La verdugo, capitulo 10.
Cara Sullivan lo observaba con los ojos de un depredador que ha perdido la paciencia. No había ira en su expresión, sólo un vacío glacial. Su guante de cuero negro crujió al cerrarse mientras apretaba con fuerza la empuñadura de su pistola. El hombre frente a ella —alguna vez un informante de segunda línea, ahora sólo un costal de huesos y sangre— respiraba con dificultad. Sus labios temblaban, rotos y morados. Tenía las uñas arrancadas, un par de costillas hundidas y la lengua apenas articulaba monosílabos que ya no tenían sentido. —Es tu última oportunidad —murmuró ella, inclinándose hasta que su aliento rozó la oreja del hombre—. ¿Quién mueve los hilos? El prisionero gimió, escupió un poco de sangre mezclada con saliva. Con voz apenas audible, respondió lo mismo que en los últimos treinta minutos. —No... no puedo... —y sus ojos buscaron el techo como si hubiera algo sagrado allá arriba. Cara lo miró con una mezcla de lástima y desprecio. Le acarició la mejilla con la punta del ...