Matriarcal, capitulo 3.

 El sol caía de plomo sobre las laderas secas de la parte media de la montaña, calentando la tierra roja hasta volverla un horno que despedía oleadas de vapor invisible. Naya corría a pie desnudo entre los matorrales espinosos. Su cuerpo había cambiado por completo: la fragilidad de hacía unos meses se había evaporado bajo el sol severo del monte prohibido. Ahora, su vientre era un globo firme, abultado y pesado que marcaba el centro exacto de su gravedad, pero lejos de entorpecerla, parecía sostenerla con una vitalidad aplastante.

Frente a ella, un canguro de gran tamaño saltaba entre las rocas, dejando tras de sí una estela de polvo y el chasquido seco de la vegetación rota. El animal, acorralado en un saliente de la pared rocosa, frenó en seco. En un movimiento brusco, giró sobre sus patas traseras, irguiéndose a más de metro y medio de altura. Sus ojos oscuros y brillantes clavaron la mirada en la mujer; bufó con rabia, apoyando todo el peso del cuerpo en su gruesa cola para lanzar una patada frontal con sus garras afiladas, capaz de destripar a un hombre de un solo golpe.

Cualquier humana común se habría replegado ante la amenaza de la bestia, pero Naya no sintió miedo.

En el instante preciso en que las garras del canguro cortaron el aire con un silbido sordo, una oleada de calor violento brotó desde lo más profundo de su vientre. No era un dolor, sino una pulsión salvaje, una inyección de fuerza fría e instintiva que le recorrió la espina dorsal como un relámpago. Con una agilidad sobrehumana que desafiaba su propia anatomía, Naya se agachó y esquivó la patada rozandopenas el pelaje áspero del animal.

En el mismo movimiento, su mano derecha se cerró sobre un canto rodado, denso y pesado como el hierro, medio enterrado en la arena. Sin pausar el impulso, impulsada por la energía frenética que manaba de la nueva vida en su interior, Naya armó el brazo y lanzó la piedra.

El proyectil zumbó en el aire y golpeó directamente en el cráneo del canguro.

¡CRAC!

El sonido seco del hueso roturándose resonó contra las paredes de la cumbre. El animal cayó a plomo, sin emitir un solo gemido, desplomándose sobre la tierra seca con un impacto sordo. La muerte había sido instantánea.

Naya se quedó de pie durante un segundo, respirando por la nariz en bocanadas profundas y rítmicas. El sudor le corría por las sienes, mezclándose con la tierra pegada a su piel cobriza, pero sus músculos no temblaban. Se acercó a la presa. El olor a sangre fresca y caliente, salado y metálico, impregnó el ambiente. Con una soltura que le habría parecido imposible meses atrás, Naya levantó el enorme cuerpo del canguro sobre sus hombros. El peso era descomunal, pero ella simplemente se reajustó la postura, afianzó los pies sobre la grava resbaladiza y comenzó el ascenso hacia la cima de la montaña.

Subió sin esfuerzo aparente, pisando sobre las espinas que antes le habrían sacado sangre y que ahorapenas sentía sobre la planta curtida de sus pies.

Al llegar a un pequeño plato de roca resguardado del viento, depositó la presa sobre la piedra plana. Usando una lasca de pedernal afilada que llevaba atada al talle, abrió la piel del animal desde el cuello hasta el vientre. El vapor del cuerpo caliente de la bestia subió hacia su rostro. Naya destazó el músculo magro de las muslos con cortes precisos y limpios. Comió allí mismo, devorando la carne jugosa y nutritiva con la voracidad impuesta por la criatura que crecía en su vientre, sintiendo cómo cada bocado alimentaba no solo sus fuerzas, sino la naturaleza cambiante del ser que llevaba dentro.

Cuando terminó, se limpió la sangre de los labios y las manos con un manojo de hierba seca, recogió las pieles y los restos que le servirían para la noche y continuó el tramo final hacia el punto más alto del monte prohibido.

Al cruzar la última cornisa de piedra que coronaba la montaña, el viento de la cumbre le azotó el cabello. Frente a ella se abría un anfiteatro natural rodeado de grandes bloques de granito. Y allí, en el centro mismo del recinto rocoso, se erigía lo que sus manos habían estado moldeando durante las últimas semanas.

Era un enorme nido.

La estructura no se parecía a nada que su gente hubiera construido jamás. No era una choza de barro ni un refugio de ramas de la tribu. Tenía un diámetro de casi cuatro metros y una forma circular perfectamente cóncava. Naya lo había ido entretejiendo con troncos caídos de acacia gruesos en la base, reforzando las paredes con capas tupidas de matorrales espinosos, raíces flexibles y heno silvestre. En el interior, para suavizar el lecho, había acumulado montones de musgo seco, plumas de aves rapaces que recolectaba en las alturas y capas de pieles de animales curadas con la grasa del desierto.

Naya se acercó despacio al borde de la estructura y acarició con la palma de la mano el armazón de madera y vegetación.

No estaba segura de por qué lo estaba construyendo. Ninguna mujer de su tribu había dado a luz en una estructura semejante; los hombres enseñaban que las chozas debían ser rectangulares y de barro bajo la autoridad del clan. Sin embargo, su mente racional había quedado subordinada a un llamado más antiguo y visceral. Los impulsos no venían de su cabeza, sino de la criatura que pateaba con fuerza bajo su piel. El instinto la empujaba a edificar una guarida impenetrable, un refugio térmico, alto y protegido de los vientos del valle, donde nada ni nadie pudiera sorprenderla cuando llegara el momento.

A través del espacio del nido, parecía la mejor opción. La única opción correcta.

Se adentró en el centro del lecho blando y se dejó caer de rodillas sobre las pieles blandas. Desde allí arriba, contempló la inmensidad del desierto que se extendía a cientos de metros bajo sus pies, donde la pequeña tribu que la había repudiado no era más que un punto insignificante en la nada. Naya abrazó su vientre prominente, sintiendo el movimiento rítmico y poderoso de la vida en su interior, lista para esperar el día en que la montaña viera nacer a su nuevo dueño.

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