestran su filo. Lo suyo es una prisión invisible: trabajo que no libera, abundancia que humilla.
El canciller volvió a alzar la voz, imponiendo su autoridad entre el tumulto. Su figura tembló levemente por la interferencia, pero su discurso no perdió firmeza:
—Lo suyo es más opresivo porque se disfraza de elección. Ustedes llaman “libertad de mercado” a lo que no es más que obediencia disfrazada. Nosotros pregonamos la equidad comunalista, y sí, es imperfecta, pero no engaña: lo que tenemos, lo tenemos todos. Lo que perdemos, lo perdemos juntos. Usted, en cambio, ofrece riqueza como espejismo individual, y en el fondo la convierte en sumisión colectiva.
En la sala, los oficiales presentes contuvieron la respiración. El aire se hizo más pesado, como si las palabras hubiesen llenado el espacio de un polvo invisible.
Yosarian Jr. dio un paso al frente. La luz azul bañó su rostro en un halo frío, resaltando la dureza de sus facciones. Había en sus ojos un brillo de desprecio, pero también la impasibilidad de quien se sabe dueño de la iniciativa.
—Hagan lo que gusten —dijo, dejando que el silencio prolongara el filo de la frase.
Las siluetas holográficas se estremecieron, descomponiéndose en fragmentos de luz que chisporrotearon en el aire antes de desvanecerse. El zumbido de los proyectores quedó como único testigo de lo ocurrido.
Fue en ese instante, en ese cruce de palabras más denso que cualquier balazo, cuando comenzó el caos. Porque no eran solo intereses lo que se enfrentaba, sino dos visiones irreconciliables: el espejismo del individuo contra la utopía de lo común. Y al chocar, ambas hicieron temblar al mundo entero.
Las alarmas resonaron primero como un murmullo distante, un zumbido grave que atravesaba los pasillos del centro de mando. Luego, el mensaje apareció en las pantallas: la flota de Nueva Europa se movía hacia la franja delgada que delimitaba la zona espacial de Big African. Una línea roja parpadeaba en los mapas tridimensionales, creciendo como una herida luminosa que se expandía sobre el espacio proyectado.
Yosarian Jr. observaba en silencio. Sus dedos temblaban apenas, rozando la superficie de cristal negro de la mesa de mando, mientras los números desfilaban frente a él como cuchillas brillantes. El aire olía a metal caliente y a ozono cargado por los servidores, un aroma que se mezclaba con la amargura del café frío olvidado en su escritorio.
Su respiración era pesada. Sabía la verdad que todos murmuraban: no importaba cuánto dinero tuviera, su poder económico estaba a décadas de distancia del músculo militar de Nueva Europa. Podía comprar mercados, podía desmantelar imperios, pero no podía frenar los cañones de plasma ni los acorazados orbitales que avanzaban con precisión inexorable.
Se levantó de golpe, el sonido de la silla chocando contra el suelo metálico rompió el silencio de los técnicos. Salió del salón sin despedirse, atravesando los corredores iluminados por luces rojas de emergencia. El eco de sus pasos se mezclaba con el zumbido eléctrico de los transformadores. Cada sombra en las paredes parecía observarlo, como si los mismos cimientos del planeta lo juzgaran.
Llegó al despacho de Hack, su tío. La puerta se abrió con un gemido mecánico, revelando una sala más cálida, bañada por la luz dorada de lámparas antiguas y el aroma profundo de madera envejecida. Hack estaba sentado en su sillón, con una copa medio vacía en la mano y una expresión cansada en el rostro.
—Tío —dijo Yosarian, con voz quebrada por el peso de la urgencia—. Se mueven contra nosotros. Necesito tu ayuda.
Hack alzó la mirada lentamente. Sus ojos, duros como piedra pulida, reflejaron un destello de resignación. Dejó la copa sobre la mesa y suspiró, un suspiro profundo que pareció arrastrar siglos de cansancio.
—Te lo advertí, muchacho —respondió con calma grave—. Te dije que no era necesario meternos en esto de las guerras. Ya éramos ricos cuando terminé de fundar este planeta. No necesitábamos más.
El silencio que siguió pesó como plomo. Afuera, los sistemas de defensa zumbaban mientras se reconfiguraban, lanzando destellos azules por las ventanas. El aire se impregnaba de una tensión metálica, como si el planeta entero contuviera la respiración.
Yosarian apretó los puños. Sentía el sudor frío recorriéndole la espalda, la camisa pegándose a su piel. Sabía que la fortuna que había amasado era inútil frente a la sombra colosal de la maquinaria bélica que avanzaba.
Hack se puso de pie. Su voz, aunque cansada, tenía el filo de quien había gobernado un mundo antes.
—No hay elección. Nos preparamos para lo peor.
El murmullo de los servidores se intensificó, mezclado con el rugido distante de los motores de guerra encendiéndose. El planeta entero parecía transformarse en un animal herido, tensando cada fibra de su cuerpo para enfrentar el golpe inminente.
Y así, entre el aroma denso de ozono y madera, comenzó la cuenta regresiva hacia el caos.
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