Matriarcal, capitulo 6.
El hambre de tres cuerpos en constante crecimiento exigía más de lo que la cumbre podía ofrecer. Una noche sin luna, llevados por el instinto de cacería y la audacia, la pequeña manada bajó sigilosamente hacia los linderos de la tribu. Se adentraron en los corrales de madera donde el clan resguardaba su ganado: gruesas bestias de carga de piel dura. La incursión fue rápida, pero el crujido de una cerca de madera alertó a uno de los centinelas de la tribu.
El hombre avanzó con una antorcha en alto, esperando encontrar un dingo solitario. En su lugar, la luz anaranjada reveló a tres figuras monstruosas devorando a una de las reses. Antes de que el centinela pudiera gritar o reaccionar, Tok emergió de la penumbra. Con un rugido gutural y una velocidad cegadora, se abalanzó sobre el hombre. Sus garras de pedernal negro le cortaron el aliento y la garganta en un solo trazo limpio, silenciando el peligro antes de que la alarma se extendiera.
Sin embargo, el rastro de sangre y el cadáver hallado al amanecer revelaron la aterradora verdad: la criatura no estaba sola, y la mujer a la que dieron por muerta había engendrado la peor de sus pesadillas.
La tribu no tardó en reaccionar. El pánico se convirtió en furia patriarcal. Los ancianos y el gran sacerdote decretaron la erradicación total de la amenaza. No era solo una cacería; era una guerra para restaurar el honor y borrar la deshonra. Decenas de hombres armados con lanzas endurecidas, garrotes pesados y antorchas impregnadas en grasa comenzaron a movilizarse al pie de la montaña, preparando un ataque masivo y abierto para tomar la cumbre al amanecer.
Desde la cornisa superior, Naya observó el enjambre de luces y el movimiento de las tropas abajo. Sabía que un enfrentamiento directo en terreno abierto significaba la muerte. Su cuerpo y el de sus hijos eran fuertes, pero la tribu contaba con la ventaja del número, el metal y la disciplina de guerra.
Naya actuó con frialdad estratégica. Condujo a Kar, Tok y Mun hacia las profundidades de la cueva ancestral donde el viejo reptiloide había muerto. Los introdujo en la cavidad más estrecha e inaccesible, bloqueando parcialmente la entrada con bloques de roca pesada.
—Quédense aquí —les ordenó, mirándolos fijamente a los ojos—. No salgan hasta que la montaña vuelva a estar en silencio.
Tok gruñó, mostrando sus garras y resistiéndose a quedarse relegado, pero Naya le apoyó la vara con firmeza en el pecho hasta que el joven cedió y se replegó junto a sus hermanos. Mun se abrazó a la espalda escamosa de Kar, quien se agazapó como un escudo viviente frente a la hendidura.
Con sus hijos a salvo, Naya y la montaña se prepararon para la batalla.
Ella no pelearía como un soldado; pelearía como una madre rebelde que conoce cada grieta, cada piedra suelta y cada corriente de viento de su dominio. Durante las horas previas al alba, Naya preparó su propia estrategia de guerrilla y escaramuzas: desprendió grandes rocas en los pasos más estrechos para crear trampas de derrumbe, impregnó puntas de madera con el veneno de las plantas del monte y escondió proyectiles a lo largo del sendero que los hombres tendrían que ascender obligatoriamente.
Al despuntar el sol, el choque era inevitable. Abajo marchaban los hombres: la fuerza bruta de lo humano, la estructura, la ley del clan, la doctrina patriarcal y la venganza. Arriba esperaba la madre indomable junto a la sombra de lo semihumano: una fuerza nacida del trauma, la resistencia salvaje y el instinto puro de supervivencia.
Los primeros pasos de los guerreros retumbaron en la ladera. Naya, empuñando una lanza de madera gruesa y con la mirada ardiendo en furia, se recortó contra el horizonte en lo alto del desfiladero. La guerra por el monte prohibido acababa de comenzar.
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