El verdugo, capitulo 8.

 La noche estaba cargada de humedad. La niebla se enroscaba entre las lápidas como un velo espectral. El viento, apenas un suspiro, arrastraba hojas secas y murmullos viejos entre los árboles del cementerio. Bajo la pálida luz de la luna, Cara Sullivan —alias "el Verdugo"— observaba con calma la tumba abierta ante ella. El agujero en la tierra parecía un abismo esperando devorar los pecados del mundo.


A un metro de la fosa, de rodillas, amordazado y con las muñecas atadas a la espalda, el director del hospital psiquiátrico gimoteaba. Los ojos, desorbitados, se clavaban en el fondo del hoyo. Allí, reluciendo con un brillo casi perverso, yacían las joyas: collares de diamantes, anillos de zafiros, relojes de oro blanco. Tesoros manchados con la sangre de mafiosos, que Cara les había arrebatado uno por uno, tras ejecutarles con precisión quirúrgica. Cada joya contaba una historia, una sentencia.


El director no apartaba la vista de ellas. Su pecho subía y bajaba con violencia. No era el miedo a la muerte lo que lo paralizaba, sino la codicia frustrada. Aquellas joyas habían sido su obsesión durante años, su motivo para encerrarla, doparla, torturarla entre paredes acolchadas. Había querido arrebatarle los trofeos de su guerra personal. Y ahora las tenía frente a él, tan cerca que podía imaginar el frío del oro entre sus dedos. Pero no podía tocarlas. Nunca podría.


Cara se acercó lentamente, arrastrando con esfuerzo la pala por el suelo. Su gabardina negra ondeaba con cada paso, como alas rotas. Se detuvo junto a él. Se agachó, lo miró a los ojos. El silencio entre ambos era tan tenso que los grillos enmudecieron. Sacó el cuchillo de su bota, uno pequeño, discreto, pero con filo suficiente para abrir la carne como papel mojado.


—Ahora morirás junto a tu obsesión —susurró. Su voz era baja, pero clara, como una sentencia de muerte dictada por un juez sin alma.


Sin darle oportunidad de moverse, lo apuñaló en la espalda. El cuerpo del director se estremeció, y un gruñido sofocado escapó por la mordaza. Cara lo empujó con una facilidad casi ceremoniosa, dejándolo caer en la fosa. Su cuerpo chocó contra las joyas, que tintinearon como risas macabras.


Cara tomó la pala. El primer montículo de tierra cayó con un golpe sordo. Luego otro. Y otro. La tierra húmeda golpeaba su cara, pero ella no se detenía. Su respiración se acompasó con cada palada. El sonido de la tierra cubriendo el cuerpo se volvió una melodía lúgubre. No apartaba la vista. Sus ojos, iluminados por la luna, estaban en paz.


La tumba se cerró. Las joyas, el cadáver, la ambición. Todo enterrado. El verdugo se marchó sin mirar atrás.

La casa olía a miedo.


No era un aroma literal, pero estaba en el aire: en la forma en que las ventanas crujían con el viento, en la manera en que las paredes parecían susurrar secretos olvidados. Cuando los padres de Cara Sullivan abrieron la puerta principal, traían en los ojos la sombra del aviso policial: su hija había escapado del hospital psiquiátrico donde estaba internada desde hacía dos años.


El agente les había pedido que reportaran cualquier anomalía. Que no intentaran enfrentarse a ella. Que se mantuvieran en calma, como si eso fuera posible al saber que "el Verdugo" —así la llamaban los periódicos— estaba libre.


El padre cerró la puerta con cautela, pero al girarse, se quedó petrificado.


Allí estaba.


En medio del salón, bajo la tenue luz que se colaba por las cortinas polvorientas, Cara los miraba. Su postura era relajada, pero su mirada, tan fija y penetrante como un cuchillo afilado, los atravesaba. Llevaba una chaqueta oscura y desgastada, el cabello recogido en una trenza desordenada y las botas manchadas de tierra.


La madre dio un grito ahogado. El padre, paralizado, soltó un jadeo seco. Una mancha oscura se extendió por su pantalón mientras su vejiga cedía.


—¿C-Cara...? ¿Qué... qué quieres? —balbuceó el hombre, con los ojos clavados en su hija como si mirara a un espectro.


Cara ladeó la cabeza, sin dejar de sonreír, apenas un gesto. Un parpadeo lento, casi apático.


—Solo vine a hacer una visita familiar —respondió con una voz suave, extrañamente serena. No había odio en su tono. Solo un eco de algo más profundo: decepción, tal vez.


El padre dio un paso atrás, tropezando con la alfombra del pasillo. Su voz tembló al punto de romperse.


—¿V-Vas a matarnos?


La madre, aún temblorosa, dio un paso adelante. No era valentía, sino desesperación.


—¿Por qué, Cara...? ¿Por qué hiciste todo eso...? —Su voz sonaba más dolida que aterrada.


Cara giró lentamente hacia ella, la sonrisa desvaneciéndose. Sus ojos, dos pozos de sombra, se oscurecieron.


—¿Por qué? —repitió, la palabra flotando como veneno en el aire—. Te defendí. Siempre. Cuando él te gritaba, cuando pensabas en saltar por la ventana, cuando creías que el mundo se caía, ¿quién estaba ahí? Yo. ¿Y qué hiciste tú... cuando me encerraron como a un animal? Nada. Ni siquiera fuiste al juicio.


La madre se llevó una mano a la boca, como si la palabra juicio fuera una bofetada. Dio un paso atrás, los ojos brillando de lágrimas.


