Julio verde, capitulo 2.

 

El chasquido seco de una rama al troncharse no pertenecía al murmullo habitual de la noche.

Julio no estaba dormido del todo; habitaba esa frontera difusa entre el sueño cansado y la vigilia, tendido sobre un camastro de sacos de yute que olía a heno rancio y a humedad impregnada en la madera. Cuando la vibración del suelo le atravesó las costillas, sus párpados se abrieron de golpe. El silencio que siguió fue denso, artificial, como si los grillos y las ranas del arroyo hubieran ahogado su canto al mismo tiempo. El bosque, su único aliado, callaba asustado.

Se incorporó en la penumbra. El suelo de tierra apelmazada estaba frío bajo la planta de sus pies descalzos. Contuvo la respiración, haciendo que el aire pesado de la cueva —cargado del vapor dulzón de los destilados y el aroma terroso del mantillo— se detuviera en sus pulmones. Fuera, entre los troncos de los robles, los matorrales crujieron con la cadencia pesada y torpe de unas botas militares que intentaban en vano ser sigilosas.

Un escalofrío de advertencia le recorrió la columna vertebral. No era el viento. Eran sombras.

Julio se puso en pie, con los músculos en tensión. Atravesó el laboratorio subterráneo esquivando en la penumbra las mesas de trabajo, donde la luz dorada y moribunda de la planta madre proyectaba destellos en los tubos de ensayo. Apartó las enredaderas de tallos gruesos que ocultaban la boca de la cueva y asomó la cabeza hacia el exterior.

La oscuridad de la madrugada era helada y penetrante. El vaho de su propia respiración apenas se había formado en el aire cuando la trampa se cerró sobre él.

Antes de que pudiera reaccionar, una fuerza brutal lo arrastró hacia el barro. Unas manos enormes, enfundadas en guantes de tacto rugoso y olor a cuero sintético, le atenazaron el cuello. Intentó gritar, pero una mordaza de lona gruesa y áspera empapada en un líquido de gusto amargo y químico fue embutida violentamente en su boca, aplastándole la lengua contra el paladar y haciéndole sentir la náusea inmediata del ahogo.

—¡Agarren al engendro! —gruñó una voz ronca a escasos centímetros de su oreja.

El chasquido metálico de los cerrojos de los fusiles resonó en la espesura como un latigazo. Julio luchó con la ferocidad de un animal acorralado, retorciendo su cuerpo de piel verde oliva, pero la desproporción era absoluta. Un enjambre de sombras armadas se abalanzó sobre él. Botas pesadas le pisaron los tobillos y los muslos; codos de acero se clavaron en sus costillas. El crujido de las bridas de plástico al ajustarse sin piedad alrededor de sus muñecas cortó la circulación de sus manos en un segundo, dejando una quemadura fría en la piel.

Cincuenta hombres. Un pequeño ejército táctico desplegado en mitad del bosque sagrado. Llevaban chalecos antibalas que olían a nailon nuevo, cascos oscuros y vizores nocturnos que emitían un zumbido verdoso en la oscuridad. Lo levantaron en vilo como si fuera un fardo de despojos, arrastrándolo a través de los matorrales hasta el claro donde el dosel de los árboles se abría.

Allí, con el motor rugiendo al ralentí y despidiendo un humo espeso con sabor a diésel quemado, esperaba una camioneta todo terreno de chasis reforzado, manchada de lodo hasta las ventanillas. Sus faros halógenos cortaban la niebla de la mañana con dos espadas de luz blanca y cegadora que hicieron arder las pupilas adaptadas a la penumbra de Julio.

La portezuela trasera se abrió con un golpe seco de chapa. Lo arrojaron al interior. El impacto contra el suelo de metal estriado le sacó todo el aire de los pulmones, llenándole la boca —a pesar de la mordaza— del sabor a óxido y grasa de motor.

Cinco de los mercenarios se encaramaron tras él, haciendo que la suspensión del vehículo cediera con un chirrido metálico. La puerta se cerró de golpe, sumiendo el cabina trasera en un encierro claustrofóbico iluminado apenas por la luz anaranjada del salpicadero. Los otros cuarenta y cinco hombres se distribuyeron en el resto de la caravana que esperaba más atrás en la trocha.

