El horizonte, capitulo 3.

 La tripulación se encontraba apiñada sobre la cubierta del barco, con el viento salado batiendo sus rostros, cargado de humedad y un deje de algas secas. La isla del Pulpo, a lo lejos, parecía más monstruosa de lo que habían imaginado. Los ocho brazos de piedra se alzaban desde el mar con una quietud macabra, y el aire estaba denso, como si el horizonte mismo estuviera detenido, aguardando un desenlace. Tashira observó en silencio, sus ojos verdes, tan intensos como el mar en calma, escrutando el paisaje. El aroma a salitre llenaba sus pulmones mientras la brisa agitaba su capa negra. Había algo en la isla que la inquietaba, pero no lo mostraría. Su mente estaba trabajando, haciendo cálculos en silencio.


—Tenemos que estar preparados. —dijo Tashira, con voz firme, sin apartar la vista de la isla—. No serán menos de 50 hombres. Están bien armados, y la isla es difícil de atacar. Lo que más les preocupa es mantener el control de sus prisioneros. Esos hombres no tienen idea de lo que les espera.


Los demás escuchaban con atención. El viento azotaba sus ropas y el sonido de las olas rompiendo contra la costa se unía al crujir del barco. El silencio del océano era pesado, pero no tanto como el de la tripulación. Cada uno estaba pensando en su parte del plan.


—¿Entonces qué tenemos? —preguntó Elder, el primero en romper el silencio. Sus ojos, fríos y duros, brillaban con la anticipación de la batalla. Con sus manos callosas, tocó la empuñadura de su lanza, como si ya pudiera sentir el peso de la acción que se avecinaba.


—Lo que necesitamos es la mejor arma para derrotarlos —dijo Tashira, sin apartar la vista de la isla—. Y la tenemos.


—Una espada —respondió Elder sin vacilar. Su rostro se endureció, y el viento hizo volar su cabello gris. Ya estaba pensando en cómo la hoja de su lanza se hundiría en los cuerpos de los esclavistas.


Tashira negó con la cabeza, un gesto tan sutil como el movimiento de las olas que chocaban contra el casco.


—No —dijo, con calma—. No se trata de una espada. No es el filo lo que los vencerá.


Othar, quien había permanecido en silencio hasta ese momento, alzó la vista de su cinturón, donde sus cuchillos estaban cuidadosamente alineados. Sus ojos, siempre calculadores, brillaron al pensar en la manera en que se podría lidiar con esa cantidad de enemigos.


—¿Entonces será una lanza? —preguntó, su tono ligeramente burlón, como si estuviera anticipando una respuesta igualmente simple.


Tashira negó nuevamente, sin perder su compostura. Los ojos de Othar se entrecerraron, frustrado.


—No —respondió Tashira—. No es una lanza.


Jarik, que hasta ese momento se había mantenido al margen, observando el mar con sus ojos inquietos, saltó con entusiasmo.


—¿Un cañón? ¡Un cañón debe ser! —exclamó, como si la idea de la artillería pesada fuera la respuesta definitiva.


Tashira lo miró fijamente, sus ojos fulgurantes, y negó con la cabeza una vez más. La frustración comenzaba a notarse en las caras de los demás. Tashira suspiró y dio un paso hacia el borde de la cubierta. El barco balanceó ligeramente con el vaivén del mar. Los ojos de todos la siguieron, y por un momento, parecía que el tiempo se había detenido.


—No —dijo Tashira, su voz baja, pero segura. El viento jugaba con su capa, como si la isla misma estuviera esperando su próxima palabra—. La mejor arma es el engaño.


El silencio se hizo absoluto. Nadie dijo nada. Solo el sonido del viento y las olas rompían la quietud. Cada uno de los hombres la miraba con incredulidad. ¿Engaño? ¿Eso era lo que los iba a salvar?


—Nos infiltraremos —continuó Tashira, su voz ahora llena de resolución—. Usaremos sus expectativas en nuestra contra. Los distraeremos, los confundiremos. El verdadero poder está en que ellos nunca sabrán qué golpeará primero.


La tripulación se miró entre sí, sin comprender del todo, pero sintiendo que, en algún lugar de esa respuesta, se encontraba la clave para la victoria. El mar seguía su curso imparable, y la isla del Pulpo, tan quieta, tan poderosa, esperaba la llegada de la tormenta que Tashira ya había desatado.