—Yo... tenía miedo... No sabía qué hacer...


—No sabías qué hacer —repitió Cara, con una risita amarga—. Lo único que hiciste fue no hacer nada. Te quedaste quieta y eso fue traición. De las peores.


El silencio en la casa era denso, como el aire antes de una tormenta. Solo se oía el tictac lento del viejo reloj de pared. El padre respiraba con dificultad, sin atreverse a moverse. La madre lloraba sin sonido.


—La policía te está buscando... —murmuró el padre, intentando encontrar algo de autoridad en su voz, pero solo le salía un susurro quebrado mientras una mancha se extendía en la parte frontal de su pantalón.


Cara lo miró con desdén, como si él fuera un mueble roto.


—Lo sé —dijo—. Por eso vine. A despedirme.


Ambos lo miraron con incredulidad.


—¿Despedirte? —repitió la madre.


—Sí. Voy a dar un pequeño viaje.


El padre tragó saliva con fuerza.


—¿Adónde?


Cara se encogió de hombros, caminando lentamente por la sala. Pasó los dedos por el viejo piano que nadie tocaba desde su infancia, como si explorara los ecos de una vida lejana.


—No vine a hacerles daño. Si eso alivia algo —dijo, sin mirar atrás.


—¿Y por qué hiciste lo que hiciste, Cara...? —La voz de la madre fue un susurro, más frágil que antes, pero sincera.


Cara se detuvo. Se giró despacio. En su rostro, por un segundo, se formó algo parecido a una expresión humana. Dolor, tal vez. Dolor antiguo.


—Porque nadie más lo haría. Porque el mundo está lleno de monstruos con corbatas, con sonrisas amables y manos sucias. Y cuando una chica como yo los caza, la llaman loca. Peligrosa. Pero cuando ellos abusan, matan, roban, el sistema los llama poderosos. Yo solo restablecí el equilibrio.


El silencio cayó de nuevo como una losa.


Cara caminó hacia la puerta. Pasó junto a sus padres sin tocarlos. El padre se encogió como si esperara una cuchillada en la espalda, pero no vino. La madre sollozaba, inmóvil.


Cara abrió la puerta.


Antes de cruzar el umbral, se detuvo un momento.


—No esperen postales —dijo con tono seco.


Y se fue.


La puerta se cerró con un leve clic. Los padres permanecieron quietos, como si aún pudieran despertar de una pesadilla. Pero no despertaron. Porque Cara ya no era un sueño lejano. Era real. Y había estado ahí. En su sala. Como una condena vestida de hija.


Afuera, el viento aulló entre los árboles. En algún lugar del mundo, una muchacha

 caminaba hacia la oscuridad, dejando atrás las ruinas de lo que una vez fue hogar.

La casa de Julie olía a papel viejo, tinta y café quemado. Era una mezcla embriagadora para una periodista: el perfume de la urgencia, de las historias sin contar. A esa hora de la tarde, el sol se colaba oblicuo por la ventana del estudio, tiñendo de oro polvoriento las estanterías desbordadas de carpetas y libros. Julie acababa de cerrar su laptop cuando escuchó los pasos. Rítmicos, seguros. No eran los del cartero, ni los de un vecino.


Al alzar la vista, la vio.


Cara Sullivan estaba ahí. De pie, en el umbral del estudio, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Llevaba un abrigo largo de color gris ceniza y una bufanda negra le envolvía el cuello, oculta hasta media mandíbula. Solo sus ojos —de un verde gélido— hablaban por ella.


Julie se quedó quieta. Su garganta se secó de golpe. La conocía de las fotos. Todos la conocían. El Verdugo. La asesina de mafiosos. La fugitiva.


—¿Cómo entraste? —preguntó con voz baja, sin moverse del escritorio.


—La puerta trasera estaba mal cerrada —respondió Cara, como si eso explicara cualquier cosa. Su tono era neutro, casi cortés—. Necesito que publiques algo. Toda mi historia. Sin adornos. Sin censura.


Julie la observó. 


—¿Una confesión? —preguntó, tanteando el terreno.


Cara se acercó. Cada paso que daba resonaba en el piso de madera con una cadencia precisa, como un metrónomo de voluntad.


—Un testimonio —corrigió—. Quiero que el mundo entienda por qué hice lo que hice. Por qué volveré a hacerlo.


Julie tragó saliva. El aire se volvió más denso. Notó cómo su propia respiración se hacía más audible, más consciente.


—¿Volverás a…?


—Mi segunda cruzada —interrumpió Cara, con voz serena—. Pero antes, quiero dejar constancia. No me interesa que me amen, ni que me perdonen. Solo quiero que la verdad quede escrita. Completa. Antes de que todo arda otra vez.


Julie entrecerró los ojos. Su instinto de reportera se debatía con el de supervivencia. Pero en el fondo, sabía que ya estaba dentro de la historia.

Cara se encogió de hombros con una media sonrisa.


— tú no vendes silencio. sé que te gusta contar cosas que nadie se atreve a decir en voz alta.


En el aire flotaba algo frío. No era solo miedo. Era anticipación.


Julie suspiró, estirando los dedos hacia su grabadora de voz.


—Está bien. Pero si vas a contarme todo… será todo.


Cara asintió. Se sentó frente a ella con la serenidad de una jueza, no de una criminal. Su voz, cuando comenzó a hablar, era clara como una sentencia.


—Entonces escucha. Todo empezó mucho antes de los cuerpos. Mucho antes de que el mundo me diera ese nombre. Yo era solo una niña. Hasta que el mundo me empujó al filo.


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