El meditador, capitulo 9.
El aire de la montaña Song era un cuchillo de hielo que no daba tregua. El sol del mediodía, un disco pálido y lejano tras la bruma de Henan, no proyectaba calor alguno sobre el Patio de la Perseverancia. El ambiente olía a azufre y ceniza húmeda por las brasas de la base del pilar, mezclado con el vapor ácido del sudor de decenas de cuerpos llevados al límite absoluto de la resistencia humana.
En el centro del patio, el Pilar de los Mil Tormentos vibraba con un zumbido grave y subterráneo. La columna de basalto negro, salpicada por las gotas de sudor congelado de los competidores, parecía una bestia de piedra devorando la voluntad de quienes la abrazaban.
Rodolfo permanecía aferrado a la roca a ocho metros de altura. Sus extremidades masivas, que horas atrás vibraban por el impulso del ginseng y el arroz con leche, eran ahora dos bloques de plomo entumecido. El calor de la comida casera se había evaporado hacía mucho, reemplazado por un ardor helado en las articulaciones y un temblor incontrolable en los bíceps. La presión gravitacional de los sellos psíquicos le aplastaba los pulmones, convirtiendo cada inhalación en un esfuerzo agónico que le rasgaba la garganta.
A su lado, otros luchadores gemían en voz baja, con los nudillos blancos y la piel descolorida por el esfuerzo. Las ráfagas de viento congelante de los picos les azotaban la espalda, mientras la base del pilar enviaba oleadas de calor seco que les quemaba la planta de los pies.
A las tres horas con veintinueve minutos, las piernas de Rodolfo comenzaron a sufrir un espasmo violento. El ácido láctico le abrasaba los muslos como aceite hirviendo. Apretó las mandíbulas hasta sentir que los dientes se le aflojaban, fijando la mirada en una grieta del basalto. Intentó usar su telepatía para adormecer el dolor de su propio cuerpo, pero la concentración física extrema le impedía canalizar la mente con claridad.
A las tres horas y treinta minutos exactos, el cuerpo de Rodolfo finalmente cedió.
Un espasmo definitivo en el antebrazo derecho le abrió la mano contra su voluntad. El peso masivo de sus más de cien kilos, multiplicado por la atracción del pilar, lo arrastró hacia abajo. Rodolfo resbaló por la superficie áspera del basalto, intentando afianzarse sin éxito con las uñas, hasta que sus botas impactaron contra la plancha de mármol del suelo en un golpe seco y pesado.
El choque le sacó el último aire de los pulmones. Cayó de rodillas sobre la piedra fría, apoyando los puños gruesos en la superficie pulida. El sudor helado le caía a chorros desde la frente, goteando de su barbilla y congelándose al tocar el mármol. Soltó un jadeo ahogado, con el pecho agitándose como un fuelle roto, sintiendo la punzada amarga de la derrota en el fondo del alma.
A su alrededor, la barrera mental del grupo pareció romperse tras su caída. Como si el colapso del gigante mexicano hubiera marcado el límite de lo soportable, la resistencia de los demás comenzó a desmoronarse en cadena.
Un minuto después, un luchador de la provincia de Shanxi soltó un alarido de dolor y se dejó caer. Luego otro. Uno por uno, los competidores de menor aguante comenzaron a ceder, resbalando por la columna negra y estrellándose contra el suelo entre gemidos de agotamiento, calambres fulminantes y tos convulsiva.
Las cuatro horas reglamentarias concluyeron con un golpe seco de la campana de bronce del templo. El sonido vibró en el aire helado, e inmediatamente los sellos psíquicos del pilar se desactivaron. Los pocos peleadores que aún se sostenían en las alturas —monjes ascetas de torsos enjutos y piel dura como la suela de un zapato— bajaron de la estructura con movimientos rígidos y pesados.
El Patio de la Perseverancia quedó cubierto por decenas de hombres tendidos sobre las losas, respirando con dificultad y recibiendo trapos húmedos de los asistentes médicos.
El juez principal de Henan, flanqueado por dos oficiales con túnicas de seda blanca, caminó hacia el centro con un rollo de papel de bambú en la mano. La tinta negra aún brillaba sobre la superficie. El silencio cayó de golpe sobre el complejo, interrumpido solo por el jadeo distante de los caídos y el susurro del viento entre los pinos.
—La prueba de resistencia ha concluido —anunció el oficial, su voz resonando en los pabellones de madera lacada—. No todos los que caen carecen de honor. Procederemos al corte de la mitad.
Los oficiales abrieron el rollo y comenzaron a hacer el desglose exacto de los tiempos. La regla de la sede era tajante: solo aquellos cuyo tiempo de permanencia superara la media matemática del grupo total obtendrían el pase a las rondas de eliminación directa. Los que quedaran por debajo, serían eliminados sin derecho a réplica.
Rodolfo permanecía sentado sobre sus talones, limpio del polvo de la caída pero con la cabeza gacha, apretando los puños sobre los muslos entumecidos. Escuchaba los números y los nombres leídos en un mandarín rápido y seco, sintiendo que cada segundo le pesaba como una losa.
—Posición cuarenta y dos… tres horas con veintiocho minutos: eliminado —leyó el oficial.
Un murmuro de lamento corrió entre los representantes de las escuelas locales.
—Posición cuarenta y uno… —el oficial hizo una pausa, revisando el registro con la mirada helada—. Rodolfo. Tres horas con treinta minutos.
Rodolfo cerró los ojos, esperando el veredicto final.
—Punto medio de corte: posición cuarenta y dos. Rodolfo clasifica en la posición cuarenta y uno, un lugar por encima del límite.
Un murmullo de frustración brotó entre algunos maestros de Henan. El gigante occidental había quedado exactamente en la frontera, raspando el pase por un solo minuto de diferencia gracias a la ola de caídas que su propio colapso había desencadenado.
Rodolfo dejó salir un largo suspiro de vapor por la boca, sintiendo que la tensión en sus hombros se aflojaba apenas un poco, aunque la insatisfacción de no haber completado las cuatro horas le amargaba el triunfo.
Un paso firme sobre las losas de mármol anunció la llegada de su madre. La mujer no esperó a que los jueces terminaran de guardar los rollos ni pidió permiso a la comitiva. Cruzó la línea de oficiales, se detuvo detrás de su hijo y le asestó una palmada sonora y seca en la espalda que hizo eco en el patio.
—¡Arriba esa cara, Rodolfo! —dijo ella con voz clara y firme, ajustándose el abrigo de lana contra el viento de la montaña.
Rodolfo alzó la vista, mirándola con los ojos aún enrojecidos por el cansancio.
—No llegué a las cuatro horas, mamá… —murmuró con la voz rasposa—. Casi me quedo fuera.
Su madre metió las manos en las bolsas del abrigo, lo miró de frente con una sonrisa de orgullo inquebrantable y le dio un apretón cariñoso en el hombro.
—¿Y eso qué importa? —respondió ella sin dudar un segundo—. Lo importante es que lo diste todo y que pasaste. Acomódate la chamarra, que todavía nos queda mucha pista por recorrer.
Comentarios
Publicar un comentario