El aire en las mazmorras subterráneas era denso, cargado de humedad, herrumbre y el penetrante hedor del encierro. Las antorchas colgadas en las paredes de piedra rezumaban un humo perezoso que se arrastraba por el techo abovedado como un animal dormido. Tashira y Elder avanzaban con paso firme, aunque disimulado, cubiertos con harapos grasientos y bufandas mugrientas que ocultaban sus rostros. Los uniformes de los piratas esclavistas les pesaban como el desprecio ajeno. Pasaron junto a un par de guardias que ni los miraron, demasiado ocupados discutiendo apuestas sobre la fuerza de los prisioneros del norte. Nadie sospechaba.


Tashira mantenía los ojos clavados en el pasillo, contando mentalmente las vueltas, los escalones, las grietas del muro: conocía ese tipo de arquitectura. Donde había humedad, había sótanos. Y donde había sótanos, había jaulas. La piedra estaba viva bajo sus botas. La sentía. Y sabía que estaban cerca.


En ese instante, un estruendo desgarró el silencio. El cañonazo de Jarik sacudió el subsuelo como un latigazo. Polvo cayó del techo. Las llamas de las antorchas vacilaron. Gritos arriba. Pasos apresurados. Cadenas de mando rompiéndose. Confusión. El plan había comenzado.


—Ahora —susurró Tashira.


Ambos giraron por un pasadizo angosto. El eco del caos retumbaba a sus espaldas. Bajaron una escalera húmeda y torpe, donde cada peldaño parecía gritar su edad con chirridos de piedra resquebrajada. Al llegar al fondo, los vieron: hileras de celdas en penumbra, hombres y mujeres apiñados entre sombras, rostros sucios, ojos hundidos por el hambre, la ira y el tiempo.


Un murmullo surgió al verlos. Algunos retrocedieron, creyendo que eran carceleros. Pero entonces Tashira se quitó la bufanda, revelando su rostro. Una mujer de mirada fiera, con la decisión marcada como hierro en su frente.


—¡Venimos a liberarlos! —exclamó con voz firme, clara como un cuchillo.


Algunos no entendieron. Otros se pusieron de pie de golpe. Elder ya había comenzado a romper cerrojos con una barra de hierro oxidada que había ocultado en su bota. Las cerraduras crujían como dientes rotos. Los prisioneros salían tambaleantes, torpes al principio, como si no recordaran cómo caminar sin cadenas.


—¡Rápido! —ordenó Tashira—. ¡Organícense por filas, los fuertes ayuden a los débiles!


Un niño se le aferró a la pierna. Una mujer mayor le tocó la mano como si no creyera que fuera real. Los ojos de los prisioneros se encendían poco a poco, como brasas que volvían a respirar.


—Los necesitamos —dijo ella—. Esto no es solo una fuga. Esto es una rebelión.


Las miradas cambiaron. Hubo un murmullo de aprobación. Algunos levantaron puños temblorosos. Elder arrojó al suelo otro candado destruido.


—Tenemos que salir antes de que vuelvan —gruñó él—. El cañonazo no los distraerá para siempre.


Tashira asintió. El fuego del cambio ya ardía en esas galerías oscuras. No eran solo cuerpos liberados. Eran vidas despertando.

Los ecos de los cerrojos cayendo aún resonaban en las húmedas paredes de piedra cuando Tashira subió a una de las cajas apiladas en el centro del calabozo. El aire apestaba a orina seca, moho y desesperanza vieja, pero entre los liberados empezaba a germinar una energía distinta, incierta pero creciente. Algunos prisioneros aún se frotaban las muñecas marcadas por las cadenas, mientras otros ayudaban a los más débiles a incorporarse. Tashira alzó la voz, con la claridad y firmeza de quien no titubea.


—¡Escuchen todos! —bramó—. No hay tiempo para dudas. Si nos ayudan a vencer a esos bastardos, tendrán un sitio en mi tripulación. Comida, techo, respeto. ¡Libertad!


Hubo un murmullo desconfiado, miradas cruzadas, ceños fruncidos. Una mujer delgada, con la piel curtida por el sol y los ojos como brasas apagadas, dio un paso al frente.


—¿Y quién eres tú para ofrecernos algo? ¿Cómo sabemos que no eres solo otra pirata más?


Tashira sonrió con media comisura, con ese gesto de fiera contenida que se le formaba cuando alguien dudaba de su palabra.


—¿Quién soy? —repitió, dejando que el silencio la rodeara. Su voz se volvió más grave, más lenta, como quien invoca una leyenda—. Soy Tashira, hija del trueno, capitana del Velo Carmesí. La estratega que derrotó al almirante de tres banderas en una noche sin luna. La que tomó el fuerte de Oban con solo cinco hombres y una serpiente amaestrada. ¡La mayor estratega de los siete mares!


