Lord Que, capitulo 6.

 

El crujido de la plumilla de acero sobre el papel de dibujo de alta densidad resonaba en el improvisado taller con el ritmo constante de un metrónomo perfecto. La habitación, una antigua sala de armas en el ala norte de la mansión que había permanecido clausurada durante medio siglo, olía a una mezcla peculiar de aceite de linaza, virutas de latón, papel de calco y el inconfundible tufo acre de los compuestos químicos de alta pureza. Sobre la inmensa mesa de roble, iluminada por tres lámparas de queroseno de luz blanca y fría, se extendían decenas de pliegos de pergamino técnico cubiertos por líneas horizontales, diagramas concéntricos y ecuaciones diferenciales de una complejidad abrumadora.

Lord Que ni siquiera se molestó en alzar la mirada cuando los pasos pesados de los mozos de carga retumbaron en las tablas del suelo. Un par de trabajadores del pueblo, vistiendo sus chaquetas de pana zurcida y con los rostros manchados de hollín, depositaron sobre una tarima de pino tres grandes cajas de madera reforzadas con cinchuelos de hierro. El contenido tintineó con un sonido denso y metálico: lingotes de platino sin refinar, bobinas de hilo de tungsteno puro de un grosor milimétrico y bloques de cuarcita sintética encargados bajo el pretexto de reparar los muros maestros del molino de la propiedad.

—Dejadlo junto a las prensas de prensado hidráulico —ordenó el aristócrata sin pausar el trazo de su compás de precisión—. Y aseguraos de que el carretero mantenga la boca cerrada sobre la naturaleza del pedido.

Los trabajadores asintieron con un murmullo respetuoso, secándose el sudor de la frente antes de retirarse. La puerta de roble no alcanzó a cerrarse del todo cuando una figura baja, achaparrada y envuelta en una bata de terciopelo verde que olía intensamente a rapé y té helado se deslizó hacia el interior.

Leopoldo se aproximó con pasos felinos y torpes a la vez, arrastrando las chinelas de cuero contra las baldosas. Sus ojos pequeños y acuosos recorrieron con desconfianza las bobinas de metal brillante, los matraces de vidrio esmerilado donde reaccionaban ácidos raros y, sobre todo, los complejos planos donde su primogénito dibujaba extrañas estructuras esféricas.

—Hijo mío —comenzó el patriarca, aclarándose la garganta con un carraspeo teatral mientras inclinaba la cabeza para intentar descifrar las anotaciones en los márgenes—. Veo que la hacienda recupera su ritmo, pero... ¿se puede saber qué es todo este despliegue de metalurgia extravagante? Los granjeros susurran en la cocina que estás armando un cañón de asedio o una caldera industrial. ¿Qué demonios estás construyendo en esta sala?

Lord Que no detuvo su trazo. Secó el exceso de tinta de la plumilla contra un secante de fieltro negro, se acomodó las solapas de su impecable chaleco de brocado y entrelazó sus dedos enguantados sobre la mesa, dirigiendo a su padre una mirada de azul gélido y glacial.

—Estoy dando inicio a los primeros planos de un puente espaciotemporal, padre —respondió el aristócrata con voz profunda, pausada y didáctica—. Específicamente, un sistema de desplazamiento que utiliza un eje rotatorio de materia negativa diseñado para quebrar la tercera ley de Newton en su manifestación escalar.

Leopoldo se quedó inmóvil. Parpadeó lentamente una, dos, tres veces. Su frente se surcó de arrugas profundas y la mandíbula inferior le cayó ligeramente, otorgándole el aspecto de un pez fuera del agua que intenta procesar una idea imposible.

—¿Materia qué...? —balbuceó el viejo, pasándose una mano temblorosa por el cabello revuelto—. ¿Leyes de quién? Muchacho, te juro por la memoria de mis antepasados que no he entendido ni una sola de tus pomposas palabras. Habla en cristiano, por la gracia de Dios.

Lord Que cerró los ojos por una fracción de segundo. Dejó escapar un bufido seco y exasperado, una exhalación corta que hizo oscilar la llama de la lámpara de queroseno más cercana. Ajustó los puños de su camisa almidonada antes de simplificar su enunciado al nivel más elemental.

—Es una máquina para ir a cualquier lugar, padre —dijo con absoluta frialdad.

En el mismo instante en que la última sílaba abandonó los labios del aristócrata, el rostro demacrado de Leopoldo sufrió una transformación casi milagrosa. La perplejidad se disipó como la niebla matutina, reemplazada por una sonrisa inmensa, avara y grotesca que le estiró las mejillas hasta arrugarle las comisuras de los ojos. Sus pupilas se dilataron con una chispa febril.

—¿Cualquier lugar? —repitió Leopoldo en un susurro cargado de avaricia, inclinándose sobre la mesa hasta casi tocar los planos con la nariz—. ¿Incluso a ese lugar... con la montaña de oro?

El Lord Que se congeló. Lentamente, la plumilla de acero cayó de sus dedos para rodar sobre el pergamino. El aristócrata levantó la cabeza y clavó su mirada analítica en el rostro de su padre, sintiendo cómo una sospecha helada se abría paso en su mente.

