La hermandad de la piedra, capitulo 1.

 El aire en el búnker no era aire, sino una mezcla estéril de nitrógeno reciclado y el sutil aroma a ozono que desprendían los procesadores cuánticos. A trescientos metros bajo la tierra arcillosa donde las fronteras de Sonora, Arizona y Chihuahua se borraban en una sola masa de roca ígnea, el silencio era absoluto, roto únicamente por el zumbido casi imperceptible de la ventilación.

Las paredes del laboratorio no eran de concreto, sino de una aleación de grafeno y titanio que absorbía la luz, dando la impresión de que el espacio era infinito. En el centro de este vacío tecnológico, una mujer permanecía de pie sobre una plataforma de cristal líquido.

Su apariencia era una contradicción biológica. Poseía la simetría perfecta de una modelo de alta costura: cabello rubio platino que revelaba una estructura ósea impecable, ojos de un azul tan claro que parecían gélidos y una postura que denotaba una disciplina militar bajo una piel de seda. Se movía con una gracia depredadora mientras sus manos enguantadas en hilos de fibra óptica manipulaban hologramas que flotaban en el aire denso.

—Registro iniciado —dijo ella. Su voz era melódica, pero carecía de rastro alguno de empatía. Era la voz de un verdugo que lee una lista de inventario—. Sujetos de interés: 1216. Análisis de contingencia en fase de actualización.

Frente a ella, el primer archivo se expandió, bañando su rostro en una luz ámbar.

El Catálogo del Fin del Mundo

Sujeto Número 83: Liam Jameson.

Alias: "El Hombre Domo".

La imagen proyectada mostraba a un hombre joven, de apariencia común, pero rodeado por una distorsión visual, como si la realidad misma se doblara a su alrededor. La mujer deslizó los dedos para ampliar el espectro de energía del sujeto.

—Habilidad: Generación de campos de fuerza moleculares de densidad infinita. —Su voz resonó en la sala—. Pruebas de laboratorio confirman que sus barreras son refractarias a la fisión nuclear y a la presión de los agujeros negros artificiales. Nivel de peligro: Extremo.

En la pantalla lateral, el plan de contingencia se desplegó en líneas rojas: Privación sensorial extrema. No se puede romper el domo, pero se puede asfixiar al hombre dentro de él mediante resonancia armónica de baja frecuencia que desestabilice su ritmo cardíaco antes de que logre activar la defensa.

Sujeto Número 118: Amancio Ortega.

Alias: "Cordman".

La imagen cambió a un hombre de manos callosas y mirada profunda. De sus poros brotaban filamentos verdes y marrones que se retorcían como serpientes hambrientas.

—Capaz de sintetizar tejido vegetal hiper-reforzado desde su propia biomasa. Las cuerdas tienen una resistencia a la tracción superior al acero al carbono. Nivel de peligro: Medio.

La mujer hizo un gesto de desdén. Las cámaras mostraban cómo las cuerdas de Ortega podían estrangular un tanque en segundos.

Plan de contingencia: Agentes defoliantes químicos de amplio espectro basados en isótopos de fuego líquido. Si la planta muere, el huésped colapsa por shock sistémico.

Sujeto Número 214: Chihuahuel.

El holograma mostró una figura borrosa, una amalgama de músculos y pelaje que cambiaba de forma con una velocidad que desafiaba la persistencia retiniana. Un rugido pregrabado vibró en el suelo del laboratorio.

—Polimorfismo animal absoluto. Capacidad de adaptación biológica instantánea a cualquier entorno de combate. Nivel de peligro: Alto.

La mujer observó la secuencia de transformación de Chihuahuel. No era solo cambiar de forma; era una reescritura total del ADN en milisegundos.

Plan de contingencia: Inyección de virus de necrosis acelerada diseñados para atacar el ARN mensajero durante la fase de transición. Obligar al cuerpo a una metamorfosis perpetua hasta el agotamiento metabólico total.

Sujeto Número 306: Huseín.

