El Lord Que, capitulo 4.

 

La luz gris y persistente del amanecer en Cornualles filtrábase a través de los cortinajes ajados del dormitorio principal, proyectando sombras alargadas sobre el papel pintado que se despegaba de las paredes con la humedad. El olor a alcanfor, a ungüentos medicinales rancios y a ropa de cama sin orear saturaba el ambiente. En el centro de aquella penumbra, recostado sobre una montaña de almohadas descoloridas, yacía Leopoldo.

El patriarca de la otrora orgullosa estirpe respiraba con un silbido sordo, un estertor bronquial que delataba la fragilidad de sus pulmones y el peso insoportable de una ruina financiera que había rozado su corazón antes que su bolsillo. Sin embargo, cuando la puerta de roble crujió suavemente y la imponente silueta de su hijo mayor cruzó el umbral —el chaqué impecable, las canas impecablemente peinadas, el bastón de ébano marcando un compás de inexorable autoridad—, los ojos apagados del anciano experimentaron un fugaz y febril destello.

—¿Qué ocurre, muchacho? —murmuró Leopoldo con voz áspera, intentando incorporarse sobre los codos, aunque un acceso de tos seca lo devolvió al lecho—.

Lord Que se acercó con paso pausado. Sus botas de cuero pulido apenas hicieron ruido sobre la alfombra gastada. Se detuvo a los pies de la cama, conservando esa rigidez postiza y elegante que desafiaba la miseria del entorno. Sus ojos de un azul pálido y gélido examinaron el rostro demacrado de su padre antes de articular palabra.

—No he venido a hablar de libros de contabilidad, padre —respondió el aristócrata con su habitual tono profundo y mesurado, impregnado de una calma glacial—. He venido a informarle que la crisis ha concluido. El embargo no se llevará estas paredes, y los campos volverán a rendir frutos.

Leopoldo frunció el ceño, frunciendo los labios en una mueca de incredulidad amarga. ¿Locura? ¿O la crueldad de una falsa esperanza?

—¿De qué hablas, insensato? —escupió el viejo con desdén—. El conde italiano nos ha robado hasta el último chelini. Estamos atados de pies y manos. A menos que tengas una mina de plata oculta en el bolsillo de tu chaleco de brocado...

—No tengo una mina —interrumpió el Lord Que con absoluta serenidad, inclinándose ligeramente hacia adelante apoyando ambas manos sobre el pomo de su bastón—. Tengo algo similar. Al otro lado de los terrenos, poseo una cabina. Y en el interior de esa cabina, dispuesta en lingotes y piezas fundidas por mis propias manos en el exilio, hay oro. Suficiente oro puro como para pagar todas nuestras deudas, recomprar las hipotecas y revitalizar cada acre de esta maldita tierra.

El silencio que siguió a la revelación fue tan espeso que pudo haberse cortado con un cuchillo de plata.

Por un instante, Leopoldo pareció petrificado. Sus globos oculares se dilataron hasta límites grotescos, la mandíbula inferior le tembló y el color de su piel pasó de la palidez cadavérica a un rubor febril. Y entonces, con una energía volcánica y antinatural, como si un demonio milenario lo hubiera poseído desde las entrañas del infierno, el anciano saltó de la cama. Las mantas volaron por los aires, las almohadas cayeron al suelo con estrépito y el patriarca se irguió sobre sus piernas flacos, descalzo, envuelto únicamente en su camisón de dormir de lino amarillento.

—¡HIJO MIO! —bramó Leopoldo con un grito estentóreo que hizo vibrar los cristales de la ventana y arrancó crujidos a las vigas del techo—. ¡DESDE QUE NACISTE SUPE QUE UN DÍA SALVARÍAS ESTA FAMILIA! ¡EL SUCESOR LEGÍTIMO! ¡EL SALVADOR DE NUESTRA SANGRE!

Se precipitó hacia su hijo con los brazos abiertos, tambaleándose por la debilidad pero impulsado por una codicia ciega y visceral, intentando atraparlo en un abrazo frenético.

Lord Que, sin perder ni un solo milímetro de su compostura, retrocedió un paso corto y medido, evitando el contacto efusivo con la misma frialdad con la que esquivaría el ataque de una bestia abisal. Su rostro no mostró una sola sonrisa de complacencia; en su lugar, una sombra de fría ironía cruzó su mirada.

