El meditador, capitulo 6.
El eco de la primera victoria aún flotaba sobre la tierra batida de la Gran Arena de Sichuan, pero el ambiente dentro del foso de piedra caliza había cambiado. El aire, sofocante y recargado por el humo denso del carbón de pino, traía ahora una calma distinta, helada y expectante. Los braseros crepitaban en los cuatro esquinas del recinto, arrojando destellos anaranjados sobre la arcilla roja. El juez central alzó el brazo, su túnica gris cortando la bruma blanca de polvo, y el impacto sordo del gong marcó el inicio del segundo combate.
Desde el pasillo opuesto, donde las sombras se pegaban a las paredes húmedas del recinto, avanzó el nuevo contrincante. No había ostentación en su marcha ni la prisa nerviosa del peleador anterior. Era un anciano extremadamente delgado, de figura tan enjuta que la piel de su rostro, curtida por décadas de sol y viento de montaña, se ceñía a los pómulos como un pergamino gastado. Vestía una túnica sencilla de lino descolorido, sujeta a la cintura por un cordón de cáñamo gastado. Sus brazos y sus piernas, expuestos por las mangas holgadas, parecían ramas de mezquite seco, desprovistas de cualquier volumen muscular visible. Sin embargo, sus pies descalzos tocaban la arcilla sin levantar una sola mota de polvo, avanzando con una ligereza fantasmal que erizaba la nuca de quienes lo observaban desde las gradas.
Rodolfo ajustó la postura en el centro de la pista. Sintió el peso inamovible de sus cien kilos de masa, la suela de sus tenis apretando el suelo arcilloso y la frialdad del aire gélido filtrándose por el cuello de su chamarra térmica. No subestimó la fragilidad del anciano; el ambiente en el recinto se había vuelto denso, cargado de una presión sutil pero sofocante que provenía directamente de la figura del hombre mayor.
Sin esperar a que el anciano tomara la iniciativa, Rodolfo respiró profundo, expandiendo su tórax masivo hasta tensionar la tela de su abrigo. No hubo gestos aparatosos. Concentró su mente y lanzó una ráfaga de presión psíquica pura, un bloque invisible de fuerza bruta directo al pecho del anciano. La onda aérea viajó con el silbido sordo de un vendaval contenido, proyectada para aplastar la voluntad de cualquier oponente.
Pero la respuesta no fue la que Rodolfo esperaba.
El anciano no bloqueó la embestida ni intentó plantar cara a la fuerza. En el instante exacto en que la pared psíquica hizo contacto con su cuerpo, el hombre inició un movimiento fluido, casi imperceptible. Ladeó el torso apenas unos centímetros, bajando un hombro y flexionando las rodillas con una soltura orgánica. En lugar de chocar contra la masa de energía, el anciano se adaptó. Permitió que el flujo psíquico de Rodolfo envolviera su silueta, dejando que la corriente de presión pasara de largo a través del espacio como el agua de un río bordeando una piedra pulida.
La ráfaga de Rodolfo se disipó en la pared de piedra del fondo con un retumbo vano. El anciano no se inmutó. Permaneció en el mismo sitio, respirando a un ritmo pausado y profundo, con los ojos entornados y las manos entrecruzadas frente al abdomen. No había un solo rasguño en su túnica ni un temblor en sus piernas.
El sudor frío comenzó a bajar por la sien de Rodolfo, mezclándose con la capa fina de polvo rojo que le cubría el rostro. Apretó las mandíbulas. Reforzó el centro de su gravedad, plantó los talones con violencia contra el suelo y concentró una segunda descarga psíquica, esta vez más amplia, abarcando un ángulo cerrado para no dejarle margen de evasión. La vibración de su energía hizo vibrar las chispas de los braseros cercanos.
Lanzó el impacto. Nuevamente, fue inútil.
El anciano volvió a disolver la fuerza. Como si su cuerpo no estuviera hecho de carne y hueso, sino de humo o viento, leyó la tensión del aire antes de que el golpe terminara de formarse. Fluyó con el vector de la energía, girando sobre sus talones con una gracia serena que transformó la violencia del ataque en una brisa inofensiva. La ráfaga psíquica volvió a perderse en el vacío, dejando a Rodolfo con los pulmones ardiendo y la molesta sensación de estar golpeando la niebla con las manos desnudas.
