El horizonte, capitulo 2.

 Finalmente partieron a la isla del Pulpo. Desde la distancia, sus siluetas la divisaron: un cuerpo central de tierra firme, ancho y oscuro como la espalda de un dios dormido, del que se desprendían ocho largos brazos de piedra que se estiraban hacia el mar, como tentáculos petrificados. El cielo estaba cubierto por una bruma anaranjada que descendía lentamente, mezclando el aroma salobre del océano con un dejo terroso que parecía emanar desde la isla misma. Un silencio pesado envolvía el ambiente, interrumpido apenas por el crujir del casco del barco al romper las olas.


Tashira se puso de pie sobre la proa, su capa ondeando al viento. Sus ojos, verdes y profundos como pozos sin fondo, se clavaban en la isla con una mezcla de determinación y melancolía. Volteó hacia el grupo, que la observaba en silencio.


—Esta isla—dijo con voz firme—es más que roca y sal. Su centro es tierra fértil, protegida por los brazos de piedra que se alzan como defensas naturales. Allí oculté nuestros tesoros.


Elder frunció el ceño. Sus manos callosas apretaban con fuerza la empuñadura de su bastón-lanza. —¿Cuántos tesoros has logrado recolectar? —preguntó, la voz áspera por el salitre.


Tashira sonrió levemente, sin vanidad, sólo con un brillo de nostalgia. —Muchísimos. Lingotes de plata de las minas de Eltair, zafiros del abismo de Luram, objetos mágicos que robamos a los usurpadores del trono de Yedrah… . No cabrían en un solo mapa.


Othar, que había permanecido sentado junto al mástil con la mirada fija en sus botas, alzó la vista. El viento agitaba sus cabellos rojizos. —¿Y cuál es el plan? —preguntó, con ese tono entre escéptico y leal que sólo él dominaba.


Tashira respiró profundo, como si el aire salado le diera fuerzas. Luego bajó de la proa, caminando con pasos firmes sobre la cubierta húmeda, hasta quedar en medio del grupo. Sacó un pequeño mapa plegado de su cinturón y lo extendió sobre un barril cubierto por un trapo de cuero.


—Ahora mismo, la isla está ocupada por un grupo de esclavistas —explicó—. Tomaron el control hace cuatro lunas. Vienen del sur, del mercado negro de Arhadel. La usan como punto de paso para vender cuerpos. Han cavado túneles, fortificado los brazos de roca y, lo más importante: han montado un campamento en el centro terraqueo. Justo encima de donde enterré los tesoros.


Un silencio se extendió. Sólo se oía el golpeteo constante del agua contra el casco.


Jarik, el más joven del grupo, con sus ojos brillantes y una cicatriz que le cruzaba el cuello, preguntó con la urgencia de quien está acostumbrado a pelear sin preguntas: —¿Tienen armas?


Tashira asintió lentamente, su gesto se volvió más grave. —Sí. Ballestas automáticas, espadas de cuarzo negro, ycuenta la leyenda que un monstruo llamado garshlac. Uno solo.


Los rostros se endurecieron. Incluso Elder desvió la mirada hacia el horizonte, como buscando coraje en el mar.


Tashira prosiguió: —El plan es sencillo, pero no fácil. Abordaremos la isla al anochecer, por el brazo del oeste. Esa es la única de las ocho rutas sin vigilancia constante: hay acantilados y nadie espera que los escalemos. Una vez dentro, Jarik y yo nos deslizamos hacia los túneles para identificar rutas de escape. Othar se encargará de eliminar a los vigías del borde central. Elder y los demás crearán una distracción desde el brazo sur, incendiando el almacén de provisiones que descubrí en nuestro último paso.


El olor a madera vieja y alquitrán quemado llenaba el aire, como si las palabras de Tashira ya hubiesen comenzado a arder por anticipado.


—Una vez desorganizados —continuó—, entraremos por el acceso inferior al centro. Debajo de la fortificación hay un pozo seco. Con suerte, sigue intacto. Si no lo está, improvisamos. 

La tensión se podía cortar con una daga. El crujido de la madera bajo los pies, el zumbido lejano de gaviotas invisibles y el tambor sordo del corazón de cada uno eran los únicos sonidos.


Elder fue el primero en hablar. —¿Refuerzos?


—No los tienen aún. Hay rutas de mar que ellos no pueden usar, están malditas. Pero después del próximo equinoccio, los rituales cambiarán. Por eso debemos actuar ahora —dijo Tashira, sus ojos ardiendo como carbones.


Othar asintió lentamente. —Entonces vamos al infierno y volvemos.

Jarik sonrió, con ese brillo travieso que aún conservaba a pesar de todo. —Yo quiero ver al Garshlac

—Y su sombra desorienta. No lo subestimes —advirtió Tashira.


El sol comenzaba a bajar por el horizonte, y la isla del Pulpo se alzaba ahora como un monstruo dormido a punto de despertar. El aire se volvió más denso, cargado de humedad, y una sensación de inminencia pareció recorrer la cubierta como una corriente eléctrica.


Tashira cerró el mapa con un solo movimiento y lo guardó en su cinturón. —Preparen las armas. Comemos ahora. En dos horas, desembarcamos.


Cada uno se fue a su rincón. Elder afilaba su lanza con una piedra oscura que sacaba chispas; Othar revisaba sus cuchillos, alineándolos sobre una tela roja como si fueran instrumentos quirúrgicos; Jarik hablaba en voz baja con una cuerda, como si le enseñara un hechizo. Mientras tanto, Tashira permanecía de pie, sola, con el viento azotando su cabello negro. Sus ojos no se apartaban de la isla. Allí no sólo escondía tesoros, sino también un pedazo de sí misma. Un pasado. Un juramento. Y quizá, un futuro.


El cielo empezaba a teñirse de rojo, como una herida abierta.


Y en esa hora, justo antes de la noche, todos comprendieron que no iban sólo por riquezas. Iban por algo más profundo, más ineludible.


Iban a reclamar lo que era suyo.

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