—Curiosas palabras, padre —dijo el aristócrata, con la voz cortante como el filo de un bisturí—. Si mal no recuerdo, durante mis años mozos, cuando prefería encerrarme en la biblioteca a estudiar los tratados de filosofía y física en lugar de beber en las tabernas o apostar en las carreras, usted mismo se encargaba de recordármelo en cada cena familiar. Me dijo, textualmente, que por mi falta de ambición y mi desprecio por los negocios de la alta sociedad, yo era la oveja negra de esta casa.

Leopoldo, con el pecho agitando el camisón por la respiración anhelada y los ojos desorbitados por la euforia del metal precioso, se detuvo en seco. Soltó una carcajada nerviosa, ronca y estridente, mientras se pasaba una mano temblorosa por el cabello revuelto.

—¡Oh, vamos, muchacho! ¡Era una broma! ¡Ironía paternal, caramba! —exclamó el anciano, agitando las manos en el aire con falsa displicencia—. Siempre te ha faltado sentido del humor, hijo mío. El rigor británico te ha secado el alma. Pero ya habrá tiempo para debatir sobre mi gracejo más tarde. ¡Llévame ahora mismo! ¡Quiero verla! ¡Llévame pronto a aquella cabina!

Minutos después, envuelto en una pesada bata de terciopelo verde gastado que le quedaba grande, Leopoldo caminaba con pasitos apresurados —una mezcla ridícula de urgencia aristocrática y desesperación mendicante— a través de los pasillos de servicio que conducían al sótano. El olor a salitre y humedad de la piedra antigua se intensificaba a cada paso, pero el patriarca parecía inmune a los elementos; su única brújula era la promesa de la opulencia recuperada.

Al llegar al rincón apartado, detrás del estante de roble carcomido por la polilla que ocultaba la entrada, Lord Que movió con un empujón calculado el pesado arcón de aperos de labranza. La puerta oculta cedió con un crujido metálico, revelando el cubículo donde reposaba la tosca cabina de madera oscura y metal fundido.

Leopoldo se abalanzó sobre el armatoste como un avaro ante un cofre de piratas. Sus manos nudosas y temblorosas recorrieron los ensamblajes de madera petrificada, las clavijas de hueso y los cables de oro maleable que serpenteaban por la estructura. Con un gruñido de impaciencia, abrió la portezuela lateral del compartimento de carga donde reposaban los lingotes toscos, irregulares y relucientes que el aristócrata había fundido en el exilio cósmico.

La escasa luz que se filtraba desde el pasillo del sótano chocó contra las superficies doradas, desatando destellos amarillos y cálidos que danzaban sobre las paredes húmedas de piedra.

Los ojos de Leopoldo brillaron con un fuego febril, casi demoníaco. Su boca quedó entreabierta, dejando escapar un suspiro sordo, un jadeo de pura codicia extasiada. Acarició los lingotes con la yema de los dedos, sintiendo la densidad pesada, fría y perfecta del metal.

—Esto... esto es magnífico —susurró el anciano, con la voz rota por la emoción, sin apartar la mirada de la cabina—. Esto debe mantenerse en secreto, hijo mío.

Lord Que cruzó los brazos sobre su impecable chaqué, observando a su padre con fastidio analítico.

—Por supuesto, padre. Será un secreto familiar —respondió el aristócrata con sequedad.

Leopoldo enderezó la espalda con brusquedad, negando con la cabeza de manera enfática, mientras un brillo de absoluta paranoia cruzaba sus pupilas dilatadas.

—No. No me has entendido. Un secreto familiar implica que Francine y tu hermano Edward lo sabrán. Y las mujeres tienen la mala costumbre de malgastar.

En aquel preciso instante, por primera vez en toda su vida —ni ante la inmensidad hostil del cosmos, ni frente a los tentáculos del Tuksar, ni en la fosa común de los antiguos lores devorados—, el Lord Que perdió la compostura. Un tic casi imperceptible contrajo la comisura de sus labios y sus cejas se arquearon con una indignación genuina que quebró su máscara de fría perfección.

—¿Entre tú y yo? —repitió el aristócrata, con un tono cortante que hizo retroceder a su padre un paso—. Yo no le voy a ocultar esto a mi madre.