Desde la primera fila de la grada de madera, una voz ronca, destemplada y llena de una determinación casera rompió el murmullo de asombro que recorría el salón:
—¡Ay, Rodolfo, no le estés haciendo al cuento con tanto aire! —gritó su madre, poniéndose de pie y aferrando su bolsa de mano contra las costillas—. ¡Pégale ya!
La voz de su madre actuó como una orden inapelable. Rodolfo no lo pensó más. Dejó de lado la canalización a distancia, apretó los puños gruesos y se lanzó al frente. Su volumen físico cruzó la arcilla como un alud de piedra, levantando surcos de tierra bajo sus pasos pesados. Cerró la distancia en un pestañeo, alzando el brazo derecho para descargar un zurdazo denso cargado con todo el peso de sus cien kilos.
Fue en ese preciso instante de vulnerabilidad cuando el tiempo pareció fracturarse.
El anciano, que hasta entonces se había movido con una lentitud contemplativa, aceleró. La transición fue tan violenta y repentina que la vista apenas pudo registrarla. Su figura se convirtió en un trazo borroso de tela descolorida. Esquivó el puño de Rodolfo por debajo de su radio de visión y, con un pivoteo sobre la pierna izquierda, ejecutó una patada seca y fulminante.
La planta de su pie descalzo impactó directamente en el costado del torso de Rodolfo. No fue un golpe destructivo para la carne, sino un impacto cinético perfectamente dirigido contra la masa del joven. La fuerza del golpe resonó con un chasquido sordo que hizo vibrar las telas de la chamarra. El impulso levantó momentáneamente los pies de Rodolfo de la arcilla y lo empujó varios metros hacia atrás.
Rodolfo derrapó sobre la tierra batida, frenando la viada al clavar las botas en el suelo. Sintió el ardor seco del impacto en las costillas y el sabor metálico del esfuerzo en el fondo de la garganta. Levantó la vista, manteniendo la mirada fija en el hombre delgado. El anciano había recuperado su postura inicial, sereno, con los brazos caídos a los lados, esperando paciente a que la física del combate siguiera su curso.
El joven mexicano entornó los ojos. Sus hombros anchos se elevaron al ritmo de una inhalación profunda y concentrada. Entendió el juego. No podía ganar con impactos cortados ni con embestidas físicas directas; el anciano utilizaba la velocidad de adaptación para deslizarse sobre el flujo de la energía.
Rodolfo estiró ambas manos hacia adelante, con los dedos gruesos abiertos y rígidos en el aire sofocante del recinto. Cerró los ojos un fragmento de segundo y abrió la compuerta de su mente de par en par.
Un flujo de energía psíquica, continuo y denso como una marea de mercurio, brotó de sus palmas. No era un golpe seco, sino una corriente constante que avanzó hacia el anciano. El hombre de túnica descolorida reaccionó de inmediato: flexionó las rodillas, inclinó la figura y comenzó a adaptarse al flujo, dejando que la fuerza pasara por sus costados mientras flotaba sobre la vibración del aire, listo para neutralizarla como lo había hecho antes.
Rodolfo esperó el punto exacto de la transición. Justo en el milisegundo en que el anciano inclinó su cuerpo y se confió a la velocidad de su propia adaptación para desviar la marea invisible... Rodolfo aceleró el flujo sin previo aviso.
Multiplicó la potencia y la velocidad de la corriente psíquica de golpe, transformando la marea continua en un cañonazo masivo de presión absoluta. La aceleración repentina rompió la sincronía del anciano. Sin tiempo para cambiar el ángulo de su cuerpo ni para absorber semejante sobrecarga, el hombre fue alcanzado de lleno por la pared de energía.
El aire explotó con un estruendo seco. El cuerpo del anciano salió disparado hacia atrás, cruzando el aire del foso como una hoja seca arrastrada por un huracán. Cruzó el límite trazado en la arcilla roja y cayó fuera del ring, golpeando la tarima de madera de la primera grada antes de deslizarse hasta el suelo de piedra.
El silencio volvió a caer sobre la Gran Arena de Sichuan. El anciano permaneció tendido unos segundos, respirando con dificultad mientras intentaba reincorporarse, completamente fuera del área delimitada de combate. Había perdido.
Rodolfo bajó los brazos despacio, soltando un largo suspiro de vapor por la boca. En la grada, su madre volvió a acomodarse el abrigo de lana, cruzó las manos sobre la bolsa y miró a los jueces de la mesa con la barbilla levantada, esperando a que hicieran oficial la victoria.
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