La guerra de la jalea, capitulo 2.
El viento en el Estrecho de Drake no traía sal: traía el olor acre del carbón quemado, del gasóleo de bajo octanaje y del hierro oxidado que se enfriaba bajo la llovizna implacable. En las costas del Arca, las chimeneas de ladrillo rojo y las torres de alta tensión se alzaban contra el horizonte como dedos amputados de una Era que la humanidad nunca terminó de sepultar.
Aquella isla, un remanso de tierra anormalmente caliente propulsado por corrientes termales profundas, era un híbrido grotesco y fascinante. Visto desde el mar, el paisaje parecía un distrito industrial del siglo XX, saturado de engranajes expuestos, vapor denso que escapaba por válvulas corroídas y tuberías de cobre que serpenteaban por los acantilados. Sin embargo, sobre las murallas de contención de hormigón armado, la artillería no utilizaba pólvora. Silenciosos cañones de masa electromagnética, alimentados por celdas de plasma de alta densidad, apuntaban hacia el canal con un brillo azulado y amenazante. Era la síntesis del Arca: estética de taller de fundición, corazón de tecnología militar devastadora.
En la gran sala de mando del Bastión Central —un edificio de hormigón con paredes de cuatro metros de espesor donde el eco del oleaje retumbaba como un latido sordo— seis hombres y mujeres se agrupaban alrededor de una mesa de madera pesada, rayada por años de cuchillos y mapas desplegados.
Elder permanecía de pie al cabecero. Tenía sesenta años recién cumplidos, pero sus hombros cargaban con el peso de tres décadas de gobierno revolucionario. Su rostro, surcado por arrugas profundas que parecían cortadas con navaja, estaba coronado por un cabello canoso, duro y seco como la estopa. Vestía una chaqueta militar desgastada con charreteras de cuero crudo y botas altas de marcha.
Frente a él, sobre la mesa, yacía un pliego de papel vegetal basto, manchado de grasa de foca y sellado con la huella sanguinolenta de un pulgar.
—Llegaron cartas de la Antártida esta mañana —dijo Elder. Su voz era áspera, carraspera, modulada por años de gritar sobre el ruido de las turbinas de vapor—. Aseguran que se avistó un animal extraño en las mesetas del sur.
Uno de sus cuatro allegados militares, el general Vane —un hombre corpulento de bigote cano y uniforme cubierto de medallas de latón—, soltó un bufido de desdén mientras ajustaba los anteojos sobre su nariz aguileña. El metal del marco crujió ligeramente.
—Pueden ser supersticiones —aseguró Vane, sirviéndose un trago de licor de patata amargo en un vaso de lata—. Los New Iceman son conocidos por eso. Viven entre el hielo ensordecedor y la escarcha. Creen que cada ráfaga de viento de más de cien nudos es un espíritu y que los fósiles de los polímeros son monstruos dormidos.
Elder negó con la cabeza lentamente. La sombra de su barbilla se proyectó sobre el mapa del Círculo Polar.
—El mensaje no lo mandó un chamán, Vane. Lo mandaron Torstein e Hingrid.
Un silencio tenso se apoderó de la sala. Los otros tres generales, que hasta entonces examinaban informes de producción de acero en silencio, alzaron la cabeza de golpe. Se miraron entre sí con ojos desencajados.
—¿Los hermanos de la Tierra de Maud? —preguntó la generala Corvo, una mujer de piel cetrina que llevaba el brazo izquierdo reemplazado por una prótesis mecánica de servomotores ruidosos—. ¿Los mismos que nos ayudaron a evitar que un grupo de corsarios prisanos robara un cargamento entero de repuestos y combustible hace cinco años?
—Los mismos —confirmó Elder—. Hingrid no inventa fantasmas. Si ese gigante dice que una sombra con alas de libélula y garras de obsidiana descendió del cielo y se traga la nevisca sin hacer ruido, es porque la vio a diez metros de su choza.
