Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 5

 El sol ceniciento del año 2400 no ofrecía clemencia; apenas derramaba un resplandor plomizo y polvoriento sobre las dunas de sal que se extendían hasta perderse en el horizonte radiactivo. Una semana entera había transcurrido desde el día en que la cápsula de Dayane se estrelló contra el yermo. Siete ciclos de calor sofocante, de silencios sepulcrales y de un aprendizaje forzoso en las entrañas de la cueva junto al cazador.

Aquel día, la rutina de la supervivencia dio un giro ritual. Lobo la había invitado a salir temprano, antes de que el aire se volviera irrespirable. Para el hombre y su gente, una cacería compartida no era simplemente una excursión en busca de alimento; era una muestra sagrada de estima. En el mundo de cenizas que habitaban, donde cada caloría equivalía a un latido más de vida, invitar a alguien a cazar era abrirle las puertas de la confianza absoluta, un lazo invisible tejido con sangre y sudor.

El terreno era un laberinto de rocas calcinadas y barrancos esculpidos por los vientos milenarios. Dayane caminaba un paso por detrás, sintiendo cómo el polvo fino penetraba a través de las fibras de su camiseta térmica y cómo el sudor, mezclado con el hollín del ambiente, le formaba surcos tibios en la piel de la frente. Sus pulmones, antes acostumbrados al aire hiperfiltrado y estéril de las estaciones orbitales corporativas, se habían amoldado a la fuerza al aroma acre del yermo: ozono seco, azufre lejano y el olor metálico de su propio esfuerzo físico.

Lobo se detuvo en seco frente a la base de un cantil de piedra cuarteada. Su poncho de cuero curtido crujió con el movimiento seco de sus hombros. La pequeña criatura escamosa, el camaleón mutado de tonos tornasolados, se aferraba con firmeza a su clavícula, mimetizándose con el gris de la tela y escrutando el entorno con sus globos oculares ámbar.

El cazador levantó una mano en un gesto imperativo. Dayane contuvo el aliento, deteniéndose junto a una formación de roca basáltica que desprendía un calor residual sofocante.

Frente a ellos se abría una oquedad oscura en la pared de la montaña, una madrigueras titánica, casi del tamaño de una boca de cueva, cuyas paredes estaban marcadas por profundos surcos paralelos, grabados por garras descomunales. El aire que exhalaba el túnel olía a almizcle rancio, a tierra húmeda podrida y a un dulzor nauseabundo de grasa animal acumulada durante años.

Lobo se agachó con parsimonia, recogiendo del suelo tres piedras angulares y pesadas, de bordes filosos como hachas de sílex. Sus músculos dorsales se tensaron bajo el chaleco de piel, esculpiendo los ángulos de su espalda cobriza.

—Esperar —susurró Lobo, con su voz ronca y grave, un retumbo que apenas si logró agitar el polvo suspendido entre ambos.

Sin inmutarse, con la precisión milimétrica de un depredador que conoce los hábitos de su presa, lanzó la primera piedra al interior de la negrura.

Clac... rebote... tump.

El sonido metálico y hueco resonó en las profundidades de la garganta rocosa. Pasó un segundo. Dos. El silencio del yermo pareció comprimirse.

Entonces, la tierra tembló.

Un gruñido sondo, una vibración telúrica que Dayane no sintió en los oídos sino directamente en la molienda de los dientes y en la base de la columna vertebral, brotó de las entrañas de la madriguera. Era un sonido monstruoso, híbrido y disonante: el rugido gutural y profundo de un león hambriento mezclado con el bufido estridente y bronco de un simio enfurecido, atravesado por el siseo húmedo y prolongado de una bestia subterránea.

Lobo lanzó la segunda piedra con un giro seco de muñeca.

El eco desató el caos. Una masa colosal se precipitó hacia la salida con una violencia desbocada. El hedor a carne rancia y saliva caliente golpeó de golpe el olfato de Dayane, haciéndole dar un paso atrás por puro instinto de supervivencia.

De la oscuridad emergió la criatura.

Era una pesadilla anatómica engendrada por siglos de radiación y mutación implacable. Se alzaba sobre dos patas robustas y musculosas, adoptando una postura bípeda imponente. Su cuerpo semi-humanoide estaba cubierto por una maraña de pelo cerdoso y apelmazado, salpicado de parches de piel callosa y grisácea. Sus extremidades superiores terminaban en garras descomunales, ganchudas y de un marfil oscuro, capaces de arrancar la roca viva como si fuera arcilla blanda. Pero lo más grotesco era su rostro: carente de ojos funcionales visibles, presentaba una nariz absurdamente alargada, tubular y carnosa, un hocico bulboso y móvil que se estiraba y contraía con frenesí, olfateando el aire con estertores rítmicos mientras buscaba la fuente de la provocación.

La bestia emitió un chillido metálico y desgarrador que hizo vibrar el aire caliente. Al percatarse de la presencia de los intrusos, sacudió su enorme torso y se lanzó al frente con una agilidad pasmosa, agitando sus afiladas garras en un arco mortal destinado a segar cualquier cosa que se interpusiera en su camino.

