Dayane y el espiritu del lobo.

 El calor del desierto no era un clima, era una presencia física que pesaba sobre los huesos. Año 2400. La Tierra ya no pertenecía a los hombres de las ciudades de cristal ni a las chimeneas de hierro que un día perforaron las nubes; pertenecía a la nada, al silencio de una civilización industrial sepultada bajo el óxido y el polvo radiactivo.

Bajo el sol ceniciento, el aire comenzó a distorsionarse. El viento, que soplaba constante desde el este, cesó de golpe. Un silencio denso y sepulcral envolvió las dunas de sal y arena roja. Y entonces, sin previo aviso, el cielo se apagó.

No fue un eclipse natural. Una franja del firmamento, justo sobre el horizonte septentrional, se tornó de un gris metálico y oscuro, absorbiendo la luz como un pozo sin fondo. Las estrellas invisibles del mediodía parecieron temblar. Los animales, que yacían adormecidos bajo los matorrales secos, reaccionaron con una furia atávica. Lagartartos acorazados de piel escamosa salieron disparados entre las rocas; manadas de roedores mutados chillaron, corriendo en círculos antes de perderse en las grietas de la tierra. La naturaleza entera huyó del epicentro inminente, guiada por un instinto ancestral que advertía la llegada de lo imposible.

Un rugido sordo, una vibración que no se escuchaba con los oídos sino que se sentía en la médula espinal, rasgó la atmósfera. El suelo tembló con violencia, levantando olas de polvo blanco.

CRASH.

Una masa colosal atravesó la capa de penumbra artificial. Era una cápsula de acero negro, un cilindro gigantesco de aleación pesada que gemía bajo el calor del reingreso atmosférico, desprendiendo jirones de escudos térmicos incandescentes. Impactó contra la llanura desértica con la fuerza de un meteorito. El estruendo fue un trueno seco y prolongado que sacudió el lecho del antiguo lago seco, abriendo un cráter titánico de paredes humeantes y cristalizadas por el calor extremo.

La onda expansiva barrió el desierto en un latigazo de viento abrasador, levantando una cortina de polvo fino, arena calcinada y ceniza que cegó el horizonte.

Dentro del cráter, el silencio tardó largos segundos en regresar, roto únicamente por el crujido metálico del casco que comenzaba a enfriarse y el siseo de los sistemas de soporte vital que liberaban vapor a presión.

Con un estallido neumático, los cerrojos de la compuerta principal saltaron. El metal pesado cedió, deslizándose hacia un lado para revelar el interior bañado por el parpadeo morado de luces de emergencia agonizantes.

Allí, encajada en un arnés de sujeción ortopédico, yacía una mujer. Su cabello, de un rojo intenso e incandescente como las brasas de una fragua olvidada, contrastaba brutalmente con la palidez extrema de su piel. Tenía los ojos cerrados, el rostro surcado por una fina capa de sudor frío y hollín. Su respiración era un hilo frágil, superficial y rítmico. A la altura del abdomen, el traje táctico de vuelo estaba rasgado; una herida profunda y abierta manaba un hilo de sangre oscura que empapaba la tela, un rastro cálido y orgánico en medio de aquel mausoleo de hierro y tecnología muerta. Estaba completamente inconsciente, suspendida en el umbral entre la vida y el vacío.

El aire alrededor del cráter apestaba a ozono quemado, aceite sintético y carne ozonificada.

De entre la densa humareda y la cortina de polvo que aún caía como una lluvia gris, emergió una sombra.

No hacía ruido al caminar. Una figura humana, enfundada en un poncho de cuero curtido y harapos que colgaban pesadamente, avanzó con pasos firmes hacia el borde del cráter. Su rostro estaba oculto bajo una capucha gastada por las tormentas de arena, pero la rigidez de su postura denotaba una urgencia calculadora.

La figura descendió por la pendiente inestable de arena fundida, resbalando levemente sobre el vidrio volcánico que había dejado el impacto. Sus botas crujían sobre los escombros. Al llegar al borde de la escotilla abierta, se detuvo. El olor a sangre fresca y tecnología estelar saturó el olfato del recién llegado, mezclándose con el hedor acre del desierto.

Extendió una mano enfundada en un guante de cuero grueso. No dudó. Sus dedos largos y callosos se cerraron con firmeza alrededor del arnés de seguridad de la mujer.

Con un tirón seco, liberó los anclajes de emergencia. El cuerpo inerte de la pelirroja se deslizó hacia adelante, cayendo con suavidad sobre los brazos de la figura. Un gemido apenas perceptible escapó de los labios resecos de la herida, pero no hubo respuesta verbal.

Sin mirar atrás, ignorando el cielo aún teñido de un extraño tono plomizo y el calor sofocante que emanaba de la nave, la figura humana comenzó a arrastrar a la mujer. Sus botas abrían surcos profundos en la arena del cráter, dejando una estela doble: la de los pies cansados y la del cuerpo que pendía inerte, deslizándose hacia la oscuridad de las dunas, mientras el desierto volvía a sumirse en su eterna, implacable quietud.

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