Un murmullo más potente recorrió la multitud. Algunos intercambiaron miradas asombradas. Otros alzaron las cejas. El nombre no era nuevo. En las tabernas, en las historias de marineros viejos, en los susurros de puerto en puerto... el nombre de Tashira flotaba como un espectro entre la fama y el mito.


—¿Eres esa Tashira? —preguntó un joven con el rostro tiznado—. ¿La de la tormenta de Harkan?


—La misma —dijo ella, saltando de la caja con un golpe seco de botas contra la piedra—. Y si me siguen, juro que esta noche no escaparán… ¡tomarán el poder! Y a quien no le interese, puede quedarse aquí, esperando a que regresen los esclavistas con sus látigos.


El silencio se quebró como cristal. Primero fue una risotada nerviosa, luego una exclamación.


—¡Vamos con ella! —gritó alguien.


—¡Por los que murieron en estas celdas! —rugió otro.


Los brazos se alzaron, las voces crecieron. Algunos rompieron palos, otros arrancaron barrotes oxidados para usarlos como lanzas. Elder se apoyó en la pared con una sonrisa torcida.


—Tienes una forma muy peculiar de hacer amigos.


—La verdad siempre convence… cuando la gritas fuerte y en el momento adecuado —replicó Tashira.


El primer golpe de acero contra acero no tardó. Arriba, en la superficie, el caos empezaba a arder. Los prisioneros salieron como un río desbordado, armados con rabia, esperanza y la promesa de una vida nueva. Y al frente, como una sombra de plomo, Tashira abría el camino.

El estruendo del combate envolvía la isla como una tormenta de acero y fuego. Los gritos de guerra, el crujir de huesos rotos, y el silbido cortante de las hojas al encontrarse llenaban el aire espeso, saturado del olor a sangre y sal marina. Las antorchas arrojaban sombras danzantes sobre los rostros desencajados de piratas y exesclavos por igual, mientras las hojas brillaban con reflejos escarlata.


Othar, con su torso desnudo cubierto de cicatrices antiguas, blandía su hacha doble como si fuera parte de su cuerpo. Cada giro suyo era una coreografía brutal; un enemigo tras otro caía ante la fuerza de su embestida, como troncos partidos por un rayo. Su grito de guerra —una mezcla de furia y gozo— retumbaba en las paredes del viejo campamento.


—¡Por la libertad! —rugía, mientras arrojaba a un pirata por los aires y enterraba su hoja en el suelo, agrietando la piedra.


Elder, más ágil y preciso, se movía entre la refriega como una sombra letal. Su espada no fallaba, cortando tendones, esquivando lanzas, usando incluso los cuerpos enemigos como impulso. Saltó sobre una barricada improvisada, giró en el aire, y aterrizó con un golpe seco sobre dos piratas, que cayeron sin emitir un sonido más.


—¡Othar, cubre mi flanco! —gritó.


—¡Ya estás cubierto con mis bendiciones, hermano! —contestó Othar, riendo entre un choque de espadas.


Mientras tanto, los prisioneros liberados, armados con garfios, palos y hasta cadenas oxidadas, peleaban con la fiereza de quien no tiene nada que perder. La estrategia de Tashira había funcionado: la distracción, la liberación, el ataque desde dentro. Todo había llevado a este momento: el desmoronamiento del infame bastión esclavista.


Y entonces, cuando el último pirata cayó de rodillas con la mirada vacía, el silencio se extendió como un manto espeso. Solo quedaban los jadeos, las heridas, el tambor sordo del corazón de los sobrevivientes. El fuego de los cañones aún humeaba en la lejanía, y las aves carroñeras empezaban a girar en lo alto.


Tashira, aún con su chaqueta manchada de sangre enemiga, subió a una roca saliente frente al grupo. Desde ahí, observó el horizonte un momento, luego hincó la rodilla y, con manos firmes, retiró una losa tallada en forma de molusco gigante. Bajo ella, envuelto en telas marinas y con grabados antiguos, reposaba uno de sus tesoros ocultos.


—Uno menos —murmuró—. Y una tripulación más grande.


Los rostros sucios y sudorosos de sus nuevos compañeros la miraban con respeto. No era solo por la victoria, sino porque ella había cumplido. Les había dado una razón para creer.


Al amanecer, las velas del Velo Carmesí se desplegaron como alas al viento. La nave se alejó del islote, ahora libre de cadenas, con la cubierta llena de nuevos rostros endurecidos por la vida y recién bañados en esperanza. Tashira al timón, con la mirada fija en el horizonte, sabía que el mar era suyo otra vez. Y su leyenda, más grande.




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