El meditador, Capitulo 4.
en el gran salón del templo, un espacio vasto y austero donde la luz se filtraba desde ventanales altos, formando haces que dibujaban columnas de polvo suspendido en el aire. La madera de los suelos crujía bajo sus botas, y el eco de cada paso parecía multiplicarse, llenando la sala con un ritmo solemne, como si los siglos anteriores respiraran a su alrededor. Un aroma denso de incienso y cera vieja se entrelazaba con el leve olor a piedra húmeda, recordándole que aquel lugar había sido testigo de generaciones enteras de practicantes concentrados en la búsqueda de la perfección.
Al fondo, las mesas y esteras estaban alineadas con exactitud, y sobre ellas descansaban instrumentos, pergaminos y pequeños objetos de entrenamiento que reflejaban siglos de disciplina. Rodolfo percibió de inmediato la mirada de los otros competidores: cincuenta figuras esbeltas, cada una envuelta en túnicas de tonos oscuros, los músculos tensos y los ojos afilados como cuchillas. Su recelo era palpable; no hablaban, pero el aire vibraba con su desconfianza. Él era el primero occidental en la historia del concurso que se atrevía a participar, y esa diferencia se sentía como un murmullo de tormenta en la calma artificial del salón.
El viento helado que se colaba por las rendijas de las puertas hacía que los cabellos de Rodolfo se movieran en pequeños remolinos, y la brisa llevaba consigo el eco lejano de campanas que marcaban el inicio de la ceremonia. Cada sonido se amplificaba en su pecho, sincronizándose con su respiración; sentía la tensión no solo como una emoción, sino como una densidad física que ocupaba cada espacio a su alrededor. Las manos de los competidores descansaban ligeramente sobre sus muslos, los dedos flexionados, listos para reaccionar, mientras la mirada fija de Rodolfo atravesaba la distancia entre ellos, buscando un puente invisible que conectara su fuerza con la suya.
El aire estaba impregnado de polvo, un polvillo dorado que danzaba en los rayos de luz, y con cada inhalación, Rodolfo sintió cómo el ambiente lo atravesaba, familiar y ajeno a la vez. Los murmuros casi imperceptibles de los monjes encargados de la vigilancia se mezclaban con los latidos de su corazón, que ahora marcaban un ritmo tranquilo, medido, como si él hubiera logrado crear su propia calma dentro del caos silencioso. La sensación era física: su piel ligeramente erizada, los músculos listos pero relajados, los pies firmes sobre la madera fría, en contacto con la tradición viva del templo.
Un leve aroma a pino seco y madera recién pulida se filtraba desde las vigas altas, y Rodolfo lo sintió como un recordatorio: estaba en un lugar donde la paciencia y la observación eran armas tan poderosas como cualquier técnica. Los ojos de los competidores no lo apartaban; había curiosidad, cautela, incluso una pizca de miedo. Él sonrió apenas, un gesto mínimo, y dejó que el silencio se extendiera como un manto entre todos, transmitiendo sin palabras que no buscaba imponerse, sino existir plenamente en el espacio, firme, sereno y listo para cualquier desafío que aquel torneo ancestral le arrojara.
Más temprano que tarde, comenzó el concurso con una prueba eliminatoria básica: la lectura de aura. El aire en la sala estaba cargado, denso como si respirara la concentración de todos los presentes. Una mezcla de incienso, madera húmeda y el sudor ligero de los competidores flotaba en las estancias, formando una especie de neblina palpable que hacía que cada movimiento, cada respiración, se sintiera amplificado. Rodolfo observaba desde el borde del tatami elevado, los pies firmes, la espalda recta, intentando captar la esencia del ejercicio aunque jamás lo hubiera practicado.
El primero en actuar fue un joven delgado, de mirada filosa y pulso firme. Caminó hacia el centro con pasos medidos, y el silencio lo siguió como sombra. Extendió sus manos lentamente sobre un voluntario, palmas abiertas, los dedos casi vibrando en el aire mientras emitía un murmullo apenas audible, un canto interno que parecía tejer hilos de energía desde su pecho hacia la del otro. La luz que entraba por los ventanales altos se filtraba sobre su figura, y Rodolfo pudo ver cómo los contornos del cuerpo del voluntario parecían rodearse de un resplandor tenue, un halo que oscilaba como líquido atrapado en un vidrio. Cada movimiento del joven era medido, preciso, y cuando terminó, los jueces asintieron levemente. El murmullo contenido de la sala era como el roce de plumas en seda.
Pronto le tocó a Rodolfo. Su pulso se aceleró apenas, aunque el frío del suelo bajo sus botas lo anclaba. Sabía que nunca había practicado la lectura de aura, nunca había entrenado para percibir aquello que el resto podía manifestar con facilidad. Respiró hondo, notando el aire helado rozar sus fosas nasales y el aroma a incienso mezclarse con su propio sudor. Avanzó hacia el centro del tatami, los pasos resonando sobre la madera, y se detuvo frente al primer voluntario que le habían indicado.
Rodolfo no intentó inventar nada; no había improvisación ni artificio. Sus ojos se posaron en el cuerpo frente a él, y simplemente copió los gestos que había observado: la colocación de las manos, la flexión de los dedos, la cadencia de la respiración. Pero lo que ocurrió fue extraordinario. La energía que él no sabía que poseía se amplificó con la precisión exacta de cada movimiento. No era técnica aprendida, sino la manifestación pura de su atención, de su calma, de su capacidad para absorber patrones y replicarlos de manera impecable.
Los colores del aura se hicieron visibles para los jueces y los competidores: matices dorados, azules y verdes que vibraban con intensidad. Cada persona frente a él parecía resonar con una claridad inédita; la sala misma parecía contener la respiración, la luz se intensificaba sobre Rodolfo como si lo reconociera. El murmullo de admiración apenas contenida flotó en el aire, mezclándose con el crujido de la madera y el roce de túnicas.
El resto de los competidores continuó, algunos con seguridad, otros con tensión evidente, pero ninguno replicó con la precisión silenciosa y natural que emanaba de Rodolfo. Él permaneció sereno, respirando en calma, sintiendo el murmullo de la sala, el frío del aire y la densidad de cada mirada que intentaba medirlo. Al finalizar, los jueces intercambiaron gestos sutiles, y Rodolfo, sin necesidad de celebrar, supo que había marcado la diferencia: no por fuerza ni por experiencia, sino por la exactitud de su presencia.
Comentarios
Publicar un comentario