Capitulo 5, el meditador.

 El polvo de la arcilla roja flotaba en el aire denso de la arena, brillando como limadura de cobre bajo la luz de los braseros. El retumbo del gong aún vibraba en las vigas de la grada cuando el primer oponente atravesó la distancia que los separaba.

No venía caminando; cruzaba el foso con la velocidad fulminante de una flecha disparada a quemarropa. Era un luchador de la provincia de Henan, un hombre en sus treinta años, de piel curtida y tostada por el sol, con el torso desnudo cruzado por cicatrices pálidas de antiguas heridas de entrenamiento. Sus antebrazos estaban ceñidos con vendas de lino rígido que despedían un fuerte olor a vinagre y alcanfor.

El hombre no usó rodeos. No hubo saludo ceremonioso ni despliegue de formas. En la primera ronda de un torneo de impacto, la sorpresa era la mitad de la victoria.

Apenas a tres metros de distancia, el peleador apoyó el talón con un pisotón seco que hizo saltar esquirlas de tierra batida. El aire alrededor de su mano derecha pareció distorsionarse, contrayéndose en un chasquido sordo. Estaba canalizando toda su energía interna en un solo golpe focalizado en el plexo solar de Rodolfo, una técnica de penetración diseñada para colapsar los pulmones de un rival sin importar su masa muscular.

Rodolfo no tuvo tiempo de pensar. Sus reflejos, moldeados bajo el frío del Tíbet y las caídas estrepitosas sobre la piedra negra, reaccionaron por puro instinto de conservación. No intentó esquivar; su cuerpo masivo no estaba hecho para la agilidad de una serpiente. En lugar de eso, asentó las suelas de sus tenis sobre la arcilla, plantando los pies con la firmeza de un pilar de granito, y expandió la caja torácica.

El impacto resonó en todo el foso como el hachazo de un leñador contra un tronco seco.

El puño del peleador de Henan chocó directamente contra el pecho de Rodolfo, justo sobre la tela abultada de su chamarra térmica. La onda de choque hizo volar el polvo atrapado en la tela en una nube blanca. Por un segundo interminable, el tiempo pareció congelarse en el foso.

El luchador chino abrió los ojos con una mezcla de horror e incredulidad. No había sentido la carne ceder, ni el chasquido de un hueso rompiéndose, ni el jadeo de un hombre al que le sacan el aire. La sensación que recorrió sus nudillos, subiendo por su muñeca hasta el hombro, fue la de haber golpeado la falda de una montaña. Toda la energía cinética de su ataque rebotó sobre la estructura densa y la masa inmovible del joven mexicano.

Desde la primera fila de la grada principal, entre los murmullos atónitos de los representantes de Shanxi, una voz ronca y perfectamente reconocible cortó la tensión del recinto:

—¡Así se hace, mijo!

Rodolfo no esperó a que su oponente recuperara el aliento o la postura. La voz de su madre actuó como un detonador. Mientras el peleador intentaba retraer el brazo con una mueca de dolor por la conmoción del impacto, Rodolfo fijó la mirada en el rostro del hombre.

No levantó los puños. No armó una postura de combate tradicional. Simplemente dio un paso al frente, haciendo crujir la tierra bajo sus cien kilos de peso, y liberó su mente.

Durante las semanas en el monasterio, los monjes habían intentado enseñarle a modular su habilidad psíquica como una fina aguja de acupuntura. Pero Rodolfo no era un monje asceta; su poder era directo, bruto y alimentado por una terquedad inquebrantable. Lo que envió no fue un pensamiento sutil, sino una pared invisible de presión pura.

La ráfaga psíquica atravesó el espacio entre ambos con la violencia de una tromba de aire. El luchador de Henan sintió de golpe que la gravedad en la arena se multiplicaba por diez para el y solo para el pues era su sistema nervioso reaccionando. En su mente no irrumpieron palabras, sino el peso sofocante del sobre dorado del concurso, el estruendo de la ciudad y una fuerza sorda que le aplastaba las sienes.

El hombre soltó un ahogado jadeo de sorpresa. Sus piernas, entrenadas durante años en la postura del caballo y el control del equilibrio, cedieron como ramas secas. Retrocedió tres pasos torpes, arrastrando las sandalias por la arcilla, tratando de mantener la cabeza erguida mientras se llevaba una mano convulsa a la frente.

—¡No te me ridas! —gritó el peleador con la voz quebrada por el esfuerzo mental, intentando canalizar una segunda ráfaga de energía interna para romper la intrusión.

El aire a su alrededor volvió a vibrar con un tenue resplandor anaranjado, pero Rodolfo no le dio espacio para respirar. Ajustó su centro de gravedad, cerró el brazo derecho en un puño masivo y avanzó. Cada uno de sus pasos resonaba pesado en la tierra batida.

Cuando el luchador chino logró alzar la vista, la sombra colosal de Rodolfo ya lo cubría por completo.

Rodolfo no buscó un golpe letal; la regla del torneo era clara. Lanzó un manotazo lateral, denso y cargado con la fuerza de sus hombros anchos, envuelto en una capa imperceptible de tensión telepática. El golpe no dio de lleno en el rostro, sino que enganchó el hombro del oponente.

El choque fue definitivo. La combinación de la masa física de Rodolfo y el impulso psíquico arrancó al peleador de Henan del suelo. El hombre cayó.

El silencio volvió a caer sobre la Gran Arena de Sichuan. Los braseros de carbón crepitaban, soltando chispas al aire caliente. En las gradas, los ancianos de túnicas oscuras y los luchadores de las distintas órdenes miraban la escena con las mandíbulas apretadas. El gigante occidental no solo había encajado el mejor golpe de un especialista en impacto sin pestañear, sino que lo había barrido de la pista en menos de dos minutos utilizando una mezcla monstruosa de peso físico y fuerza mental no clasificada.

El peleador de Henan intentó apoyarse en un codo para levantarse, pero las piernas no le respondieron; la intrusión en su mente lo había dejado desorientado, con la vista nublada y el cuerpo pesado como el plomo. Apoyó la frente contra la tierra y soltó un largo suspiro de derrota.

El árbitro central, vestido con su túnica gris, tardó unos segundos en reaccionar. Observó al hombre tendido, miró a Rodolfo —que permanecía de pie en el centro del foso, respirando despacio y acomodándose el cuello de la chamarra— y finalmente alzó el brazo derecho.

—¡Ganador de la primera contienda: Rodolfo! —anunció el oficial, su voz resonando en la piedra caliza.

Un murmullo denso recorrió las gradas. Rodolfo no levantó los brazos en gesto de victoria ni lanzó vítores al público. Se limitó a soltar un aliento denso que formó un hilo de vapor en el aire de la arena, limpiándose el polvo de las manos contra los pantalones.

Desde la primera fila, el chasquido seco de unos aplausos solitarios y orgullosos retumbó con fuerza. Su madre ya estaba de pie, acomodándose el abrigo de lana y mirándolo con una sonrisa satisfecha que no dejaba lugar a dudas.

—¡Bien contestado, mijo! —gritó, volviéndose hacia los representantes de Shanxi que la miraban con recelo—. ¿Ya ven? Les dije que no le buscaran mangas al chaleco. A ver quién sigue.

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