La verdugo, capitulo 10.
Cara Sullivan lo observaba con los ojos de un depredador que ha perdido la paciencia. No había ira en su expresión, sólo un vacío glacial. Su guante de cuero negro crujió al cerrarse mientras apretaba con fuerza la empuñadura de su pistola. El hombre frente a ella —alguna vez un informante de segunda línea, ahora sólo un costal de huesos y sangre— respiraba con dificultad. Sus labios temblaban, rotos y morados. Tenía las uñas arrancadas, un par de costillas hundidas y la lengua apenas articulaba monosílabos que ya no tenían sentido.
—Es tu última oportunidad —murmuró ella, inclinándose hasta que su aliento rozó la oreja del hombre—. ¿Quién mueve los hilos?
El prisionero gimió, escupió un poco de sangre mezclada con saliva. Con voz apenas audible, respondió lo mismo que en los últimos treinta minutos.
—No... no puedo... —y sus ojos buscaron el techo como si hubiera algo sagrado allá arriba.
Cara lo miró con una mezcla de lástima y desprecio. Le acarició la mejilla con la punta del cañón de su arma, como si fuera una caricia entre amantes. Luego, sin ceremonias, se enderezó, alzó el brazo y le disparó en la frente.
El disparo resonó como una campana final. El cuerpo se desplomó hacia atrás, colgado de las ataduras como un títere roto. Un hilillo de humo subió desde el orificio en su cráneo, mezclándose con el olor a pólvora fresca.
Cara giró lentamente la cabeza hacia la cámara de seguridad que colgaba en una esquina.
—Este cabron está protegido desde muy arriba —dijo en voz alta, como si hablara con alguien que la escuchaba a través del ojo de la cámara—. Pero no hay cima que no se pueda escalar.
Silencio.
La sangre comenzó a gotear del asiento de metal, formando una mancha oscura en el suelo de cemento. Cara guardó su arma con parsimonia, caminó hacia la puerta sin mirar atrás. El guardia de la entrada apenas la miró al pasar. Ya estaba acostumbrado al sonido seco de los disparos al otro lado.
La búsqueda comenzó esa misma noche. Cara no dormía, no comía más de lo necesario. Su cuerpo era puro propósito. En la estación clandestina que había improvisado en un viejo motel abandonado, revisó expedientes, interceptó llamadas, rastreó movimientos bancarios con la ayuda de una IA robada del Ministerio de Defensa. Su rostro, iluminado por múltiples pantallas, era una máscara de determinación.
Su método no tenía ética. Solo resultados.
En el callejón tras el bar "El Centinela", un joven repartidor de datos se debatía entre gritos cuando Cara le metió una navaja debajo de la uña. El dolor le robó el aliento, pero ella no se detuvo hasta que él soltó nombres, claves y ubicaciones encriptadas.
—¿Quién le suministra los paquetes al núcleo 13? —preguntó Cara con frialdad.
—¡No sé nombres! ¡Solo códigos! Solo transmito...
Cara lo observó, calibró si mentía. Con un golpe seco lo dejó inconsciente y desapareció antes de que alguien saliera por la puerta trasera.
Días después, en una suite de lujo con ventanas polarizadas, se hizo pasar por agente diplomática. Usó una sonrisa plastificada, voz suave y gestos encantadores para que un político corrupto de nivel medio le contara, entre risas y tragos caros, detalles que no sabía que sabía. Lo filmó todo.
Al salir, dejó una nota en su copa: “Me mentiste sobre la protección. Nadie está tan arriba como crees.”
Cada noche era una inmersión más honda en el pantano del poder. En una vieja estación de tren, torturó a un exmilitar que se escondía bajo una nueva identidad. Le aplicó descargas bajo las costillas, lo sumergió en un tanque oxidado, lo desnudó hasta el alma.
—Ellos no te protegerán. Te van a borrar igual —le dijo al oído mientras él lloraba en silencio.
El hombre le dio coordenadas.
Ella no dudó. Viajó de inmediato.
En cada sitio que visitaba, Cara dejaba rastros de humo, cicatrices, cadáveres o silencios. Pero también recogía trozos. Fragmentos. Hilos de una telaraña invisible que comenzaba a tomar forma en su mente.
Los protegidos "desde muy arriba" tenían nombres, códigos, formas de ocultarse. Pero no sabían esconder el patrón. Cara empezó a ver las conexiones: cuentas en islas fantasmas, empresas fachada, operativos muertos antes de ser interrogados. Todo con una constante: un símbolo grabado en la parte trasera de algunos chips de comunicación —una corona invertida rodeada por tres puntos.
No era un sello oficial.
Era un culto de poder.
Una estructura útil al Estado.
Cara anotó todo en una libreta de cuero ajado que sólo ella leía. Cada nombre subrayado, cada vínculo trazado con líneas rojas. No hablaba con nadie. Sus dedos olían a metal quemado, sus ojos estaban enrojecidos por la falta de sueño, pero su mente era una navaja afilada.
Un paso más. Solo uno.
Y llegaría al núcleo.
Una noche, mientras se lavaba las manos cubiertas de sangre seca en el baño de un restaurante vacío, se miró al espejo.
Tenía la mirada vacía. No reconocía a la mujer que la miraba desde el reflejo.
Pero sabía que aún no era suficiente.
Porque desde muy arriba… seguían bajando órdenes.
Y ella, abajo, seguía cazando.
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