Dayane abrió los ojos de par en par, con el pulso martillándole en las sienes. El reflejo de levantar un escudo táctico o pulsar un gatillo láser cruzó su mente por un instante milisegundo, antes de recordar que ya no estaba en el siglo XXV corporativo. Estaba en el abismo del año 2400.

Y entonces vio actuar a Lobo.

El cazador no retrocedió ni un solo centímetro. Su cuerpo se deslizó hacia adelante con una velocidad de reacción que rozaba lo inhumano. Mientras la bestia levantaba su zarpazo colosal para aplastarlo, Lobo esquivó el golpe por escasos milímetros, deslizándose por debajo del radio de acción de los brazos monstruosos.

La luz cenicienta del sol brilló fugazmente sobre la hoja de un cuchillo de hueso endurecido que el cazador había desenvainado con un movimiento invisible.

Lo que siguió no fue una pelea; fue una ejecución coreografiada por el instinto puro del yermo.

Con una serie de cortes fulminantes, precisos y salvajes, Lobo se movió alrededor del gigante bípedo como una sombra implacable. Cada movimiento de su brazo respondía a una geometría milimétrica del daño. La hoja crujió al seccionar tendones, desgarrar cartílagos y abrir surcos profundos en la carne endurecida. La sangre oscura y caliente comenzó a brotar a borbotones, salpicando la arena blanca y tiñendo el polvo de un rojo viscoso que desprendía un vapor espeso bajo el sol abrasador.

La criatura chilló, girando en redondo con desesperación ciega, intentando golpear el vacío, pero el cazador ya estaba en su punto ciego. Con un último rugido gutural que se fundió con el viento del desierto, Lobo saltó ligeramente, apoyando su bota sobre el muslo herido de la bestia para ganar impulso, y hundió el cuchillo con fuerza descomunal en la base del cuello, seccionando la yugular con un tajo seco y definitivo.

El gigante titubeó. Sus rodillas doblaron el peso de su masa informe y se desplomó pesadamente contra el suelo de la llanura, levantando una nube asfixiante de polvo y ceniza que tardó segundos en disiparse.

El silencio volvió a cernirse sobre el desierto, roto únicamente por el siseo ahogado del aire que aún escapaba de los pulmones perforados de la criatura y por la respiración pausada, casi imperceptible, de Lobo. El cazador se apartó un mechón de cabello negro de la frente con el dorso de la mano manchada de sangre oscura. Su rostro seguía inmutable, esculpido en piedra, sin rastro de fatiga en su postura.

Con movimientos metódicos y eficientes, comenzó a despiezar la presa utilizando la misma hoja de hueso, separando los cortes de carne con una destreza ancestral que denotaba años de práctica en la más absoluta soledad.

Dayane se acercó lentamente, tragando saliva con dificultad para aliviar la sequedad de su garganta. Miró el cuerpo desmembrado de la criatura, cuyos rasgos grotescos —la nariz alargada, el cuerpo simiesco y las garras aterradoras— aún conservaban un eco de la aberración evolutiva que acababa de extinguirse.

Se cruzó de brazos, sintiendo el peso del asombro mezclado con una profunda perplejidad. Se inclinó ligeramente hacia adelante, observando los restos con una mezcla de repugnancia y fascinación científica.

—Lobo... —comenzó ella, arrugando la nariz ante el acre olor a vísceras y sangre que saturaba la atmósfera—. Mataste a una de las criaturas más aterradoras que he visto en este planeta. Con una fuerza y una precisión escalofriantes.

El cazador detuvo un instante el movimiento de su cuchillo de hueso, limpiando la hoja contra el borde de su propio pantalón de cuero curtido. Alzó la vista lentamente, fijando sus ojos oscuros y profundos en los de ella.

—¿Por qué? —continuó Dayane, señalando con la barbilla los restos informes de la bestia—. En este yermo donde cada gota de energía cuenta y cada enfrentamiento puede ser el último... ¿por qué elegiste cazar a esta criatura en específico? ¿Por qué arriesgarse con algo tan monstruoso?

Lobo la miró fijamente, con la misma seriedad pétrea con la que contemplaba la montaña sagrada. No parpadeó. Su mandíbula se tensó ligeramente antes de dejar escapar las palabras, cortantes y directas como el filo de su arma:

—Aspecto horrible, carne deliciosa.

La frase quedó suspendida en el aire caliente, flotando entre el olor a sangre fresca y el polvo radiactivo.

Dayane parpadeó, estupefacta por un segundo, antes de sentir que una risa corta, genuina y liberadora brotaba desde el fondo de su pecho. Negó levemente con la cabeza, esbozando una sonrisa torcida mientras miraba al hombre que tenía en frente. 

Sin añadir una sola palabra más, Lobo se agachó, cargó los mejores cortes de carne sobre sus hombros anchos envueltos en el poncho de cuero, y comenzó a caminar de regreso hacia la seguridad de la cueva. Dayane lo observó un instante, sacudiéndose el polvo de los brazos, y dio media vuelta para seguir sus pasos a través de las dunas rojas, mientras el sol ceniciento continuaba su marcha indiferente sobre el mundo muerto.


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