El aire pareció enfriarse cuando este archivo se abrió. La luz del holograma se tornó de un violeta malsano. La imagen mostraba a un hombre cuya sombra no coincidía con su cuerpo; su sombra tenía cuernos y alas que parecían hechas de humo negro.

—Híbrido de linaje demoníaco. Capaz de manifestar la forma del Antiguo Demonio Baal. —La mujer hizo una pausa, sus ojos azules reflejando la oscuridad de la proyección—. El sujeto altera las leyes térmicas y electromagnéticas a su alrededor. Nivel de peligro: Extremo.

El laboratorio detectó un pico de radiación solo con procesar los datos de Huseín.

Plan de contingencia: Protocolo "Cero Absoluto". Contención en vacío cuántico con bombardeo constante de partículas de luz coherente de alta frecuencia. Si el demonio es energía negativa, debemos anularlo con una sobrecarga de polaridad opuesta hasta su desintegración espiritual.

Sujeto Número 417: Behemoot.

Apareció un gigante de tres metros, una masa de músculos que parecía tallada en granito vivo. En el video de prueba, el sujeto levantaba un portaaviones con la misma facilidad con la que un niño levanta una piedra.

—Habilidad: Superfuerza bruta. Densidad ósea y muscular incalculable. Nivel de peligro: Bajo.

Para la mujer, la fuerza física era la más simple de las variables.

Plan de contingencia: Munición de impacto cinético basada en tungsteno disparada desde órbita. No hay músculo que resista la velocidad terminal.

Sujeto Número 535: Cyborg.

Finalmente, la imagen de un ser que era más máquina que hombre. Sus ojos eran lentes de infrarrojos y su piel estaba surcada por circuitos de oro y silicio.

—Manejo de nanotecnología integrada. Capacidad de infectar y controlar cualquier sistema electrónico en un radio de cinco kilómetros. Nivel de peligro: Medio.

La mujer sonrió por primera vez, una expresión gélida y mecánica.

Plan de contingencia: Pulso electromagnético focalizado de alta intensidad seguido de la introducción de un virus lógico de recursividad infinita. Su propia mente artificial lo encerrará en un bucle de cálculo eterno.

El Silencio de la Victoria Prevista

La mujer cerró los archivos con un movimiento seco de las manos. Los hologramas se desvanecieron, dejando el laboratorio sumido en una penumbra azulada. Se quedó un momento en silencio, escuchando el latido del complejo subterráneo, la maquinaria que mantenía al mundo bajo su bota sin que el mundo lo supiera.

Ella no era solo una analista; era la arquitecta de un tablero de ajedrez donde las piezas creían ser dioses. Los 1216 superhumanos eran variables, y ella era la solución a la ecuación.

Caminó hacia la salida con una cadencia perfecta. El destino de la humanidad estaba guardado en los servidores de ese búnker, bajo la tierra seca de la frontera.

—Todo bajo control —susurró para sí misma, mientras las puertas de seguridad de tres metros de grosor se sellaban con un silbido hidráulico.


El silencio del laboratorio se rompió por un sonido rasposo, como de grava arrastrándose sobre el metal pulido. Desde el umbral de una compuerta secundaria, un coyote emergió, su pelaje áspero y terroso contrastando con la inmaculada pulcritud del entorno. Lo extraño no era solo su presencia en aquel complejo ultrasecreto, sino el objeto que colgaba de su hocico: una especie de bozal metálico, intrincado con filamentos luminosos y micro-cables que se incrustaban bajo su piel. No era una mordaza, sino un traductor.

La mujer, Taho, no mostró sorpresa. Su rostro permaneció impasible, sus ojos azules fijos en el animal que avanzaba con cautela. De aquel aparato en el hocico del coyote surgió una voz. No era la voz gutural de un animal, sino una voz sintetizada, metálica, que, sin embargo, transmitía una extraña resonancia emocional.

