La guerra de la jalea, capitulo 1.

 

El cielo de la Antártida en el año 2500 DC, año 300 DEX (Después del Éxodo) no era azul, sino un pálido y perpetuo cascarón de plomo, rajado a veces por las ráfagas de un viento que aullaba como una sierra mecánica oxidada sobre los cementerios de la antigua civilización industrial. Sobre las planicies heladas del sector antes conocido como la Tierra de la Reina Maud, la nieve no caía: se deslizaba en finas agujas de escarcha que mordían la piel expuesta.

Hingrid dejó caer la estaca de hierro meteórico con la que fijaba el cuero de la tienda comunal. El frío penetraba por las costuras de sus botas de piel de foca reforzada, pero sus músculos, anchos como troncos de pino escandinavo, apenas se estremecieron. Medía más de dos metros; su cabello, una melena de oro deshilachado por el salitre y la ventisca, le enmarcaba un rostro de pómulos salientes, cincelado por la intemperie. A su lado, su hermano menor, Torstein, de hombros tan abultados que parecían dos sacos de piedras bajo la lona gruesa, alzó el mentón hacia el sur, frunciendo el entrecejo.

—Mira —roncó Torstein, con una voz profunda que reverberaba en el suelo congelado.

Hingrid siguió la dirección de su dedo calloso. A lo lejos, contra la blancura infinita del glaciar, flotaba un punto negro. No era un pájaro; las aves marinas hacía siglos que habían olvidado cómo cruzar el casquete polar. Tampoco era una de las naves de carga chatarras que los mercaderes del norte enviaban una vez cada década a cambiar hierro por grasa de foca. El punto crecía. Se deslizaba por el aire con una precisión geométrica, cortando la nevisca sin vacilar, oscilando entre la gravedad y un zumbido sordo que empezó a vibrar en los dientes de los dos hombres.

—¿Una furia del abismo? —murmuró Torstein, llevando la mano derecha hacia la empuñadura de su hacha de pedernal.

—No —respondió Hingrid, entornando sus ojos claros—. Es demasiado silencioso.

El punto negro descendió, planeando a ras de suelo hasta posarse a unos quinientos metros de los tótems de grasa de ballena que marcaban el perímetro de su aldea. Los demás hombres altos y corpulentos salieron de las chozas circulares, con las lanzas listas y los pechos anchos inflados por la tensión. Nadie respiraba.

Era un ser de proporciones ciclópeas, de casi tres metros de altura, con una complexión hipermusculosa que sugería una fuerza capaz de doblar vigas de acero. Su piel estaba compuesta por una coraza quitinosa de un negro absoluto, mate, que absorbía la luz del sol débil sin devolver un solo reflejo. Lo más perturbador era su cabeza: coronada por unas orejas extraordinariamente largas y erguidas, similares a las de un lebrel enfermo, terminaba en un hocico largo, tubular y bulboso, idéntico al de un oso hormiguero antediluviano, pero dotado de una hilera de diminutos colmillos traslúcidos que goteaban una saliva corrosiva. Sus ojos eran larguísimos, horizontales y rojos, sin parpados visibles, fijos en una quietud aterradora que no parpadeaba ante el viento polar. De sus hombros brotaban unas alas membranosas y translúcidas, idénticas a las de una libélula gigante, cuyas venas internas pulsaban con un tono bioluminiscente verdoso. Y en el extremo de sus extremidades anteriores, se curvaban enormes garras dobles de un metro de longitud, afiladas como cuchillas de obsidiana, que arrastraba ligeramente sobre la nieve, dejando surcos humeantes donde el hielo se derretía por pura fricción química.

La criatura no miró a los aldeanos. Su instinto estaba fijado más allá, en una estructura colosal semihundida en las estribaciones del glaciar.

Era el panal.

El panal medía exactamente diez metros de diámetro. Era una esfera perfecta, anclada directamente al hielo milenario mediante raíces sintéticas que parecían cables de fibra óptica fosilizados. Su superficie estaba hecha de un material translúcido, rígido y flexible a la vez, que imitaba la textura del polímero industrial antiguo; se arrugaba ligeramente con las ráfagas de viento, emitiendo un sonido de tambor seco.

Alrededor de la esfera giraba una escuadra de defensores. Eran docenas de criaturas que guardaban un gran parecido con el coloso negro, pero a escala infantil, con cuerpos delgados, casi frágiles, cubiertos de una quitina de un color púrpura intenso y brillante. Sus ojos eran grandes, redondos y tiernos, casi como los de un cervatillo cósmico, y carecían por completo de las aterradoras garras del intruso. Sin embargo, su velocidad al vuelo era vertiginosa.

El ser negro avanzó sin pausa hacia la membrana del panal.

—¡Por los dioses del hierro! —exclamó Torstein desde la distancia, bajando lentamente el hacha, hipnotizado por el espectáculo—. Va a por la madre.