El vehículo arrancó con una sacudida brutal, haciendo que la cabeza de Julio golpeara contra el lateral de hierro. Las llantas de taco enorme trituraban la hojarasca y las raíces afuera, mientras el hedor a sudor rancio, tabaco barato y pólvora de los cinco hombres inundaba el espacio cerrado.

—Míralo nada más —dijo uno de los sicarios, el que iba en el asiento de al lado, apoyando el cañón helado de un fusil de asalto contra la sien de Julio. La punta de metal oxidado le hundió la carne verde, pero él no pestañeo—. Menuda alimaña. ¿A poco esta criatura era la que traía de cabeza a los jefes?

El hombre que iba en el asiento del copiloto se giró, mostrando un rostro marcado por una cicatriz que le atravesaba el labio superior. Dejó escapar una risotada seca, que olía a café amargo y menta.

—Que parezca una planta no le quita el precio a su cabeza, Ramírez. ¿Acaso no escuchaste al enlace de la corporación? Cincuenta mil dólares para cada uno de los cinco que entráramos al coche a custodiarlo. Dos cientos cincuenta mil en total solo para este flete. Es el mejor trabajo que nos ha tocado en la vida. Neurofarma no quiere dejar nada al azar. Quieren a la gallina de los huevos de oro disecada en un laboratorio de verdad, no en esa cueva de ratas.

Los otros sicarios rieron en coro, un sonido gutural y desprovisto de toda empatía que resonó contra las paredes de la camioneta. Para ellos, Julio no era más que un boleto de salida, una cifra con ceros que compraría coches, alcohol y retiro. No veían al hombre, ni el dolor, ni los años de martirio acumulados bajo su piel teñida de clorofila.

Julio yacía sobre el suelo metálico, sintiendo el bamboleo violento de la camioneta mientras avanzaba por el camino de tierra. Su pulso soplaba como un tambor en sus oídos. Mantuvo los ojos fijos en el techo del vehículo, fingiendo la sumisión de quien se sabe derrotado. Pero por dentro, la mente le ardía.

Lentamente, sin que la correa de sus muñecas delatara el movimiento, ladeó la cabeza contra su propio hombro. Su camisa, un andrajo sucio teñido de savia y hollín, ocultaba un secreto en la costura del cuello. Allí, cosida con fibras vegetales casi invisibles, descansaba una pequeña bolsa de piel sintética que él mismo había elaborado semanas atrás para una emergencia extrema.

La bolsa contenía las esporas secas y trituradas de la Arum Stridor, una especie mutante que él había desarrollado cruzando ortigas gigantes con hongos parasíticos de alta toxicidad cutánea. Para cualquier ser humano ordinario, el contacto con el micro-polvo concentrado de sus tricomas era un infierno biológico. Para él... él había pasado años metabolizando la toxina, bañado en sus jugos hasta que su epidermis mutada la absorbía como si fuera agua tibia.

Aprovechando que la camioneta dio un salto violento al atravesar un bache profundo, Julio inclinó la cara y clavó los dientes delanteros en la tela gastada de su cuello.

Cric.

El tejido cedió. La bolsa interior se rompió con un chasquido imperceptible para el ruido del motor.

Julio no inhaló. Con un movimiento rápido y certero de la lengua dentro de la mordaza deformada, presionó la bolsa contra la válvula de ventilación de la tela. Un polvo fino, de un tono ocre casi invisible, voló en una nube microscópica, dispersándose de inmediato en el aire recirculado de la cabina cerrada.

Pasaron tres segundos. El tiempo que tarda un suspiro en cruzar el aire.

El primero en reaccionar fue el sicario que tenía el fusil sobre la cabeza de Julio. El hombre parpadeó, se llevó una mano al cuello y soltó una maldición ahogada.

—Qué chingados... —murmuró.

Luego, la toxina vegetal tocó la piel expuesta de los rostros y las manos de los cinco hombres.