Los militares cruzaron miradas cargadas de preocupación. La prótesis de la generala Corvo zumbó con un chasquido metálico al cerrar el puño sobre la mesa.
—¿En qué estás pensando, Elder? —preguntó Vane, dejando el vaso sobre la madera con un golpe seco.
Elder caminó hacia el ventanal blindado. Desde allí se contemplaba la bahía del Arca, donde tres acorazados de casco de hierro y propulsión iónica flotaban entre la bruma, escupiendo humo negro por sus chimeneas mientras sus sensores de escaneo cuántico giraban en lo alto de los mástiles.
—Cuando era joven —comenzó Elder, y su mirada se perdió en la negrura del agua—, cuando lideré la revolución que expulsó a las corporaciones del Arca... ¿recuerdan cuál fue el primer movimiento de los ricos antes de enviar la flota mercenaria? Cortaron el suministro de gas natural hacia los barrios obreros. Quisieron congelarnos en las galerías antes de que tuviéramos tiempo de armarnos.
Hizo una pausa corta. El sonido distante de una sirena de vapor resonó en el puerto.
—Esto se parece sospechosamente a eso —añadió Elder, girándose para encarar a la junta militar—. Si inutilizan o alteran la producción de jalea en el sur, no necesitan disparar ni una sola salva de artillería contra nuestras murallas. Nos debilitaran.
La generala Corvo frunció el entrecejo.
—¿Crees que esto sea obra de Novaterra? —preguntó.
Elder apretó las mandíbulas.
—Sospecho que sí. Si lo que me ha contado Tashira en sus últimos mensajes es cierto, la junta de Novaterra está desesperada por el control energético. Para la geniocracia de esa maldita ciudad subterránea, nuestra existencia es un insulto ideológico. En Novaterra, el Artículo 1 de la Constitución socialista del Arca —aquel que establece que el ingreso del ciudadano más rico solo puede ser tres veces mayor al del más humilde— es llamado "antinatural" e "involutivo".
El último general, un estratega veterano llamado Kaelen, que hasta ese momento había permanecido en la sombra observando los informes de inteligencia, dio un paso al frente. Sus dedos delgados trazaron una línea imaginaria entre el Arca y la Antártida.
—Entonces —dijo Kaelen con voz grave— Novaterra no teme castigar a una población tribal que no está involucrada en su disputa. Esos clanes del sur no tienen ejército, solo extraen jalea para sobrevivir y cambiarla por grano y hierro.
Elder clavo los ojos en Kaelen.
—Todos estamos involucrados —dijo, con una solemnidad que dejó la sala helada—. En este planeta deshecho, nadie tiene el privilegio de ser un espectador. Si cae el sur, caemos nosotros.
Elder se apoyó sobre la mesa de madera con ambas palmas.
—Den la orden de solicitar información a Tashira de inmediato. Sus contrabandistas navegan en las sombras de los canales del norte; si Novaterra ha movido algún bio-activo militar desde sus laboratorios subterráneos, ella habrá escuchado el rumor.
Horas más tarde, la neblina del atardecer caía sobre la residencia particular de Elder: una pequeña casa de piedra volcánica con tejado de chapa, ubicada en la ladera alta de la isla, lejos del estruendo industrial de los astilleros. El interior olía a madera de pino quemada, té de hierbas secas y vapor de estufa.
Una mujer de unos cuarenta años, de rasgos similares a los de Elder pero con ojos más suaves y cabello castaño recogido en una trenza floja, servía una sopa humeante en dos cuencos de barro. Era su hermana menor, Marta.
Marta observó a Elder. El líder del Arca permanecía sentado junto al fuego, con los ojos fijos en las brasas rojas, sin tocar el cuenco que humeaba frente a él. Su mano derecha temblaba ligeramente, un rasgo que solo aparecía cuando la presión sobre sus hombros amenazaba con aplastarlo.
