El horizonte, capitulo 4.


El cielo se abría en cicatrices de luz blanca. Cada relámpago revelaba por un instante el mar agitado como una bestia en cólera. Las olas golpeaban el casco de la embarcación como si intentaran devorarla, y cada embestida hacía crujir la madera hasta los huesos. La lluvia caía con furia oblicua, azotando rostros y pieles, como si el cielo estuviera dispuesto a desollar al mundo.


Tashira se aferraba al mástil mientras la capa empapada se le adhería como un segundo pellejo. Sus ojos, siempre firmes, titubeaban ahora frente a la oscuridad que los rodeaba. Las velas estaban casi rendidas, y la brújula giraba loca, como si incluso el norte se hubiese extraviado en aquella tormenta infernal.


—¡Debemos seguir! —gritó Othar, con la voz rota por el viento—. ¡Si viramos ahora, las olas nos volcarán!


—¡Tiene razón! —agregó Elder, que ataba con fuerza los cabos de las velas sueltas—. ¡No hay vuelta atrás, capitana!


Tashira los miró, el rostro endurecido por el agua salada y el recuerdo. El trueno respondió por ella primero. Luego, su voz, más baja pero más firme que la tormenta.


—Ya perdí a una tripulación por imprudente —dijo, y la tormenta pareció callar un instante para oírla—. No dejaré que vuelva a ocurrir.


Othar apretó la mandíbula, pero bajó la vista. Elder asintió con respeto y comenzó a maniobrar para virar.


Entonces la vieron: la silueta de una isla que emergía entre la neblina, apenas visible entre los dientes de espuma y sombras. No estaba en los mapas. Nadie la nombraba, salvo en susurros. La Isla Maldita.


El barco encalló suavemente, como si la isla los hubiera esperado. El silencio los recibió. No el silencio de la calma, sino el del acecho.


Tashira descendió la primera. Pisó la arena negra, húmeda y espesa como carne muerta. El viento no soplaba ya, pero la inquietud se adentraba en los huesos. Respiró hondo. Olía a sal, a madera mojada, y a algo más... una pestilencia antigua, como piel en descomposición, oculta bajo capas de tierra, en la isla se podían escuchar ruidos inusuales y pronto Tashira recordó lo que las leyendas contaban de los humanoides que allí habitaban, Horas después se hallaba junto a su tripulación, 

Se moverán en línea recta, no piensan como nosotros. Son brutos, impulsivos. No entienden la estrategia, sólo la fuerza. Así que daremos la ilusión de caos... —Señaló un claro al norte, marcado con una hoja seca— ...y cuando estén allí, cegados por su aparente ventaja, los rodearemos. Fuego por detrás, acero al frente, y trampas a los costados. Nadie escapa.


Othar, apoyado contra un tronco con su hacha sobre el hombro, asintió. Sus ojos brillaban con la luz del fuego que crepitaba entre las piedras. Elder, en cambio, observaba en silencio. Le dolía el corte del hombro, pero su orgullo ardía más. Aquella era una batalla que no pensaba perder.


—Que comience la caza —murmuró Tashira.


El silencio se rompió con el eco lejano de un cuerno improvisado: un caracol marino que Othar había traído de las costas del sur. Su sonido, grave y prolongado, se filtró por la selva como un rugido antiguo. Las criaturas lo oyeron. Y vinieron.


Primero se escucharon las ramas quebrarse, luego el retumbar de pasos desordenados, y por último, los gruñidos: una sinfonía de violencia anunciada. Desde las sombras emergieron, decenas de hombres peludos, rugiendo, blandiendo piedras, garrotes y dientes. Sus cuerpos musculosos brillaban con la humedad y el sudor. Sus ojos, carmesíes, ardían de furia.


Pero justo cuando creyeron que atacarían a un enemigo acorralado, la trampa se cerró.


—¡Ahora! —gritó Tashira.


Desde los árboles, llovieron antorchas. Fuego encendido con grasa de ballena y resina, fuego que no se apagaba fácilmente. El claro se convirtió en una danza infernal de luces naranjas y sombras negras. Algunos hombres peludos, confundidos, corrieron hacia el fuego y ardieron al instante, chillando como animales en sacrificio. Otros retrocedieron, desorientados, para encontrar espinas ocultas en el suelo, afiladas como lanzas.


Othar irrumpió por el este, su hacha zumbando en el aire. Con un grito de guerra ancestral, partió en dos a la primera bestia que se le cruzó. Sangre negra y espesa salpicó su rostro, pero no se detuvo. Su fuerza era descomunal, cada golpe hacía crujir huesos y silenciar gruñidos.


Elder, por su parte, atacaba con una precisión casi elegante. Giraba, esquivaba, estocaba. Su espada, aunque pesada, parecía flotar entre sus manos. Atravesó la garganta de una criatura, giró sobre sí mismo y hundió la hoja en el pecho de otra. A su alrededor, el suelo se teñía de rojo y púrpura bajo la luna.


Desde la retaguardia, los otros marinos —pocos, pero decididos— lanzaban redes impregnadas con resina pegajosa. Cuando uno de los hombres peludos quedaba atrapado, era cuestión de segundos antes de que una lanza lo atravesara. La coordinación era perfecta. Todo se movía al ritmo de la mente de Tashira, quien lo había previsto todo.


—¡Cambio de formación! ¡Avance en curva! —ordenó.


Respondieron al instante. La línea de ataque cambió. En vez de enfrentarlos de frente, los marinos comenzaron a rodearlos en espiral, obligando a los hombres peludos a retroceder hacia una hondonada. Allí, trampas con ramas afiladas emergieron del suelo como dientes de monstruos dormidos.


El hedor de la sangre, la resina y la carne chamuscada se mezclaba con el vapor caliente que salía de los cuerpos heridos. Los rugidos ya no eran de furia, sino de desesperación. La niebla se alzaba, espesa y pegajosa, en medio del fragor de la batalla.


Un hombre peludo enorme, dos veces el tamaño de Othar, rompió la línea de fuego y se lanzó contra Tashira, que permanecía en su puesto. Gritaba, escupía espuma por la boca. Pero ella no se inmutó. Aguardó el momento exacto.


—Elder —susurró.


Y Elder lo entendió.


Desde un saliente, saltó sobre la criatura. Clavó su espada en su espalda, bajando con todo su peso. El hombre peludo chilló, giró, intentó quitárselo de encima, pero en ese instante, Tashira lanzó una daga directa a su cuello. El monstruo cayó, temblando, sus ojos se apagaron sin comprender cómo había sido derrotado.


Una a una, las criaturas caían.


Las llamas crepitaban. Los cuerpos ardían o yacían mutilados. El suelo era un lodazal de barro, sangre y cenizas. Tashira, erguida en su puesto de mando, alzó el puño.


—¡No dejen a ninguno con vida! ¡Hoy esta isla deja de pertenecer a las sombras!


Los gritos de los marinos se unieron como un canto de guerra. Othar, con su hacha en alto, rugía como un titán. Elder, con su capa empapada en sangre, parecía un espectro. Y en el centro, como una llama inextinguible, Tashira comandaba.


La isla maldita, por siglos temida, por primera vez conocía el miedo.


Y el miedo tenía nombre.


Tashira.



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