El Lord Que, capitulo 3.

 

El aire del sótano era denso, impregnado del olor a salitre, humedad y la piedra milenaria que constituía los cimientos de Cornualles. La penumbra envolvía las hileras de barricas vacías y los cajones olvidados por generaciones de antepasados que alguna vez creyeron que su estirpe duraría para siempre.

Lord Que se detuvo junto a un rincón apartado, detrás de un estante de roble carcomido por la polilla que servía para ocultar una pequeña cavidad en el muro de mampostería. Con la precisión metódica de un cirujano y la calma glacial de quien ha caminado por los abismos sin nombre del cosmos, depositó el artefacto. La caja metálica, de aristas imposibles y geometría casi orgánica, emitió un leve y a rítmico pulso. Sus tentáculos carnosos y translúcidos se replegaron con lentitud, rozando suavemente el suelo de tierra batida antes de quedar en total quietud, ocultos a los ojos de cualquier incauto que pudiera descender a estas profundidades.

—Permanece en silencio —susurró el aristócrata con voz baja, ajustándose los puños de la camisa almidonada—. Nadie debe conocer tu naturaleza... al menos, no todavía.

Se aseguró de bloquear el acceso con un pesado arcón de madera lleno de viejos aperos de labranza y lienzos inútiles. Una vez satisfecho con el camuflaje, dio media vuelta y comenzó a ascender por los escalones de piedra. Cada paso hacia arriba era un viaje de regreso a la superficie terrestre, al peso de la realidad familiar que había dejado atrás antes de emprender su travesía estelar. Las botas de cuero pulido crujían rítmicamente contra la piedra, acompañadas por el eco sordo de sus propios pensamientos.

Al cruzar la pesada puerta de roble que comunicaba el servicio con el recibidor principal, el contraste ambiental lo golpeó de inmediato. Ya no sentía la hostilidad gélida del páramo sin estrellas, ni el calor sofocante del horno de fundición improvisado con oro. Ahora respiraba el ambiente decadente de su hogar ancestral: un refugio de cortinajes raídos por el tiempo, chimeneas con cenizas frías y una atmósfera perpetua de duelo silencioso.

Avanzó por el pasillo flanqueado por retratos al óleo de antepasados severos cuyas miradas desdeñosas parecían juzgar el estado ruinoso de la mansión. Al llegar al salón principal, la luz grisácea que se filtravá a través de los ventanales ajados reveló una escena desoladora.

Su hermana Francine estaba sentada junto a la chimenea apagada, con las manos entrelazadas sobre su regazo, mirando fijamente el vacío con los ojos enrojecidos por el llanto constante. Unos metros más allá, su madre, doña Leonor, descansaba en un sillón de terciopelo gastado, sosteniendo un pañuelo de encaje entre los dedos con una fragilidad que parecía a punto de quebrarse en mil pedazos. Ambas conservaban los vestigios de una elegancia aristocrática, pero el dolor y la preocupación las habían debilitado de manera implacable.

El Lord Que se detuvo en el umbral. Su silueta, recortada contra la penumbra del pasillo, conservaba la rigidez inquebrantable de un dandy victoriano: el chaqué impecable, aunque con los remiendos invisibles fruto de su travesía, el chaleco de brocado y las canas peinadas con meticulosidad. Sin embargo, su expresión delataba una profunda extrañeza ante aquella quietud dolorosa.

—¿Qué ocurre? —preguntó el Lord Que, rompiendo el silencio sepulcral de la estancia con su voz profunda, resonante y calculada.

El sonido inesperado de su tono hizo que ambas mujeres dieran un sobresalto. Francine levantó la cabeza de golpe, parpadeando con incredulidad, como si temiera que su mente le jugara una cruel broma alimentada por la desesperanza. Leonor dejó caer lentamente el pañuelo, llevándose una mano temblorosa al pecho al fijar sus ojos cansados en la figura de su hijo mayor, el mismo que se había ido sin más.

—¿H... hijo? —balbuceó su madre, con un hilo de voz que apenas lograba sostenerse en el aire cargado de polvo y melancolía—. ¿Eres tú realmente, o es tan solo un fantasma tejido por nuestra aflicción?

