El meditador, capitulo 11.
El silencio en la plataforma de repesca de Henan se volvió denso, casi palpable, cargado de una electricidad estática que hacía erizar los vellos del cuello. El suelo de losas de basalto negro, humedecido por la niebla helada que bajaba de los picos de la montaña Song, reflejaba la luz gris del atardecer como si fuera un espejo de carbón. El olor a ozono, a incienso amargo quemado en los pebeteros de los jueces y al sudor frío del agotamiento saturaba el aire. En el extremo norte del cuadrilátero, Rodolfo permanecía de pie. Sus más de cien kilos de peso se asentaban sobre las losas con la solidez de una peña de granito. Llevaba los tenis de suela gruesa manchados de barro seco, secuela de la brutal carrera de dos horas en la montaña, y los bordes de su chamarra térmica estaban salpicados de tierra. Le dolían las articulaciones de las rodillas con un ardor sordo y punzante, pero la adrenalina, fluida y ardiente como mercurio en sus venas, sofocaba temporalmente el malestar de la ca...