El exodo, capitulo 3.
El ascenso por la vertiente de la muralla espectral se convirtió en una prueba de desgaste implacable. La pendiente de basalto fracturado y placas de hielo azulado obligaba a clavar los crampones con una precisión milimétrica, golpe tras golpe, en un ritmo mecánico que trituraba los músculos y convertía el aire en una quemazón constante dentro de los pulmones.
A mitad de una de las terrazas rocosas más empinadas, donde el viento soplaba con la fuerza de un martillo invisible, William se detuvo un instante. Apoyó las manos sobre las rodillas, con el pecho agitado por el esfuerzo, y miró hacia arriba, buscando el perfil imponente del coronel Vance, quien abría el camino con la tenacidad de un roble viejo.
—¿A dónde vamos? —preguntó William, con la voz ligeramente distorsionada por el modulador del casco, mientras el frío le mordía las sienes.
El coronel se detuvo sobre una saliente de roca oscura, girando el torso cubierto por el pesado equipo táctico. A través del visor polarizado, el brillo de sus ojos grises denotaba una mezcla de fatiga extrema y una obstinación inquebrantable.
—Hacia pastos más verdes, muchacho —respondió Vance con su tono ronco y socarrón, señalando vagamente con la barbilla hacia las cumbres borrosas que se fundían con el cielo violeta ceniza—. O al menos, hacia un sitio donde no nos congeles los sesos en la primera guardia. Sigue moviendo las piernas.
La marcha continuó. Durante horas, el único sonido en la pendiente fue el crujir rítmico de las suelas sobre la grava cristalizada, el zumbido constante de los sistemas de soporte vital y el silbido agudo del viento al chocar contra las aristas de titanio natural de la montaña. La monotonía del dolor físico y el frío mineral adormecían los sentidos, convirtiendo el tiempo en una línea difusa y pesada.
Eran pasadas las ocho horas de marcha vertical continua cuando una silueta apresurada comenzó a recortarse entre la neblina helada que descendía de los glaciares. Era el doctor Henderson, uno de los físicos teóricos del grupo de supervivientes. El científico avanzaba con torpeza, resbalando ligeramente sobre una placa de nitrógeno sólido, con el traje térmico cubierto de escarcha blanca y la respiración convertida en un silbido metálico a través del comunicador de emergencia.
Henderson alcanzó al coronel y se detuvo, apoyando las manos en los muslos, temblando de pies a cabeza.
—Coronel... —jadeó el físico, con la voz quebrada por el cansancio y el pánico—. Tenemos un problema... Dos de los hombres de la retaguardia... han muerto.
Vance detuvo su andar de inmediato. Su cuerpo se tensó como una cuerda de acero, y giró lentamente para enfrentar al científico, con el ceño fruncido bajo la gruesa ceja surcada por cicatrices.
—¿Cuáles? —preguntó el veterano, tajante, sin un ápice de falsa piedad en el tono.
Henderson tragó saliva, mirando de reojo al suelo helado antes de levantar la vista hacia el visor del militar.
—El licenciado Morales... y el senador Hasting. Sus trajes sufrieron microfisuras por la fricción con las rocas afiladas en el último tramo de la cresta. La despresurización fue instantánea. Cuando los alcanzamos, ya no había nada que hacer.
El coronel Vance guardó silencio por unos segundos, observando la inmensidad del abismo rocoso que dejaban atrás. Luego, con total naturalidad, exhaló una bocanada de aire caliente que empañó brevemente el interior de su visor y sacudió la cabeza con indiferencia.
—No se perdió mucho —sentenció Vance con la voz plana, seca como el polvo del planeta, y dio media vuelta para retomar el paso hacia la cumbre.
William, que había permanecido a un par de pasos escuchando el intercambio, sintió que un escalofrío helado le recorría la columna, mucho más frío que la temperatura exterior del planeta. Sus ojos verdes se abrieron de par en par bajo el visor, mirando la nuca del viejo militar con una mezcla de repulsión y desconcierto.
—Coronel—replicó William, dando un paso al frente con la mandíbula apretada y la voz temblando de indignación contenida—. Toda vida humana es valiosa. No importa si eran políticos o abogados; eran parte de este grupo, respiraban, tenían una historia...
Vance se detuvo en seco. Giró la cabeza hacia el muchacho, y aunque el visor ocultaba sus facciones, la postura de sus hombros y el tono pesado de su voz dejaron ver un atisbo de irritación. Levantó una mano enguantada en un gesto apaciguador.
—Era solo una broma, muchacho. Una maldita broma de mal gusto en un lugar donde el humor es lo único que nos queda para no volvemos locos —dijo el anciano, con un suspiro áspero que denotaba cansancio—. No te alteres, William. No tengo tiempo cuando hay vidas dependiendo de que encontremos un refugio antes del próximo ciclo térmico. Calma los ánimos y sigue caminando.
