El exodo, capitulo 2.
La marcha hacia la muralla espectral había sido una prueba de desgaste implacable. Durante horas, los noventa y ocho supervivientes de la Astraea IX avanzaron a través de la llanura de basalto negro, con el eco de sus propios pasos resonando dentro de los cascos como un metrónomo mecánico y agobiante. El frío mineral del planeta se filtraba poco a poco por las juntas térmicas de los trajes, entumeciendo los dedos y convirtiendo cada exhalación en densas nubes de vaho que empañaban los visores polarizados.
A medida que se acercaban, las montañas colosales dejaban de ser una silueta difusa en el horizonte para convertirse en una cordillera titánica, una falla geológica descomunal que rasgaba el cielo violeta ceniza con cumbres afiladas como dientes de titanio. Los glaciares de metano y nitrógeno congelado que coronaban las laderas brillaban con un tono azulado y macabro, recordándoles que aquel mundo no albergaba ninguna clase de piedad.
William César Disis caminaba a pocos pasos del coronel Vance. Sus botas de alta montaña crujían sobre la grava helada, un sonido idéntico al de miles de cristales rotos bajo una bota de hierro. A sus dieciséis años, con los músculos tensos por el peso del equipo y la fatiga acumulada, el muchacho sentía que cada bocanada de oxígeno suplementario sabía más a plástico caliente y a ozono rancio. No obstante, sus ojos verdes no dejaban de escanear el terreno. .
Frente a ellos, la muralla se alzaba como una cicatriz negra y vertical, un precipicio de basalto oscuro y compacto que bloqueaba el paso hacia el interior del continente.
—Aquí es —murmuró William, deteniéndose de golpe y levantando la mano izquierda para hacer señas al coronel.
Vance se frenó en seco, haciendo rechinar las suelas contra el suelo de piedra. El veterano militar levantó la barbilla, examinando el muro de roca con una mezcla de cansancio y escepticismo. Su rostro, surcado de arrugas profundas y marcado por la cicatriz pálida de la mejilla, reflejaba la dureza de una vida entera al límite.
—¿Aquí qué, muchacho? —preguntó Vance con su voz ronca, ajustándose las correas del fusil táctico colgado al pecho—. Veo piedra, roca muerta y más de lo mismo. No veo un maldito arroyo, ni un manantial, ni nada que pueda mantener con vida a 500 almas.
William dio dos pasos hacia adelante y apoyó la palma enguantada contra la superficie rugosa de la montaña. El material estaba helado, casi al borde del cero absoluto, pero los sensores integrados en su guante indicaban otra cosa en las capas internas.
—Humedad —dijo el muchacho con total naturalidad, girándose para mirar al coronel a los ojos—. Hay una acumulación atrapada en las fracturas tectónicas internas. Aunque dispersa.
El coronel Vance lo quedó mirando durante unos segundos, con los ojos grises fijos en el visor del muchacho. La incongruencia de la afirmación en medio de aquel desierto helado hizo que el veterano soltara un suspiro cargado de frustración.
—¿Humedad? —repitió el coronel, con un tono en el que la incredulidad empezaba a transformarse en una furia sorda—. En el suelo, en las piedras? ¿ACASO TENDREMOS QUE BEBER DEL SUELO?
La exasperación acumulada tras el abandono en la órbita, el frío polar y la incertidumbre del destino estallaron de golpe en el pecho del anciano. Incapaz de contener la rabia, Vance levantó el brazo con una violencia repentina, arrancó una piedra afilada y pesada del suelo y la arrojó con toda su fuerza contra la pared rocosa.
El impacto retumbó con un eco metálico y seco que se propagó por toda la explanada.
Pero algo insólito ocurrió. En el punto exacto donde el proyectil improvisado había golpeado con furia, la superficie de la roca crujió. Una grieta en forma de telaraña se abrió de inmediato, y un fragmento irregular de basalto se desprendió, cayendo al suelo con estrépito.
Inmediatamente después, del interior de la oquedad recién formada, una gota densa, pesada y cristalina se deslizó con lentitud magnética y cayó pesadamente sobre el polvo de la base, marcando un punto oscuro en la grava gris.
Un silencio absoluto se apoderó del lugar. El coronel Vance se quedó con el brazo medio suspendido en el aire, parpadeando despacio mientras miraba la pequeña mancha húmeda que acababa de formarse ante sus botas. William, sin perder la compostura, se inclinó ligeramente para inspeccionar la fisura con los sensores del visor.
