Matriarcal, capitulo 1.
La noche sobre el desierto australiano no era una sombra tibia, sino un manto pesado de polvo seco y frío que se metía por las narices y agrietaba los labios. Dentro del refugio de ramas trenzadas y barro seco, el aire olía a sudor rancio, grasa de manguera vieja para ahuyentar insectos y al humo sofocante del brasero que agonizaba en el centro del suelo.
Naya estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la tierra dura, rodeándose el vientre con ambos brazos. Su embarazo apenas comenzaba a perfilarse; era apenas un abultamiento firme bajo su piel cobriza, una presencia silenciosa pero aplastante que había alterado el pulso de todo el campamento. A contraluz, la silueta de los dos hombres recortaba la entrada de la choza. Permanecían de pie, en silencio, cargando lanzas de madera endurecida al fuego y garrotes pesados.
Eran sus guardianes, sus carceleros.
En aquella tribu, el orden del mundo era inmutable y violento. Los hombres poseían las tierras, las herramientas y a las mujeres. La sentencia dictada por los ancianos al amanecer aún resonaba en el pecho de Naya con la fuerza de un truco de trueno: el niño que llevaba dentro debía ser exterminado tan pronto como pisara la tierra. No matarían a Naya; su cuerpo seguía siendo propiedad de la tribu, un recipiente útil para futuras descendencias "puras". Pero aquel fruto marchito, aquella criatura concebida fuera de las leyes de los hombres, no tenía derecho a respirar. La ley del clan no admitía excepciones, pues un vientre manchado afectaba el honor del linaje.
Naya apretó los dientes. Las lágrimas le escocían en los ojos, pero no dejó que cayeran sobre la piel de sus mejillas. Dentro de su vientre, algo se agitaba: un instinto ancestral, una corriente de sangre hirviente y fiera que desafiaba milenios de sumisión. No era solo la idea de ser madre; era una fuerza salvaje, más antigua que las leyes de los ancianos, que le gritaba que ese ser dependía entero de su respiración. Tenía que protegerlo, costara lo que costara.
A su izquierda, la pared del refugio crujió suavemente con la brisa nocturna. Naya bajó la mirada, disimulando el movimiento bajo el pliegue de su manto de piel de canguro. Una de las tablas que reforzaba la base de la estructura se había desprendido del amarre de cordel vegetal. La madera estaba astillada, pesada, de corteza rugosa. Era su única arma. Su única oportunidad de libertad o su pase directo a una muerte inmediata. Si fallaba, las lanzas de los guardianes no dudarían en atravesarle el pecho para evitar la deshonra de una fuga.
Esperó. El tiempo en la oscuridad parecía estirarse como el cuero seco.
Poco a poco, las voces del campamento se apagaron. Los perros salvajes dejaron de aullar a la distancia y el único sonido que quedó fue el crepitar de las últimas brasas y la respiración pesada, rítmica, de los cazadores dormidos en las chozas vecinas. Afuera, los dos guardianes comenzaron a cambiar el peso del cuerpo de un pie a otro, agarrotados por el cansancio de la guardia. El olor a grasa de castor y polvo fresco flotaba desde el exterior.
Naya extendió la mano despacio, milímetro a milímetro. La madera de la tabla estaba fría, desgastada por las lluvias pasadas, pero su núcleo era denso y duro. La desenganchó del amarre de fibra con un tirón sordo, ahogando el crujido contra la piel de sus muslos. Sostuvo la tabla con ambas manos, sintiendo el peso de la corteza clavarse en sus palmas.
Llegó el momento.
Naya se arrastró hacia el costado opuesto de la entrada y arrastró una piedra pequeña con la punta del pie, haciéndola golpear contra una vasija de barro seca en la esquina más oscura del refugio.
¡CLAC!
El sonido rompió el silencio como un latigazo. Los dos vigilantes se tensaron al instante. Las sombras de sus cabezas se inclinaron hacia el interior de la choza.
—¿Qué fue eso? —murmuró uno de ellos con voz áspera, rasposa por el humo.
Sin esperar respuesta, los dos hombres cruzaron el umbral. El primero se agachó para sortear el dintel bajo, sosteniendo su garrote en alto. En ese preciso milisegundo, Naya emergió de la penumbra con una fuerza que no sabía que poseía. Puso el peso de todo su cuerpo en el impulso y descargó el canto grueso de la tabla de madera directamente contra el lateral del rostro del hombre.
El impacto sonó como una rama gruesa quebrándose. Un chasquido seco de hueso y piel.
El cazador emitió un ahogado gemido de sorpresa y cayó de lado, derribando al segundo hombre que venía justo detrás. La sangre, caliente y con un fuerte olor metálico, saltó sobre el hombro desnudo de Naya. La oportunidad duraría un par de segundos. Aprovechando que su embarazo estaba en una etapa temprana y su cuerpo aún conservaba la agilidad de las grandes caminatas, Naya saltó sobre los cuerpos caídos en la entrada, raspándose las rodillas contra el suelo pedregoso.
—¡Se escapa! ¡La mujer se escapa! —gritó el segundo vigilante, intentando librarse del peso de su compañero inconsciente.
El grito desgarró el silencio de la noche australiana. Casi de inmediato, las sombras del campamento cobraron vida. Hubo murmullos confusos, pasos pesados sobre la hojarasca y el chasquido del fuego encendiéndose en las antorchas.