—Llevas dos horas sin decir una sola palabra —dijo Marta, sentándose a su lado y deslizando una manta sobre sus hombros—. Ni siquiera cuando volviste de la reunión de la revolución en el 275 te vi con la cara tan rígida. ¿Por qué estás así, hermano?
Elder suspiró. El aire salió de sus pulmones con un soplido pesado que hizo oscilar la llama de la vela sobre la mesa.
—Se avecinan eventos indeseables, Marta —respondió, pasando una mano tosca por su frente rugosa—. Pensé que le había entregado a esta isla un siglo de paz tallada en hierro. Pero el pasado siempre encuentra la forma de clonarse. Lo que viene del sur no es una tormenta de nieve. Es una guerra.
A cinco mil kilómetros al sur, el frío no daba tregua. La planicie helada de la Antártida era una inmensidad de color plomo y blanco sucio. El viento soplaba con el crujido de un cristal roto bajo la bota.
Junto a la esfera colosal de diez metros de diámetro —el panal—, la nieve estaba manchada de círculos oscuros, restos de fluidos corrosivos que se habían congelado en costras de color púrpura y negro. La cúpula translúcida, que antes vibraba suavemente con un pulso rítmico y ámbar, presentaba un desgarrón enorme en la membrana superior, parcheado de forma tosca por las propias bacterias de resina de la estructura.
Torstein estaba enclavado sobre sus rodillas en la escarcha, introduciendo un largo recipiente de madera reforzado con aros de bronce por una de las ranuras de recolección de la base. Al sacarlo, el recipiente estaba completamente vacío. Ni una sola gota de la sustancia viscosa, brillante y dorada que solía fluir libremente por las tuberías orgánicas del nido.
—Nada —roncó Torstein, golpeando la madera contra el hielo con frustración. El sonido resonó como un disparo en la soledad del glaciar—. Ni una gota en tres días.
Hingrid, a su lado, mantenía la mirada fija en las alturas de la esfera. A través del polímero semitransparente, deslucido por las grietas, se divisaba la silueta quieta y monolítica de la criatura negra. Estaba posada sobre el pedestal central donde antes yacía el cuerpo decapitado de la matriarca púrpura. A su alrededor, una docena de pequeñas crías violetas revoloteaban en círculos lentos, hipnotizadas, sumisas, ofreciéndole los pequeños depósitos de ácido que brotaban de sus hocicos.
—La jalea es el mayor suplemento del mundo —dijo Torstein, poniéndose en pie y limpiándose las manos cubiertas de escarcha en los pantalones de piel de foca—. Es un energético sin el cual nos hubiéramos extinguido todos los Iceman desde el Éxodo... ¿Por qué esa abominación detuvo el flujo?
Hingrid dio un paso adelante, sintiendo el crujido del hielo bajo sus botas pesadas. Su melena rubia agitada por la ventisca le tapaba a ratos la visión.
—No es solo eso, hermano —dijo Hingrid con voz pausada, observando el suelo alrededor del panal—. El cuerpo de los chupacabras púrpuras procesa los químicos como ningún otro ser en la Tierra. Esas crías no solo producen la jalea dentro del panal; cuando salen a pastar entre las rocas subterráneas y el liquen helado, excretan los residuos refinados. Gracias a eso, el suelo de esta franja se fertiliza. Es la razón por la que en esta parte de la masa helada crecen musgos gigantes y podemos alimentar a los rebaños de ciervos polares.
Torstein escupió al hielo. Un hilo de saliva se congeló antes de tocar el suelo.
—Igual hay algo muy extraño en que esa cosa haya parado la producción —comentó Torstein, frunciendo el ceño bajo su capucha de piel—. El excedente se genera siempre de forma involuntaria. Es su biología: comen, procesan, expulsan jalea. Que el flujo se haya cortado por completo no es una enfermedad del panal. Es casi como si alguien estuviera controlando la bestia y le hubiera ordenado cerrar las válvulas.
