El meditador, capitulo 8.
El tren nocturno que atravesaba la cuenca del río Yangtsé hacia el norte retumbaba con un traqueteo sordo, rítmico y constante. Las ventanas del vagón de segunda clase estaban empañadas por la condensación del vapor humano y el frío húmedo de la madrugada. Afuera, el paisaje de montañas escarpadas de Sichuan se disolvía lentamente en las llanuras brumosas de la China central. Adentro, el ambiente olía a té verde barato, fideos instantáneos de sésamo y humo de tabaco añejo. Rodolfo ocupaba casi la totalidad de un asiento doble. Su figura masiva, aplastada contra el respaldo de cuerina verde, sobresalía de forma grotesca entre los demás pasajeros. Llevaba la chamarra térmica abierta para dejar respirar el torso, sintiendo aún el cansancio punzante en la espalda tras absorber los impactos de piedra del último combate. Cabeceaba al ritmo de las vías, intentando conciliar el sueño, cuando un golpe seco en la rodilla lo devolvió a la realidad. —Ni se te ocurra cerrarme los ojos, Rodolfo...