Naya no miró atrás. Corrió.
El viento helado le golpeó el rostro como una bofetada, cortándole el aire en la garganta. Sus pies descalzos se clavaban en las espinas secas y las piedras afiladas de la sabana, dejando rastros de sangre sobre la tierra roja. Detrás de ella, las voces de la tribu se multiplicaban, convirtiéndose en un enjambre de rugidos y órdenes de caza. Los hombres corrían tras sus pasos, sus sombras agigantadas por la luz de las antorchas que avanzaban rápidamente a través de la maleza.
Frente a ella, alzándose contra el cielo estrellado como un gigante dormido y siniestro, se perfilaba la silueta del monte sagrado. Un macizo de roca oscura, cortado por grietas profundas y vegetación venenosa. Aquel lugar estaba estrictamente prohibido por los ancianos. Las historias de la tribu hablaban de él como un territorio maldito, un reino de espíritus hambrientos y criaturas que no pertenecían al mundo de la luz. Cruzar sus límites significaba la condena eterna o la muerte a manos de lo desconocido.
Llegó al pie de la ladera. El terreno comenzó a empinarse rápidamente, volviéndose resbaladizo por la grava suelta. Los gritos de los cazadores estaban cada vez más cerca; podía oír el jadeo de los hombres y el impacto de sus pisadas sobre la hierba seca. Naya se detuvo un instante sobre un saliente de piedra, con el corazón martilleándole en las costillas y el abdomen contrayéndose por el esfuerzo.
Miró hacia atrás. Abajo, en la penumbra del valle, las antorchas formaban una serpiente de fuego que avanzaba sin piedad. Rompió a llorar. Las lágrimas corrieron calientes por su piel manchada de tierra y sangre enemiga. Lloraba de terror, de dolor, pero sobre todo de una abrumadora sensación de injusticia.
Las acusaciones de la tribu, las miradas de asco de las mujeres, los insultos de los ancianos... Todo volvió a su mente en un torbellino desgarrador. Habían dicho que ella era una impura, una mujer que había entregado su cuerpo en secreto por lujuria a un extraño.
Pero no era verdad. Ella jamás había sido infiel.
El llanto la arrastró hacia atrás en el tiempo, a la noche en que su vida se fracturó para siempre...
El recuerdo la golpeó con la frescura del viento nocturno de hacía unas cuantas lunas. Naya caminaba sola por los márgenes del arroyo seco, buscando raíces de arbusto para la comida del día siguiente. La luna llena bañaba el paisaje de un blanco azulado y espectral. El silencio era absoluto, roto únicamente por el crujido de sus propios pasos.
Entonces, el olor cambió. Un hedor fétido, similar al de la carne en descomposición mezclada con barro estancado y almizcle agrio, impregnó el aire.
Antes de que pudiera girarse, una garra húmeda y pesada le rodeó la garganta, ahogando su grito. La criatura la arrastró hacia la oscuridad de una cueva profunda. La luz de la luna apenas alcanzaba a iluminar la pesadilla que la sostenía: no era un hombre, ni era una bestia común. Era una criatura aberrante, de piel escamosa y verdosa, con placas córneas que le cubrían la espalda como a los grandes reptiles del desierto. Sus ojos, grandes, amarillos y carentes de párpados, reflejaban una frialdad absoluta.
Aquel ser, de torso humanoide pero extremidades deformes y garras afiladas, la mantuvo cautiva en la oscuridad helada de la cueva durante un mes entero. Naya recordó las escamas frías y ásperas raspándole la piel, el peso aplastante de la criatura sobre su cuerpo en la penumbra, el sonido reptiliano de su respiración contra su cuello y la agonía de ser utilizada noche tras noche para un acto atroz y sin amor. Había sobrevivido comiendo insectos y bebiendo las gotas de agua que filtraban de las rocas, hasta que una mañana la criatura simplemente no regresó, dejándola abandonada y rota para que volviera arrastrándose a su tribu.
Naya sacudió la cabeza, regresando bruscamente al presente. El frío del monte sagrado le helaba las manos, pero el calor de la rabia volvía a encenderle la sangre. No había habido traición en sus actos. Había sido víctima de un monstruo de las sombras, y ahora la tribu, ciega en su orgullo y en su dominio patriarcal, prefería matarla por dentro asesinando a su hijo antes que aceptar la existencia de lo insólito.
Las voces de los cazadores resonaron justo al pie del monte.
—¡No subirá! —gritó la voz del líder de la caza—. ¡Aquel lugar está maldito! Si pone un pie en la piedra, la tierra se la tragará.
Naya se giró de espaldas a las antorchas y miró hacia la oscuridad del monte prohibido. Las sombras de las rocas parecían fauces abiertas, esperándola. Detrás de ella estaba la muerte segura a manos de la ley de los hombres; frente a ella, un destino incierto en la cuna de los demonios.
Se llevó la mano derecha al vientre, sintiendo el latido sordo y firme que se ocultaba bajo su piel.
—Viviremos —susurró para sí misma, con la voz firme y los ojos ardiendo en la penumbra.
Sin mirar atrás una sola vez más, la mujer se adentró en la oscuridad del monte.
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