"¿Para qué... haces esto, mujer?" La voz digital resonó en la vasta sala. "Este inventario... esta preparación. ¿Con qué fin mantienes controlados a todos? ¿Por qué la creación de planes para destruirlos?"

Taho se cruzó de brazos, su silueta esbelta proyectando una sombra alargada en el suelo de cristal. "Para mantener el orden", respondió ella, su voz monocorde, casi robótica. "El mundo, tal como lo conocemos, es frágil. Estos son una amenaza a esa fragilidad. Son variables que deben ser contenidas, controladas. Su existencia desequilibra la balanza."

El coyote inclinó su cabeza, el aparato brillando con una luz pulsante. 

Antes de que Taho pudiera replicar, una distorsión luminosa apareció en el centro del laboratorio. No fue un estallido ni un portal; fue como si un trozo de la realidad se hubiera desprendido de otro lugar y se hubiera manifestado allí. Un objeto. Una roca. Pero no una roca común. Era un fragmento irregular de obsidiana brillante, de un negro tan profundo que parecía absorber la luz a su alrededor, flotando a la altura del pecho de Taho.

Por un instante, solo un instante, Taho sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del búnker. Sus ojos, acostumbrados a analizar amenazas con una frialdad quirúrgica, parpadearon. Su mente procesó la anomalía: materia sólida que apareció de la nada en un entorno sellado y controlado. Inexistente en sus registros. Sin firma energética detectable antes de su aparición.

Sin embargo, su sorpresa duró poco. Sus protocolos mentales se activaron. Un rápido análisis visual y sensorial. La roca no emitía radiación, no generaba un campo disruptivo. No había hostilidad en su presencia, solo una quietud inerte, antigua. Naturaleza benigna, concluyó. O al menos, no inmediatamente maligna.

El coyote, por su parte, gruñó, un sonido bajo que el traductor transformó en un silbido metálico. "Una intrusión... ¿Qué es esto?"

Taho extendió una mano enguantada. Sus dedos, largos y delgados, se acercaron a la superficie lisa y fría de la obsidiana. Al menor contacto, una onda de energía silenciosa emanó de la roca. No fue dolor, sino una sensación de vacío, de supresión de todos los sentidos. El aire del laboratorio se evaporó, el zumbido de los servidores se desvaneció, y el suelo bajo sus pies desapareció. Una ceguera repentina, una sordera total, un entumecimiento absoluto.

Cuando los sentidos regresaron, fue de golpe, como un puñetazo en la cara. El olor fue lo primero: una mezcla de tierra húmeda, moho antiguo y el dulzor mineral de las estalactitas. El sonido que inundó sus oídos fue el goteo constante de agua, amplificado por la resonancia natural de una cueva. El suelo bajo sus botas ya no era el metal pulido de su laboratorio, sino una alfombra irregular de guijarros y lodo.

La luz era escasa, una penumbra grisácea que se filtraba desde alguna abertura lejana, revelando formaciones rocosas que se elevaban como catedrales subterráneas. Estalactitas y estalagmitas se unían en columnas macizas, cubiertas de musgo bioluminiscente que brillaba con una luz esmeralda tenue.

Taho parpadeó, ajustando sus ojos a la oscuridad. El coyote estaba a su lado, sacudiendo la cabeza y emitiendo un sonido que el traductor interpretó como un "¡¿Qué demonios ha sido eso?!"

Se encontraban en una cueva. Gigantesca. El eco de sus pasos se perdía en la inmensidad del espacio. El aire era pesado, cargado de humedad y el misterio de la profundidad de la tierra. La temperatura era fresca, constante, un contraste con el ambiente controlado de su búnker.

Y entonces lo vieron.

En el centro de la caverna, una estructura monolítica se alzaba desde el suelo, perforando la oscuridad del techo. No era una estalagmita ni una formación natural. Era una columna perfecta, un cilindro octagonal, de al menos diez metros de diámetro, tallado con una precisión que desafiaba la geología. Su superficie estaba hecha de una piedra pulida, de un color gris oscuro, jaspeada con vetas de un mineral brillante que captaba la poca luz y la devolvía en destellos plateados. No había inscripciones, no había símbolos, solo la magnificencia geométrica de su forma.

