El último intelectual, capitulo 1.

 

El viento soplaba desde el este, levantando remolinos de polvo grisáceo y arena que raspaban la piel reseca de las mejillas. El páramo semidesértico se extendía hasta donde alcanzaba la vista, una vastitud de tierra cuarteada y bajo un cielo de un plomizo eterno, sin nubes, donde el sol apenas era una mancha blanquecina difuminada por la bruma tóxica. Por ese desierto de óxido y olvido caminaba Jonás. Llevaba las botas desgastadas por cientos de kilómetros de marcha silenciosa, cubiertas de una costra blanca de salitre y polvo.

A su alrededor, el paisaje era un cementerio industrial a cielo abierto. Montículos de automóviles descompuestos formaban dunas metálicas; las carrocerías, carcomidas por la corrosión y el tiempo, mostraban las entrañas de cables tostados y asientos desfondados. Entre la chatarra vehicular yacían los restos fragmentados de lo que alguna vez fueron la cúspide de la tecnología humana: pantallas de cristal líquido hechas añicos, microondas doblados como si fueran de papel aluminio y millones de pedazos de celulares esparcidos por la arena como conchas marinas en una playa muerta. Eran los fósiles de una civilización que se había ahogado en su propia obsolescencia.

Jonás no miraba los restos. Sus ojos, hundidos y de una mirada fría y analítica, se mantenían fijos en el horizonte ondulante. Sabía exactamente cuántos pasos daba por kilómetro, una métrica constante que mantenía su mente ocupada para no pensar en el ardor de la garganta.

Tras rodear una duna compuesta por lavadoras oxidadas y chasis de camiones de carga, divisó el edificio. O lo que quedaba de él. Una estructura de concreto armado con la mitad de su fachada colapsada, sobre la cual colgaba un letrero parpadeante de neón apagado desde hacía décadas, cuyas letras apenas formaban la palabra BAR. De las rendijas del techo brotaban raíces secas y filamentos de fibra óptica expuestos al aire libre.

Jonás empujó la puerta abatible, que cedió con un chirrido metálico y seco. El interior era una penumbra densa, iluminada tenuemente por un par de bombillas ámbar conectadas a un generador diésel que traqueteaba con fatiga en la parte trasera. El aire olía a humedad, a tabaco barato de contrabando, a sudor viejo y al dulzor fermentado del alcohol de baja calidad. Había tres o cuatro parroquianos sentados en taburetes cojos, con miradas perdidas en la nada, mascando su propio silencio.

Jonás se acercó a la barra de madera aglomerada, pegajosa al tacto. Apoyó las manos en ella y esperó un instante hasta que el cantinero —un hombre encorvado, con un parche de cuero negro cubriendo el ojo izquierdo y una camisa manchada de grasa— se acercó arrastrando los pies.

—¿Qué se te ofrece, viajero? —preguntó el cantinero con voz ronca, frotando un vaso con un trapo que parecía no haberse lavado en años.

—Una copa de whisky —respondió Jonás, con la voz seca por el polvo del páramo.

El cantinero lo evaluó de arriba a abajo con su único ojo visible, midiendo la peligrosidad del extraño.

—A quince de los nuevos dólares —sentenció el cantinero, esperando ver un gesto de duda o de rechazo ante el precio exorbitante.

Jonás asintió con total naturalidad, sin inmutarse.

—Quiero tres —pidió, colocando una mano firme sobre la barra.

El cantinero parpadeó, desconcertado. Frunció el ceño y se giró lentamente hacia un extremo de la barra, donde reposaba un cuaderno escolar de cuadrícula con las hojas amarillentas y dobladas en las esquinas. Abrió el cuaderno con torpeza, pasando páginas repletas de listas de precios tachadas y reescritas a mano con lápiz y pluma. Buscó la sección correspondiente al licor. Su dedo índice, calloso y sucio, recorrió renglón por renglón los cálculos impresos y anotados para saber exactamente a cuánto ascendía el total de tres copas de Whisky.

Mientras el cantinero luchaba con las sumas, Jonás hizo el cálculo en su mente en una fracción de segundo.

—Cuarenta y cinco dólares —dijo Jonás antes de que el hombre terminara de descifrar las marcas del papel.

El cantinero levantó la vista de golpe, con el ojo abierto de par en par por una mezcla de sorpresa y recelo. Se quedó inmóvil, sosteniendo el lápiz a medio aire sobre el cuaderno.

—¿Cómo... cómo lo hiciste tan rápido? —preguntó el hombre del bar, con un hilo de voz incrédulo—. Ni siquiera yo, que manejo la caja todos los días, le atino al primer cálculo sin usar la tabla de equivalencias.