No fue un ardor paulatino; fue una explosión química. El polvo de las esporas se activó instantáneamente con la humedad del sudor humano. En menos de un segundo, las capas cutáneas de los sicarios sintieron como si les hubieran arrojado ácido sulfúrico mezclado con miles de agujas de cristal microscópicas.

—¡Ayyy! ¡Me quema! ¡Me arde la puta cara! —gritó el mercenario de la cicatriz, dejando caer su fusil al suelo metálico con un estruendo ensordecedor mientras se llevaba ambas manos al rostro, rascándose con furia demente.

El pánico se apoderó de la cabina. El aire se volvió insoportable. Los cinco hombres comenzaron a alaridos, retorciéndose en sus asientos como poseídos. El picor no era superficial; penetraba los poros, provocando una urticaria instantánea que convertía la piel en placas rojas e hinchadas que sangraban al menor contacto con las uñas.

—¡Nos atacaron! ¡Es gas! ¡Es un gas! —alborotó el conductor, perdiendo el control del volante. La camioneta derrapó violentamente sobre el lodo, estrellándose de lado contra un matorral denso antes de calarse por completo.

Los rifles de asalto rodaron por el suelo, olvidados. Los hombres ya no eran soldados ejecutores; eran criaturas reducidas a la desesperación primaria, arrancándose la piel de las mejillas, el cuello y los brazos en un intento inútil por detener la picazón infernal. Dos de ellos chocaron contra las portezuelas, abriéndolas a patadas para arrojarse al barro del camino, aullando de dolor y restregando sus rostros contra la tierra húmeda para intentar calmar el fuego.

En mitad de aquel infierno de gritos y carne viva, Julio actuó.

Su piel verde, dura y rugosa como la corteza vegetal, no sintió absolutamente nada. Para sus poros, las esporas eran tan inofensivas como la brisa matutina.

Aprovechando el caos y la ceguera de sus captores, apoyó la brida de plástico de sus muñecas contra el filo expuesto de la mira telescópica de uno de los rifles caídos. Con tres tirones secos y calculados, la fricción cortó el sello sintético. Las tiras de plástico cedieron con un chasquido.

Liberó sus manos. Se arrancó la mordaza áspera de la boca y la escupió sobre el rostro de uno de los hombres que se retorcía en el suelo de la camioneta, sollozando sin control.

Julio se puso en pie con la calma lúgubre de una tormenta que se aproxima. Miró a los tres sicarios restantes que rodaban por el barro fuera del vehículo, rasgándose las ropas y dejando surcos sangrientos en sus propios cuellos. No había compasión en las pupilas oscuras del botánico. Solo un vacío helado.

Saltó fuera de la camioneta. Sus pies desnudos volvieron a tocar la tierra mojada del bosque. Sintió el abrazo del aire frío, el olor de la resina y la vibración de las hojas cayendo a su alrededor.

Más atrás, a lo lejos, las luces de los otros vehículos de la caravana comenzaban a acercarse entre la niebla. Las corporaciones querían una guerra. Habían gastado fortunas, contratado ejércitos y quemado su nombre para cazarlo. Creían que lo perseguían a él, a un hombre frágil que hacía medicinas en la oscuridad.

No entendían nada.

Julio metió la mano en el bolsillo roto de su pantalón. Sus dedos manchados de tierra tropezaron con la superficie fría y rayada del reloj de latón. Lo apretó contra la palma de su mano, sintiendo el contorno del retrato descolorido de su madre en el interior. La mujer por la que había dado su futuro y su humanidad.

Cerro los ojos un instante.

De todos modos, él ya había muerto el día en que la perdió a ella en aquella cama de hospital antiséptica. Lo que quedaba aquí, bajo la bóveda de árboles del bosque, no era un hombre desesperado por sobrevivir. Era la respuesta de la naturaleza a la codicia.

Julio abrió los ojos. Miró hacia la caravana de luces que se aproximaba y, con una sonrisa amarga y sin sombra de miedo en el rostro de piel verde, se adentró en la espesura para esperarlos.

Si las farmacéuticas querían guerra, la tendrían.

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