Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 7.

 El firmamento del nuevo mundo no se parecía en nada al techo de plomo y ceniza de la Tierra muerta. Aquí, en los dominios exteriores de la Federación Estelar, el horizonte brillaba con una paleta de tonos esmeralda y violeta, bañado por la luz difusa de un sol binario que proyectaba sombras alargadas sobre las cúpulas monumentales de la central de transportes. El aire olía a ozono purificado, a metal frío y al aroma dulzón y artificial de los aromatizantes sintéticos que inundaban las terminales de alta velocidad.

Tras el aterrizaje del techno-carguero, la transición había sido vertiginosa. Dayane y Lobo no tardaron en abandonar los muelles de atraque, cruzando pasillos kilométricos pavimentados con baldosas de polímero brillante que reflejaban las luces parpadeantes de los anuncios holográficos flotantes.

Dayane caminaba con la cabeza en alto, sintiendo el peso reconfortante de la civilización moderna bajo sus pies, aunque con la guardia alta. A su lado, Lobo avanzaba con pasos silenciosos,, su pesado poncho de cuero curtido y las trenzas con cuentas de hueso contrastando de forma brutal con la estética hipertecnológica y aséptica del lugar. Sobre su clavícula, el pequeño camaleón mutado de la Tierra exploraba el entorno con sus globos oculares ámbar, adaptando su piel a un tono azul cobalto que imitaba las pantallas de cristal circundantes.

—Vamos a mi trabajo —dijo Dayane, rompiendo el silencio con una sonrisa de anticipación mientras ajustaba la solapa de su camiseta táctica.

Lobo asintió levemente, con un movimiento seco y firme, manteniendo sus ojos oscuros fijos en el flujo constante de transeúntes cibernéticos que los rodeaban sin prestarles demasiada atención en aquel bullicioso puerto estelar.

A pocos minutos de camino, la imponente fachada de cristal negro y acero cromado de la matriz corporativa de Aethelgard se alzó ante ellos. Las puertas automáticas de doble hoja, flanqueadas por pilares de luz holográfica, zumbaban suavemente, listas para recibir al personal ejecutivo. Dayane aceleró el paso, sintiendo la adrenalina de recuperar su trono corporativo tras semanas de supervivencia en el yermo.

Pero al cruzar el umbral, el acceso se bloqueó de golpe con un estruendoso destello rojo.

Dos guardias de seguridad privada, enfundados en armaduras modulares de color blanco marfil y portando rifles de conmoción magnética, se interpusieron en su camino con movimientos mecánicos y rostros impenetrables bajo sus cascos polarizados.

—Alto. Acceso denegado —siseó el primer guardia, cruzando un brazo blindado para bloquear el paso de Dayane—. Los protocolos biométricos de esta terminal están restringidos. Ningún civil o habitante de sectores no catalogados tiene autorización para ingresar a este nivel corporativo. Identifíquese o retírese inmediatamente.

Dayane frunció el ceño, sintiendo que la sangre le hervía en las sienes. Llevaba semanas soportando el calor del desierto, las garras de las bestias mutadas y la incertidumbre del yermo, solo para que un par de burócratas con armadura de plástico le negaran la entrada a su propia empresa.

—Soy Dayane Galaxar, directora ejecutiva y socia fundadora de... —comenzó a decir ella con voz afilada, pero no pudo terminar la frase.

Antes de que el guardia levantara su rifle o emitiera otra advertencia, una sombra se movió con la velocidad de un relámpago.

Lobo no vaciló. Sus músculos se tensaron bajo el chaleco de piel con un crujido sordo. En un santiamén, el cazador del yermo cerró la distancia que lo separaba de los centinelas. Con un movimiento fluido y brutal, esquivó el cañón del arma del primer guardia, le propinó un golpe seco con el canto de la mano en la base del casco —un impacto metálico que resonó en todo el vestíbulo— y, aprovechando el desconcierto, giró sobre su propio eje para derribar al segundo con una patada implacable en el pecho que lo hizo estrellarse contra los paneles de control.

Los dos guardias cayeron fulminados al suelo en menos de dos segundos, inconscientes y con los circuitos de sus armaduras chisporroteando.

Dayane se quedó con la boca medio abierta, parpadeando ante la fulminante demostración de violencia expeditiva. Miró los cuerpos inertes de los guardias, luego alzó la vista hacia Lobo, quien ya se habia enderezado con total calma, ajustando el dobladillo de su poncho de cuero como si no acabara de neutralizar a un sistema de seguridad de alta gama con sus propias manos.

