El doctor gusano, capitulo 1.
El aire del claro del bosque olía a ozono, humedad resinosa y al sutil y punzante aroma del amoniaco que exhalaban los respiraderos del laboratorio. Era una estructura mastodóntica de titanio oscuro y cristal polarizado, camuflada arteramente entre abetos centenarios y helechos gigantes que filtraban la luz del sol en haces dorados y polvorientos.
Dentro, el silencio era solemne, casi sagrado, solo roto por el zumbido armónico de los bio-reactores y el goteo rítmico de un suero fosforescente que pendía sobre una camilla de aleación quirúrgica.
En el centro de esa catedral de la ciencia moderna se encontraba Matheus. A sus treinta y cinco años, su rostro reflejaba el cansancio crónico de las noches en vela, pero también una fe ciega, febril e incandescente en su propia obra. Sus ojos, inyectados en sangre por la tensión, brillaban con una mezcla de orgullo y locura controlada. Creía firmemente que el dolor no era más que el peaje inevitable del progreso, que la carne humana tal como la conocíamos era un borrador obsoleto, y que él estaba a punto de escribir el prólogo de la nueva era.
—La evolución no pide permiso —susurró para sí, con la voz seca, mientras ajustaba los últimos electrodos de neuromodulación a lo largo de su columna vertebral—. No es un salto al vacío; es una recalibración.
Con un temblor en los dedos —más producto de la euforia que del miedo—, activó la secuencia principal de la reedición genética.
El impacto fue instantáneo. No hubo un grito; el aire pareció ser succionado de sus pulmones de golpe. Una descarga de frío ártico, seguida inmediatamente por un calor abrasador que recorrió cada terminación nerviosa, invadió su torrente sanguíneo. Sintió cómo el ADN de su interior se desataba, deshilachándose como hilos de lana bajo unas tijeras invisibles. Las proteínas de sus células comenzaron a bailar al ritmo de una música caótica y alienígena.
Pero la perfección es un margen estrecho. En el último nanosegundo de la calibración, un microprocesador central, recalentado por el esfuerzo computacional, sufrió una oscilación térmica. Una variación de una mil millonésima parte en el cálculo estequiométrico del vector viral alteró catastróficamente la directriz morfológica.
El proceso, diseñado para ser un proceso elegante y paulatino de adaptación celular, se desbocó en una cascada hiperaccelerada.
La piel de Matheus perdió su elasticidad habitual, volviéndose translúcida y gelatinosa. Sus huesos, en un proceso de reabsorción ósea vertiginosa, crujieron con un sonido seco, similar al de ramas crujiendo bajo la nieve, antes de ablandarse y plegarse sobre sí mismos. Sus extremidades se encogieron, encogiéndose los músculos y compactándose los órganos en una masa densa y rechoncha. El dolor no fue agudo; fue un colapso sordo de la propia identidad física, una compresión implacable que lo estrujó desde adentro hacia afuera.
Cuando la tormenta celular amainó, el laboratorio quedó en un silencio sepulcral.
Sobre la fría superficie de metal de la camilla ya no yacía un hombre de metro ochenta. En su lugar, reposaba una criatura de apenas veinte centímetros de largo, dotada de una gordura inverosímil y rechoncha, con cuatro pares de patas regordetas provistas de diminutas garras. Su piel estriada y su cabeza semitransparente eran, sin lugar a dudas, idénticas a las de un tardígrado; un oso de agua colosal en miniatura, atrapado en un cuerpo que desafiaba cualquier lógica anatómica previa.
Matheus intentó exhalar, pero sus pulmones habían desaparecido, reemplazados por un sistema de intercambio osmótico que absorbió el aire circundante con un frescor metálico en su nueva piel. Intentó hablar, abrir la boca para proferir una maldición o un grito de auxilio, pero su mandíbula humana se había fundido en una estructura bucal cónica y retráctil. Las palabras, sin embargo, no necesitaron vibración en las cuerdas vocales. El pensamiento fluyó directo, nítido y desconcertado en el vacío de su mente:
«Esto no es lo que esperaba... Para nada. Pero no importa. Tranquilo, Matheus. Seguro que mi amigo Frank me ayudará a arreglarlo. Es un genio con la bioingeniería; él sabrá revertir esta locura. Solo tengo que descubrir cómo llegar con él».
El laboratorio, que antes le quedaba a la medida, se había transformado de pronto en un cañón de titanio inabarcable. La camilla era un acantilado imposible. Pero la mente de Matheus, a pesar del shock genético, conservaba el intelecto analítico del científico. Sabía que no podía quedarse allí; el sistema de autolimpieza del complejo se activaría al amanecer con radiación UV letal.
