El meditador, capitulo 4.
El pasillo de entrada a la Gran Arena de Sichuan era un túnel de piedra caliza donde la humedad se pegaba a la piel como una película helada. El aire olía a hierro oxidado, a sudor rancio acumulado por décadas de combates y al perfume alcanforado del ungüento que los peleadores se untaban en las articulaciones. Cada paso de Rodolfo retumbaba en las paredes con el peso de una mole de piedra, levantando un eco denso que llamaba la atención de los presentes.
A su lado, pegada al brazo grueso del joven, su madre caminaba con la barbilla levantada, marcando el paso con el taconache constante de sus zapatos sobre el suelo húmedo. Su presencia contrastaba de forma absoluta con la comitiva de la arena: a lo largo de las paredes, los guerreros de las distintas órdenes de Oriente esperaban en grupos rígidos. La mayoría venía escoltada por un representante oficial elegido por sus respectivos templos: ancianos de barbas ralas, túnicas de seda oscura y miradas frías que evaluaban a los rivales con un cálculo quirúrgico. Ver a un aspirante occidental de más de cien kilos acompañado no por un gran maestro de linaje, sino por una mujer mexicana envuelta en un abrigo de lana y con un pañuelo en la cabeza, despertaba un murmullo sordo de risitas contenidas y miradas de desconcierto.
Un oficial de la organización, vestido con una túnica gris de cuello alto, se acercó a la pareja sin pronunciar palabra. Con un gesto mecanizado, le extendió a Rodolfo un panfleto impreso en papel de bambú áspero al tacto, cuya tinta negra todavía despedía un fuerte olor a queroseno y hulla.
Rodolfo desdobló la hoja rígida. Sus dedos gruesos casi cubrían el texto. Mientras su madre se ponía a su lado de puntitas para alcanzar a leer, sus ojos repasaron las reglas del evento impresas en caracteres rectos:
- Estructura del Certamen: El torneo no se definiría en una sola sede. La prueba constaría de tres torneos consecutivos distribuidos en tres provincias chinas distintas: Sichuan para la prueba de impacto, Henan para la resistencia física, y finalmente Hubei para el dominio psíquico y espiritual.
- Normativa de Combate: Toda técnica estaba estrictamente permitida —artes marciales, proyecciones cinéticas, ataques mentales o canalización elemental— con una sola restricción innegociable: ninguna acción podía ser letal. Matar al oponente significaba la descalificación inmediata y el destierro del torneo.
- Regla del Impar: En caso de que el número de competidores en una ronda fuera impar y un oponente sobrara tras el sorteo principal, este no pasaría automáticamente a la siguiente fase; se ejecutaría un combate de eliminación directa contra un luchador de reserva asignado por la organización para ganarse el derecho al cuadro principal.
—Tres torneos… —murmuró la madre, dándole un golpecito con el nudillo al papel áspero—. Bastante viaje nos va a tocar hacer. Pero bueno, así conocemos más.
El oficial gris no esperó a que terminaran de leer. Hizo una señal seca con la mano y los guió hacia la boca del túnel.
Al cruzar el arco de piedra, el rugido de la multitud los golpeó como una ola física. La arena era un foso circular excavado en la roca viva, rodeado por gradas de madera maciza colmadas por cientos de espectadores. Abajo, el suelo de tierra batida estaba tan apelmazado que parecía arcilla roja. El ambiente ahí dentro era sofocante, cargado de un calor húmedo que contrastaba con el frío del pasillo, impregnado del humo denso de los braseros de carbón que ardían en los cuatro puntos cardinales de la pista.
Rodolfo avanzó hasta el centro del foso. El polvo seco de la tierra batida se le metió por la nariz, dejándole un gusto a arcilla en la garganta. A su alrededor, decenas de luchadores ocupaban sus posiciones, luciendo torsos desnudos, vendas de lino apretadas en las manos o túnicas azafrán arremangadas.
La madre de Rodolfo no buscó la zona asignada para los acompañantes de bajo perfil. Caminó con decisión hacia la primera fila de la grada principal, se abrió paso entre dos representantes de un templo de la provincia de Shanxi, limpió el asiento de madera con el pañuelo que llevaba en la mano y se acomodó con la bolsa sobre las rodillas.
—¡Rodolfo! —gritó su madre, alzando la voz por encima del estruendo del público—. ¡Acomódate bien esa chamarra que se te va a atorar con el polvo!
Varias miradas severas se giraron hacia ella, pero la mujer sostuvo la vista de todos sin pestañear.
En el palco superior, un gong de bronce masivo recibió el impacto de un mazo cubierto de cuero. El sonido no fue un simple campanazo; fue una onda expansiva grave, un retumbo que vibró en la piedra de las gradas, en los dientes de los espectadores y en el tórax masivo de Rodolfo. La vibración del metal hizo temblar el aire caliente de la pista, apagando de golpe el murmullo de la multitud.
El aire se llenó de una tensión casi eléctrica. Los peleadores ajustaron sus posturas, el árbitro central levantó el brazo en el centro de la tierra batida y, con un segundo golpe sordo sobre el bronce, dio inicio la competencia.
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