—Soy de carne y hueso, madre —respondió él, avanzando un par de pasos hacia el centro de la sala, con las manos apoyadas con naturalidad sobre el pomo de su bastón de ébano—. Aunque reconozco que la frontera entre ambos estados se ha vuelto peligrosamente difusa tras mis recientes empresas. Pero no desviemos la atención. He notado una pesadumbre inusual en este hogar desde el instante mismo de mi llegada. Decidme, ¿qué ha sucedido en mi ausencia? ¿Por qué este silencio de tumba?

Francine fue la primera en ponerse de pie, con las piernas ligeramente temblorosas. Sus ojos reflejaban una mezcla de alivio por verle con vida y un dolor reciente que no sanaba.

—Nuestro padre sigue enfermo, hermano —dijo la joven, con la voz quebrada por un sollozo contenido—. Su salud se ha deteriorado de forma alarmante desde el invierno pasado. Ya no se levanta.

El Lord Que frunció levemente el ceño, sintiendo cómo una sombra de genuina preocupación cruzaba su rostro habitualmente impasible. Conocía la terquedad de su padre, un hombre aferrado a las viejas glorias de la aristocracia rural y al orgullo de un apellido que se desvanecía.

—¿Enfermo? —inquirió el Lord, con un tono analítico—. Cuando partí, su salud era robusta, propia de un roble viejo. ¿Qué clase de dolencia ha podido doblegarle de este modo tan repentino? ¿Ha intervenido el médico del pueblo? ¿Qué diagnóstico ofrece?

Leonor suspiró profundamente, un suspiro cargado de vergüenza y frustración que pareció hundirla aún más en el sillón.

—No es una enfermedad del cuerpo, hijo mío... o al menos, no comenzó siéndolo —intervino su madre, inclinando la cabeza con abatimiento—. Tu padre ha sido víctima de una estafa ruin. Aquel individuo sin escrúpulos que se hacía pasar por un Conde de Italia poco antes de que partieras. Con modales refinados, promesas de inversiones fabulosas en el extranjero y títulos nobiliarios rimbombantes que prometían nuestra fortuna.

Al escuchar aquellas palabras, una chispa de indignación glacial brilló en los ojos de color azul pálido del aristócrata.

—¿Un conde de pacotilla? —pronunció el Lord Que, con una mezcla de desdén y furia contenida que hizo que su voz adquiriera un matiz cortante—. Pero si yo les advertí antes de marcharme... ¡Les dije con absoluta claridad que ese hombre no era de fiar! sus credenciales carecían de la verificación genealógica adecuada.

El silencio que siguió a su exclamación fue denso, pesado como el plomo. Francine lo miró con los ojos abiertos de par en par, y doña Leonor lo contempló con una mezcla de desconcierto y un destello de dolor punzante en la mirada.

—¿Y de qué hablas ahora, hijo? —respondió su madre, con un tono de reproche teñido de profunda fatiga—. Te fuiste de repente, cruzando umbrales que nadie comprendía, ausente de este mundo durante 36 meses interminables.

Aquellas palabras cayeron sobre el intelecto del aristócrata como un mazo de hierro. A pesar de su frialdad calculada, de su férrea disciplina mental, el Lord Que sintió un repentino y agudo punzón de culpa atravesándole el pecho. Comprendió, con brutal claridad, que su obsesión por el conocimiento absoluto y su huida hacia lo desconocido habían dejado a su familia desprotegida frente a los depredadores del mundo real.

El aristócrata bajó la mirada por una fracción de segundo, un gesto inusualmente humilde en él, y apretó con fuerza el pomo de su bastón hasta que los nudillos de sus guantes crujieron levemente.

—Lo siento —murmuró el Lord Que, con una sinceridad inusual que apenas logró filtrarse a través de su orgullo herido—. Tienes toda la razón, madre. Mi búsqueda de la verdad me cegó ante las obligaciones más cercanas y mundanas. Asumo mi parte de responsabilidad en esta catástrofe.

Francine, al ver la inusual vulnerabilidad de su hermano mayor, dio un paso al frente y le colocó una mano temblorosa sobre el brazo cubierto por el impecable chaqué de lana fina.

