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Mostrando las entradas de mayo, 2025

La verdugo, capitulo 10.

 Cara Sullivan lo observaba con los ojos de un depredador que ha perdido la paciencia. No había ira en su expresión, sólo un vacío glacial. Su guante de cuero negro crujió al cerrarse mientras apretaba con fuerza la empuñadura de su pistola. El hombre frente a ella —alguna vez un informante de segunda línea, ahora sólo un costal de huesos y sangre— respiraba con dificultad. Sus labios temblaban, rotos y morados. Tenía las uñas arrancadas, un par de costillas hundidas y la lengua apenas articulaba monosílabos que ya no tenían sentido. —Es tu última oportunidad —murmuró ella, inclinándose hasta que su aliento rozó la oreja del hombre—. ¿Quién mueve los hilos? El prisionero gimió, escupió un poco de sangre mezclada con saliva. Con voz apenas audible, respondió lo mismo que en los últimos treinta minutos. —No... no puedo... —y sus ojos buscaron el techo como si hubiera algo sagrado allá arriba. Cara lo miró con una mezcla de lástima y desprecio. Le acarició la mejilla con la punta del ...

El verdugo, capitulo 9.

 La lluvia golpeaba los cristales como un tambor desafinado, ensuciando la tenue luz que entraba por la ventana del pequeño comedor. El reloj de pared marcaba las seis de la tarde, y en la penumbra de esa hora sin sol, todo parecía más grande, más oscuro, más amenazante. Cara, con apenas cinco años, observaba desde la silla alta que su madre había colocado junto a la mesa. Su cuerpo menudo estaba inmóvil, pero sus ojos —grandes, inquisitivos— absorbían cada movimiento como los de un felino agazapado. Su padre alzaba la voz otra vez. —¡Siempre lo mismo contigo! ¡Ni siquiera puedes preparar una cena decente! —gritaba, su rostro rojo, deformado por la furia, el aliento impregnado de whisky y desidia. La madre de Cara no respondía. Tenía las manos temblorosas, apretadas contra su delantal, y los ojos bajos como si con eso pudiera volverse invisible. Cara giró lentamente la cabeza hacia ella. Algo en su pequeño pecho se encendió. No era miedo, no era tristeza. Era otra cosa. Algo primit...

El verdugo, capitulo 8.

 La noche estaba cargada de humedad. La niebla se enroscaba entre las lápidas como un velo espectral. El viento, apenas un suspiro, arrastraba hojas secas y murmullos viejos entre los árboles del cementerio. Bajo la pálida luz de la luna, Cara Sullivan —alias "el Verdugo"— observaba con calma la tumba abierta ante ella. El agujero en la tierra parecía un abismo esperando devorar los pecados del mundo. A un metro de la fosa, de rodillas, amordazado y con las muñecas atadas a la espalda, el director del hospital psiquiátrico gimoteaba. Los ojos, desorbitados, se clavaban en el fondo del hoyo. Allí, reluciendo con un brillo casi perverso, yacían las joyas: collares de diamantes, anillos de zafiros, relojes de oro blanco. Tesoros manchados con la sangre de mafiosos, que Cara les había arrebatado uno por uno, tras ejecutarles con precisión quirúrgica. Cada joya contaba una historia, una sentencia. El director no apartaba la vista de ellas. Su pecho subía y bajaba con violencia. No...

El verdugo, capitulo 7.

Años atrás, bajo un cielo descolorido y sin viento, una niña pelirroja de siete años arrastraba un bate improvisado hecho con madera podrida, alambres oxidados y clavos torcidos que sobresalían como dientes rotos. Caminaba descalza sobre la tierra caliente, la planta de sus pies endurecida como cuero viejo. Su vestido estaba hecho jirones, cubierto de manchas rojizas, pero sus ojos verdes brillaban con una claridad impasible. El pitbull, un animal furioso, encadenado a un poste oxidado en un callejón entre ruinas de ladrillo, gruñía con espuma en la boca. Le habían enseñado a matar. Pero la niña no temblaba. Avanzó. Una sombra breve, un aliento contenido. Y el primer golpe cayó. THUMP. El bate se estrelló contra el lomo del animal. El chillido que siguió fue agudo, casi humano. Un lamento quebrado. CRACK. Otro golpe, esta vez en el cráneo. El clavo penetró. Sangre caliente y espesa salpicó el rostro de la niña. Ella no parpadeó. El metal tenía un olor dulce y oxidado, una fraga...

El horizonte, capitulo 4.

El cielo se abría en cicatrices de luz blanca. Cada relámpago revelaba por un instante el mar agitado como una bestia en cólera. Las olas golpeaban el casco de la embarcación como si intentaran devorarla, y cada embestida hacía crujir la madera hasta los huesos. La lluvia caía con furia oblicua, azotando rostros y pieles, como si el cielo estuviera dispuesto a desollar al mundo. Tashira se aferraba al mástil mientras la capa empapada se le adhería como un segundo pellejo. Sus ojos, siempre firmes, titubeaban ahora frente a la oscuridad que los rodeaba. Las velas estaban casi rendidas, y la brújula giraba loca, como si incluso el norte se hubiese extraviado en aquella tormenta infernal. —¡Debemos seguir! —gritó Othar, con la voz rota por el viento—. ¡Si viramos ahora, las olas nos volcarán! —¡Tiene razón! —agregó Elder, que ataba con fuerza los cabos de las velas sueltas—. ¡No hay vuelta atrás, capitana! Tashira los miró, el rostro endurecido por el agua salada y el recuerdo. El trueno ...

El horizonte, capitulo 3.

 La tripulación se encontraba apiñada sobre la cubierta del barco, con el viento salado batiendo sus rostros, cargado de humedad y un deje de algas secas. La isla del Pulpo, a lo lejos, parecía más monstruosa de lo que habían imaginado. Los ocho brazos de piedra se alzaban desde el mar con una quietud macabra, y el aire estaba denso, como si el horizonte mismo estuviera detenido, aguardando un desenlace. Tashira observó en silencio, sus ojos verdes, tan intensos como el mar en calma, escrutando el paisaje. El aroma a salitre llenaba sus pulmones mientras la brisa agitaba su capa negra. Había algo en la isla que la inquietaba, pero no lo mostraría. Su mente estaba trabajando, haciendo cálculos en silencio. —Tenemos que estar preparados. —dijo Tashira, con voz firme, sin apartar la vista de la isla—. No serán menos de 50 hombres. Están bien armados, y la isla es difícil de atacar. Lo que más les preocupa es mantener el control de sus prisioneros. Esos hombres no tienen idea de lo que...

El horizonte, capitulo 2.

 Finalmente partieron a la isla del Pulpo. Desde la distancia, sus siluetas la divisaron: un cuerpo central de tierra firme, ancho y oscuro como la espalda de un dios dormido, del que se desprendían ocho largos brazos de piedra que se estiraban hacia el mar, como tentáculos petrificados. El cielo estaba cubierto por una bruma anaranjada que descendía lentamente, mezclando el aroma salobre del océano con un dejo terroso que parecía emanar desde la isla misma. Un silencio pesado envolvía el ambiente, interrumpido apenas por el crujir del casco del barco al romper las olas. Tashira se puso de pie sobre la proa, su capa ondeando al viento. Sus ojos, verdes y profundos como pozos sin fondo, se clavaban en la isla con una mezcla de determinación y melancolía. Volteó hacia el grupo, que la observaba en silencio. —Esta isla—dijo con voz firme—es más que roca y sal. Su centro es tierra fértil, protegida por los brazos de piedra que se alzan como defensas naturales. Allí oculté nuestros teso...