Lord Que, capitulo 5

 

El aire de Cornualles, impregnado de un profundo y húmedo olor a tierra arada, a musgo reciente y a la sal marina que el viento arrastraba desde los acantilados, mecía con suavidad los visillos deshilachados del salón principal. Había transcurrido un mes exacto desde el regreso de Lord Que. Un mes en el que el rigor metódico y la contabilidad implacable del aristócrata habían barrido la inercia de la ruina como quien limpia los cristales de un invernadero cubierto de hollín. Las deudas con los acreedores locales habían quedado liquidadas con la precisión de un engranaje de relojería; los pagarés ardieron en la chimenea bajo la atenta mirada de un gerente de banco de Plymouth que aún no terminaba de asimilar la pureza imposible de los pequeños lingotes entregados.

Fuera, bajo el cielo plomizo de la campiña inglesa, la escena era un testimonio vivo de aquella resurrección. Doña Leonor, envuelta en un chal de lana fina que amortiguaba el frío matutino, permanecía de pie junto al ventanal del ala oeste. Sus ojos, antes apagados por el peso de la aflicción y la vergüenza, brillaban ahora con una chispa de genuina felicidad. A lo lejos, sobre las lomas de tierra oscura que durante años habían permanecido yermas y congeladas, los nuevos trabajadores avanzaban con paso firme tras los arcos de bueyes. El sonido sordo del metal abriendo surcos rectos en la tierra húmeda llegaba hasta el castillo como una sutil sintonía de orden y prosperidad recuperada.

Una sombra elegante y pulcra se proyectó sobre el parqué de nogal. Lord Que se acercó a su madre con la parsimonia de siempre, su chaqué de lana impecable y el chaleco de brocado ajustado con rigidez victoriana. Con un gesto medido, le colocó una mano enguantada sobre el hombro, sintiendo el leve temblor de alivio que recorría el cuerpo de la anciana.

—El terreno rinde, madre —murmuró el Lord con su voz profunda, contemplando el horizonte agrícola—. Las rotaciones de cultivo que diseñé la semana pasada han comenzado a estabilizar el pH del suelo. No habrá escasez este invierno.

Doña Leonor desvió la mirada de los campos y la posó en su hijo mayor. Una sonrisa suave, cargada de una ternura que rara vez afloraba en aquella familia de estirpes pétreas, suavizó las arrugas de su rostro. Alzó una mano y cubrió los dedos enguantados del aristócrata con los suyos.

—Has salvado este hogar, hijo—dijo ella con un hilo de voz cálida—. Y, sin embargo, durante tres largos años, mi alma vivió en el purgatorio de la incertidumbre. ¿Por qué te fuiste? ¿Qué demonios te empujó a cruzar umbrales que ningún hombre de nuestra sangre debió pisar jamás?

Lord Que mantuvo la vista fija en los bueyes que surcaban la tierra. Exhaló un suspiro denso que empañó levemente el cristal frío de la ventana, un eco lejano de aquel aliento condensado en el páramo sin estrellas.

—Perdóneme, madre —respondió el Lord, y por primera vez en su tono se filtró un matiz de auténtica y solemne contrición—.

Doña Leonor apretó ligeramente su hombro, negando con la cabeza.

—Las explicaciones ya no tienen peso —susurró la mujer, con los ojos anegados en un brillo de pura gratitud—. Lo importante es que volviste. Estás aquí.

El aristócrata asintió lentamente en silencio, aceptando el indulto materno con la misma gravedad con la que firmaba un tratado. Sin embargo, una ligera sonrisa irónica, casi imperceptible, se dibujó en la comisura de sus labios al recordar la vastitud de aquellos parajes donde el tiempo y el espacio obedecían a leyes completamente ajenas a la física terrestre.

—Lástima que no haya una forma de ir al espacio y volver para el té —comentó el Lord con su habitual sequedad, dejando escapar un atisbo de nostalgia científica—. Sería el colmo de la comodidad: contemplar el nacimiento de una nebulosa a las dos y estar de vuelta en el salón para disfrutar de unas pastas con mantequilla a las cuatro.

Al pronunciar aquellas palabras, concebidas inicialmente como una broma macabra sobre las limitaciones del universo, un chispazo eléctrico cruzó la mente del aristócrata. Sus cejas se arquearon ligeramente. ¿De verdad era eso imposible? Las leyes de la termodinámica que regían los motores de vapor y las locomotoras de hierro eran toscas cadenas del siglo XIX, pero en las profundidades de su memoria, grabadas a fuego por el contacto con el Tuksar, habitaban ecuaciones de curvatura espacial y compresión cuántica que desafiaban el sentido común. Si la materia podía plegarse, el tiempo dejaba de ser una línea recta para convertirse en un simple pliegue de papel.

Doña Leonor, ajena al torbellino de cálculos teóricos que comenzaba a procesar el cerebro superdotado de su hijo, lo observó con una mezcla de fascinación y temor reverente.

—Hijo mío... —comenzó a decir la mujer, dando un paso hacia atrás con prudencia—. A veces me pregunto qué clase de pesadillas o maravillas guardas detrás de esa mirada tan fría. En aquellos viajes de los que apenas hablas... ¿qué tanto llegaste a ver? ¿Qué hay más allá de nuestra atmósfera?