—Las disculpas no van a llenar la despensa, hermano, ni van a pagar las deudas que se acumulan con los proveedores del pueblo —dijo la joven, con una amargura resignada en la voz—. Estamos al borde del abismo. La hacienda está hipotecada y los acreedores no tardarán en golpear a nuestra puerta exigiendo lo que por derecho creen suyo.

Lord Que alzó la vista de nuevo, recuperando la compostura con admirable rapidez. Su mente brillante, acostumbrada a resolver ecuaciones de ingeniería cuántica y a descifrar arquitecturas cósmicas complejas, comenzó a evaluar la situación financiera de la familia con la misma frialdad con la que un general diseña una estrategia de retirada táctica.

—Dime una cosa —preguntó el Lord Que, mirando directamente a su hermana, con los ojos fijos y analíticos—: Tras este desastre, ¿qué tanto nos queda? ¿Cuáles son nuestros recursos actuales, por escasos que sean?

Antes de que Francine pudiera responder, un crujimiento en la entrada del salón desvió la atención de todos. Desde la penumbra del pasillo apareció su hermano, Edward, aquel hombre regordete.

Edward exhaló un suspiro pesado, cruzándose de brazos con un gesto de derrota.

—Nos queda muy poco, hermano —admitió el joven con franqueza, sacudiendo la cabeza—. Del oro y las reservas de la familia, ni hablar; el supuesto conde se lo llevó absolutamente todo, hasta la última libra. Solo nos quedan algunas posesiones menores: un par de caballos viejos en los establos, la platería más modesta que los acreedores aún no han venido a confiscar, y lo que produzca la tierra de los campos circundantes. Y siendo honestos, la cosecha de este año ha sido pobre debido a las heladas tempranas y a la falta de mano de obra para trabajar los terrenos.

El Lord Que escuchó cada palabra con absoluta atención, procesando los datos, sopesando las variables y calculando los márgenes de supervivencia con la precisión de un ordenador cuántico humano. No hubo pánico en su expresión, ni lamentos estériles por la riqueza perdida.

Se acomodó las solapas del chaqué, alisó la corbata de seda oscura con un movimiento pulcro y exhaló una bocanada de aire con aplomo.

—Bueno —sentenció el Lord Que, con una calma absoluta que pareció devolver algo de oxígeno a la tensa atmósfera de la sala—. Si el capital monetario ha desaparecido por completo, tendremos que operar bajo estrictos principios de austeridad. No es el fin de la dinastía, por mucho que los buitres del pueblo lo deseen. A partir de este mismo instante, podemos vivir holgadamente... o al menos lo suficiente para sobrevivir con dignidad, siempre y cuando reduzcamos drásticamente nuestros gastos superfluos, eliminemos los lujos innecesarios y reorganicemos la administración de la tierra con criterios científicos y rigurosos.

Sus familiares lo miraron con una mezcla de asombro y perplejidad ante la fría tranquilidad con la que el aristócrata decretaba el fin de su cómoda opulencia.

—¿Reducir gastos? —repitió su madre, doña Leonor, con una sonrisa amarga y descreída—. Hijo mío, ya no hay lujos que recortar. Vivimos en la más absoluta estrechez.

—Siempre se puede recortar un poco más, madre —respondió el Lord Que con una ligera inclinación de cabeza, manteniendo esa elegancia anacrónica que ni el hambre, ni el frío del cosmos, ni la ruina financiera lograban arrebatarle—. Permítanme retirarme a mis habitaciones un momento. Necesito ordenar mis pensamientos, limpiar el polvo de los caminos interplanetarios que aún llevo adherido a la piel y trazar un plan de acción definitivo. Mañana mismo comenzaremos la reorganización de este hogar.

Sin esperar más réplicas, el aristócrata dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras principales hacia su antiguo dormitorio, dejando tras de sí a su familia sumida en un profundo y atónito silencio. Mientras ascendía por los peldaños de madera crujiente, con la mente ya trabajando en las mil y una formas de doblegar la adversidad terrenal, una sombra de fría determinación brillaba en su mirada. El Lord Que había regresado, y la realidad, por hostil que fuera, tendría que someterse a su intelecto.

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