Jonás lo miró fijamente, con una serenidad imperturbable.

—Aritmética básica. Entrenamiento, no talento —respondió con sequedad.

El cantinero soltó una exhalación corta, negando con la cabeza mientras cerraba el cuaderno de golpe, levantando una pequeña nube de polvo de las páginas.

—Hace mucho tiempo que los psicos dijeron que pensar demasiado era una enfermedad —dijo el hombre del bar, sirviendo el líquido ámbar en tres vasos pequeños de cristal grueso y opaco—. Decían que sobrecargar la cabeza con números y lógica era pensamiento obsesivo.

Jonás tomó el primer vaso, lo levantó un instante analizando el color y la densidad del licor antes de dar un sorbo pequeño que le quemó la garganta de manera reconfortante.

—Correcto —respondió Jonás con un tono sombrío—. Y ahora ya nadie tiene la capacidad para siquiera practicar su falsa ciencia.

El cantinero guardó silencio, sintiendo el peso de aquellas palabras.

Jonás se quedó solo con sus vasos. Bebió el segundo de un solo trago, sintiendo cómo el calor del alcohol disipaba momentáneamente el frío que llevaba calado en los huesos desde el amanecer. Sacó de su bolsillo interior un fajo de billetes arrugados, los nuevos billetes de curso legal emitidos por alguna autoridad regional efímera, y dejó los cuarenta y cinco dólares exactos sobre la madera pegajosa.

Antes de girarse para abandonar el local, Jonás dio un paso hacia el frente y levantó ligeramente la voz para alcanzar al cantinero, que limpiaba un vaso distante.

En ese preciso instante, uno de los parroquianos que estaba sentado en una mesa oscura, encorvado y sosteniéndose el abdomen con una mueca de dolor, se quejó en voz alta:

—¡Ay... maldita sea, cómo me duele el estómago! Creo que este licor me va a perforar las entrañas.

Jonás se giró hacia él, miró el vaso rebosante de alcohol barato que el hombre tenía enfrente, el cual flotaba en una capa aceitosa de rodajas de limón marchito.

—Te va a dejar de doler si dejas de echarle tanto limón al alcohol —dijo Jonás con voz firme—. La acidez combinada con el fermento industrial destruye la mucosa gástrica en una semana. Si quieres seguir bebiendo y conservar algo de estómago, tómalo solo.

El parroquiano lo miró con los ojos llorosos por el dolor, parpadeando confundido, pero asintió lentamente, apartando el plato de limones podridos con un empujón tembloroso.

Jonás volvió a su posición inicial frente al cantinero y repitió la pregunta, con la paciencia de quien sabe que la información es más escasa que el agua potable:

—¿Dónde hay una biblioteca?

El cantinero dejó el trapo sobre la barra, se frotó la barbilla cubierta de una barba rala y gris, y señaló con la cabeza hacia el exterior, en dirección al laberinto de callejones de la periferia.

—En la cuarta avena —respondió el cantinero.

Jonás frunció ligeramente el ceño. Sus labios se movieron en un atisbo de corrección mental.

“Avenida era el nombre correcto hace un siglo”, pensó Jonás para sus adentros, recordando los mapas antiguos que guardaba en su memoria como el tesoro más valioso de la humanidad. Hoy en día, esos lugares solo eran zanjas de tierra y escombros donde la gente sobrevivía en madrigueras improvisadas.

El cantinero se inclinó sobre la barra, bajando la voz y mirando a los lados con un brillo de urgencia en su único ojo sano.

—Apresúrate, forastero —le advirtió en un susurro grave—. En una semana la van a quemar.

Jonás sintió un golpe seco en el pecho, una punzada de rabia fría que contuvo de inmediato con su férrea disciplina mental.

—¿Quién? —preguntó, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.

—Los muchachos del este —respondió el cantinero con amargura—. Dicen que es papel desperdiciado.

Jonás asintió con la cabeza en un gesto seco y solemne. No hubo palabras de agradecimiento; en el páramo, las gracias eran una moneda tan devaluada como el papel moneda que acababa de gastar. La información ya había sido entregada, y el tiempo corría en su contra.

Dio media vuelta con paso firme, sintiendo el peso de su mochila de lona cargada con cuadernos en blanco y herramientas rudimentarias de escritura. Empuñó la puerta abatible del bar y salió de nuevo al exterior.

El viento del desierto lo recibió con la misma fuerza implacable, golpeando su gabardina raída y arrastrando el polvo sobre sus botas. Jonás ajustó las correas de su equipo, miró hacia el norte, donde los contornos oscuros de las edificaciones semidestruidas se recortaban contra el cielo plomizo, y comenzó a caminar.

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