El verdugo, capitulo 7.
Años atrás, bajo un cielo descolorido y sin viento, una niña pelirroja de siete años arrastraba un bate improvisado hecho con madera podrida, alambres oxidados y clavos torcidos que sobresalían como dientes rotos. Caminaba descalza sobre la tierra caliente, la planta de sus pies endurecida como cuero viejo. Su vestido estaba hecho jirones, cubierto de manchas rojizas, pero sus ojos verdes brillaban con una claridad impasible.
El pitbull, un animal furioso, encadenado a un poste oxidado en un callejón entre ruinas de ladrillo, gruñía con espuma en la boca. Le habían enseñado a matar. Pero la niña no temblaba.
Avanzó.
Una sombra breve, un aliento contenido.
Y el primer golpe cayó.
THUMP.
El bate se estrelló contra el lomo del animal. El chillido que siguió fue agudo, casi humano. Un lamento quebrado.
CRACK.
Otro golpe, esta vez en el cráneo. El clavo penetró. Sangre caliente y espesa salpicó el rostro de la niña. Ella no parpadeó. El metal tenía un olor dulce y oxidado, una fragancia familiar para ella. Como el perfume del infierno. Cada golpe era preciso, quirúrgico. El animal apenas tuvo tiempo de aullar antes de que su cuerpo temblara y quedara inerte. Un ojo colgaba apenas de su cuenca. La niña respiraba por la boca, su pecho subía y bajaba con lentitud. No había odio. Solo silencio interior.
Luego, el bate cayó con un sonido hueco al suelo. La niña lo miró un instante, como si no entendiera qué había hecho. Entonces se sentó junto al cadáver, y empezó a cantar una canción infantil.
Cara Sullivan —alias "El Verdugo"— abrió los ojos.
La luz era blanca y densa, filtrada por una lámpara de hospital que chisporroteaba levemente. El colchón bajo su cuerpo crujía con el más leve movimiento, duro como una lápida. El cuarto olía a desinfectante, sudor seco y acero. La sábana áspera raspaba su piel como papel de lija. Las paredes, acolchadas, tenían manchas que parecían sombras de antiguos pacientes.
Un zumbido constante le taladraba los oídos: la electricidad que corría tras los muros.
Su cuerpo, delgado pero musculoso, estaba atado a la camilla con correas de cuero.
Sintió la presión en sus muñecas.
Sintió el sabor metálico en la boca, como si hubiese estado masticando clavos.
Sintió que algo dentro de ella intentaba hablar.
—¿Dónde está mi otra voz? —murmuró.
Una cámara en la esquina del techo giró, mecánica, vigilante. Alguien la observaba. Siempre lo hacían.
En su historial médico, la llamaban “caso Sullivan – subdivisión Delta – diagnóstico: trastorno disociativo de la personalidad”.
El personal solo la llamaba “la niña de los clavos”.
Una voz dentro de ella rió.
Cara cerró los ojos.
Y en lo profundo de su mente, en una celda aún más oscura que la habitación, el Verdugo sonreía, esperando ser liberado de nuevo
Días atrás. Ciudad externa, ubicación desconocida.
El despacho olía a tabaco viejo, whisky añejo y sudor encerrado. Un ventilador oscilaba en el techo, empujando el aire caliente en círculos inútiles. Tras un escritorio de madera agrietada, un hombre obeso —rostro hundido en sombras, ojos como rendijas negras— tamborileaba los dedos sobre un cenicero repleto de colillas consumidas hasta los filtros.
—Que la quemen si hace falta —gruñó, su voz espesa, saliendo de una garganta pastosa—. Quiero que la cabeza de esa perra ruja esté en una bolsa antes del amanecer del viernes. Cara Sullivan debe morir.
Del otro lado de la habitación, un joven con bata de médico —pero sin expresión humana— asintió lentamente.
No preguntó por qué.
Solo obedeció.
El chirrido de la puerta metálica cortó el silencio como un alarido oxidado. La luz del pasillo entró como una cuchillada pálida en la oscuridad. Cara Sullivan yacía en su camilla, atada, el rostro vuelto hacia la pared acolchada, los labios entreabiertos como en un sueño profundo.
El médico entró con pasos suaves, tan medidos que apenas crujieron bajo las suelas de goma. Llevaba una mascarilla, guantes de látex, y una jeringa en el bolsillo, aunque su mano derecha sujetaba discretamente un bisturí quirúrgico, fino, afilado como la intención que lo acompañaba.
Se acercó a la camilla.
Una gota de sudor descendió por su sien.
Se inclinó.
El bisturí se alzó.
Entonces Cara abrió los ojos.