Era una presencia imponente, silenciosa, que irradiaba una antigüedad que hacía que los procesadores cuánticos de Taho parecieran juguetes de niños. Habían sido transportados, instantáneamente, miles de kilómetros de distancia, de un continente a otro, por un simple toque en una roca. La mujer, que se jactaba de tener planes de contingencia para todo, se encontró por primera vez sin una respuesta preprogramada.

El coyote, a su lado, lanzó un gemido de asombro. "Asia...", susurró su voz digital. "Lo siento en el aire... En el pulso de la tierra.  es

El silencio de la cueva, roto solo por el goteo constante del agua, parecía contener secretos de milenios. 


El sol de la tarde caía pesado sobre el polvo de la granja, pero bajo el tejado de lámina del porche, el ambiente era de una calma absoluta y casi cómica. En el centro de la mesa de madera reforzada —que crujía bajo un peso inusual— se encontraba Behemooth.

A pesar de sus dieciséis años y su rostro de rasgos suaves, casi infantiles, el joven era una montaña de carne y hueso. Medía dos metros y medio de altura y su envergadura era tal que sus Brazos parecían las defensas de un camión de carga. Sus tíos, dos ancianos de piel curtida como el cuero y manos temblorosas, lo observaban con una mezcla de orgullo y agotamiento financiero desde sus mecedoras.

Frente al muchacho humeaba un banquete que habría alimentado a una cuadrilla de estibadores: una montaña de diez huevos estrellados con las yemas aún vibrantes, veinte rebanadas de jamón grueso que chisporroteaban con su propia grasa y una torre de un kilo y medio de tortillas de maíz, calientes y envueltas en un paño de tela que apenas contenía el vapor.

Behemooth comía con una parsimonia feliz. El sonido de su masticar era rítmico, acompañado por el olor a leña quemada y manteca que impregnaba el aire. Sus dedos, gruesos como salchichas pero moviéndose con la delicadeza de quien no quiere romper la vajilla, tomaban una tortilla, la doblaban con tres trozos de jamón y la hacían desaparecer de un solo bocado.

—Come, hijo, que estás en los huesos —dijo su tía, cuya voz sonaba como papel de lija, mientras se ajustaba el sombrero.

Behemooth sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos y perfectos, mientras el aroma del café de olla de su tía se mezclaba con el olor del campo. Justo cuando extendía la mano para tomar su quinta tortilla del minuto, el aire sobre la mesa sufrió una torsión.

El canto de las chicharras se detuvo en seco. Un fragmento de roca, de color grisáceo y superficie rugosa, apareció de la nada, suspendido sobre el plato de huevos. No cayó con gravedad normal; descendió lentamente, como si el espacio mismo la estuviera empujando hacia abajo.

Los ancianos se quedaron petrificados. Behemooth, con la boca aún llena, parpadeó con curiosidad inocente. No sintió miedo, solo una extraña vibración que hizo que el vello de sus enormes brazos se erizara.

—¿Tío? —logró decir con voz profunda, un barítono que hizo vibrar los vasos de vidrio sobre la mesa.

Extendió un dedo gigantesco para tocar la piedra, pensando quizá que era un terrón de azúcar o una curiosidad del cielo. En cuanto la punta de su dedo hizo contacto con la superficie fría de la roca, un estallido de luz blanca y pura envolvió el porche.

El resplandor fue tan intenso que los tíos tuvieron que cubrirse el rostro, sintiendo una ráfaga de viento que olía a ozono y a piedra mojada. Cuando abrieron los ojos, el silencio de la granja regresó. La silla de Behemooth estaba vacía. Solo quedaba el plato a medio terminar y una tortilla solitaria cayendo lentamente al suelo, en el lugar donde un gigante de dieciséis años acababa de ser reclamado por lo desconocido.