Un torbellino de pensamientos cruzó la mente de Dayane. Quiso regañarlo, decirle que había formas más civilizadas de negociar, recordarle que ya no estaban en el yermo donde la ley del más fuerte dictaba el destino. Pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. Recordó la sangre oscura en su abdomen el día del impacto, el frío de la cueva, la carne asada y la forma en que aquel hombre la había arrancado de las fauces de la muerte sin pedir nada a cambio. El cazador era violento, sí, pero esa misma violencia visceral era lo único que la mantenía con vida en un universo que parecía haberse olvidado de ella.

—...Vamos —dijo Dayane tragando saliva, sacudiendo la cabeza y cruzando las puertas automáticas que ya se habían reabierto con un zumbido eléctrico.

A medida que avanzaban por los pasillos internos de la torre central, el ambiente cambió de golpe. Los diseñadores, analistas de datos y técnicos corporativos que pululaban por los cubículos de cristal detuvieron su marcha de inmediato. Al verla aparecer entre los umbrales cromados, los rostros palidecieron de forma grotesca. Los murmullos cesaron al instante. Los empleados la miraban fijamente, con los ojos abiertos de par en par y las manos congeladas sobre sus teclados holográficos, como si acabaran de contemplar el regreso de un fantasma resucitado de las profundidades del cosmos.

Dayane ignoró las miradas de terror y desconcierto, avanzando con paso firme hacia el ascensor de alta velocidad que conducía directamente al piso del Consejo Directivo.

Minutos después, las puertas metálicas se abrieron con un tintineo cristalino en la sala de juntas ejecutivas.

Alrededor de la imponente mesa ovalada de obsidiana sintética, los miembros de la junta directiva y el actual director ejecutivo se encontraban reunidos en una sesión privada. Todos levantaron la vista de golpe. El impacto de verla entrar viva, con la melena roja cayendo sobre sus hombros y la mirada clavada en sus rostros, provocó que uno de los consejeros dejara caer su estilete digital con un golpe seco sobre la superficie de la mesa.

Dayane se detuvo en el centro de la sala, cruzando los brazos con una mezcla de orgullo herido y fría autoridad.

—¿Se puede saber qué demonios significa esto? —exigió saber Dayane, elevando la voz con una firmeza que hizo temblar el aire de la sala—. Me negaron la entrada en la planta baja como si fuera una intrusa. Examino los registros y descubro que han bloqueado mis accesos biométricos. Voy a despedir al responsable de esta negligencia hoy mismo.

Un silencio gélido, espeso y cargado de una tensión insoportable llenó la sala. Nadie se movió.

Finalmente, uno de los miembros más veteranos de la junta, un hombre de cabellos plateados y ojos calculadores, dejó escapar una sonrisa cínica, recostándose pesadamente en su asiento de cuero sintético.

—¿Despedir a alguieb? —respondió el consejero con un tono de burla contenida—. Tú no puedes despedir a nadie. De hecho, no tienes ninguna autoridad para pisar este edificio.

Dayane sintió una punzada de incredulidad helada en el pecho. Soltó una risa corta, incrédula, y dio un paso al frente apoyando las palmas sobre la mesa de obsidiana.

—¿Cómo que no? —replicó ella, endureciendo la mirada—. Soy la socia mayoritaria y fundadora de esta empresa. Mis acciones y mi firma están registradas en los servidores centrales de la Federación desde antes de que ustedes siquiera redactaran un contrato corporativo.

El actual director ejecutivo de la empresa —un hombre joven, de traje impecable y una fría sonrisa corporativa esculpida en el rostro— se puso lentamente de pie. Con un movimiento despectivo, deslizó un documento oficial de sellos holográficos dorados a lo largo de la mesa, deteniéndolo justo frente a las manos de Dayane.

—Usted no tiene nada —dijo el CEO con voz cortante y venenosa—. e.

Dayane bajó la vista hacia el documento parpadeante. Sus ojos recorrieron las líneas de texto legal con una rapidez desesperada, sintiendo que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.

Certificado de Defunción Estelar. Causa: Desintegración radiactiva y colapso biológico en el sector norte del planeta Tierra (Año 2400).

El documento estaba firmado, sellado y legalizado por la propia junta directiva hacía apenas tres semanas, aprovechando el silencio absoluto de su señal de emergencia perdida en el yermo.

—Dayane Churchill ya no existe legalmente en los registros de la corporación —continuó el CEO, inclinándose hacia adelante con una expresión de triunfo absoluto en el rostro—. Así que usted, sea quien sea la impostora que usa su rostro y sus datos genéticos alterados, es una usurpadora. Y en este preciso instante, está incurriendo en un delito federal de intento de fraude corporativo.

El aire de la sala se volvió irrespirable. Dayane sintió un rugido sordo en los oídos, una mezcla de rabia ardiente y la constatación fría de que había sido traicionada por sus propios socios mientras luchaba por sobrevivir en el desierto. Abrió la boca para responder, para gritarles que estaba viva.