No eran ojos humanos. Brillaban con una intensidad vacía, como faroles sin alma. Y en ese instante, la voz interior emergió.
“Ahora, deja que me encargue.”
Los músculos de su cuello se tensaron, un espasmo recorrió su cuerpo. Las correas se desgarraron como papel mojado. Su brazo derecho se liberó con una violencia brutal, el cuero crujió, la hebilla salió volando.
Antes de que el médico pudiera retroceder, Cara lo había derribado con una fuerza animal. El bisturí cayó, tintineando sobre las baldosas. Ella lo tomó sin mirar.
¡SLASH!
Un tajo limpio, de la clavícula al ombligo. La bata blanca se tiñó en segundos, como papel secante en tinta roja. El médico aulló, pero su garganta se llenó de sangre.
Cara lo empujó contra el suelo con una pierna doblada sobre su pecho. Se inclinó, sus cabellos rojos cayendo como hilos encendidos sobre su rostro ensangrentado.
—¿Pensaste que me matarías con eso? —susurró. Su voz era doble: una parte humana, otra… no.
Le arrancó el bisturí de nuevo y lo hundió en el ojo izquierdo del hombre con un sonido húmedo, crujiente. Un chillido ahogado, luego nada.
La sangre goteaba en el suelo acolchado. Cara respiraba hondo, como si el asesinato la oxigenara. Un hilo de saliva caía de sus labios entreabiertos.
Desde la cámara de vigilancia, alguien presionó el botón de emergencia.
Pero ya era
tarde.
La alarma comenzó como un gemido agudo, luego se transformó en un clamor histérico que vibraba en las paredes acolchadas del hospital. Luces rojas parpadeaban como ojos furiosos. Pasillos que llevaban años callados ahora temblaban bajo el peso de algo que volvía a respirar: el Verdugo estaba despierto, y la bestia había roto la jaula.
Cara Sullivan caminaba descalza sobre el suelo de linóleo, dejando huellas carmesíes con cada paso. La bata de hospital, rota, colgaba de su cuerpo como una piel ajena. Su cabello rojo era un fuego desordenado, manchado de sangre seca. Sus ojos, abiertos de par en par, no pestañeaban. Miraban todo y nada, enfocados únicamente en el siguiente objetivo: libertad.
Un guardia dobló la esquina. Ni siquiera tuvo tiempo de alzar el arma. Cara lo embistió con una fuerza antinatural, el crujido de sus huesos retumbó en el pasillo. Le arrebató el bastón eléctrico antes de que tocara el suelo. El chasquido del aparato activado zumbó en el aire como un insecto rabioso, justo antes de ser hundido en la garganta del siguiente que se atrevió a acercarse.
Gritos. Vidrios estallando.
Y ella corriendo.
No como una adolescente. No como una paciente. Como algo más: una máquina oxidada de instinto y trauma. Conocía el hospital de memoria. Podía caminar con los ojos cerrados. Sabía dónde estaban las cámaras, los sensores de presión, las puertas falsas. Había observado durante años.
Y ahora era el momento.
Empujó una camilla contra la puerta doble del pabellón D. No se abrió. No importaba. Dio tres pasos hacia atrás, y cargó contra ella como una bestia sin huesos. El impacto resonó como un trueno. Una bisagra voló. La siguiente, también. Se abrió paso entre los hierros retorcidos, los brazos sangrando, pero su rostro permanecía sereno, casi serafínico, como si no sintiera dolor.
Ya afuera del pabellón, un celador intentó hablarle.
—¡Alto, Cara, no tienes que hacer esto!
Ella no respondió. Lo tomó del cuello y lo lanzó contra la pared con tanta fuerza que el cráneo se abrió con un sonido húmedo. El cuerpo cayó como una marioneta sin cuerdas.
Los sensores de seguridad activaron los bloqueos automáticos. La puerta de salida se cerraba. Cara se lanzó de cabeza. Su hombro golpeó el marco metálico. Un chasquido. Una dislocación. Pero cruzó. Cayó rodando al otro lado, jadeante, su hombro colgando como un ala rota.
Desde el patio trasero, vio la cerca electrificada.
Sonrió.
Corrió. Tomó velocidad.
Saltó.
El dolor del alambre le rasgó la carne. Su bata se incendió en chispazos azules. Un grito escapó de su garganta, mitad rabia, mitad éxtasis. Cayó al otro lado, humeante, ensangrentada.
Y siguió corriendo.
Más allá de los árboles.
Más allá del hospital.
Más allá del mundo cuerdo.
El Verdugo era libre.
Y el mundo, otra vez, debía temer.
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