El sol de Sonora, implacable y naranja, teñía las montañas de un rojo óxido mientras descendía sobre un cañón remoto. En el lecho seco de un arroyo, la arena fina volaba en espirales, levantada por el viento y el fragor de un combate desigual. Frente a una docena de camionetas pick-up blindadas y una veintena de hombres armados hasta los dientes, se alzaba Amancio Ortega, conocido en toda la región como "Cordman", el héroe de Sonora.

Su figura era imponente, no por su tamaño, sino por la extraña armadura que lo cubría. Un traje ceñido y orgánico, forjado con las fibras vegetales que brotaban de su propia piel. Era de un verde oscuro, casi negro, con vetas marrones que se retorcían como músculos bajo la tensión. Las fibras se extendían desde sus brazos como látigos vivos, más resistentes que el acero y con la flexibilidad de una anaconda. El aire olía a pólvora quemada, a tierra caliente y al sutil aroma a savia fresca que desprendía la armadura de Cordman.

Los narcotraficantes, con el rostro cubierto por pasamontañas, disparaban ráfagas de balas trazadoras que rebotaban inofensivamente en el traje vegetal de Amancio, dejando solo rasguños superficiales.

—¡Ríndanse! —la voz de Amancio era grave y resonante, amplificada por la caja torácica de su traje. Las fibras de su mandíbula vibraban con cada palabra. —¡No hay escapatoria!

Con un movimiento rápido, un haz de lianas gruesas brotó de sus muñecas, silbando en el aire. Las fibras se enroscaron alrededor de dos camionetas, levantándolas del suelo con una facilidad pasmosa antes de estrellarlas una contra la otra con un estruendo de metal retorcido y cristales rotos. El polvo y los gritos llenaron el cañón. El olor a gasolina derramada y caucho quemado se hizo intenso.

Mientras los narcos restantes intentaban huir, Amancio estaba a punto de inmovilizar al líder con una red de fibras que ya empezaba a formarse en el aire. La adrenalina bombeaba, y podía sentir el pulso de la vegetación que formaba su cuerpo, un pulso rítmico y poderoso.

Entonces, el tiempo pareció ralentizarse. El sonido de los disparos se ahogó, el viento dejó de soplar. Un pequeño círculo en el aire, justo encima de su hombro, comenzó a brillar con una luz tenue, casi imperceptible. Era un orbe de energía que parecía concentrar toda la luz del atardecer.

Un trozo de roca, de color negro opaco y sin forma definida, se materializó en el centro de ese orbe. No cayó, sino que flotó por un instante, proyectando una sombra antinatural sobre el hombro de Amancio. Los zarcillos de su traje, que se habían extendido hacia el narcotraficante, se congelaron en el aire.

Amancio sintió un escalofrío que no provenía del cañón del desierto, sino de la misma roca. Una vibración ancestral, ajena a todo lo que conocía. Antes de que pudiera comprender lo que veía, la piedra emitió un destello de luz blanca y pura, tan brillante que el sol de Sonora se sintió como una vela.

El resplandor envolvió a Amancio, borrando su figura verde y poderosa del paisaje. Cuando la luz se disipó, solo quedó el lecho del arroyo, las camionetas destruidas y los narcotraficantes aterrorizados. Cordman, el héroe de Sonora, había desaparecido sin dejar rastro, llevado por un poder que trascendía sus propias fibras y el mismo sol del desierto.

El búnker de alta seguridad en el que se encontraba el Sujeto 535 era un santuario de datos y refrigeración líquida. En el centro de la sala, el Cyborg estaba conectado a una red neuronal por medio de cables de fibra óptica que entraban directamente en los puertos de su columna vertebral. No respiraba de forma biológica; un ventilador interno emitía un zumbido rítmico, enfriando los procesadores que habían reemplazado gran parte de su tejido cerebral.

