El meditador, capítulo 2.

 

El viento soplaba con un murmullo constante, como un canto antiguo que venía de las cumbres invisibles. La nieve crujía bajo las pisadas del buey almizclero, cuyos flancos subían y bajaban con un ritmo fatigado. Su aliento formaba nubes tibias en el aire gélido, mientras las pezuñas resbalaban ocasionalmente sobre la roca húmeda y helada. El joven Rodolfo caminaba en silencio, con la capucha echada hacia atrás y el rostro expuesto al frío. A su lado, su madre, llevaba los brazos cruzados contra el pecho, protegiéndose del viento que mordía la piel como pequeños cuchillos.

El guía, un hombre enjuto de rostro curtido, detuvo la marcha de pronto. Se volvió hacia ellos con gravedad en los ojos.

—Debemos parar aquí. El animal no resistirá más por hoy —dijo, señalando al buey, cuya respiración era ya un jadeo tembloroso.

El joven Rodolfo se detuvo. Miró al buey como si pudiera leer algo más allá del cuerpo. El animal estaba agotado, sí… pero no vencido. Se acercó con lentitud, extendió la mano y colocó sus dedos sobre la frente húmeda de la bestia. Cerró los ojos.

El silencio cayó como un manto espeso. No se oyó más que el silbido del viento y el leve crujir del cuero de las correas. Rodolfo comenzó a respirar con más profundidad. Su pecho subía y bajaba como si bebiera el aire en dosis exactas. Su piel se cubrió de un leve sudor, visible incluso con el frío. Parecía absorber el agotamiento del buey, como si lo succionara desde un pozo invisible.

El guía dio un paso atrás, sus labios entreabiertos.

Entonces, algo cambió. El buey almizclero levantó la cabeza, con los ojos más vivos, más firmes. Sacudió el lomo como si una carga invisible hubiese caído de él. Dio dos pasos firmes hacia adelante y resopló con fuerza.

Rodolfo abrió los ojos. Su respiración era más pesada ahora, y un leve temblor recorría sus dedos, pero su mirada seguía serena.

—Podemos seguir —dijo, sin dirigirse a nadie en particular.

El guía lo miró con una mezcla de respeto y asombro. Su voz fue baja, casi para sí mismo:

—Ya veo por qué vienes aquí.

La madre, aún cubriéndose del viento, no apartaba la vista de su hijo. Lo había visto curar antes, pero esto era distinto. No era solo la transferencia de algo físico, era una especie de pacto silencioso con la vida misma. El cielo se oscurecía lentamente, y el viento seguía cantando, pero el grupo avanzó, con el buey rejuvenecido al frente… y con un joven que llevaba, sin aspavientos, la llama de un saber que apenas comenzaba a desplegarse.

El templo se alzaba sobre la ladera como una promesa silenciosa: vetusto, macizo, cubierto de banderines que danzaban en el viento glacial. Las piedras antiguas de su fachada parecían exhalar siglos de plegarias y eco de pasos descalzos. El aire olía a incienso quemado, a madera vieja y a nieve reciente, fundiéndose todo en una quietud que vibraba más allá del oído.


Rodolfo y su madre ascendieron los últimos escalones con el viento golpeando sus rostros. Él iba delante, su silueta imponente cortando la bruma. Media al menos un metro ochenta, con hombros anchos, cuello grueso, y pasos pesados que contrastaban con el andar silencioso de los monjes que los aguardaban. No parecía un peregrino. Su cuerpo grande, casi desafiante en ese entorno contenido, hacía que las miradas se posaran sobre él como gotas pesadas.


Las puertas del templo, talladas con símbolos antiguos y desgastadas por el tiempo, se abrieron con un sonido profundo, grave, como el bostezo de una montaña. Un monje delgado, de rostro curtido y mirada insondable, salió a recibirlos. Sus manos, unidas con serenidad, temblaban apenas por el frío.


—Sean bienvenidos —dijo con una voz que parecía arrastrar el viento consigo—. Dal-ai Landa está ocupado por el momento, pero los recibirá pronto.


La madre asintió con respeto. Rodolfo no dijo nada, solo observó el lugar con ojos atentos. Cada objeto parecía tener una intención: los tapices rojos oscuros, los cuencos metálicos alineados, los faroles dorados que lanzaban reflejos tibios sobre las paredes de piedra. El sonido de una campana distante vibró en el aire, y el joven la sintió como si le resonara dentro del esternón.