Con una lentitud desesperante, arrastró su cuerpo regordeto y pesado por la superficie de la mesa. Sus múltiples patitas se movían con una torpeza calculada, resbalando levemente sobre los restos de gel conductor. Tenía que improvisar un medio de transporte. Un vehículo. Algo que lo sacara de ese mausoleo de acero.
Guiado por el instinto y por los recuerdos de su taller personal en el rincón del laboratorio, comenzó a trabajar con las únicas herramientas que su nuevo cuerpo y el entorno le permitían.
Durante horas —un tiempo que para su metabolismo desacelerado se sintió como una eternidad—, ejerció presión con su abdomen contra los mecanismos sueltos de un viejo prototipo mecánico. Con un esfuerzo titánico que hizo vibrar su piel translúcida, logró extraer un par de resortes de alta tensión de un panel de control desvencijado. Después, con la paciencia de una hormiga titánica, empujó un frasco cuentagotas hasta inclinarlo, dejando que varias gotas de aceite lubricante de alta densidad cayeran sobre una superficie cóncava que serviría de fuselaje.
Pero faltaba lo más importante: la propulsión.
Sus pequeñas garras tantearon el suelo hasta dar con un objeto que en su otra vida habría ignorado, pero que ahora parecía un monolito sagrado: una caja de cerillos de seguridad. Con un esfuerzo supremo, utilizando su peso para hacer palanca, empujó la caja hasta volcarla. De su interior rodó un único cerillo flamable, con su cabeza de fósforo intacta y áspera.
A ras de suelo, utilizando los resortes como lanzaderas de compresión y una placa de circuito impreso como plataforma de despegue, construyó una estructura improvisada. Era un cohete burdo, un artefacto de un solo uso, frágil y desesperado, alimentado por la fricción mecánica y el potencial calorífico de la cabeza del cerillo rozando contra una tira de lija que él mismo había desprendido de una mesa de trabajo.
se posicionó en la ojiva de su minúsculo ingenio. Sus patitas se aferraron a las estrías del metal.
Con un último golpe coordinado de su masa corporal, liberó el seguro del resorte.
Crack.
El resorte se desenderezó con violencia, disparando el mecanismo de fricción. La cabeza del cerillo rozó la lija a velocidad vertiginosa. Una chispa diminuta, brillante como una estrella fugaz en la oscuridad del taller, saltó voraz.
El azufre prendió al instante.
Un silbido agudo, ensordecedor para su nueva sensibilidad auditiva, rasgó el aire. La pequeña columna de fuego ardió con una furia inesperada, expulsando gases calientes hacia abajo. La propulsión comenzó de golpe. El cohete improvisado tembló violentamente, despegando de la placa de circuitos con una aceleración brutal que comprimió el cuerpo gelatinoso de Matheud contra la base.
¡Zas!
El artefacto voló en línea recta, cruzando el vasto espacio del laboratorio a ras de piso, esquivando cables colgantes y patas de sillas como si fueran rascacielos. La fuerza centrífuga y el empuje del fuego quemaron ligeramente la capa más externa de su cutícula, liberando un olor a queratina tostada, pero la inercia era imparable.
Hacia el final de la trayectoria, el cohete se estrelló contra una sección de cristal templado que había sido debilitada previamente por un experimento fallido. El impacto hizo añicos el vidrio en mil pedazos relucientes que cayeron como una lluvia de diamantes.
En ese preciso instante, aprovechando la apertura y la onda expansiva, Matheus saltó hacia abajo.
Cayó en caída libre desde una altura que, para su diminuta escala, equivalía al abismo de un cañón. El aire fresco del bosque lo golpeó de golpe, un torrente de oxígeno puro, polen, tierra mojada y el aroma inconfundible de la libertad silvestre.
Plof.
Su cuerpo elástico y regordeto amortiguó el impacto contra el musgo espeso del suelo del claro, rebotando un par de veces antes de quedar completamente inmóvil sobre una hoja de trébol húmeda de rocío.
Matheus abrió sus diminutos ojos, enfocando el entorno. Las briznas de hierba se alzaban a su alrededor como imponentes secuoyas verdes; las gotas de rocío colgaban como esferas de cristal líquido que reflejaban la luz del amanecer. Arriba, el cielo se extendía inmenso, azul y lleno de promesas.
Ahí estaba. Reducido a un oso de agua colosal, varado en un mundo microscópico, pero listo para emprender la más extraña, peligrosa y larga travesía de su vida en busca de su amigo.
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