Hingrid miró fijamente la cabeza alargada del ser negro, que en ese instante giró lentamente hacia ellos desde el interior del panal. Sus ojos rojos, horizontales y fríos, parecieron traspasar la membrana translúcida y clavarse en las pupilas del cazador.
—¿Pero eso es imposible, no? —murmuró Hingrid, llevando instintivamente la mano a la correa de su hacha de pedernal.
Torstein se encogió de hombros, con la rotundidad dura de los hombres nacidos en el hielo.
—En este siglo, Hingrid, las únicas cosas imposibles son las que aún no han intentado vendernos los bastardos del norte.
A miles de millas de allí, la niebla se disipaba sobre las cumbres rocosas y escarpadas de la Isla Medusa. Era una fortaleza pirata levantada sobre los restos de un antiguo archipiélago militar. Antenas de telecomunicaciones oxidadas compartían espacio con pabellones de madera negra, velas de barcos desguazados y torres de vigía hechas con partes de cargueros encallados.
En la cima del bastión más alto, sobre un trono labrado directamente en una pieza de acero de cubierta de portaaviones, se encontraba Tashira.
Tenía 65 años, pero el sol de mar y la biotecnología de contrabando le daban un aspecto envidiable: aparentaba poco más de cuarenta. Era una mujer de presencia imponente, con una melena pelirroja y encendida como el fuego de una caldera, que caía en ondas gruesas sobre sus hombros descubiertos. Su figura voluptuosa, ceñida por un corsé de cuero reforzado con placas de titanio y una capa de piel de leopardo marino, respiraba autoridad y peligro.
Frente a ella, tres corsarios con la piel marcada por tatuajes marinos y cicatrices de metralla se arrodillaban sobre las planchas de metal del suelo. Uno de ellos sostenía en sus manos una cápsula metálica sellada con el emblema del tridente y el engranaje: el sello personal de la Jefatura Suprema del Arca.
Tashira tomó la cápsula con dedos ágiles, decorados con anillos de oro antiguo. Con un giro hábil de su muñeca, desarmó el cierre de seguridad cuántico y extrajo la tira de papel sintético de su interior.
Al leer la firma al pie del documento —"Elder"—, una sonrisa lenta y melancólica se dibujó en sus labios pintados de un carmín oscuro.
Se recostó contra el respaldo de su trono metálico, dejando que el viento marino le desordenara el flequillo pelirrojo. Su memoria voló décadas atrás, a una época de humo, barricadas y juventud desperdiciada en los muelles de la bahía. Recordó la primera vez que vio a Elder: él era un joven comandante revolucionario con las manos manchadas de grasa de motor y una convicción de hierro en los ojos; ella, una audaz capitana de abordaje que comerciaba con armas robadas. Hubo una chispa intensa entre los dos en aquellos días, una atracción salvaje y nunca consumada que el deber, la política y la distancia terminaron por congelar en el tiempo, dejando solo una profunda y mutua devoción de aliados.
—El viejo león todavía sabe a quién acudir cuando la noche se vuelve oscura —murmuró Tashira para sí misma, con una risita baja que hizo vibrar el collar de dientes de tiburón sintético que llevaba al cuello.
Se puso en pie con la elegancia de una pantera. Los corsarios mantuvieron la cabeza gacha, esperando la orden.
—Quiero que desplieguen a las fragatas rápidas en las rutas de la Cresta Sur —ordenó Tashira, y su voz rasgada resonó en toda la terraza de la fortaleza con un tono imperioso que no admitía réplica—. Contacten a nuestros informantes en las estaciones de paso de Novaterra. Quiero que busquen cualquier fragmento de información sobre criaturas negras de tres metros, corazas quitinosas y chupacabras modificados.
La soberana de la Isla Medusa ajustó la empuñadura de su sable de plasma al cinturón y miró hacia el horizonte abisal del sur.
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