Las crías púrpuras chillaron. No era un sonido acústico común, sino un estridente pulso ultrasónico que hizo que Hingrid se llevara las manos a las sienes, sintiendo un hilo tibio de sangre correr por su cartílago auditivo.

El coloso negro desató el caos. Su garra derecha describió un arco invisible en el aire helado; el impacto reventó el torso del primer cervatillo púrpura en una lluvia de vísceras violetas y ácido hirviente. Las demás crías reaccionaron con una furia coral. Abrieron sus hocicos tubulares y vomitaron chorros concentrados de ácido fluorhídrico modificado.

El líquido corrosivo chisporroteó al golpear la coraza del invasor. El ser negro emitió un sordo crujido gutural, un rugido interno que sacudió la nieve a sus pies. Esquivó tres chorros con una agilidad felina, contorsinando su torso musculoso, pero un cuarto chorro le alcanzó de lleno en el antebrazo izquierdo. La quitina negra comenzó a humear, disolviéndose en una pasta burbujeante. Con un movimiento seco y desapasionado, el monstruo negro arrancó su propio tejido dañado de un tajo, o más bien, una de las crías, en su frenesí, se abalanzó y le seccionó el antebrazo izquierdo de cuajo con una dentellada sincronizada.

El brazo cayó a la nieve, chorreando sangre negra y espesa como petróleo crudo.

El ser ni siquiera vaciló. Con el muñón humeante, arremetió contra la esfera de polímero. Sus garras de obsidiana se clavaron en la membrana con la fuerza de un pistón hidráulico. El material resistió un segundo, crujiendo con la tensión de mil toneladas de presión, antes de ceder con un estallido sordo que lanzó esquirlas de hielo y resina a diez metros a la redonda.

El monstruo se introdujo en el boquete.

Dentro, en el centro absoluto de la esfera, se encontraba la Reina Púrpura. Su cuerpo era un duplicado exacto de las crías, pero hipertrofiado: medía cuatro metros de largo, con un abdomen bulboso, pulsante y translúcido que latía al ritmo de un motor diésel primitivo, lleno de miles de huevos minúsculos y ámbar.

Al sentir la intrusión, la reina arqueó su espina dorsal y disparó un chorro de ácido puro, un cono de muerte líquida que cruzó el espacio interior del panal a quemarropa.

El ser negro se dobló hacia atrás en un ángulo imposible. El ácido rozó su oreja izquierda, derritiendo la punta cartilaginosa y chisporroteando contra el suelo de hielo interior. Antes de que la reina pudiera recargar su órgano eyector, el coloso se abalanzó sobre ella. Sus enormes garras se cerraron alrededor del cuello delgado y púrpura. Hubo un crujido seco, como el de una rama de abedul seco bajo una bota de hierro, y el cuerpo de la reina se desplomó, inerte, perdiendo el brillo en sus tiernos ojos redondos.

El silencio volvió a caer sobre el panal roto.

Fuera, las crías púrpuras que aún sobrevivían —unos veinte pequeños demonios violetas con el cuerpo manchado de sangre negra— descendieron lentamente a través del boquete abierto. Al ver a su madre decapitada y al intruso sentado, con solemne calma, en el mismísimo centro del nido, doblaron sus largas orejas hacia atrás y bajaron el hocico hasta tocar el suelo helado, en una perfecta y unánime señal de obediencia absoluta.

Tres semanas antes, a cinco mil kilómetros al norte, bajo la bóveda blindada de la ciudad subterránea de Neo-Ginebra, el aire olía a ozono, tabaco de contrabando y sudor frío.

Alrededor de un tablero holográfico hipertecnológico que proyectaba en tres dimensiones los relieves cambiantes del planeta, seis hombres y mujeres discutían con los rostros desencajados por la fatiga. Las luces de los proyectores teñían sus ojeras de un azul eléctrico.

—Es una ridiculez geométrica —gritó un hombre golpeando con la palma abierta la superficie táctil de la mesa—. Los malditos socialistas del Arca tienen una tecnología al menos 20 años inferior a la nuestra en purificación de agua, y aun así nos están barriendo en el tablero comercial del Círculo Polar. ¡Nos están ganando en nuestro propio terreno!

-Es el agua, Marcus—respondió una mujer alta, de cabello plateado cortado con precisión milimétrica y una mirada gélida como el nitrógeno líquido—. Es la geografía. Esa isla que llaman el Arca tiene una franja de tierra demasiado fértil debido a las corrientes termales submarinas, y controlan el acceso a las tres únicas rutas comerciales seguras del Estrecho de Drake.

—Eso no importa —terció una segunda mujer, ajustándose unas gafas de contacto que proyectaban datos directamente en sus retinas—. Los seres humanos no somos iguales. Por eso nuestra geniocracia de Novaterra no puede perder. La genética superior siempre encuentra un cauce de dominación; es una ley matemática.

Señaló con un dedo delgado un sector parpadeante en el mapa holográfico, ubicado en los desiertos helados del sur.