—Padre... —articuló el Lord Que, con un tono cortante que helaba la sangre—... ¿has estado espiándome detrás de las contraventanas?

Leopoldo dio un salto hacia atrás como si lo hubiera picado una víbora. Agitó los brazos en el aire con una prisa desmedida, adoptando una postura de fingida inocencia que resultaba casi patética.

—¡En absoluto! ¡Por quién me tomas! —exclamó el anciano con voz aguda—. ¡Para nada, hijo mío! Lo que pasa es que los ecos de este viejo castillo son increíblemente fuertes. Uno está en el pasillo buscando un vaso de agua tibia y las paredes simplemente... mecen las palabras. ¡Es la acústica de la piedra medieval, te lo aseguro!

Lord Que lo miró fijamente, con los labios apretados en una línea delgada e inflexible. No le creyó ni una sola palabra. La mentira era tan burda que resultaba insultante para un intelecto de su calibre. Sin embargo, antes de que pudiera articular la réplica glacial que estaba preparando, Leopoldo dio media vuelta y salió presuroso del taller, arrastrando las chinelas a una velocidad inusitada mientras la bata de terciopelo verde flameaba tras él.

El aristócrata no vaciló. Con la compostura intacta pero conducido por una desconfianza metódica, tomó su bastón de ébano y siguió a su padre a través de las galerías principales.

Al llegar al descansillo de la gran escalera del vestíbulo, Lord Que se detuvo en la penumbra para observar la escena que se desplegaba abajo. Leopoldo se había encaramado en el primer peldaño y agitaba las manos gesticulando de manera frenética frente a la servidumbre, los mozos de cuadra, Edward y Francine.

—¡Escuchadme todos! —bramaba el patriarca con un chorro de voz impropio de su delicada salud—. ¡A partir de este instante, la prioridad de esta casa es el trabajo de mi primogénito! ¡Toda la mano de obra, los carros, los suministros de la cocina y el oro sobrante deben ser puestos a disposición de él! ¡El futuro de nuestra estirpe depende de lo que ese muchacho está armando en la sala de armas!

Doña Leonor, que acababa de salir del comedor sosteniendo una bandeja de té, se aproximó a la base de la escalera al ver aparecer a su hijo mayor. contempló el espectáculo con los ojos húmedos de emoción, apretando el chal de lana contra su pecho.

—Oh, hijo mío —susurró la mujer cuando el aristócrata alcanzó el último peldaño—. Qué bendición tan grande. Mira a tu padre... Qué bueno que al fin ha recuperado el juicio y se está volcando por entero en apoyarte. Hacía años que no lo veía con semejante vitalidad y mucho menos tanto amor hacia ti.

El Lord Que observó a Leopoldo, quien en ese preciso instante estaba ordenando a dos criados que fueran al granero a traer más leña para el taller de fundición, con un brillo descarado de codicia en la mirada. El aristócrata volvió los ojos hacia su madre, notando la paz y la ilusión que iluminaban el rostro castigado de la anciana.

—Sí, madre —asintió el Lord Que con una inclinación de cabeza sumisa y medada—. Es verdaderamente... estimulante ver su interés.

No le informó a su madre del verdadero y ruin motivo detrás del repentino fervor de Leopoldo. Guardó el secreto con la misma frialdad pragmática con la que administraba las finanzas de la hacienda. Si la avaricia desmedida de su padre servía como motor para acelerar la logística de la construcción sin tener que dar explicaciones a cada paso, bienvenido fuera el engaño.

El tiempo en la campiña de Cornualles fluyó con la cadencia inexorable de las estaciones. Las heladas del invierno cedieron ante el barro húmedo de la primavera, los campos florecieron bajo el sol tibio del verano y las hojas de los robles centenarios volvieron a teñirse de un cobrizo intenso cuando el otoño regresó.

Un año exacto había transcurrido desde aquella tarde en el taller.

El polvo y el desorden de la construcción habían desaparecido de la antigua sala de armas. En su lugar, el recinto se había transformado en un laboratorio de impecable pulcritud. Las paredes de piedra estaban cubiertas por paneles aislantes de madera oscura, y el aire olía a un ozono fresco, limpio y cortante, similar al que precede a una tormenta eléctrica en el océano.

En el centro del salón se alzaba la máquina.

Los cinco miembros de la familia Cavendish —doña Leonor, Leopoldo, Edward, Francine y el propio Lord Que— se encontraban de pie frente a la estructura, recortados contra la luz cenicienta que entraba por los altos ventanales. El aparato no se parecía a nada que la ingeniería victoriana pudiera concebir. Era una estructura cabina rectilínea de madera de nogal pulido, reforzada en sus aristas por bandas de un metal dorado y mate que no reflejaba la luz de forma convencional. Dos grandes anillos de platino y coburgo magnético rodeaban la carcasa exterior, suspendidos en el aire sin tocar la madera, girando con una lentitud imperceptible que producía un zumbido sordo, casi infrasónico, que hacía vibrar los dientes de los presentes.

