El meditador, capitulo 3.

 El aire dentro del austero recinto era denso, impregnado de incienso y el eco suave de cánticos lejanos que parecían filtrarse desde las entrañas de la montaña. Rodolfo entró en la sala principal con pasos firmes pero medidos, sintiendo bajo sus pies el frío pulido de las losas de piedra. La luz tenue de las lámparas de aceite acariciaba las paredes con un resplandor cálido que contrastaba con el frío helado que aún se colaba por las rendijas.


Frente a él, sentado en un trono de madera tallada con símbolos ancestrales, estaba el Dalai Limas. Su rostro, curtido por el tiempo y las pruebas del alma, proyectaba la calma profunda de quien ha visto siglos pasar, pero sus ojos, oscuros y penetrantes, destilaban un recelo contenido, especialmente al observar a este extranjero corpulento, de presencia inusual en aquel lugar sagrado.


Rodolfo levantó la mano en un gesto afable, una sonrisa suave queriendo abrir el puente invisible entre mundos distintos. Pero el Dalai no respondió. No hubo palabras, ni siquiera un asentimiento; solo esa mirada fija, analítica, como si pesara la esencia de Rodolfo en un balanza invisible.


Entonces, el Dalai Limas extendió lentamente su mano derecha, la piel delgada como pergamino revelando venas sutiles bajo la superficie. Sus dedos se cerraron alrededor de un pequeño objeto, una esfera oscura con destellos iridiscentes, que parecía absorber y reflejar la tenue luz de la habitación. Con una concentración profunda que se leía en el leve fruncir de su ceño y el suave temblor de sus manos, elevó el objeto lentamente, cinco centímetros por encima de la mesa de piedra.


Un murmullo casi imperceptible vibró en el aire, como el susurro del viento rozando las hojas en la montaña. La esfera flotaba suspendida, desafiando la gravedad con una quietud que parecía contener siglos de sabiduría y poder concentrados en un instante. Rodolfo sintió una oleada de asombro que le erizó la piel, una mezcla de respeto y admiración que no requería palabras.


Sin dudar, inhaló profundo, sintiendo el aire frío llenar sus pulmones y el ritmo de su corazón acompasarse con la quietud de la sala. Extendió la mano hacia la mesa, concentrándose en la materia del objeto, en la energía intangible que sostenía la esfera en el aire. Cerró los ojos un instante, dejando que la calma interior se hiciera muro y puente a la vez.


Entonces, lentamente, sus dedos comenzaron a alzarse, replicando el gesto del Dalai, pero con una fluidez que parecía nacer no del esfuerzo, sino del puro ser. La esfera oscura, como atraída por ese poder silencioso, se elevó del suelo hasta flotar a la misma altura.


Los ojos del Dalai Limas se abrieron de par en par, la sombra de sorpresa atravesó su rostro, desarmando la severidad que había mantenido hasta entonces. En ese instante, Rodolfo percibió que no solo había igualado una técnica que el Dalai había perfeccionado durante cincuenta años, sino que había tocado un umbral secreto, una llave invisible para un mundo que hasta entonces parecía inaccesible.

El rostro del Dalai Limas se suavizó, la dureza del recelo dio paso a una resignación profunda que pareció pesar siglos. Sus ojos, cargados de una tristeza leve, se posaron en Rodolfo con una mezcla de respeto y duda contenida.


Con voz pausada y un inglés entrecortado, casi áspero por el esfuerzo, habló:

—Nunca imaginé... —comenzó, tomando aire— que tendría que darle esta tarea a alguien que no fuera mi discípulo.


El silencio llenó la sala como un manto denso mientras sus dedos entrelazados temblaban ligeramente sobre sus rodillas. Su mirada no se apartaba, pesada y grave.


—Hay un torneo —continuó, con voz cargada— que se celebra cada cien años. En él se enfrentan los cincuenta mejores meditadores del mundo... una prueba de mente y espíritu.


El Dalai bajó lentamente la cabeza, dejando caer el peso de sus palabras.

—Quiero que vayas tú. Debes representarnos.


El aroma del incienso se volvió más intenso, como si el templo contuviera la respiración ante esa revelación. Rodolfo sintió entonces el peso de la misión posarse sobre sus hombros, una llama silenciosa que ardía con nueva urgencia en su interior.

Días después, el viento cortante de la montaña se colaba por las rendijas del pequeño cuarto donde Rodolfo se preparaba para partir. El aire olía a pino seco y a la madera vieja del templo, mezclado con el tenue aroma del incienso que aún persistía en el ambiente. Sobre la mesa de piedra, reposaba un medallón antiguo, frío y pesado, con símbolos grabados que parecían palpitar con una energía ancestral. Era el regalo del Dalai Limas, una llave tangible que aseguraba su entrada al concurso, una prueba que solo se celebraba cada cien años y en la que solo los más grandes podían participar.


Rodolfo se puso el medallón alrededor del cuello, sintiendo cómo el metal rozaba su piel y cómo el peso le recordaba la responsabilidad que llevaba ahora. Frente al espejo, su reflejo mostraba un joven firme, de mirada decidida y cuerpo sólido, que parecía fundirse con la solemnidad del lugar. Ajustó la capucha de su túnica, listo para enfrentar lo que viniera.


Antes de salir, buscó a su madre en la habitación contigua. Estaba sentada en el suelo, envuelta en una manta, con los ojos brillantes pero serenos. Rodolfo se acercó sin prisa, con pasos que resonaban en el silencio sagrado. La tomó en un abrazo fuerte, apretado, como si quisiera transferirle toda la fuerza y el calor que pudiera necesitar para los días que vendrían.


Luego, con una voz baja pero firme, apenas un susurro que sin embargo tenía la fuerza de un trueno, le dijo:

—me la cuidan, eh?! —intentando mostrar una amenaza que daba más gracia.

Rodolfo se apartó suavemente, deslizando la mano por la mejilla de su madre, sellando con ese gesto un pacto silencioso entre ellos. Luego, sin voltear atrás, salió al exterior.


El aire frío de la mañana le golpeó el rostro con fuerza, despejando cualquier duda o temor. En el horizonte, la silueta del templo parecía una fortaleza suspendida entre nubes bajas y montañas eternas. Cada paso que daba sobre el camino de piedra resonaba como un latido firme y constante, una marcha hacia lo desconocido pero inevitable.


El medallón vibraba levemente contra su pecho, un recordatorio silencioso de la misión que había aceptado. A su alrededor, el mundo parecía contener la respiración. Rodolfo no buscaba gloria ni reconocimiento; solo deseaba atravesar ese umbral y mostrar, sin palabras, la fuerza que ardía en su interior.


Así, con la determinación grabada en cada músculo y un fuego silencioso que ya no pedía permiso para arder, Rodolfo partió hacia el concurso, dejando atrás el refugio seguro de su hogar y el abrazo cálido de su madre. El camino era largo, y la prueba, apenas comenzaba.


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