—No es solo una filtración superficial, coronel —dijo el muchacho, con la voz tranquila pero con un brillo de urgencia en la mirada—. La roca está hueca detrás de este muro. Es una bolsa de presión natural. Si la piedra cedió con un simple golpe, significa que el sello es débil en toda esta franja. Debe haber más... mucho más almacenado aquí dentro.
La expresión de asombro en el rostro de Vance se desvaneció al instante, reemplazada por la pragmática y fulminante eficiencia del militar de carrera. Comprendió el alcance del descubrimiento en una fracción de segundo.
—¡Agarren los contenedores! —exclamó el coronel con un rugido que hizo eco contra las cumbres de la montaña, girándose hacia el grupo de supervivientes que observaba la escena a la distancia—. ¡Todos los cantimploras, los tanques de reserva de los trajes y los recipientes flexibles! ¡Abran los kits de emergencia ahora mismo!
Los hombres y mujeres de la expedición, espoleados por la orden tajante, se pusieron en movimiento con una velocidad frenética. En cuestión de segundos, la falda de la montaña se convirtió en un hervidero de actividad: correas que se desabrochaban, cierres metálicos que rechinaban y recipientes de polímero desplegados sobre el suelo helado.
Siguiendo las indicaciones precisas de William, quien señalaba con el dedo los puntos exactos donde la densidad de la roca presentaba anomalías acústicas y térmicas, varios soldados comenzaron a golpear metódicamente la pared con las culatas de sus armas y herramientas de excavación.
Clac. Clac. Clac.
Los golpes resonaron rítmicamente contra el basalto. Un punto tras otro, las piedras empezaron a ceder. Las fisuras se multiplicaron a lo largo de varios metros de la base rocosa, y de cada una de ellas comenzó a brotar un hilo constante, parsimonioso pero constante, de agua fría y pura que serpenteaba entre las grietas antes de caer hacia los recipientes colocados con precisión milimétrica.
El agua caía gota a gota, luego en pequeños hilos continuos, cristalizando ligeramente al entrar en contacto con el aire gélido del planeta, pero acumulándose con rapidez en el fondo de los tanques.
William se apartó un poco del bullicio y cerró los ojos por un instante. Su mente se convirtió en una máquina de cálculo implacable. Procesó la velocidad de goteo, el diámetro de las aperturas recién descubiertas, la presión barométrica del entorno, la temperatura ambiente y la cantidad total de recipientes disponibles en manos de los noventa y ocho supervivientes. Los números fluyeron en su conciencia con la fría precisión de un algoritmo matemático: caudal por minuto, volumen por hora, pérdida estimada por evaporación instantánea debido a la baja presión atmosférica.
Abrió los ojos de golpe. Su rostro, por lo general imperturbable, mostró una mueca de seria preocupación. Se acercó rápidamente al coronel Vance, quien supervisaba personalmente que el primer tanque grande de almacenamiento estuviera bien colocado bajo la principal corriente improvisada.
—Coronel —dijo William, bajando la voz lo suficiente para que solo el veterano pudiera escucharle por encima del murmullo del agua y el viento—. Tengo el cálculo exacto.
Vance se giró, limpiándose una gota de condensación del borde del casco con el dorso del guante.
—Dímelo, muchacho. ¿Cuánto tenemos? ¿Nos alcanza para establecernos aquí una temporada?
—No —respondió William con absoluta franqueza, negando con la cabeza—. Ni de broma. Si mantenemos a todo el grupo racionando al límite absoluto de supervivencia biológica, y tomando en cuenta la velocidad a la que estas bolsas subterráneas van a vaciarse una vez liberada la presión interna... en total, podremos permanecer una semana.
El silencio entre ambos hombres se volvió espeso.
—una semana... —repitió Vance con un tono grave, sopesando la cifra en su mente con la experiencia de mil campañas perdidas—.
—Exacto —corroboró William—. El agua nos dará la energía y la hidratación crítica para cruzar esta muralla montañosa y llegar al otro lado del sistema geológico. Permanecer aquí es firmar nuestra propia sentencia de muerte.
El coronel soltó un grito seco, dio media vuelta y caminó con paso firme hacia el centro de la explanada donde el grupo continuaba recolectando el preciado líquido. Sus ojos brillaban con una autoridad indomable, esa misma chispa que había mantenido unida a la tripulación durante los catorce meses de viaje criogénico en las entrañas de la Astraea IX.
Comentarios
Publicar un comentario