Leopoldo parpadeó varias veces, desconcertado por la inusitada firmeza de su hijo. Frunció los labios, sopesó la resistencia del dandy y, comprendiendo que en esta ocasión el pulso moral lo perdía él, levantó las manos en signo de rendición fingida.

—Está bien, está bien... Que lo sepa tu madre. ¡Mujeres al fin y al cabo, tienen derecho a un consuelo! —cedió el anciano con un chirrido de exasperación—. Pero entonces habrá que celebrarlo como Dios manda. Organizaremos un banquete. Invitaremos a todo el pueblo. Que los burgueses de Cornualles, los comerciantes que nos han mirado por encima del hombro y los malditos prestamistas vean que la estirpe de los Que ha resucitado de sus cenizas con más fuerza que nunca. ¡Que corra el vino de Alsacia y se asen bueyes enteros en los jardines!

El Lord Que cerró los ojos un instante, sintiendo cómo una jaqueca sorda comenzaba a latirle en las sienes. Exhaló una bocanada de aire denso y pesado, reprimiendo el impulso de golpear el suelo con su bastón de ébano.

—¡Padre! —exclamó el aristócrata, con un tono que era una mezcla de advertencia y fatiga infinita—.

Leopoldo hizo un gesto despectivo con la mano, restándole importancia con la ligereza propia de un aristócrata decadente y obstinado.

—Bueno, está bien. Si te parece excesivo para la plebe, no invitaremos al pueblo —cedió el anciano, adoptando un tono negociador y ligeramente infantil—. Pero hagámoslo al menos para la familia extendida. Solo invitaremos a nuestros cincuenta y siete parientes lejanos. Los tíos de Bristol, los primos de Devonshire... ¡Hace años que no nos reunimos bajo el mismo techo! Será una ocasión espléndida para restregarles nuestra nueva fortuna en las narices.

El Lord Que sintió que la paciencia, esa fibra nerviosa que había resistido la asfixia del espacio profundo, se deshilachaba peligrosamente. Su voz adquirió un matiz gélido y absoluto.

—¡Padre! —repitió, con un tono que heló la atmósfera del sótano.

Leopoldo lo miró de hito en hito, parpadeando con desconcierto ante la muralla inquebrantable de la negativa de su hijo. El patriarca resopló, cruzándose de brazos dentro de su holgada bata de terciopelo verde, con un puchero de frustración en los labios.

—Está bien, maldita sea... ¡No habrá tíos ni primos! —zanjó el anciano, resignándose con desgana—. Solo nosotros cuatro: tú, yo, tu madre y tus hermanos. ¡Pero tendrá que haber banquete! ¡Exijo un banquete en el comedor principal, con la vajilla buena, con faisán y champán, aunque tengamos que cazar el pájaro nosotros mismos en el bosque! ¡Necesito celebrar que hemos vuelto a ser ricos, por el amor de Dios!

El Lord Que permaneció inmóvil durante varios segundos. Sus ojos azules observaron la figura codiciosa y obstinada de su padre, iluminada por el brillo dorado y obsceno de los lingotes robados a las entrañas de un dios alienígena. Comprendió, con la fría resignación de quien acepta las leyes de la física o la estupidez humana, que ciertas cosas en la Tierra nunca cambiaban, ni siquiera cruzando los abismos del cosmos.

Lentamente, el aristócrata cerró los ojos, exhaló una bocanada de aire denso y volvió a inhalar con profunda parsimonia, reajustándose con dedos firmes la corbata de seda oscura al cuello de su camisa almidonada.

—Bien, padre —dijo el Lord Que, con una calma tan fría que helaba la sangre—. Habrá banquete. Pero los menús, los gastos y la discreción de la velada los administraré yo. Y ahora, suba a su habitación antes de que este frío del sótano termine de liquidar lo que sus pulmones apenas logran sostener.

Leopoldo, con una sonrisa triunfante y siniestra dibujada en el rostro arrugado, dio media vuelta y comenzó a ascender por los escalones de piedra con pasitos ligeros, relamiéndose ante la idea del festín, mientras el Lord Que se quedaba un instante más en la penumbra, contemplando la imagen mental de aquella caja de tentáculos silenciosos que reposaba en las entrañas de su hogar ancestral.

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