Pero el CEO no le dio tiempo. Levantó la mano derecha y chasqueó los dedos con desprecio.

—Guardias de seguridad del Consejo. Llévense a esta mujer de inmediato al calabozo de detención preventiva y avisen a las autoridades federativas para su deportación permanente a los sectores mineros —ordenó con voz gélida.

Las puertas laterales de la sala se deslizaron con estrépito. Cuatro guardias de élite, mucho más grandes y pesados que los de la entrada, con armaduras de combate reforzadas y escudos de energía zumbando en azul, irrumpieron en la estancia con los rifles listos para la contención. Avanzaron en formación cerrada, rodeando a Dayane con pasos pesados y mecánicos.

Dayane sintió una fría corriente recorrer su espalda. Dio un paso atrás, apretando los puños, sabiendo que contra cuatro unidades de combate acorazadas no tendría ninguna oportunidad.

Sin embargo, no estaba sola.

Desde el umbral de la puerta, donde se había mantenido en penumbra observando la escena con la quietud absoluta de una estatua de basalto, Lobo dio un paso al frente.

El cazador no emitió un grito de guerra ni adoptó una postura teatral. Simplemente se deslizó como una pantera hacia el centro de la sala. Los guardias, desconcertados por la repentina intromisión de aquel salvaje con poncho de cuero, giraron sus armas hacia él con la intención de neutralizarlo.

Grave error.

Lobo se movió con una velocidad cegadora. Antes de que el primer guardia pudiera activar el gatillo de su rifle, el cazador se deslizó por debajo de su ángulo de tiro, le propinó un golpe certero con el codo en las placas articulares del cuello, desestabilizándolo por completo, y le arrebató el arma de un tirón seco. Con el propio rifle pesado convertido en un garrote improvisado, giró en redondo descargando un golpe descomunal contra el casco del segundo guardia, cuyo visor estalló en una lluvia de chispas y circuitos rotos.

Los otros dos centinelas intentaron levantar sus escudos de energía, pero Lobo ya estaba encima de ellos. Con una agilidad salvaje, saltó ligeramente apoyando las botas sobre el borde de la mesa de obsidiana, se impulsó por los aires y cayó pesadamente sobre los hombros del tercer guardia, derribándolo contra el suelo con un estruendoso golpe de metal y hueso. El último guardia intentó accionar la alarma de emergencia en la pared, pero un cuchillo de hueso lanzado con una precisión mortal zumbó en el aire y se clavó con fuerza en el panel de control, seccionando los cables y haciendo estallar las chispas en la cara del operador, que cayó desmayado al instante.

En menos de cinco segundos, los cuatro guardias de élite yacían tendidos sobre la lujosa alfombra de la sala de juntas, inmóviles y derrotados.

El silencio absoluto volvió a apoderarse de la estancia. El olor a ozono quemado y circuitos fundidos llenó el ambiente corporativo.

El CEO y los miembros de la junta directiva retrocedieron despacio, pegándose contra los ventanales de cristal que daban al abismo de la ciudad estelar, con los rostros blancos como el papel y los ojos inyectados en pánico puro. Miraban a Lobo como si una bestia ancestral hubiera irrumpido en el santuario de los dioses modernos.

Dayane exhaló un suspiro largo y tembloroso, sintiendo cómo la adrenalina descendía por fin en sus venas. Se alisó la camiseta térmica, levantó la barbilla con una fría y calculadora elegancia, y clavó sus ojos en el aterrorizado director ejecutivo, que temblaba junto a la ventana.

—Me iré por ahora... —dijo Dayane, con una voz baja, afilada y cargada de una promesa letal que recorrió la espina dorsal de todos los presentes—, pero volveré. Y cuando lo haga, no habrá certificado ni junta directiva que pueda salvarlos.

Dándose media vuelta con absoluta compostura, Dayane hizo un gesto con la cabeza a Lobo. El cazador recuperó su cuchillo de hueso del panel destruido, lo guardó con parsimonia en su cinturón y comenzó a caminar hacia la salida sin apartar los ojos de los directivos.

Los dos abandonaron la sala de juntas con paso firme, cruzando el umbral entre los cuerpos inconscientes de los guardias, mientras el eco de sus botas resonaba en el pasillo corporativo.

Adentro, en medio del pánico generalizado, el CEO logró recuperar el aliento. Con las manos temblorosas, se acercó al panel de comunicaciones de emergencia de la mesa, apretó el botón de alarma general y respiró agitadamente, mirando a los consejeros pálidos.

—Tenemos que acabar con ella... —susurró el director ejecutivo con los dientes apretados, con una furia desesperada brillando en sus ojos—. Contraten a los mejores cazarrecompensas de los sectores exteriores. No podemos permitir que esa mujer recupere la empresa. Hay que eliminarla antes de que anochezca.

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