—El problema es la jalea del chupacabras púrpura —aseguró Marcus, cruzándose de brazos con desdén—. Esa porquería viscosa que todas las nuevas ciudades del planeta utilizan.

—Exactamente —respondió la mujer de cabello plateado—. Es el tercer recurso más valioso de toda la cuarta era. Y lo peor de todo: no lo controla nadie. Dependemos de la buena voluntad de esos malditos aldeanos bárbaros del sur, esos gigantes rubios que venden la jalea al peso en barriles de madera.

—Es imposible de controlar —suspiró otro de los consejeros, frotándose las sienes—. Si intentas dominar cualquier chupacabras escogerá suicidarse.

En ese preciso instante, las puertas blindadas del consejo se abrieron con un chirrido neumático. Nadie había anunciado su llegada.

Un hombre de mediana edad, con el guardapolvo manchado de fluidos bioluminiscentes y una sonrisa torcida que rozaba la demencia, entró sin pedir permiso. Llevaba en la mano derecha un control remoto con una pequeña pantalla de cristal líquido.

—La solución es trivial, estimados burócratas —dijo el hombre, cuya voz sonaba extrañamente metálica debido a un implante laríngeo.

Los miembros del consejo de genios se miraron mutuamente con desprecio.

—¿Y este bufón de los laboratorios de baja categoría de dónde ha salido? —murmuró Marcus.

—Escúchenme —continuó el intruso, ignorando las burlas—. Es cuestión de reemplazar la reina por otra.

El consejo estalló en risas secas y cortantes.

—¿Reemplazar la reina? —dijo la mujer de cabello plateado con una sonrisa condescendiente—. Cualquier otra reina será igual de incontrolable. Son autómatas genéticos, idiota.

El hombre del guardapolvo sonrió con suficiencia. Metió la mano libre en un contenedor térmico que arrastraba con una polea magnética y abrió la compuerta superior.

Un destello de oscuridad pura brotó del interior.

El contenedor se abrió con un silbido de despresurización. Del interior flotó, suspendido por campos de contención magnética de baja intensidad, un chupacabras negro bebé.

Los miembros del consejo retrocedieron de golpe, algunos derribando sus sillas de diseño ergonómico sobre el suelo metálico. Las pantallas holográficas parpadearon ante la presencia de aquella silueta musculosa, las orejas largas, el hocico tubular y las garras de obsidiana guardadas contra el pecho en un pliegue de la quitina.

—¿Eso... eso es...? —tartamudeó Marcus, pálido como un difunto—. Creíamos extinta esa estirpe desde hace siglos.

—Lo estaba —respondió el científico con una calma escalofriante, acariciando la superficie del campo magnético con un guante aislante—. Las industrias Ramson de la segunda era los diseñaron como armas de demolición biológica pura.

El hombre pulsó un botón en su control remoto.

El chupacabras negro emitió un chasquido agudo con su hocico, y sus alas de libélula temblaron ligeramente, generando una onda de presión que hizo zumbar los vasos de agua sobre la mesa.

—Un espécimen de estos —explicó el científico, pavoneándose alrededor de la criatura enjaulada con la elegancia de un domador de circo— puede tomar el lugar funcional de una reina púrpura, no porque ponga huevos, sino porque es capaz de infiltrarse en el centro de un panal, masacrar a la matriarca y esparcir sus propias hormonas dominantes desde el mismísimo núcleo de la estructura. Las crías púrpuras, al carecer de una figura materna y enfrentarse a una presencia de jerarquía alfa tan abrumadora, sufren un colapso en su neuroquímica de obediencia. Se rinden. Y lo mejor de todo...

El científico sacó un pequeño dispositivo emisor de frecuencias y presionó una secuencia de tres notas cortas y desafinadas, un sonido que recordaba al chirrido de una placa tectónica rozando contra otra.

El chupacabras negro bajó inmediatamente el hocico en un ángulo de cuarenta y cinco grados, plegando sus garras contra el suelo y emitiendo un ronroneo grave y sumiso que vibró en el pecho de todos los presentes.

—... Al chupacabras negro se le puede dominar fácilmente mediante esta frecuencia acústica específica —concluyó el hombre, mirando a los genios con una mezcla de triunfo y desprecio—. Un solo operador, con este pequeño aparato, puede controlar a la bestia. Y la bestia, a su vez, controlará un panal. Si instalamos suficientes de estos controlaremos todos los panales.
La jalea fluirá hacia Neo-Ginebra en cantidades industriales.

En la mesa del consejo, el silencio fue absoluto. La mujer de cabello plateado miró al monstruo enjaulado, luego al científico, y lentamente, muy lentamente, una sonrisa ambiciosa comenzó a dibujar sus labios.

—Hagamos el contrato —dijo ella, mientras el holograma del tablero sur señalaba el punto negro que, tres semanas después, descendería sobre el hielo eterno para dar inicio a una guerra por la jalea púrpura.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Ramsung galactic, capitulo 1.

La hermandad de la piedra, capitulo 1.

El gran ingeniero, temporada 2, capitulo 5