El Éxodo, capitulo 1.

 El viento de aquel mundo desconocido no tenía aroma a vida. Era un soplo seco, helado, golpeado por una frialdad mineral que sabía a polvo de granito y a metales antiguos quemados por la radiación interestelar.

William César Disis ajustó la bufanda desgastada que rodeaba su cuello de dieciséis años, tragando saliva para aplacar la sequedad de la garganta. A través del visal polarizado de sus gafas tácticas, la vista del horizonte era una bofetada de inmensidad desoladora. Frente a él, a varios kilómetros de distancia pero luciendo monstruosamente gigante gracias a la falta de atmósfera densa, la gigantesca quilla plateada de la Astraea IX cortaba las capas superiores de la termosfera.

El sonido de los retrocohetes gravitacionales no era un rugido directo, sino un retumbo de baja frecuencia que se transmitía a través de las suelas de sus botas, vibrando en la estructura ósea de sus tobillos y subiendo en una onda sorda hasta su caja torácica. La astronave, una mole de acero colosal de tres kilómetros de largo que había sido su hogar durante los últimos catorce meses de viaje criogénico intermitente, expulsaba estelas incandescentes de plasma blanco. La luz ardiente enceguecía por instantes la penumbra del planeta, proyectando sombras alargadas y grotescas de los noventa y ocho hombres y mujeres alineados en la explanada.

Y entonces, con la lentitud impasible de las cosas verdaderamente masivas, la nave viró. Su silueta de titanio pulido reflejó un sol pálido, distante y amarillento, para luego encender sus motores de salto espacio-temporal. Hubo un destello azul violeta, un chasquido sordo que hizo vibrar el aire en sus oídos como una burbuja de aire que se rompe bajo el agua, y la nave desapareció en el vacío, dejando tras de sí únicamente la estela moribunda de su rastro iónico.

Los habían abandonado.

A los pies de William, la tierra no era tierra. Era una plataforma colosal de roca ígnea, basaltos negros pulverizados y grava grisácea que crujía bajo el peso de los trajes térmicos con un sonido similar al de vidrio molido. La llanura rocosa se extendía en todas direcciones, una extensión interminable, yerma y agrietada, hasta chocar abruptamente al fondo con una muralla espectral: unas montañas enormes, colosales, cuyas cumbres afiladas cortaban el cielo color violeta ceniza como dientes de titanio enfurecidos. Aquellas moles de piedra empequeñecían a los Himalayas; sus laderas estaban cubiertas por glaciares de metano o nitrógeno congelado que centelleaban con un brillo azulado y amenazante.

Un silencio opresivo, pesado como una losa de plomo, cayó sobre el grupo de supervivientes. El murmullo del viento al chocar contra las aristas del terreno era el único recordatorio de que no estaban flotando en el vacío.

—Dejó a los mejores —aseguró una voz a su lado. Era una voz rasposa, gruesa, curtida por décadas de tabaco de sintetizador, vapor de aceite hidráulico y mando militar.

William giró la cabeza levemente. A su lado, firme como un monolito de bronce, el coronel Vance contemplaba el punto donde la Astraea IX se había extinguido. La luz tenue del sistema revelaba las arrugas profundas alrededor de los ojos del anciano militar, la cicatriz pálida que le cruzaba la mejilla izquierda y el brillo austero de sus insignias de latón oxidado. Vance no temblaba. No había desgarro en su postura, solo una determinación dura y rocosa.

El comentario del coronel hizo que la mente de William volara atrás en el tiempo, activando esa memoria asombrosa que a menudo sentía más como una maldición que como un don. Las palabras del anciano resonaron en su interior, trayendo consigo el vívido recuerdo de cómo el joven prodigio había llegado a encontrarse parado sobre aquella roca alienígena a incontables años luz de casa.

Tres años atrás. El olor a humedad y humedad rancia del orfanato estatal número 4 en la periferia de Nueva Chicago. El sonido constante de la lluvia ácida repicando contra los cristales blindados de la ventana de su pequeña celda improvisada. William recordaba el tacto áspero del uniforme institucional y el olor a limpiador barato que impregno el aire cuando dos hombres de trajes oscuros, impecables, de tela sintética sin una sola arruga, irrumpieron en la sala de lectura.

Aquellos agentes olían a jabón neutro y a poder burocrático. Se habían sentado frente a él, desplegando un holoproyector que mostraba modelos matemáticos que William había resuelto en los márgenes de sus cuadernos de física teórica.

—Se te ha concedido una oportunidad única, muchacho —había dicho el agente de la izquierda, cuya voz sonaba metódica, desprovista de emoción—. Has sido elegido para formar parte de la élite académica y operativa que salvará a la humanidad del desastre inminente en la Tierra. Tu cerebro es un recurso estratégico nacional.

William, que en ese entonces tenía solo trece años pero ya poseía una mirada de aburrimiento infinito y una frialdad cincelada por el desprecio social, no había despegado los ojos de su circuito integrado casero. Recordaba la sensación del cautín caliente en su mano derecha y el humo denso de la soldadura de estaño subiendo en espirales hacia el techo.

—La humanidad me importa un demonio —les había respondido sin siquiera parpadear, con la voz plana de alguien que ha visto lo peor del comportamiento humano en las calles y los pabellones estatales.

El segundo agente, sin perder la calma, había cerrado el holoproyector con un chasquido metálico. El sonido de su voz al responder había sido seco, administrativo, letalmente pragmático:

—En ese caso, hijo, la alternativa es muy sencilla: o firmas la transferencia al programa de despliegue exo-planetario, o te llevaremos ahora mismo al sector de Servicios Infantiles de Máxima Contención hasta que cumplas la mayoría de edad. Elige.