William apretó los puños dentro de los guantes térmicos, sintiendo el tacto áspero del forro interior. Quiso replicar algo más, pero la fatiga extrema le pesaba en la lengua como plomo derretido. Simplemente asintió con rigidez, tragando el nudo de amargura en la garganta, y volvió a poner un pie delante del otro, siguiendo el ritmo de los crampones sobre el hielo.
A medida que continuaron la caminata, adentrándose en un cañón angosto flanqueado por paredes de basalto negro que parecían cerrarse sobre sus cabezas, algo extraño comenzó a manifestarse en el ambiente.
William, cuya mente hiperactiva nunca dejaba de procesar datos del entorno, frunció el ceño dentro de su casco. Sus dedos se deslizaron de manera automática sobre el panel de control de su pulsera táctica, revisando las lecturas atmosféricas y térmicas que arrojaban los sensores integrados. Los dígitos parpadeaban con una persistencia inusual.
—Coronel... —murmuró William, deteniéndose de nuevo y levantando la vista hacia las altas paredes de roca que los rodeaban—. Fíjese en los sensores de temperatura exterior.
Vance se frenó, arrugando la frente. Él mismo había sentido el cambio, aunque lo había atribuido a una alucinación por el cansancio. El aire que golpeaba sus hombros ya no tenía ese tacto filoso y punzante del cero absoluto de la altiplanicie.
—Lo noto —respondió el veterano, arrojando un vistazo a su propio indicador en la muñeca—. El termómetro está subiendo. De menos cuarenta grados hemos pasado a cero, y ahora... estamos en números positivos. Diez, quince grados... ¿Qué demonios está pasando aquí?
William observaba los parpadeos numéricos con una mezcla de fascinación científica y profunda sospecha. Su vista recorría las fisuras de las paredes rocosas de la garganta, donde pequeños hilos de vapor comenzaban a filtrarse, disolviendo la escarcha milenaria adherida al basalto.
—Este planeta no sigue las leyes geofísicas de la Tierra, coronel —explicó William, con el tono rápido y analítico de quien intenta descifrar un jeroglífico imposible—. La temperatura sube a medida que se aleja del suelo.
El calor comenzó a intensificarse de manera drástica. Los trajes térmicos, diseñados para repeler el frío extremo de la superficie, empezaron a emitir un zumbido agudo de advertencia, indicando que los sistemas de refrigeración interna debían activarse para evitar el colapso por golpe de calor.
—¡Desactiven las capas externas de calefacción! —ordenó Vance alzando la voz hacia los demás supervivientes que venían rezagados por el sendero—. ¡Mantengan la calma y sigan el paso!
Tras casi un día entero de ardua y agotadora caminata, luchando contra la pendiente, el frío, el peso del equipo y la tensión psicológica de las muertes recientes, el cañón se abrió de manera abrupta ante ellos. El suelo dejó de ser grava helada y basalto áspero para convertirse en una planicie de piedra caliza lisa, húmeda y pulida por el vapor constante.
Y allí, en medio de aquel anfiteatro natural de roca oscura protegido de los vientos huracanados del exterior, se extendía un espectáculo que ninguno de los supervivientes se atrevía a creer.
Un sistema de pozas naturales de aguas termales burbujeaba pacíficamente entre formaciones de minerales cristalizados. El agua, de un tono turquesa profundo y limpio, desprendía columnas densas de vapor blanco que se elevaban suavemente hacia el cielo violeta, creando una atmósfera brumosa, cálida y extrañamente acogedora en el corazón mismo de aquel mundo hostil. El olor a minerales puros, azufre suave y humedad vital impregnaba el aire, colándose a través de los filtros de los trajes cuando algunos comenzaron a abrir las escotillas de sus cascos con manos temblorosas.
El silencio que había gobernado la marcha se rompió por un instante, sustituido por el sonido relajante del agua brotando y cayendo en cascadas minúsculas de una poza a otra.
El coronel Vance se detuvo al borde de la primera poza. Se quitó lentamente el casco, dejándolo caer al suelo con un golpe sordo, y dejó que el vapor cálido y húmedo le acariciara la cara curtida por el viento, disolviendo el sudor y la tensión acumulada en las arrugas de sus ojos. Sus labios, agrietados y secos, se curvaron lentamente en una sonrisa genuina, la primera que William le veía desde que abandonaron la Tierra.
A su lado, el muchacho también se quitó el casco. El aire cálido, cargado de humedad, le golpeó el rostro como un abrazo inesperado, quemándole ligeramente las fosas nasales con una sensación de vida absoluta. William miró al viejo militar, y al ver la expresión de alivio reflejada en su semblante, sintió que el nudo en su garganta por fin se desataba.
Los dos sonrieron. A pocos metros, el resto del grupo comenzó a quitarse el equipo pesado, riendo con la euforia histérica de los náufragos que acaban de tocar tierra firme, mientras el agua termal seguía humeando bajo el cielo alienígena, ofreciéndoles una tregua providencial en medio de la inmensidad del cosmos.
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