Edward se ajustó la chaqueta de tweed, mirando la máquina con la boca torcida y las manos profundamente metidas en los bolsillos, mientras Francine observaba con cautela los cables que se adentraban en el suelo de piedra. Leopoldo, por su parte, no quitaba los ojos de las filigranas de oro maleable, relamiéndose los labios en un silencio febril.

Doña Leonor dio un paso al frente. El viento leve que generaba el campo magnético hacía oscilar los encajes de su cofia. Contempló el artefacto con una mezcla de fascinación maternal y franca desconcertación.

—¿Y para qué va a servir exactamente todo esto, hijo mío? —preguntó la madre, rompiendo el murmullo gravitatorio con su voz suave.

Lord Que, impecable en su chaqué de lana fina, con el chaleco de brocado perfecto y el bastón de ébano descansando con elegancia contra su pierna, dio un paso hacia el panel de control lateral.

—Esta estructura, madre —explicó el aristócrata con solemnidad—, nos permitirá atravesar el espacio, la materia y los multiversos en cuestión de segundos.

Doña Leonor dejó escapar un leve suspiro, sacudiendo la cabeza con una sonrisa amarga y llena de una sabiduría añeja que solo las mujeres de largo recorrido poseen.

—Ah, los hombres... —murmuró la mujer, mirando a su hijo con afectuosa resignación—. Primero caminaban sobre la tierra. Luego dijeron que eso no era suficiente y domesticaron caballos para ir más rápido. Después inventaron las carretas y los trenes de hierro para no cansarse... Y ahora inventas esto. Nunca estáis conformes con el mundo que Dios os pone bajo los pies. Siempre tenéis que buscar una excusa para ir más lejos.

El Lord Que no se inmuto ante la crítica filosófica de su madre. Ajustó levemente el nudo de su corbata de seda oscura y esbozó una sombra de sonrisa irónica, casi imperceptible.

—Tal vez tenga razón, madre —admitió el aristócrata con voz tersa—. Pero al menos, con esta máquina, podré viajar al otro extremo de la existencia, contemplar la arquitectura de mundos desconocidos... y estar de regreso a tiempo para cenar en familia en este mismo salón.

Leopoldo soltó una risita nerviosa y ahogada tras su pañuelo, pero una mirada de advertencia de su primogénito lo devolvió al silencio.

—Ha llegado el momento —anunció Lord Que.

Con un movimiento grácil y calculado, el aristócrata accionó la manivela de bronce del cierre de la portezuela lateral. La gruesa puerta de nogal y oro se abrió hacia afuera sin emitir el menor crujido, revelando el interior de la máquina.

Desde el exterior, la máquina parecía medir no más de metro y medio de ancho por dos metros de alto, apenas lo suficiente para que un hombre permaneciera de pie con apuros. Sin embargo, cuando Lord Que dio un paso al frente y cruzó el umbral, la realidad física pareció fracturarse de manera silenciosa.

Lord Que entró.

Al traspasar el límite de la puerta, la familia ahogó un grito de asombro contenido. El interior de la máquina era colosal. Ante los ojos del aristócrata no se abría un armario estrecho, sino una nave monumental, un salón abovedado de proporciones catedralicias cuyas paredes de metal irisado se perdían en una penumbra infinita hacia arriba. Filas interminables de consolas de control, esferas de contención magnética y conductos bioluminiscentes se expandían en todas direcciones, desafiando de manera violenta cualquier ley conocida de la geometría tridimensional.

Era infinitamente más grande por dentro que por fuera.

Aquel despliegue de ingeniería imposible no era un mero capricho estético ni una demostración de vanidad técnica. Aquello era estrictamente necesario para que la máquina pudiera funcionar. Solo a través de una dimensión de bolsillo interior —una pliegue espacial comprimido artificialmente— el flujo gravitatorio generado en el núcleo alcanzaba la densidad y la masa crítica suficientes para generar el Warp: el impulso warpico capaz de distorsionar el tejido del espacio-tiempo sin aplastar la estructura molecular del viajero.

El aire dentro del recinto olía a una combinación de ozono puro, metal frío y la inmensidad vacía del cosmos. El zumbido infrasónico del exterior se transformó aquí en una sinfonía grave y armónica, un latido mecánico que vibraba en la médula ósea de Lord Que.

El aristócrata caminó hasta la consola central, donde una pequeña plataforma de oro protegía al Tuksar que latía con una suave luz azulada fungiendo como cerebro de la máquina. Apoyó ambas manos sobre el pomo de su bastón de ébano, sintiendo la inmensa energía contenida que obedecía a los dictados de su mente.

Giró la cabeza hacia la puerta abierta, desde donde la pequeña figura de su madre, enmarcada en el umbral diminuto del exterior, lo contemplaba con los ojos abiertos de par en par.

—Todo está calibrado —dijo el Lord Que, y su voz resonó con un eco imponente dentro del espacio infinito de la nave—. Preparen la mesa para las cuatro. No me retrasaré.

Con un toque sutil de su bastón sobre el pedal de ignición, la portezuela se cerró de golpe, sellando al aristócrata en el interior de su propia creación mientras el tejido de la realidad comenzaba a plegarse sobre sí mismo.

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