El Lord Que, capitulo 2.
Los meses en aquel confín del cosmos no se medían en amaneceres, sino en la cadencia implacable de la asfixia y del frío. Lord Que aprendió a descifrar el latido sordo del suelo estéril, a olfatear la pestilencia mineral del aire para anticipar las ventiscas de ceniza y a cazar la fauna brutal del planeta —bestias quitinosas de sangre ácida y ojos múltiples que emergían de las grietas en busca de calor— utilizando trampas milimétricamente diseñadas con los restos de su propia elegancia. Arrancó las varillas de ballena de su corsé y las ballenas de sus cuellos almidonados para construir mecanismos de ballesta rudimentarios, transformando los restos de su guardarropa victoriano en un arsenal de supervivencia.
El hambre en aquel páramo no era un apetito común; era una urgencia corrosiva que raspaba las paredes del estómago como lija. Para paliarla, tuvo que encender hogueras con los únicos combustibles disponibles: los pergaminos rescatados de las ruinas del castillo parasitario. Cada vez que acercaba un fajo de cartas de antiguos lores devorados, de tratados de filosofía estelar o de diarios manchados de tinta desvaída a la chispa de la yesca, experimentaba una punzada de culpa intelectual. Sentía que quemaba pedazos de almas humanas, el testimonio desesperado de aquellos que habían creído hallar la sabiduría eterna. El olor del papel antiguo consumido por el fuego —una mezcla agridulce de celulosa tostada y polvo secular— impregnaba su barba crecida y sus manos ennegregadas. Pero el fuego era sagrado, y el cuerpo exigía tributo para mantener en marcha la maquinaria mental de un aristócrata dispuesto a no rendirse jamás.
Siguiendo las instrucciones precisas e inflexibles que exigía al Tuksar —aquella caja de tentáculos fríos y translúcidos que guardaba bajo el brazo como un compañero taciturno—, Lord Que emprendió la tarea titánica de la metalurgia en el exilio. Cavó en la roca viva, modeló arcilla refractaria mezclada con ceniza volcánica y, soplador en mano, construyó un horno de fundición improvisado que rugía con el calor de las grasas animales de la fauna cazada.
Sin embargo, el destino, con su ironía habitual, le reservaba un obstáculo fundamental: no había hierro, ni mineral de cobre, ni filones de níquel en aquel yermo de cenizas. No había acero.
Ante el dilema, sentado sobre una roca negra frente a su primitivo horno, Lord Que reflexionó con la fría serenidad de un matemático ante una ecuación insoluble. La solución brillaba, literalmente, a pocos metros de él. En el colapso de las cámaras subterráneas del castillo, entre los escombros de la cripta, había arrastrado consigo sacos y fragmentos del tesoro que el monstruo codiciaba. Montones de oro puro, coronas macizas, lingotes y vasijas ceremoniales cinceladas por civilizaciones olvidadas. El oro, blando en su estado natural, carecía de la dureza del acero templado, pero poseía una conductividad eléctrica inigualable.
—Si la física no me otorga la aleación perfecta —murmuró para sí, con la voz seca por la intemperie—, la alquimia de la necesidad se encargará de doblegar al metal de los reyes.
Comenzó la labor. Fundió varias porciones de oro en el crisol de arcilla, aguantando vapores sulfurosos que le abrasaban los pulmones. Con moldes tallados en piedra basáltica, vertió el metal incandescente para estirarlo en hilos finos y maleables, tejiendo a mano los cables conductores que alimentarían el circuito del artefacto. Utilizó madera petrificada de los extraños árboles caídos en el valle para armar la carcasa exterior, ensamblando las piezas con clavijas de hueso y tendones secos de las bestias abisales.
Construyó una máquina de teletransportación rudimentaria, tosca, del tamaño de una cabina, un armatoste asimétrico donde el brillo dorado del metal contrastaba grotescamente con la madera oscura y los tentáculos del Tuksar acoplados al panel central como un sistema nervioso orgánico y parásito. Sabía, con la certeza de un ingeniero meticuloso, que aquella estructura era inestable; los cálculos indicaban que el estrés molecular fundiría los cables tras un único uso.