El Lord Que giró ligeramente el rostro, volviendo los ojos de un azul pálido y cansado hacia el interior del salón. Las cortinas de terciopelo parecían absorber la escasa luz del día, creando una atmósfera propicia para la confesión de los abismos.

—He visto el espacio desde arriba, madre —comenzó el Lord, con una voz que parecía resonar desde las profundidades de una catedral vacía—. He contemplado la Tierra no como un vasto mundo, sino como una frágil esfera de mármol azul suspendida en un océano de negrura absoluta, tan frágil que un suspiro divino bastaría para desintegrarla.

Doña Leonor contuvo la respiración, escuchando con los ojos fijos en él.

—Conocí a un ser terrible —prosiguió el aristócrata, recordando el rugido gutural de la criatura en la cripta del castillo parasitario—. Una masa de sombras densas y hambre primigenia que devoraba la cordura de cuantos osaban buscar el poder en aquel bastión de piedra negra. Vencí al castillo destruyendo sus cimientos, arrancando de cuajo los tentáculos que drenaban la vida de generaciones de lores insensatos que me precedieron.

El Lord Que hizo una pausa, y un destello de fría satisfacción cruzó su semblante.

-Vi emerger de las entrañas de esa fortaleza una gigantesca montaña de oro puro, un mar de riquezas incalculables capaces de comprar reinos enteros, coronas y civilizaciones enteras.

En el preciso instante en que pronunció la palabra oro, un crujido sutil y casi imperceptible interrumpió el silencio de la estancia.

Oculto tras las pesadas contraventanas del pasillo contiguo, con el oído pegado a la madera agrietada y los ojos desorbitados por una euforia febril, se encontraba Leopoldo. El patriarca, creyendo que su recuperación médica le otorgaba licencia para vigilar las finanzas de la casa, llevaba varios minutos espiando las conversaciones de su primogénito. Al escuchar la mención de aquella gigantesca montaña de oro y de cómo su hijo la había abandonado sin pestañear para escapar de la ruina, el corazón del anciano dio un vuelco salvaje. Sus ojos miopes brillaron con la avaricia más pura y desatada, visualizando arcones infinitos, lingotes apilados hasta el techo y una opulencia que superaba con creces los modestos tesoros que ya guardaban en el sótano.

Poco después, cuando la tarde comenzó a fundirse en un crepúsculo de tonos violáceos y cenicientos que teñían los acantilados de Cornualles, el Lord Que descendió en solitario hacia las profundidades del sótano. El aire allí abajo era espeso, impregnado de salitre, humedad y el olor inconfundible de la piedra milenaria.

Tras mover con un empujón preciso el pesado arcón de aperos de labranza que bloqueaba la cavidad, se adentró en el cubículo secreto. En el centro, reposando sobre una base de madera petrificada, se encontraba el Tuksar. La caja de metal oscuro y aristas imposibles parecía dormida, pero al percibir la presencia del aristócrata, sus tentáculos carnosos y translúcidos comenzaron a reptar con una lentitud ceremonial, rozando la superficie fría de la estructura con un temblor sincrónico.

El Lord Que se inclinó ligeramente, apoyando ambas manos sobre el pomo de su bastón de ébano, manteniendo la elegancia de su chaqué incluso en la penumbra más absoluta de aquel escondite subterráneo.

—Dime —susurró el Lord, con una voz tan baja que apenas rozaba los muros de piedra—. Las leyes del espacio son inflexibles para la carne, pero maleables para la geometría pura. ¿Cómo podría alguien atravesar mundos y regresar en instantes, justo a tiempo para el té?

En el mismo instante en que formuló la pregunta en su mente, una descarga sorda y fría recorrió su sistema nervioso. No fue una voz exterior, sino una invasión geométrica en su conciencia. Un torrente de líneas bioluminiscentes, fórmulas termodinámicas complejas, diagramas de flujo cuántico y esquemas de ingeniería interdimensional brotó en su mente con una nitidez cegadora.

Ante sus ojos cerrados se materializaron los planos detallados de una máquina sin precedentes: un artefacto de anillos concéntricos de coburgo magnético, estabilizadores de taquiones y un núcleo de fusión fría donde cada pieza, cada tornillo microscópico y cada aleación molecular poseía una complejidad tan avanzada que su simple fabricación bastaría para revolucionar la ciencia de la humanidad.

El Lord Que abrió los ojos lentamente. Su respiración era pausada, pero sus pupilas reflejaban el brillo azulado de la visión que acababa de absorber. Comprendía perfectamente la magnitud de lo que sostenía en su mente: la llave definitiva para conquistar el tiempo y el espacio con la puntualidad de un dandy victoriano.

Se enderezó, alisó las solapas de su chaqué con absoluta parsimonia y miró fijamente a la caja de tentáculos, que volvía a sumirse en un silencio pétreo.

—Muy bien —murmuró el aristócrata, esbozando una sonrisa fría y decidida en la penumbra del sótano—. Mandaremos a pedir los materiales. El té de las cuatro no va a volver a esperarnos

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