El olor del lugar era estrictamente industrial: silicona caliente, alcohol isopropílico y el aroma metálico del nitrógeno líquido. Sus ojos, dos lentes de focalización variable con un brillo carmesí, procesaban millones de líneas de código por segundo. Para él, el mundo no eran colores o formas, sino vectores, flujos de datos y firmas de calor.

De pronto, un error de sintaxis apareció en su visión periférica. Sus sensores de proximidad detectaron una anomalía de masa en el centro de la habitación, justo sobre su teclado de cristal.

—Anomalía detectada —dijo el Cyborg. Su voz no era humana, sino una síntesis de frecuencias perfectamente moduladas—. Origen: Desconocido. Composición: Mineral no catalogado.

Un pedazo de roca gris, carente de cualquier firma electromagnética, apareció suspendido en el aire. Para un ser que vivía según las leyes de la lógica y el cálculo, aquel objeto era un insulto a la física. El Cyborg extendió su brazo izquierdo, una maravilla de ingeniería donde la piel sintética se abría para revelar actuadores hidráulicos y terminales de conexión.

En el momento en que su dedo de aleación de titanio rozó la piedra, el sistema operativo del Cyborg experimentó un colapso total. No fue un hackeo, fue una anulación de la realidad.

Un destello de luz blanca saturó sus lentes ópticos, quemando momentáneamente sus sensores de imagen. Los cables que lo unían a la red se cortaron con un sonido seco, como latigazos de metal. El Cyborg sintió una caída libre digital; sus circuitos de equilibrio se volvieron locos mientras el aire estéril del búnker era reemplazado súbitamente por una ráfaga de aire cargado de humedad salina y el olor a tierra vieja.

El zumbido de sus ventiladores cambió de tono ante la presión atmosférica diferente. Al recuperar la visión, sus procesadores tardaron 0.4 milisegundos en recalibrarse. Ya no estaba rodeado de servidores. Sus pies de metal pesado aterrizaron sobre lodo y grava. Ante él, la inmensa columna octagonal se alzaba como un tótem imposible, y a su alrededor, figuras biológicas —Taho, el Coyote, el demonio Huseín, el gigante Behemooth y el hombre planta— formaban un grupo tan heterogéneo como peligroso.

—Reubicación completada —registró su sistema interno—. Coordenadas: Desconocidas. Amenaza: Incalculable.


El refugio de Liam Jameson no era una fortaleza, sino una burbuja de silencio absoluto en medio del caos. Se encontraba en la cima de un acantilado azotado por una tormenta eléctrica, pero dentro de su campo de fuerza, ni una gota de lluvia ni el estruendo de los truenos lograban penetrar. Liam, el "Hombre Domo", permanecía sentado en posición de loto, con los ojos cerrados, manteniendo la cúpula de energía con el esfuerzo mental de quien sostiene un suspiro.

El aire dentro del domo olía a incienso de sándalo y a la sequedad de un filtro de aire de alta eficiencia. Liam sentía la vibración de la tormenta golpeando su barrera como un tamborileo sordo en la base de su cráneo. Para él, el mundo era una serie de presiones: la presión del viento, la presión de la gravedad, la presión de ser el hombre más inexpugnable de la Tierra.

—Nadie entra, nadie sale —susurró para sí mismo, un mantra que mantenía su cordura mientras el cielo se desgarraba en relámpagos violetas sobre su cabeza.

De repente, una presión nueva apareció. 

Liam abrió los ojos. Sus pupilas se dilataron al ver un objeto que desafiaba la lógica. Un fragmento de roca, tosco y oscuro, flotaba a escasos centímetros de su rostro. 

El olor a sándalo fue reemplazado instantáneamente por un aroma metálico y ancestral, un olor a piedra mojada y tiempo detenido.

—Imposible —exhaló Liam. Su corazón se aceleró, golpeando contra sus costillas. El domo a su alrededor comenzó a fluctuar, emitiendo un zumbido de alta frecuencia que hizo vibrar sus dientes.