Llegó el momento de la verdad. La noche del planeta, fría como el hálito de un cadáver estelar, envolvía el taller improvisado. Lord Que se colocó su chaqué —remendado con hilos de tendón y lavado con agua condensada—, se ajustó el chaleco de brocado y colocó la corbata de seda con la rigidez de un dandy que se prepara para una velada en la Ópera.
Entró en la cabina y cerró la puerta de madera. En el centro del panel, descansando sobre una base de filigrana de oro, introdujo el núcleo energético: una joya de cuarzo alienígena que latía con una luz interior, alimentada por el flujo magnético que el Tuksar canalizaba.
—Que la razón nos acompañe —susurró.
Con un golpe seco de su bastón sobre el mecanismo de ignición, liberó la energía.
El sonido fue un estallido sordo que no sacudió el aire, sino el tejido mismo del espacio. Una presión atroz comprimió su pecho, los colores del universo colapsaron en un punto ciego de luz blanca y pura.
El olor a tierra mojada, a musgo antiguo y a humedad de piedra caliza golpeó sus fosas nasales con una violencia desmedida. Ya no olía a ozono y ceniza muerta; olía a hogar, a podredumbre noble y a la decadencia familiar de la campiña inglesa.
Lord Que parpadeó contra la luz difusa de un atardecer grisáceo. Sus botas de cuero pulido —milagrosamente intactas pese a las penurias—al bajar de la máquina crujieron sobre la hierba alta y descuidada.
Alzó la vista. Allí estaba. Al borde de un acantilado cubierto de maleza se alzaba un gran y decadente castillo de piedra gris, de contornos góticos y tejidos de hiedra que trepaban por los torreones como venas cansadas. Era el hogar ancestral de los lores de su estirpe, una mole arquitectónica venida en desgracia, con las ventanas rotas cubiertas por cortinajes raídos y las chimeneas apagadas desde hacía décadas.
El silencio del lugar era pesado, interrumpido únicamente por el murmullo lejano del mar azotando los acantilados de Cornualles. Lord Que exhaló un suspiro profundo, sintiendo cómo el aire denso de la Tierra llenaba sus pulmones con una familiaridad punzante. Se acomodó las solapas del chaqué, se alisó las canas en las sienes con los dedos enguantados y dio un paso al frente.
El crujido de la grava bajo sus zapatos atrajo la atención de alguien que merodeaba por los jardines abandonados.
Desde la distancia, una silueta pesada y torpe comenzó a avanzar hacia él. Era un hombre bajo y notablemente gordo, enfundado en un abrigo de tweed desabotonado que le quedaba grotescamente holgado, con el pelo revuelto y una expresión de estupefacción infinita en el rostro redondo.
El sujeto se detuvo en seco a unos cuantos metros. Sus ojos acuosos y miopes parpadearon repetidamente, incapaces de creer lo que veían sus retinas. Cualquier otro mortal, al presenciar la materialización fantasmal de un hombre en un extraño objeto en medio de un destello de luz habría huido despavorido creyendo presenciar una aparición demoníaca o un delirio de la locura. Pero él no huyó. Lo que vio ante sus ojos —el hermano perdido, el dandy obsesivo que había partido en busca de los abismos del cosmos y al que daban por muerto en las gacetas y en los testamentos— superaba cualquier miedo terrenal. Era la prueba tangible de que el mundo, por absurdo que fuera, guardaba portentos inexplicables.
La boca del hombre gordo se abrió de par en par.
—¡HERMANO! —gritó con un alarido gutural, un torrente de incredulidad, alivio y desconcierto que quebró la quietud de los páramos ingleses.
Las lágrimas brotaron de inmediato en los ojos del hombre regordete, que comenzó a correr con torpeza patética, agitando los brazos y tropezando con sus propias piernas a través de los arriates descuidados.
Lord Que no se inmutó. Conservó su postura impecable, con el mentón ligeramente alzado y las manos apoyadas con naturalidad sobre el pomo de su bastón de ébano. Mientras el eco del grito se apagaba contra los muros de piedra del viejo castillo, una ligera y casi imperceptible sonrisa de suficiencia cruzó los labios del aristócrata.
El Lord Que estaba de nuevo en casa.
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