Mientras caminaban por el corredor principal, Rodolfo podía sentir las miradas. No eran hostiles, pero sí inquisitivas. Los monjes, todos delgados como varas de bambú, lo miraban de reojo, sus rostros imperturbables. Se notaba en sus gestos que no esperaban a alguien como él. Y no solo por el cuerpo: por la forma de estar. Brayan no caminaba con humildad ni con la espalda encorvada por la veneración. Iba erguido, sin miedo, sin necesidad de pedir permiso al espacio. Era evidente que no había sido moldeado por la verticalidad del deber, sino por el cuidado horizontal de una madre que jamás le habló como a un subordinado.


Los monjes veían eso. Y aunque no hablaban, su juicio flotaba en el aire como el humo del incienso: este joven no conoce la disciplina. Y, en parte, tenían razón.


El guía los condujo a una sala de espera circular, tibia, con cojines bajos y una fuente de cobre que susurraba agua en su centro. se sentó con lentitud, cansada por el ascenso.

Rodolfo permaneció de pie, observando la bóveda pintada de símbolos que no comprendía del todo… pero que, por alguna razón, le resultaban familiares.


Afuera, el viento seguía golpeando las puertas. Dentro, el silencio pesaba. Y en algún rincón del templo, el Dal-ai Landa decidía si atender o no a quien no fue invitado… pero sí anunciado.

El silencio en la sala circular era tan espeso que cada gota de agua que caía en la fuente central parecía una campanada. La luz del mediodía entraba sesgada por las ventanas altas, tiñendo las paredes de tonos ámbar y rojizo. El aroma del incienso, persistente pero no invasivo, flotaba como un velo entre los presentes.


Uno de los monjes, de rostro enjuto y cabeza afeitada, se levantó sin decir palabra. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre el piso de piedra pulida. Se acercó al centro de la sala, donde otro monje, más joven, ya lo esperaba, sentado con las palmas hacia arriba en gesto de entrega. Todos sabían lo que iba a ocurrir, excepto la mujer y Rodolfo.


Con una fluidez ceremoniosa, el monje mayor sacó una pequeña hoja curva, no mayor que un dedo, forjada en acero ennegrecido. La sostuvo entre dos dedos como si fuera parte de un ritual ancestral. Se inclinó, hizo una breve reverencia hacia el joven monje, y luego, sin titubear, deslizó la hoja sobre la palma extendida. Un corte limpio, preciso. La sangre brotó en silencio, oscura al principio, luego brillante, goteando al suelo como un reloj líquido.


La mujer se sobresaltó levemente, pero Rodolfo no se movió. Observaba con la concentración de quien presencia no una herida, sino un lenguaje. El monje herido ni siquiera frunció el ceño. El que había cortado se arrodilló entonces y colocó ambas manos sobre la herida. Cerró los ojos. Su respiración se hizo lenta, profunda. El ambiente pareció tensarse, como si el aire contuviera el aliento.


Poco a poco, la sangre dejó de fluir. La piel se arrugó como una flor cerrándose. La herida se detuvo, aunque no desapareció. Quedó abierta, aún visible, pero seca. Un signo de dominio parcial, un control logrado con años de disciplina.


El monje levantó la vista hacia Rodolfo, sin decir palabra, como si dijera: esto es lo que hacemos aquí.


Rodolfo lo miró, no con desafío, sino con una mezcla de respeto y una leve inclinación de cabeza, como si aceptara la invitación silenciosa. Caminó despacio hasta el monje herido. Sus pasos eran más pesados, su figura más corpulenta que la de todos los presentes, pero su presencia no era ruda. Se arrodilló frente a él, tomó su mano con suavidad y la sostuvo entre las suyas. Cerró los ojos.


No murmuró palabra. No respiró hondo. No tensó el cuerpo. Solo se concentró. Fue algo más sutil, más interno. Una atención sin esfuerzo.


Entonces ocurrió. Frente a todos, la herida empezó a cerrarse. No solo a detenerse. A regenerarse. La carne se unió como si nunca hubiese sido separada. La piel se reacomodó, dejando apenas una línea delgada, blanca, una cicatriz como un susurro.


Un murmullo contenidísimo recorrió a los monjes. Nadie aplaudió. Nadie habló. Pero en sus rostros, habitualmente imperturbables, apareció algo que rara vez se ve en quienes creen saberlo todo: asombro. Como si hubieran visto lo inconcebible. Como si la montaña misma acabara de parpadear.


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