Instintivamente, Liam extendió las manos para proyectar una microburbuja de protección alrededor de la roca, intentando aislar la anomalía. Pero al primer contacto de su energía con la superficie de la piedra, la realidad se plegó. La roca no se movió, pero el espacio alrededor de Liam se contrajo violentamente.

Un destello de luz blanca, más puro y absoluto que cualquier relámpago de la tormenta exterior, detonó en el centro de su refugio. No hubo sonido, solo una expansión sensorial que le hizo sentir como si sus átomos estuvieran siendo contados uno a uno.

El frío de la noche de tormenta desapareció, sustituido por una humedad pesada y un eco infinito. Liam cayó de rodillas, pero no sobre la hierba del acantilado, sino sobre una superficie de piedra fría y húmeda. El zumbido de su domo se apagó, dejando paso al sonido rítmico de un goteo de agua distante.

Al levantar la vista, Liam Jameson sintió, por primera vez en años, una vulnerabilidad total. Frente a él se erguía el gigantesco cilindro octagonal, una mole de geometría perfecta que hacía que sus campos de fuerza parecieran pompas de jabón. A su alrededor, rostros que conocía por los informes de inteligencia —el demonio, el gigante, la mujer de ojos gélidos— lo observaban en un silencio sepulcral.

El Hombre Domo estaba en la cueva. 

En lo profundo de la selva chiapaneca, donde la humedad se pega a la piel como una segunda boca, Chihuahuel se encontraba en medio de una cacería ritual. No era un hombre en ese momento, sino una pantera negra de músculos de obsidiana, deslizándose entre los helechos gigantes con una elegancia letal. Sus sentidos estaban expandidos al máximo: podía oír el flujo de la savia en los árboles y el latido aterrado de un tapir a quinientos metros de distancia.

El aire olía a tierra fértil, a orquídeas en descomposición y al aroma ferroso de la sangre fresca. Chihuahuel disfrutaba de la pureza de la forma animal; en ese estado, no había planes de contingencia ni política, solo el ciclo eterno de la vida y la muerte. Sus garras, largas y afiladas como bisturíes de queratina, se hundían en el musgo sin producir el menor ruido.

De pronto, el instinto primordial del depredador le lanzó una señal de alarma roja. Sus orejas de felino se pegaron al cráneo y un rugido bajo, una vibración que hizo temblar las hojas cercanas, escapó de su garganta. El espacio frente a él se retorció.

Una roca, pequeña y de aspecto vulgar, apareció suspendida entre dos lianas.

Para Chihuahuel, aquello fue una afrenta a la naturaleza. En un movimiento fluido, su cuerpo comenzó a cambiar mientras saltaba; sus huesos crujieron y se alargaron, su pelaje se retrajo en poros que sudaban adrenalina, y para cuando alcanzó la altura de la piedra, ya era un hombre de rasgos indígenas y ojos amarillos eléctricos. Lanzó un zarpazo con su mano aún medio transformada, provista de uñas como puñales.

En cuanto su piel tocó la superficie mineral, el aroma de la selva fue succionado por un vacío absoluto.

Un destello de luz blanca estalló, devorando el verde de la jungla. Chihuahuel sintió que su ADN se desenredaba y se volvía a trenzar en un segundo. La calidez del trópico se desvaneció, reemplazada por una corriente de aire frío que portaba el olor rancio de las profundidades de la tierra y un rastro salino de mares lejanos.

Aterrizó en cuatro patas, con los nudillos golpeando la grava húmeda de la cueva en Asia. Su pecho subía y bajaba con violencia, sus ojos amarillos moviéndose frenéticamente mientras sus sentidos intentaban procesar el cambio drástico de presión y temperatura. El goteo constante del agua en la caverna resonó en sus oídos como martillazos.

Frente a él, el cilindro octagonal se alzaba como un dios de piedra, y a su alrededor, la colección de superhumanos más peligrosa del planeta guardaba un silencio tenso. Chihuahuel enseñó los dientes, un gruñido humano-animal escapando de sus labios mientras se incorporaba lentamente. 

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