William había soltado el cautín. El plástico quemado desprendió un tufo acre que le escoció en la nariz. No había habido elección. Había recogido su mochila roída con tres libros de topología analítica y un destornillador, y los había seguido hacia la lluvia.

El regreso de aquel recuerdo a la realidad presente fue instantáneo, cortado por el chasquido del comunicador de casco del coronel.

—Disis —dijo la voz grave del anciano, arrancándolo del pasado y devolviéndolo a la sobrecogedora realidad de la meseta de piedra—. Despliega la interfaz táctica del visor. Tú que ves números... dime, ¿cuánto mide este planeta?

William no necesitó mirar la pantalla del ordenador de pulsera durante más de dos segundos. Sus ojos verdes, rápidos y analíticos, procesaron las variables en una fracción de segundo. Sus redes neuronales hiperactivas comenzaron a calcular de forma instintiva, como un engranaje perfectamente aceitado.

Tomó aire. El oxígeno suplementario del traje sabía a ozono y a plástico nuevo.

—Tomando en cuenta la distancia inicial a la que la Astraea nos dejó caer antes de iniciar la reentrada, el tamaño aparente del horizonte curvilíneo observado desde el módulo de descenso y el factor logarítmico del campo gravitacional que está tirando de nuestras botas... —William hizo una pausa microscópica, ajustando los decimales en su mente—. Tienen un radio medio exorbitante. El volumen total nos da un área  aproximada de diez mil millones de kilómetros.

El coronel giró despacio la cabeza hacia él. El visor del tipejo estaba levantado, dejando ver unos ojos grises que parpadearon despacio, procesando la cifra que el muchacho acababa de lanzar al aire seco.

—Habla en idioma de soldado, chico —pidió Vance, arrastrando las palabras con una mezcla de cansancio y serenidad—. ¿Cuánto es eso en algo que pueda medir con la vista?

William esbozó una leve mueca, el atisbo de una sonrisa infantil que apenas cuadraba con la severidad de sus cejas.

—Unos veinte planetas Tierra juntos —dijo César, llamándose por el nombre que solo usaba con la gente que respetaba—. Una monstruosidad rocosa. La gravedad debería aplastarnos, pero la densidad interna de este núcleo debe ser ridículamente baja o hueca en su mayor parte para mantener esta aceleración gravitacional soportable.

El coronel Vance soltó un bufido que levantó una pequeña vaho dentro de su casco. Miró hacia la inmensidad de las montañas distantes, cuyas laderas se perdían en una bruma metálica de polvo de cuarzo y hielo.

—Veinte Tierras... —murmuró el hombre mayor, pasándose una mano enguantada por la barbilla curtida—. Bueno. Entonces en algún lugar de esta inmensa piedra debe haber agua.

Las palabras del viejo resonaron con una lógica simple, absoluta y obstinada. La clase de lógica que no necesitaba ecuaciones diferenciales ni modelos matemáticos para mantenerse en pie. Era la fe ciega y curtida de un hombre que se negaba a morir.

César miró al coronel de perfil. El sol poniente enviaba destellos dorados y cobrizos sobre las placas metálicas de su hombrera militar. En ese preciso instante, el muchacho recordó cuánto le había agradado aquel hombre desde el primer segundo en que se cruzaron en la cubierta de embarque de la Tierra.

William nunca había tenido una familia. No conocía el olor de la comida casera, ni el calor de un abrazo paternal, ni la sensación de seguridad que ofrece el refugio de unos padres. Había crecido entre paredes de hormigón frío, miradas desconfiadas de educadores agotados y peleas a puño cerrado en los patios de recreo por un trozo de pan extra. Para él, los adultos siempre habían sido tiranos, incompetentes o extraños que lo miraban con miedo por su inteligencia anómala.

Pero el coronel Vance había sido diferente. No lo había tratado como a un bicho raro, ni como a una supercomputadora con piernas, ni como a un niño desprotegido. Lo había mirado a los ojos, le había ofrecido una ración de café amargo en un tazón de lata caliente que le quemó las manos, y le había dicho: "Tu cerebro es una herramienta, muchacho. Aprende a usarla para sobrevivir o te comerán vivo."

Aquel chico que no tenía familia, que había jurado que la humanidad le importaba un demonio, había descubierto una extraña, profunda e indestructible afinidad con aquel sujeto. Vance era su ancla en medio del caos cósmico.

—Si hay agua —dijo William, dando un paso al frente para ponerse al lado del anciano, sintiendo el crujido del basalto bajo su calzado—, probablemente esté atrapada en los acuíferos subterráneos debajo de esas raíces montañosas. Los sulfatos del terreno sugieren que la condensación es profunda.

—Pues caminaremos hacia las montañas —respondió Vance, dándole una palmadita pesada en la espalda que resonó con un clac metálico contra el soporte del traje—. Despliega los escáneres, genio. Los mejores no se quedan a morir en la pista de aterrizaje.

El coronel dio la media vuelta y comenzó a ladrar órdenes a los demás supervivientes, su voz resonando fuerte, firme y autoritaria sobre el viento helado. César se quedó un segundo más mirando las montañas gigantescas. El aire quemaba sus pulmones con cada respiración, la grava crujía bajo sus pies y el universo entero parecía un desierto de roca hostil.

Sin embargo, ajustando los sensores de su pulsera y siguiendo la figura imponente del anciano militar, William César Disis sonrió levemente. Por primera vez en su vida, no estaba solo.

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